El otro día fui a ver La casa de Jack, película de mi tan admirado y querido, gracias a su capacidad de incendiar cualquier evento, Lars von Trier. Tenía muchas ganas de verla, porque no imaginaba lo que este señor danés podía ofrecernos que todavía no hubiéramos visto y, la verdad, es que es poca cosa. Y no lo es porque la película esté vacía de contenido o porque esté repleta de cosas gratuitas (que a veces también), sino porque el señor von Trier se repite, bebe de su propio estilo, llegando a una especie de exceso, casi autoparódico, que a estas alturas es difícil de valorar positivamente.

«El señor von Trier se repite, bebe de su propio estilo, llegando a una especie de exceso, casi autoparódico, que a estas alturas es difícil de valorar positivamente»

Las críticas escindidas que tiene el film responden al modo en el que te encuentras cuando termina la historia. Tu mente, ante los créditos, no puede estar más confusa, necesita una respuesta rápida para lo que ha contemplado durante unas dos horas largas; pero no la hay, por lo menos de forma inmediata. Esto sucede porque von Trier, más que nunca, ha hecho lo que le ha dado la gana, se ha comportado como un niño que quiere su piruleta, del mismo modo en el que lo hizo hace años en el Festival de Cannes o asemejándose a su modo de ser habitual. Porque otra cosa no, pero von Trier es muy coherente con su forma de ser y de pensar, cosa que sería fantástica si esa forma no se basara en la incoherencia. Y así es su vida y su cine: coherente en la incoherencia, “desarmónicamente armónico”, como diría Karl Rosenkraz.

A mí eso no me incomoda en absoluto, de hecho, me parece interesante y hace que me apetezca seguir todavía más su carrera y su vida (¡bendito morbo!). Lo que sí me molesta rotundamente es que, un cineasta cuya característica principal es la innovación y la ruptura con cualquier modo convencional de hacer cine, no sea capaz de superarse a sí mismo, se repita, se autoreferencie y dé lugar al lamentable fenómeno de la autoparodia. Todos los seguidores sabemos, más o menos, lo que vamos a ver cuando nos enfrentamos a una de sus películas. Sabemos que el visionado no va a ser fácil; sabemos que puede haber escenas desagradables que oscilen entre el asco y lo grotesco; que nos va hacer pensar; que el lugar de la metáfora va a ser amplio, por no decir esencial; sabemos, en definitiva, que lo que tenemos delante de nuestros ojos es una película de Lars von Trier, siempre destructiva y alejada de la complacencia del espectador, siempre personal. Pero esta vez se ha pasado. Esta vez, aun teniendo en cuenta todo lo anterior, no he podido evitar pensar y, peor aún, sentir, que lo que tenía delante era demasiado Lars von Trier, era desmedido y, sobre todo, poco original.

La película está dividida en incidentes, que aquí podríamos denominar como problemas. El primer problema es el batiburrillo de ideas y de pensamientos que el director expone. Cualquier idea o motivo cabe en la película. Esto da lugar a pequeñas reflexiones, incluidas en el guion, que parecen impostadas; ocurrencias que podrían encajar en cualquier sitio. Da la sensación de que todo vale. Esto ocurre con la historia de la arquitectura y de Albert Speer, por ejemplo, tema con el que von Trier ha querido trabajar siempre y que ha dado que hablar debido a las polémicas declaraciones sobre él y el nazismo (acordaos de que fue persona non grata en Cannes) y que ha incluido en la película en forma de anécdota totalmente insustancial. El segundo problema, y más serio, es el abuso de la metáfora. El uso de metáforas es uno de sus puntos fuertes; algunos de sus fotogramas más representativos son planos que expresan ideas, pudiéndose equiparar a cuadros clásicos (de hecho, en el film, aparecen varias pinturas románticas de William Blake). Sin embargo, aquí se pasa muy rápido de un modelo clásico y narrativo a uno metafórico, sin llegar a definirse claramente en algunos momentos. Es un problema que atañe, más bien, a la atención y a la astucia del espectador, pero que supone un abuso metafórico que a veces no llega a identificarse claramente. Esto ocurre, sobre todo, al final, al visibilizarse la voz en off y el origen de la historia. El tercer problema es el exceso: todo es excesivo. Von Trier no se caracteriza precisamente por la prudencia y la serenidad, sin embargo, aquí, la violación de la sutileza, que tan bien se le da, es un punto en contra y no a favor. De hecho, roza esa palabra que tanto odio, pero que tras el visionado de la película me ronda por la cabeza: gratuito. El niño que von Trier lleva dentro quiere su pistola de juguete y la quiere ya. Y, aunque me molesta más el uso de esta palabra que su expresión cinematográfica, debo decir que el niño ha conseguido la pistola, no le ha salido bien jugar con ella y el resultado se acerca a lo gratuito; cosa que no me sorprende del todo, porque sabía lo que iba a ver, pero de los muchos niveles de pornografía visual que me esperaba, ha resultado ser el nivel más alto de todos. Exceso, sí, y más exceso, gente saliendo del cine y gente apartando la mirada de la pantalla. Yo mismo, que a lo largo de estos años he forjado una sorprendente insensibilidad y un gusto inexplicable por lo grotesco, giré la cabeza varias veces. El último y principal problema, que engloba los anteriores, es que los rasgos que hemos enumerado son propios del estilo del director, pero en la película se llevan al extremo, lo que los convierte en redundantes, al ser ya extremistas por definición. Esto hace del film una parodia.

«Von Trier no se caracteriza por la prudencia y la serenidad, sin embargo, aquí, la violación de la sutileza, que tan bien se le da, es un punto en contra y no a favor. De hecho, roza esa palabra que tanto odio, gratuidad»

Pero no todo van a ser problemas, sería injusto no mencionar que el argumento tiene una complejidad que nos hace reflexionar, además de dejarnos con serias dudas sobre la perversidad escondida en todos nosotros. Eso es un punto a favor. Von Trier es experto también en señalarnos, en ponernos entre la espada y la pared, y en apelar a nuestra crueldad, recordando que él ha hecho la película, pero que nosotros la estamos viendo. Aun así, lo original del argumento queda solapado por las formas de mostrarlo y precisa de una revisión para encontrar su brillo. Además, las autoreferencias y el estilo trasnochado, autoparódico, no dejan ver una historia que en teoría es muy profunda, sobre lo divino y lo humano, en relación a la bondad y a la maldad, entre consciencias y perversidades, entre El hundimiento y Cielo sobre Berlín.

Es muy difícil ser provocador eternamente.

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