Fotografía Ivan Casuso
Los recuerdos se enredan como raíces que se enquistan en la memoria. Crecen y se ramifican conformando una ficción que jamás existió, y nos llevan a un hogar que en realidad nunca fue nuestro del todo.
Los recuerdos nos fingen felices en un tiempo pasado que, al contrario que aseguraba el poeta, jamás fue mejor.
«No me gustan las canciones de la memoria», dice Ray Loriga en uno de sus relatos, «la memoria es un músico que toca de oído». A mí tampoco.
«Ahora observo tras la ventana a aquel niño que ya no soy y, sin embargo, me mira con la prepotencia de quien conoce mis debilidades»
Ahora observo tras la ventana a aquel niño que ya no soy y, sin embargo, me mira con la prepotencia de quien conoce mis debilidades. Me acusa de haber traicionado sus sueños, mientras él se jacta de su pureza.
«No me gustan las canciones de la memoria», me repito. No me gusta la ventana tras la que asoma el rostro del que nunca fui.
Corto, paciente, reflexivo, cada una de las raíces que generan mis recuerdos. Me libero de ellas, o eso creo, hasta que anidan y se yerguen más fuertes de nuevo.










