A lo largo de los días inmediatamente siguientes al hallazgo del cadáver de Rasputín, el gran duque Nicolás Mijáilovich, que a la sazón acababa de ser desterrado de Petrogrado por su pertinaz oposición a la zarina, escribía en su diario:

“todo lo que han hecho los asesinos de Rasputín ha sido sin lugar a dudas colocar paños calientes, pues hay que poner fin a Alejandra Fiódorovna y a Protopópov (el primer ministro del momento) sin falta. Así que ya ves, otra vez me asaltan ideas de asesinato, todavía vagas, pero lógicamente necesarias…”

En aquel momento toda Petrogrado conocía y (celebraba) quién estaba detrás de los asesinos del misterioso hombre de Dios; hasta el zar, quien había vuelto del frente sólo para hacerse cargo momentáneamente de la situación. Pero escribe Radzinsky:

“En las mentes más influyentes fermentaban pensamientos acerca de una nueva conspiración, de un nuevo derramamiento de sangre.»

No sin motivo fue exiliado Nicolás Mijáilovich justo antes del inicio del nuevo año. En su viaje hacia el exilio el gran duque se encontró en el tren, y seguramente no por casualidad, a dos prominentes miembros de la oposición de la Duma, el monárquico Shulgin (que más tarde aceptaría la dimisión de Nicolás) y el fabricante Tereschenko (que acabaría siendo ministro del Gobierno Provisional después de la revolución de febrero). Nicolás Mijáilovich escribió:

«Tereschenko está seguro de que dentro de un mes todo se desmoronará y entonces regresaré del exilio. ¡Dios quiera que así sea! Pero qué perversidad anidaba en aquellos dos hombres. ¡Ambos hablaban al unísono de la posibilidad de un regicidio! Qué tiempos estamos viviendo, qué maldición se cierne sobre Rusia”.

Tal era la atmósfera que reinaba en Petrogrado a dos meses del fin de la monarquía. ¿Cómo se había llegado hasta aquí? La respuesta hay que ir a buscarla a 1915. Antes incluso de que el zar decidiera asumir personalmente el mando del ejército como comandante en jefe, la zarina se había convertido, de facto, en la primera ministra de Rusia. Desde esa fecha y hasta el final, Alejandra gobernó, con la firma de su marido, mediante hombres que ocupaban el gabinete imperial previa aprobación personal de la emperatriz. Se conformó lo que luego se conocería como “el gabinete de tres” o “el gabinete de Tsarkoie Seló” porque detrás de Alejandra estaba, naturalmente, Rasputín.

«Durante los 10 años que Rasputín llevaba junto a la familia imperial el campesino había descubierto las debilidades de la emperatriz. Era capaz de intuir, con un rato de conversación, no sólo su estado de ánimo sino también sus inquietudes más vivas»

Durante los diez años que Rasputín llevaba junto a la familia imperial el sagacísimo campesino había descubierto las debilidades de la emperatriz, sus puntos flacos. Era capaz de intuir, con un rato de conversación, no sólo su estado de ánimo sino también sus inquietudes más vivas y el fondo de su corazón. Y era capaz de algo todavía mejor: la consolaba, le otorgaba la paz espiritual. Para una mujer atormentada que padecía constantemente de afecciones nerviosas, Rasputín era agua caída del cielo. Agua bendita. Para Nicolás, por supuesto, también, pues si algo diferenció a Nicolás de prácticamente todos los zares que lo precedieron fue su sincero, profundo y leal amor por su mujer, un amor que lo apartó siempre de las infidelidades y desvaríos extraconyugales tan propios en su dinastía. El zar respetaba y admiraba a aquel santón en gran medida por el efecto narcótico que producía en su esposa. Dice Radzinsky que en 1915 «gradualmente se había ido produciendo una metamorfosis. De ser un adivino de sus deseos, un personaje convencional en sus cartas a través del cual suplicaba a su marido, Rasputín se había ido convirtiendo imperceptiblemente en un verdadero consejero. El vidente que la mente de Alejandra había fabricado adquiría consistencia real. El campesino empezaba a ser autónomo. Había comenzado a dictar sus propios pensamientos a la zarina. Su mente campesina tomaba decisiones que se derivaban de su concepto populista favorito: Vivir según la propia conciencia, una idea cuya simplicidad de realización era para ella una fuente de deliciosas sorpresas”. Rasputín empezó a sugerir a los zares la toma de decisiones económicas como, por ejemplo, la nacionalización de las fábricas para la producción masiva de obuses y munición, «medidas que recuerdan al imperio bolchevique de los tiempos de Stalin, que durante la Segunda Guerra Mundial convirtió, con mano de hierro, todas las fábricas para suplir las necesidades del frente”. Tras una década de compañía espiritual, de chamanerías con el pretexto de la salud del zarévich, Rasputín empezaba a comportarse como un valido. La cosa iría a más porque, sencillamente, y a instancias de la zarina, el zar tomaba en consideración casi todos los consejos de “Nuestro Amigo”.

