La vida es eso que cabe en el verso de Quevedo que junta pañales y mortaja. Es agua que se nos escapa de entre las manos para correr presurosa a desembocar en la mar manriqueña que es el morir. Un fogonazo entre dos nadas eternas, un estornudo del cosmos… Pero no nos pongamos luctuosos y combatamos a la parca con la única arma a nuestro alcance: la vida. Y estarán conmigo en que pocas cosas nos hacen sentirnos tan vivos como viajar. Viajemos pues.

Lo haremos, me lo permitirán, sirviéndonos de un leitmotiv que dé cierto sentido a mi propuesta, por otro lado más que descabellada. Pero intentémoslo. Nuestro leitmotiv será mi ciudad, Sevilla. Lo sé, es poco humilde arrimar de este modo el ascua a mi sardina. Déjenme explicarles mi oferta de viaje: Sevilla no será un simple punto de partida desde el que montarse en un avión o coger un tren; la tomaremos como origen, pero como un origen existencial para varios personajes de la historia a los que la ciudad marcó indeleblemente, de manera que ya no fueron los mismos tras conocerla. También al revés, es decir, personajes que han dejado su rastro en Sevilla, huellas que aún podemos olisquear en la ciudad.

«Nuestro leitmotiv será mi ciudad, Sevilla que la tomaremos como origen existencial para varios personajes de la historia a los que la ciudad marcó indeleblemente, de manera que ya no fueron los mismos tras conocerla»

Así que les propongo un ejercicio rocambolesco, circense incluso…  Viajaremos a golpe de leitmotiv, que no será otro que Sevilla.  Anímense porque, a fin de cuentas, lo extravagante nos hace sentir muy vivos.

 

Monte Eta

Los retratos familiares de la salita de este héroe mitológico debían impresionar… y bastante: sus padres, el día de su boda mixta, Zeus y Alcmena; su padre adoptivo, vestido de principito en una foto de estudio, Anfitrión; su bisabuelo, espada en mano, Perseo. Eso es tener una familia olímpica, y no la de Carl Lewis.

Evidentemente hablamos de Hércules, trotamundos empedernido, a quien se le atribuye, tras derrotar a Gerión y arrebatarle sus bueyes, la fundación de una ciudad en una isla entre dos brazos de río: la llamó Ispal. Con el tiempo, este asentamiento se convertiría en Híspalis primero, y Sevilla más tarde, de ahí que se considere a Hércules como uno de los fundadores de esta ciudad.

«Hércules, trotamundos empedernido, a quien se le atribuye, tras derrotar a Gerión y arrebatarle sus bueyes, la fundación de una ciudad en una isla entre dos brazos de río: la llamó Ispal»

Pero el héroe era culillo de mal asiento y se aburría soberanamente en Ispal (ojo, aún no se había inventado la Feria de Abril). Así que continuó con sus trabajos a lo largo del mundo conocido hasta que la palmó; fue la primera fashion victim de la historia de la humanidad. Hércules organizó una rave para celebrar a todo lo que daba su victoria sobre el rey de Éurito. El héroe quiso marcarse un roneo y estrenar en su fiesta una túnica nueva, que encargó a Deyanira, la Stella MacCartney de la época. La modista se ve que era celosa y, despechada porque su marido prefería a Íole, no se le ocurrió otra cosa que verter sangre de Neso en la túnica nueva de Hércules. La sangre del centauro resultó ser un poderoso veneno que abrasó la piel del héroe causándole tanto dolor que él mismo pidió que lo mataran.

Fue Yolao, su sobrino, amigo y compañero de aventuras -otros autores defienden que el pirómano fue Filoctetes-, quien prendió la pira en el monte Eta de Grecia, donde Hércules murió quemado vistiendo las pieles del león Nemea sobre la dichosa túnica de Deyanira.

 

Foro Imperial

La primera persona de la historia que supo el significado de la expresión puñalada trapera en toda su extensión y profundida no es otro que Julio César, que la vivió -y nunca mejor dicho- en sus propias carnes. Veintitrés cuchilladas a traición se llevó para el otro mundo el muchacho, veintitrés puñaladas asestadas por sus amigos y compañeros en el Senado de Roma en los idus de marzo del 44 antes de Cristo.

