“Nuestros ojos confiesan en silencio los secretos de nuestro corazón”. (Jerónimo de Estridón)

Esta idea de San Jerónimo también puede aplicarse al mundo de la pintura, porque en ocasiones el mirar los ojos de una persona retratada en un cuadro puede llevarnos a conocer los secretos que escondía en su corazón mientras posaba

María Zambrano dice que “La pintura es un lugar privilegiado donde reposar la mirada” y reposar la mirada sobre algunos de los personajes retratados en los cuadros, puede llevar descubrir el misterio que se esconde detrás de la pintura.

Porque mirar un cuadro, desde el punto de vista puramente fisiológico implica la puesta en marcha de mecanismos muy específicos, primero el ojo que mira, después el cerebro que debe analizar lo visto, y finalmente el corazón, que es el que realmente se emociona cuando disfrutamos de las obras de arte.

Desde luego la visión de un cuadro es realmente una experiencia estética individual marcada por nuestros recuerdos y nuestra biografía, que son los que realmente nos pueden llevar a descubrir el misterio que se esconce detrás de las obras de arte.

Este misterio, es realmente el misterio del arte, que es capaz de unir la pintura con la literatura y también con la filosofía, para crear finalmente en nuestro cerebro una especie de “sinestesia” entre lo que estamos viendo en el cuadro y nuestros pensamientos más íntimos.

«La sinestesia es un fenómeno neurológico por el que la estimulación de uno de nuestros sentidos, como por ejemplo el de la vista, hace que por un mecanismo anómalo se perciba en nuestro cerebro una sensación que debería haber sido trasmitida por un sentido diferente»

La sinestesia es un fenómeno neurológico por el que la estimulación de uno de nuestros sentidos, como por ejemplo el de la vista, hace que por un mecanismo anómalo se perciba en nuestro cerebro una sensación que debería haber sido trasmitida por un sentido diferente. Esto puede permitir por ejemplo que una persona pueda “ver sonidos” o” sentir colores “. La sinestesia no es ninguna enfermedad, sino una variación cerebral de la percepción sensorial normal que se produce en ocasiones, sin que se llegue a ser del todo consciente de ello.

¿Porque quien no ha tenido en muchas ocasiones la tentación de hacer una sinestesia para unir, de alguna manera nuestras grandes obras maestras de la pintura con las de la literatura? Por ejemplo, la pintura de Velázquez con la escritura de Cervantes, ya que realmente que entre estos dos grandes artistas se pueden encontrar muchas semejanzas; ambos tienen el mismo ritmo, el mismo “tempo” sereno, acompasado, el mismo objetivo que se expresa en sus obras sin vaguedades líricas, ni exaltaciones. Porque tanto en las obras pictóricas de Velázquez como en las literarias de Cervantes encontramos lo que realmente puede llamarse “el buen gusto” un gusto, interno, fresco, involuntario, muy nuestro, me atrevería a decir que muy español.

Y esto quizás se deba a que ambos saben ceder de una manera magistral a la debilidad del humor y la ironía, en la que Cervantes recae una y otra vez con su pluma y Velázquez con sus pinceles.

Y si nos fijamos un poco, las descripciones literarias de Cervantes, también podemos encontrarlas en los cuadros de Velázquez, sobre todo cuando el pintor es capaz de captar en la mirada de sus retratados, todas las debilidades de un carácter, como sucedió cuando pinto el retrato del papa Inocencio X.

En aquella época no era habitual que los pontífices posasen para los artistas extranjeros, pero en este caso el papa hizo una excepción por las buenas referencias de las que gozaba Velázquez, por entonces era el pintor de cámara de Felipe IV y además había sido enviado a Roma para aumentar la colección de arte del rey de España.

«En aquella época no era habitual que los pontífices posasen para los artistas extranjeros, pero en este caso el papa hizo una excepción por las buenas referencias de las que gozaba Velázquez»

En el retrato que hace Velázquez de Inocencio X nos muestra al papa Doria Pamphili tal como era realmente, turbador, decidido, con una mirada autoritaria y en cierta medida despiadada.

Mirar el cuadro despierta sentimientos encontrados, la figura representada no expresa movimiento, pero su mirada no es estática, sino que está llena de vida. Al estar delante del cuadro y sentir sobre uno mismo la mirada del Papa, se establece con él una conexión de fuerte impacto psicológico porque los ojos del retratado nos muestran no solo su mirada, sino también su alma.

Este retrato de Velázquez es una obra perturbadora, porque es como si el papa a través de su mirada nos estuviese mostrando “algo que no es correcto”, quizás porque en su cuadro el pintor nos muestra a un pontífice severo, desconfiado, sin dulzura ni santidad, un papa mucho más terrenal que espiritual.

Esto hace de Velázquez uno de los más grandes pintores de la historia del arte porque con sus típicas pinceladas veloces logra mostrarnos el alma de sus personajes con todas sus grandezas, y todas sus miserias, en definitiva, con toda su humanidad.