Un mísero ganapán salido de la nada, analfabeto, sucio, mugriento y lascivo, famoso por sus correrías nocturnas, por su alcoholismo y por su potencia sexual sobrenatural, había conseguido separar al zar del resto del mundo. ¡Y encima, semejante depravado era el preferido de la zarina! Esto era intolerable para la alta sociedad y produjo una tensión notable no sólo entre los círculos nobiliarios de la corte, frustrados ante la evidencia de que no podían acceder, ni influir, en la dirección política de la guerra, sino en las embajadas de los aliados de Rusia en la guerra. Franceses y británicos sospechaban que Rasputín era un espía del Káiser. En todo caso temían que su postura contraria a la movilización rusa en 1914, bien conocida, hubiera mutado ahora en un intento de socavar el esfuerzo bélico del imperio ruso persuadiendo a los zares de una paz con Alemania, teniendo en cuenta sobre todo el origen alemán de la zarina. No sabían que esto no era posible pues la pareja imperial estaba convencida de que sólo llevando a Rusia hacia la victoria en la guerra mundial ellos mismos y el futuro de sus hijos, estaría garantizado: Nicolás era vagamente consciente de que se jugaba la camisa en aquel momento, pero no sabía que ya planeaba en caída libre sobre el abismo. Alejandra por su parte había volado todos los puentes con Alemania, se había rusificado a marchas forzadas, hacía lo posible por mejorar su imagen pública y por despojarse de su condición de sospechosa extranjera. En lo que tenían razón los aliados de Rusia era en controlar a Rasputín: en sus borracheras y juergas cantaba la Traviata sin percatarse de que desvelaba asuntos muy graves que comprometían la seguridad de las tropas rusas en el frente. Su escandaloso comportamiento en uno de los restaurantes más famosos de Moscú, el Yar, conmocionó a la sociedad. No se cortaba a la hora de presumir de qué manera pergeñaba junto al zar futuras operaciones a gran escala; se temía y con razón de que los alemanes lo espiaran y siguieran en aquellas francachelas interminables, con objeto de sacarle una información de oro para el desarrollo de los acontecimientos en las trincheras.

«los desastres se sucedían en cadena. El frente oriental ya era un polvorín. Cundía el desánimo, faltaban las provisiones, los soldados morían a puñados, no había ni siquiera armas ni balas para todos y se desertaba en masa. La propaganda revolucionaria hacía mella en la moral de las tropas»

En septiembre de 1915, el zar dio el paso más arriesgado: decide dirigir personalmente las operaciones en en Cuartel General, la Stavka. Era una decisión que no tenía vuelta atrás y que lo ponía, a él y a la corona, a los pies de los caballos, pues a partir de entonces todos los desastres militares serían imputables a él mismo. Y los desastres se sucedían en cadena. El frente oriental ya era un polvorín. Cundía el desánimo, faltaban las provisiones, los soldados morían a puñados, no había ni siquiera armas ni balas para todos y se desertaba en masa. La propaganda revolucionaria, especialmente la bolchevique, hacía mella en la moral de las tropas. Nicolás se metió en un avispero porque además sustituía a su tío Nicolás Nikoláievich, un inútil que sin embargo gozaba de un gran prestigio en el ejército. Alejandra nunca lo tragó y su destitución fue una victoria personal, un “golpe” que a sus ojos simplificaba la cadena de mando, aunque hubiera de sacrificar a su marido y alejarlo de ella. Al tiempo, empezaba a perfilarse la conspiración definitiva contra Rasputín, y lo hacía nada menos en los boudoires de dos mujeres poderosas: la madre de Nicolás, la emperatriz viuda, quien culpaba absolutamente a su nuera del aislamiento de su hijo con respecto a la corte, y Zinaida Yusupova, la matriarca de la familia más antigua, rica y de más rancio abolengo de la aristocracia rusa. Los Yusúpov. Fue su hijo, Félix Yusúpov, quien pasó a la Historia como el asesino de Rasputín.