Este asesinato ponía fin a una de las vidas más extraordinarias, en lo bueno y en lo malo, de la historia. Como en las crónicas antiguas de toros, la muerte de Julio César obtuvo división de opiniones, y entre los que se alegraron estarían sin duda los habitantes de la Hispania Ulterior, por donde el cuestor romano se pegó su garbeo, nada pacífico por cierto. En su estancia en tierras hispanas funda la Colonia Iulia Romula Hispalis, otorgando a sus habitantes la ciudadanía romana. Nuevamente se funda la que llegaría ser Sevilla, y, para evitar celos entre fundadores, la ciudad decide que tendrá dos, Hércules y Julio César, que aún pueden verse coronando las columnas de la Alameda de Hércules.

«Julio César en su estancia en tierras hispanas funda la Colonia Iulia Romula Hispalis, otorgando a sus habitantes la ciudadanía romana»

De vuelta a Roma, es nombrado cónsul (59 a. C.) gracias al triunvirato -lo equivalente al tridente culé de Messi, Neymar y Suárez- con Craso y Pompeyo. César, sin embargo, no era mucho de compartir, así que, tras la muerte del primero, derrota al segundo en la batalla de Farsalia, detentando él solito el poder del imperio. Luego, en Egipto se nos emboba un poco: vive una tórrida relación amorosa con Cleopatra. Y regresa a Roma, no sin antes vencer al faraón Ptolomeo XIII -por favor, evítense el chiste fácil con el nombrecito del egipcio; gracias-. Ahora sí podía cumplir sus anhelos.

La ambición de César no conocía límites, y puso su vista en el Oriente para extender el imperio por allí. Planeaba aplastar a los partos, y para eso necesitaba ser rey absoluto de Roma, abolir la República, algo que no gustó en absoluto a los senadores. Éstos se conjuraron, liderados por Casio, Casca y Bruto, el amigo amado de César. Se propusieron eliminarlo y restaurar la república romana. Todo terminó con Julio César en el suelo del Senado sobre un gran charco de sangre.

Hoy podemos visitar su tumba en el Foro Imperial de Roma, un enterramiento que sorprende porque pasa casi inadvertido.

 

Basílica de San Isidoro de León

Ataúlfo, Sigerico, Walia, Teodorico I, Turismundo, Teodorico II, Eurico, Alarico II… Además de saberse de corrido la lista de los reyes godos, Isidoro conocía las caras de muchos de ellos; no en vano, junto a su hermano Leandro, se dedicó a convertir al cristianismo a los visigodos.

Nació en Cartagena y su familia salió de naja por la conquista bizantina con rumbo a Sevilla, donde se asentaron. Isidoro se caracterizó por alentar en esta ciudad el estudio del latín y griego, la medicina y el derecho. Combatió el arrianismo hasta terminar con él, unificó litúrgicamente a toda la España visigoda e impulsó la formación cultural del clero.

La verdad es que Isidoro no era hombre ocioso: escritor infatigable, redactó obras litúrgicas y compendios históricos, tratados de astronomía y geografía, biografías ilustres, textos teológicos y eclesiásticos, ensayos y diccionarios. Uf, y aún así le quedó tiempo para meterle mano a sus Etimologías, monumental enciclopedia de la evolución del pensamiento y el conocimiento desde la Antigüedad clásica hasta su presente.

«Isidoro se caracterizó por alentar en Sevilla el estudio del latín y griego, la medicina y el derecho. Combatió el arrianismo hasta terminar con él, unificó litúrgicamente a toda la España visigoda e impulsó la formación cultural del clero»

El sabio polímata, que a todo esto llegó a ser arzobispo de Sevilla, murió en la capital andaluza el 4 de abril de 636, siendo canonizado en 1598 y nombrado Doctor de la Iglesia Católica en 1722.

En su caso, nos encontramos ante un viajero póstumo, al que en diciembre de 1063 trasladaron -bueno, a él no, a sus restos mortales- al monasterio San Pelayo en León, que pasó a ser la Basílica de San Isidoro de León, donde hoy podemos visitar su tumba.

