Todo el mundo ha pasado ciertos momentos de tensión, de miedo, incluso injusticia en sus vidas, pero ¿qué ocurre cuando por circunstancias ajenas a ti debes acostumbrarte a vivir así? Con la preocupación constante de no saber si estás segura, de que puedes ser acorralada y violada por un guerrillero ruandés en tu propio hogar… La diferencia entre vivir y sobrevivir es abismal, pero en zonas como Bukavu este el abismo se reduce hasta el punto de que no haber sido atrapada es una suerte.
Esta es la realidad de las mujeres de Kivu, donde «la violación se usa como arma de guerra de manera masiva y estructural». Sus directores, Néstor López y Carlos Valle, nos pondrán a partir de este viernes 24 de enero frente a la pantalla para ofrecernos una versión de la realidad que la mayoría ignora: «es un conflicto muy desconocido, pero de una magnitud tremenda, la guerra de Kivu lleva cientos de miles de muertos, y el conflicto del Congo lleva más de 5 millones».
El documental hace replantearse la fe que uno tiene en la humanidad, en cómo dichas atrocidades que pueden ser la pesadilla de muchas mujeres son la realidad para otras. Con este amargo trago de 29 minutos, los intercambios de miradas con las protagonistas del documental llegan más allá de la sala de cine. Quizás puedan apelar también a la humanidad de aquellos poderosos que hacen caso omiso ante estas injusticias: «que más gente mire hacia aquí, ese es el objetivo».
El título del documental no es casualidad. Semillas de Kivu es una declaración de intenciones y un homenaje. Kivu, para situar en el mapa esta región para muchos desconocida, y semillas, en honor a las mujeres que son símbolo de esperanza en un territorio marcado por la inseguridad y violencia: «la idea de semillas son ellas, a falta de acción internacional y de justicia que solucionen este conflicto, la única resistencia que existe a día de hoy a la guerra son ellas».
Poco a poco se va abriendo camino un conflicto fantasma que lleva tantos años silenciado y su nominación al Goya como Mejor Cortometraje Documental es un claro ejemplo de que es un tema «que roza lo universal, porque aunque las consecuencias son locales, que esto es lo injusto, las causas son internacionales». El productor de Las cartas perdidas ha asumido su papel de cartero también ante este mensaje de esperanza y ayuda, asume su responsabilidad de dar a conocer historias que deben de dar la vuelta al mundo: «mi único poder es la herramienta de la comunicación, el abrir un agujero en un muro con un pico y con un martillo, y a partir de ahí invitar a la mayoría de la gente a que mire por él».
Pero, ¿cómo se consigue que estas personas confíen en ti para regalarte algo tan valioso como sus vivencias? Tratándose sobre todo de algo traumático y personal: «un médico destacaba que no ha conseguido nunca que las mujeres se abran como lo había visto en este documental». Lo cierto es que los directores han retratado a estas mujeres de la manera más inocente y sincera posible, a través de planos detalles que nos permiten verlas más allá de la pantalla, que dejan entrever los destellos de sus almas fuertes y luchadoras: «hemos creado un caldo de confianza y de amistad donde han visto que no tenemos ninguna intención de faltar a ningún tipo de respeto».

Ante este conflicto tan desgarrador, ¿cómo narrar el horror sin quedarse atrapado en él? Néstor responde tras una breve pausa con sinceridad: «Como cineastas trabajamos en la historia, la poesía en contraposición al horror, ¿no? ¿Qué nos queda ante el horror? La poesía y la lucha». Y es que esa media hora de poesía queda retratada a través de las miradas, en los silencios, en la fuerza sobrehumana de estas mujeres que, pese a todo, han conseguido reintegrarse en una sociedad que les ha fallado: «me ha cambiado absolutamente, y sobre todo la manera de ser y de pensar», confiesa Néstor.
A cada uno de nosotros se le ha confiado una nueva semilla, la de no olvidar Kivu, la de poner de nuestra parte para trasladar el foco a esa región donde tanto se necesita. El documental es un recordatorio de que, a pesar de que «el mundo es un lugar difícil, oscuro y complicado, siempre existe una buena razón para seguir viviendo». Porque mientras existan mujeres que resisten, fuertes y esperanzadoras como las atendidas por el doctor Mukwege, siempre habrá algo que proteger, algo que cultivar.