Históricamente se han conocido los pormenores del asesinato, todo lo que ocurrió en la terrible noche del 16 de diciembre de 1916 en el palacio del Moika, por el relato que en sus memorias hace de ella el mismo príncipe Yusúpov: la memorable resistencia de Rasputín al veneno y a los tiros, la luciferina lucha cuerpo a cuerpo con la muerte, la increíble negación de la misma de la que pareció capaz el hombre de Dios, la huida por la nieve. El libro de Radzinsky tiene el valor añadido de contrastar la versión “canónica” del asesinato con otras que aparecen, tras la lectura, como más veraces: Radzinsky nos ofrece otra perspectiva, de modo que después de él la versión de Yusúpov se nos presenta más como una explicación a posteriori, una especie de alegato, que como una narración fehaciente de los hechos. Hay que empezar por el principio. ¿Qué hacía el hijo de la casa más acaudalada, rica y añeja de la nobleza rusa, invitando a su casa a una hora intempestiva al odioso ogro, al analfabeto del que se decía que era un jlist, cofrade de una secta prohibida; al Richelieu campesino que según todo el mundo tenía secuestrada la mente y el corazón de los zares; al monstruo que llevaba a la ruina a Rusia en cumplimiento de la oscura voluntad de las fuerzas del demonio?

El cebo de esa noche fue, por supuesto, una mujer. Por que Rasputín seguía siendo un adicto incorregible a la belleza juvenil.

«Félix Yusúpov era un joven cosmopolita, de educación finísima, culto, guapo, de presencia magnética y sexualidad ambigua, por no decir directamente que era bisexual»

Félix Yusúpov era un joven cosmopolita, de educación finísima, culto, guapo, de presencia magnética y sexualidad ambigua, por no decir directamente que era bisexual. Su estrechísima relación con Dimitri Pavlovich, el atractivo gran duque primo del zar, siempre permaneció en una bruma ambivalente: fue la causa, no declarada por supuesto, de la ruptura del compromiso de Dimitri con Olga, la hija mayor del zar. Dimitri había sido el niño bonito de la corte. Rasputín, en una de sus tantas maniobras entre bambalinas al o largo de sus últimos quince años de vida, se encargó con viscosa habilidad de esparcir rumores que envenenaron la relación paternofilial entre los zares y Dimitri. En consecuencia, se ganó un enemigo que a la larga, resultó ser mortal. Hay que tener en cuenta que Nicolás II consideraba a Dimitri prácticamente un hijo. Había crecido en palacio, junto a su propia familia, ya que era huérfano de madre y su relación con su padre, el tío del zar, era inexistente. La ruptura del compromiso fue muy traumática y en general el distanciamiento de Dimitri de la familia imperial afectó mucho tanto a los zares como a sus hijas y a su propia madre. Provocó el inevitable revuelo en la alta sociedad petersburguesa. El propio Félix, empero, era familia política del zar gracias a su matrimonio con la muy atractiva Irina Aleksándrovna, sobrina de Nicolás y una Romanov de sangre; los lazos entre los Yusúpov y la casa reinante procedían de la fundación del mismo Estado autocrático y eran más antiguos, incluso, que la propia dinastía Romanov. Félix llevaba meses intimando con Rasputín. Al parecer, no le movía sólo el interés predeterminado de eliminarlo: sentía una genuina atracción por El Oscuro, como motejaban a Rasputín en los informes de la policía. Félix era una persona amante del riesgo, curiosa, un noble comme il faut que aspiraba a conocer todos los secretos de la existencia humana. Se introdujo con éxito en el gabinete del starets y logró que éste girara sus ojos hacia él, tanto por su encanto innato como por la belleza de su mujer. Para aquella noche, la que Radzinsky llama “noche Yusúpov”, Félix le había prometido a Rasputín (con quien ya tenía la complicidad suficiente como para que éste no sospechara nada extraordinario acerca de sus intenciones) una entrevista privada con su mujer. El viejo campesino jlist sucumbió a la tentación de un posible “exorcismo”.