Se dice que cuando Inocencio X estuvo delante de su retrato quedo desconcertado y exclamó “Toppo vero“ es decir demasiado verdadero.

De todos modos, el pontífice quedó contento con el trabajo que había realizado Velázquez, y además de pagarle le regaló una medalla y una cadena de oro que figuraban entre os bienes del pintor cuando falleció.

Pero Inocencio X escondió el cuadro en un lugar donde nadie que le conociera pudiera verlo, quizás porque el mismo al mirarse pintado en él habría descubierto como era realmente su propia mirada, esa que siempre intentaba esconder a todos, y que ahora desde el cuadro se mostraba tal y como era, enseñando toda la realidad de su alma.

«Pero Inocencio X escondió el cuadro en un lugar donde nadie que le conociera pudiera verlo, quizás porque el mismo al mirarse pintado en él habría descubierto como era realmente su propia mirada»

Por todo esto, el papa no colocó el cuadro en el Vaticano sino en su casa, en el palacio Doria Panphilli en una pequeña habitación escondida donde también colocó un reclinatorio y un pequeño altar; y era allí donde se recogía cuando quería reflexionar.

Este cuadro que ha tenido una gran influencia en toda la historia del arte actualmente es difícil de ver porque continua justo en el mismo lugar donde su protagonista, el papa Inocencio X quiso que siempre estuviera.

Por ello cuando se visita en Roma la Galería Doria Pamphili donde los descendientes del Papa muestran su extraordinaria colección privada en salas suntuosas llenas de Tizianos y Caravaggios maravillosos, es difícil ver este cuadro, porque para hacerlo es necesario atravesar un estrecho pasillo lejos de la parte noble del palacio hasta llegar a la pequeña habitación de la que el cuadro no se ha movido desde que se pintó porque aún ahora y por expreso deseo de los descendientes del papa el cuadro sigue en aquella pequeña y humilde habitación del palacio, la misma donde Inocencio X se retiraba a meditar mientras miraba su retrato.

Francis Bacon cuando vio este cuadro de Velázquez en Roma muchos años después de que fuera pintado, al sentir sobre él la mirada del papa comprendió la amenaza que supondría en aquel tiempo el poder desmedido que podría tener una persona de estas características, llevándole a pintar una y otra vez el retrato de Inocencio X, inspirándose en esta mirada pintada por Velázquez, pero mostrándonosla en sus obras de una manera mucho más siniestra.

Porque la pintura de la mirada en un retrato es algo que puede hablarnos y decirnos mucho sobre la persona retratada.

Jean Paul Sartre decía que “los libros pueden hablarnos al oído cuando los leemos” pues también los cuadros nos pueden hablar cuando los miramos, y el verlos puede inspirarnos sentimientos muy profundos que nos podrían llevar de nuevo al complejo mundo de las sinestesias, en el que las impresiones cerebrales del sentido de la vista se confunden con las procedentes de otros sentidos, porque como dice Leonardo da Vinci en su tratado sobre pintura: “La pintura una vez hecha, nunca muere, como sucede con la música, y al mirarla podremos también oír su melodía“

De esta manera al utilizar el sentido de la vista para mirar algunas obras pictóricas excepcionales como este retrato de Velázquez, en nuestro cerebro puede crearse una sinestesia, en la que las sensaciones puramente visuales puedan transformarse en auditivas, que nos permitan escuchar esa música escondida detrás de las obras de arte, de la que hablaba Leonardo.

Porque realmente cada uno de nosotros en relación con nuestra biografía y con nuestros sentimientos individuales podremos tener una “experiencia sinestésica» distinta al estar delante de las obras pictóricas, porque cada forma y cada color presentes en un cuadro podrán inspirarnos sensaciones muy diferentes. Kandinsky, el gran pintor sinestésico, decía: “El color es un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma. El color es el teclado y el alma es el piano con muchas cuerdas»

Quizás por esto  quizás el sentir  la mirada del papa Inocencio X en este extraordinario cuadro de Velázquez pueda tocar las diferentes cuerdas de nuestro cerebro, en el que como si se tratase del teclado de un piano, se  produciría un sonido, que al convertirse en voz que nos pudiera contar al oído los secretos escondidos en corazón del papa Inocencio X cuando posó para el pintor.

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Doctora en CC Biológicas, licenciada en Medicina y Cirugía por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Oftal- mología. Autora del libro La patología ocular en la pintura a través de la historia clínica oftalmológica editado por la Sociedad Española lde Oftalmología. Autora de numerosos artículos sobre oftalmología y pintura. Ha impartido diversas conferencias sobre la influencia de las enfermedades visuales en la pintura en lugares como el Museo del Prado, el Círculo de Bellas Artes de Madrid, la fundación Caixa Fórum y el Colegio Oficial de Médicos de Madrid.