«En tantos años que llevo de residencia en Orbajosa -dijo el clérigo, frunciendo el ceño- he visto llegar aquí innumerables personajes de la Corte, traídos unos por la gresca electoral, otros por visitar algún abandonado terruño, o ver las antigüedades de la catedral, y todos entran hablándonos de arados ingleses, de trilladoras mecánicas, de saltos de aguas, de bancos y qué sé yo cuántas majaderías. El estribillo es que esto es muy malo y que podría ser mejor. Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas y maravillas de otras partes. Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena, ¿no es verdad, señor don José? Por supuesto, no se crea ni remotamente que lo digo por usted. De ninguna manera. Pues no faltaba más. Ya sé que tenemos delante a uno de los jóvenes más eminentes de la España moderna, a un hombre que sería capaz de transformar en riquísimas comarcas nuestras áridas estepas… Ni me incomodo porque usted me cante la vieja canción de los arados ingleses y la arboricultura y la silvicultura… Nada de eso; a los hombres de tanto, de tantisímo talento, se les puede dispensar el desprecio que muestran hacia nuestra humildad. Nada, amigo mío, nada, señor don José está usted autorizado para todo, incluso para decirnos que somos poco menos que cafres.»

Fragmento de Doña Perfecta de Benito Pérez Galdós

 

Los «cafres», entiéndase la ironía, lo sabemos: estas palabras que escribió Galdós en 1876 siguen de rabiosa actualidad. A nada que vivas en un entorno rural, da igual desde qué parte de la península leas esto, acabarás riéndote, por no llorar dicho sea de paso, de las visitas de la Corte, ya sean reales o de esas virtuales que tanto se estilan ahora.

«Las grandes ciudades y sus modos de vida, ese embauco urbanista, mandan. Y punto. Y mandan con superioridad de cretino»

Las grandes ciudades y sus modos de vida, ese embauco urbanista, mandan. Y punto. Y mandan con superioridad de cretino. Con el «malditos pueblerinos» en la punta de la lengua siempre dispuesto a salir.

Lo decía Galdós y lo digo yo: Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas y maravillas de otras partes

No sé vosotros, pero yo me canso de consejos y leyes coincidan para todos.  La lógica del urbanita. Si una pandemia arrasa el mundo todos confinados bajo los mismos criterios y, peor aún, todos desconfiados bajo los mismos criterios. Señores míos, dan ganas de decirles, que yo salgo de casa y a tan solo 800 metros tengo kilómetros de monte, de senderos, de rutas… Que ustedes solo tengan manzanas de horribles edificios fotocopiados es problema suyo, no mío. Si nieva, uy, los niños no van al colegio. Y te ríes, de nuevo por no llorar, con la inaudita idea del jefe de la Corte mientras observas tu calles impecables, porque claro, aquí nieva todo el año y Filomena nos coge ya confesaos.

No sé vosotros, pero yo soy feliz en mi entorno rural con sus cosas de «cafres». No necesito oír excusas para que no llegue el AVE en condiciones ni para justificar que nuestras carreteras tengas más parches que mi bicicleta de  infancia. No necesito una visita del futurible, que ha buscado en google maps Barbastro justo antes de cruzar frontera, para rascarnos un voto. No necesito que me hablen de arados ingleses, seguramente ya aremos mejor nuestros terruños, ni de comercio online y macrocentros Amazon que se llevan todas nuestras subvenciones.

No sé vosotros, pero yo creo firmemente en la fuerza de la huerta que nos rodea, en el pan de verdad y en qué en un comercio me presten un paraguas si llueve. En el turista que recorre parajes inigualables en vez de pasillos de un centro comercial, en ovejas que  atraviesan la calzada para volver a casa y en no recordar dónde aparcaste el coche la última vez que lo necesitaste.

«No sé vosotros, pero yo creo firmemente en la fuerza de la huerta que nos rodea, en el pan de verdad y en qué en un comercio me presten un paraguas si llueve»

No sé si pretender que el entorno rural se adapte al modus operandi de las grandes ciudades es ridículo o no. No lo sé, no me importa. ¿Se imaginan al diputado de Teruel imponiendo en el congreso el modo de vida una de las zonas más despobladas de España? ¿Se imaginan a este caballero organizando una pandemia basándose en cómo lo realizaría en un pueblo de 300 habitantes? ¿Se imaginan ustedes que cada vez nieve en Teruel se impusiese que ningún niño de Aragón fuese al colegio? Suena ridículo, ¿a qué sí?

Dejemos entonces que quienes conocen el terreno tengan capacidad de decidir si importan el arado inglés o siguen usando el burro en la labranza.

Olvidemos el desprecio al juzgar la España vacía. Escondamos la prepotencia al hablar de ellos. Pero, sobre todo, entendamos que nadie está autorizado  a «decirnos que somos poco menos que cafres.»