 

Mausoleo de Agmat

Al-Mu´tamid, Rumaikiyya / Al-Mu´tamid / la Giralda se queda sin ti. Quién le iba a decir al rey de la taifa de Sevilla que nueve siglos después de espicharla sería protagonista de una bulería de Lole y Manuel. Nació en Beja (Portugal) y se convirtió en heredero del trono a causa de la ejecución de su hermano mayor por traición… el que ordenó que lo mataran fue su propio padre.

«Quién le iba a decir al rey de la taifa de Sevilla que nueve siglos después de espicharla sería protagonista de una bulería de Lole y Manuel»

El poeta Abenamar lo educó en las tierras del Algarve portugués, si bien muy pronto tuvo que ponerse al frente del reino de Sevilla. Al-Mu´tamid se propuso convertir su reino en un centro cultural de primer nivel, y para lograrlo nombró visir a su maestro Abenamar. Al visir no lo duró mucho tiempo la buena fortuna, cayó en desgracia al dejar la lira para coger la jambia y meterse a libertador: trató de independizar la taifa de Murcia y el propio Al-Mu´tamid lo mató. Como diría mi abuela, Abenamar, si no sabes liberar, pa que te metes…

Toledo cae en manos de los cristianos y Al-Mu´tamid pide auxilio a los almorávides. Se ve que en aquella época la traición era trend, porque los almorávides llamados para socorrer a Al-Mu´tamid acabarían deponiéndolo en el año 1090. Lo desterraron a África, en concreto a Agmat, localidad cercana a Marrakech, donde el rey poeta murió echando de menos el rumor y el olor de los jardines de Sevilla.

Cuenta la leyenda que Al-Mu´tamid se enamoró de Rumaikiyya, la esclava a la que convirtió en su esposa Itimad. Esta historia de amor inspiró obras posteriores, incluida la canción de Lole y Manuel. Al-Mu´tamid e Itimad están enterrados juntos en el mausoleo de Agmat.

 

En algún lugar de Fráncfort del Meno

Un plantígrado cambió la historia del cristianismo de la mano, bueno, mejor dicho, de la pata de este religioso jerónimo nacido en Montemolín (Badajoz) y convertido al protestantismo en San Isidoro del Campo.

Es Casiodoro de Reina, quien, además de tener un nombre que hoy sería el furor de los tuiteros aviesos, fue el autor de la primera traducción al castellano de la Biblia, conocida como La Biblia del Oso (Basilea, 1569), por el dibujo de este animal -era el logotipo del impresor- en su portada.

Pero no vayamos tan rápido. Casiodoro ingresó como monje en el convento de San Isidoro del Campo en Santiponce (Sevilla). Aquel monasterio se convirtió en el principal núcleo del luteranismo y la Reforma en el sur de Europa -digresión: no dejen de leer la magnífica novela El hereje de Miguel Delibes-. Y claro, el hedor reformista llegó hasta el castillo de San Jorge, verbigracia la sede de la Inquisición en Sevilla, a orillas del Guadalquivir, que decidió darle un sustito a nuestro díscolo Casiodoro.

«Casiodoro ingresó como monje en el convento de San Isidoro del Campo en Santiponce. Aquel monasterio se convirtió en el principal núcleo del luteranismo y la Reforma en el sur de Europa»

Éste huyó a Ginebra, y en lugar de pasar desapercibido, se dedicó a oponerse primero a la ejecución de Miguel Servet y, luego, a traducir secretamente Sobre los herejes de S. Castellion, que condenaba estas ejecuciones. Tuvo tiempo de enfrentarse a Calvino, disputa que le obligó a marcharse a  Fráncfort.

Mientras, la Inquisición quemaba en la plaza de San Francisco de Sevilla un muñeco del heresiarca Casiodoro e incluía sus obras en el Index Librorum Prohibitorum.

De Fráncfort viajó a Inglaterra y, después, a Amberes. Escribió con seudónimo el primer gran libro contra la Inquisición, Algunas artes de la Santa Inquisición española. Como ven, siempre haciendo amigos… Volvió a Fráncfort y montó un comercio hasta que fue elegido pastor auxiliar.

En la ciudad alemana lo alcanzó la muerte el 15 de marzo de 1594. Hasta muerto, Casiodoro fue un gran escapista: se desconoce dónde está enterrado. Así que este último viaje que les propongo es también una oportunidad para pasar a la historia como descubridores de la tumba de Casiodoro de Reina. ¿Se atreven?