El canallita sale a pasear solo por el parque de la Fuente del Berro en Madrid. Le gusta salir a respirar aire puro o los tubos de escape de los coches que circulan por la M30. El canallita ha besado bocas de ambos tipos. Hay mañanas contaminadas de una alegría tóxica. Labios carnosos que aquí son un color y no una cualidad. Textura celestial. Ángeles que no tienen sexo pero que pecan por la boca. Labios negros, mujeres siniestras seguidoras de The Cure. Los canallitas no lloran la muerte que dejan en sus labios. Viven en un eterno viernes enamorado como hoy. El canallita camina despacio, no quiere perderse el espectáculo verde, viejo, de las miradas jóvenes de los ancianos salidos. Miran los culos redondeados de las jovenzuelas con las que se cruzan. Ese deseo sangriento que agrieta y multiplica las venillas de alrededor de sus iris incandescentes. Los yayos han oído eso que se decía en la película Martín H, “hay que follarse a las mentes”. Ellos la hacen suya y la transforman en un “hay que follar con la mente”. La cosa es desfogarse a lo humano o a lo perruno.

El canallita se cruza con muchos de ellos y sabe que desean morderle. Los perros odian al que saben que se siente libre, aunque el canallita sepa que nunca se es del todo. El perro tiene un dueño. Los humanos tenemos jefes, familia, pareja, para hacer esa función. El canallita necesita un descanso y se sienta en uno de los bancos que se encuentra a la sombra. Hace calor y su pelo corre el riesgo de convertirse en un precioso jardín en llamas. Se lía su cigarrito y se enciende en él una violencia que sale y entra a través de sus pulmones. Fumar para que las cenizas de su volcán no busquen llenar la unidad de quemados del hospital de La Paz. Hay mucho “hijoputa” con el que hacerse una buena sopa. La locura llega para olvidar esto y poder vivir un poco tranquilo. El tiempo ha pasado y eso él bien lo sabe. Ya está pensando otra cosa sabiendo que el pensamiento anterior volverá o no, pero que si lo hace lo hará de manera distinta. El tiempo es muy poco y lo escrito, lo leído y lo pensado es lo único que lo para. Eso sí, todos ellos son momentos muy canallitas.

Compartir
Artículo anteriorEl lazo que nos une: Más de 10 horas de festival 100% benéfico para la lucha contra el SIDA
Artículo siguienteSilencio, se rueda (desde ahora en Madrid)
Manuel Gálvez
Mi nombre es Manuel Galvez Giral. Soy de Zaragoza y vivo en Madrid. Me gusta leer y escribir. Necesito leer y escribir. Me gusta aprender de quienes escriben mejor que yo, que por suerte es mucha gente, la mayoría. Sé que pronto publicaré mi primera novela. Lo que no sé es cuando. Quedé finalista del concurso de relatos del barrio de la Guindalera en Madrid hace un par de años. No podía ganar ya que no me había apuntado a los cursos de escritura creativa que organizaba la asociación cultural del barrio. Eran y son de pago. A mí no me gusta pagar para ser timado. He participado en un libro de relatos de autores aragoneses donde cada uno daba su punto de vista sobre cómo ve la tierra donde hemos nacido (Enjambre, editorial Comuniter). Soy zaragocista, y sobre todo me gusta ser merecedor de la confianza que se tiene en mí. No hay santa como la que te lo da todo y no te lo quita.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here