Sin embargo, Irina, puesta al tanto por su marido, se negó a participar en aquel arriesgado complot. No se puede olvidar la situación general: en aquel diciembre frío de 1916, Rusia estaba al borde del colapso. Petrogrado era una ciudad que flotaba sobre unos miasmas de sangre y traiciones. La zarina gobernaba el imperio aislada en la torre del castillo, desde el aparentemente inaccesible Tsarkoie Seló, junto al extraño monje barbudo que le dictaba satánicas instrucciones. El zar estaba muy lejos, en un frente en franca desintegración desde el que llegaban contradictorias, confusas noticias. Los arrabales industriales organizaban abiertamente una huelga total. Faltaba el pan, los trenes no rodaban, las mercancías no llegaban a una capital en la que la nobleza conspiraba sin disimulo desde el mítico Club Náutico de Petrogrado. Las tropas regresaban del frente, armadas e incontrolables, formaban partidas de desertores que se hacían forajidos. Los Romanov habían jurado destruir a la zarina y su corte de monigotes y la zarina viuda intrigaba desde su residencia de verano en Crimea. Nadie se fiaba de nadie; los ministros se espiaban entre ellos, se ocultaban información. Nunca en la Historia de Rusia las más altas esferas se habían rozado tanto y tan promiscuamente con las más bajas. El ambiente era de peligrosa irrealidad. La Duma aguardaba una insurrección general. Los aliados europeos del zar se preparaban para un derrumbe del gigante enfermo ruso. Los alemanes segaban la hierba alimentando la discordia, buscando la salida de Rusia del conflicto. Los grandes duques, sangre de la sangre del zar, preparaban un golpe que creían urgente para reconducir la situación en palacio y enfrentar al zar ante un hecho consumado.

«Los arrabales industriales organizaban abiertamente una huelga total. Faltaba el pan, los trenes no rodaban, las mercancías no llegaban a una capital en la que la nobleza conspiraba sin disimulo desde el mítico Club Náutico de Petrogrado»

Rasputín, pues, fue la víctima sacrificada en el altar de aquella disparatada situación que ya no tenía retorno alguno. Rusia estaba en el umbral de una catástrofe bíblica que marcaría los siguientes cien años de su Historia y de la del mundo. Trescientos años de autocracia habían desembocado en aquel océano de sangre. La de Rasputín fue la primera que se derramó. Luego vendrían ingentes cantidades más. En el complot del palacio de la casa del Moika, la mano ejecutora, según la versión propuesta por Edvard Radzinsky, no fue la de Yusúpov, sino la de Dimitri, el gran duque, el ojito derecho de los zares. Él fue el que remató a Rasputín con dos tiros maestros después de que Félix, aturdido por los nervios, disparara a quemarropa a Rasputín, no hiriéndolo mortalmente. Todo sucedió con mucha mayor rapidez de la que el príncipe Yusúpov narra en sus memorias. Rasputín llevaba meses presintiéndolo, por eso aquella misma mañana se despidió de su “secretaria” con palabras oscuras que parecían anticipar un adiós. Sin embargo, acudió puntual a la extraña cita propuesta por Félix Yusúpov. Los asesinos organizaron un envenenamiento. Félix tendría que inducirlo mientras lo engatusaba con la promesa de una sesión íntima con la sensual Irina. Si eso fallaba, habría que recurrir a la pistola. Rasputín, muy probablemente, no probó ninguna de las pastas ni de los dulces envenenados con cianuro potásico puesto que, según él, sus habilidades como “sanador” y exorcista dependían de no comer más que pescado, aunque se hinchara a beber (en la primera parte de esta serie, afirmé que Rasputín no comía carne pero sí dulces; esto es incorrecto y aquí he de precisar la correción, puesto que Radzinsky cita el testimonio de su hija, que afirmó tajante que su padre no comía ni carne ni dulces); Yusúpov lo entretuvo un tiempo en el sótano de su palacio (acondicionado como salón recibidor, en la misma residencia familiar que los Yusúpov hubieron de abandonar a toda prisa un año después) contándole que Irina no podía recibirlo todavía pues departía arriba con unos invitados. Sí bebió, en cambio, vino, aunque no lo suficiente como para matarlo, teniendo en cuenta su potencia física. Tras una breve visita a la planta superior, donde aguardaban el gran duque Dimitri y dos cómplices más, Dimitri le dio su pistola y Félix, por fin, disparó. Rasputín pareció caer en primera instancia. Con toda seguridad, sólo había perdido la consciencia. Sus matarifes le tomaron el pulso y pareció, en efecto, muerto. Radzinsky anota la macabra coincidencia: en la matanza de la Casa Ipátiev, a la familia imperial también le tomaron el pulso y creyeron muertas a las grandes duquesas Olga, Tatiana y Anastasia, aunque luego tuvieron que rematarlas a bayonetazos. Con Rasputín ocurrió lo mismo.

Mientras sus asesinos resolvían la cuestión de qué hacer con el cuerpo y probablemente brindaban en la planta de arriba, Rasputín recuperó la consciencia. En un momento dado, Félix regresó al sótano. Seguramente no se fiaba de que estuviera muerto del todo e hizo bien. Se produjo entonces una escena siniestra. El campesino resucitó rugiendo y le arrancó las charreteras de oficial. El príncipe, que había eludido el servicio militar, se lo quitó de encima como pudo golpeándolo con un objeto contundente. El físico de Rasputín debía ser monstruoso, un portento con toda la energía salvaje de la inmensidad siberiana. Logró salir del sótano. Félix empezó a gritar, desesperado. Los de arriba bajaron volando y, especula Radzinsky con visos de verosimilitud, el gran duque, que había recuperado su pistola y tenía buena puntería gracias a sus años en el ejército, alcanzó a Rasputín de dos tiros limpios y certeros, uno en la espalda y otro en la cabeza. Estos dos disparos fueron escuchados por una ronda de policías que patrullaba las afueras del palacio: era de madrugada, nevaba copiosamente y Petrogrado dormía, completamente aletargada por el frío. Yusúpov en persona ahuyentó al policía con una extraña versión de los hechos: resultó que, según él, habían disparado a su perro por culpa de un juego de borrachos. Uno de los dos cómplices, un tal Puriskiévich, tuvo la ocurrencia de contarles que acababan de matar a Rasputín, en tono jocoso. Los policías dieron luego esta versión a sus superiores, que quedó reflejada en el posterior expediente. El zar la conoció con toda seguridad puesto que se encargó de revisar personalmente el informe con los resultados de la investigación, por eso desterró a Dimitri al Cáucaso: esa era toda la contundencia con la que el débil, pusilánime, incompetente pero bueno Nicolás podía castigar a sus seres queridos. Ningún escándalo público, ningún aquelarre que implicara más desgaste, los Romanov no podían permitirse un asesinato en la familia. Paradójicamente, aquel destierro salvó a Dimitri de la aniquilación de la familia un año después.

Pero Rasputín, como se comprobó al izar su cadáver de las aguas del Neva dos días después, seguía vivo. Lo montaron en un coche, envuelto en “ropas pesadas y atado con una cuerda”. Este Puriskiévich, que abandonó Petrogrado a la mañana siguiente, también dejó escrito el relato de los hechos en unas memorias. Iba a amanecer pronto. “Condujeron a través de la oscuridad de Petrogrado. La iluminación era muy deficiente y la carretera estaba en un estado deplorable. El cuerpo no dejaba de dar saltos, a pesar de que un soldado iba sentado encima. Finalmente, apareció ante nuestros ojos el puente desde el que debíamos arrojar el cuerpo de Rasputín a través de un agujero en el hielo. Estaba fuera de la ciudad y Dimitri Pavóvlich, que era quien conducía, disminuyó la marcha y se detuvo junto a la barandilla, y durante unos instantes la garita del centinela al otro extremo del puente se iluminó. El motor seguía en marcha”. No dejaron que Dimitri tocara el cuerpo de Rasputín: esa es la clave que ilumina el misterio de la autoinculpación de Félix Yusúpov. Dimitri era el Romanov que encarnaba la posibilidad de reforma de la dinastía en un hipotético golpe de Estado que depusiera a la pareja imperial. Semejante disparate, visto con la perspectiva del tiempo, sólo se le podía ocurrir a una gente que vivía por completo ajena a la caldera sobre la que se desarrollaba su lujosa y frívola vida. Todavía creían posible una Rusia autocrática, una Rusia imperial, aun sin Nicolás ni Alejandra. Lanzaron el cuerpo al río y regresaron en un coche “que se calaba constantemente” puesto que le fallaba la bujía. La última vez que tuvieron que mirarla y toquetearla, antes de ponerse por fin a salvo, fue ante la mítica fortaleza de Pedro y Pablo, la Bastilla rusa. Allí, tres años después, fusilarían al padre de Dimitri.

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