“—Estoy asustado.
Vio que Piggy alzaba los ojos y continuó como pudo.
—Pero no de la fiera…, bueno también tengo miedo de eso. Pero es que nadie se da cuenta de lo del fuego. Si alguien te arroja una cuerda cuando te estás ahogando…, si un médico te dice que te tomes esto porque si no te mueres…, lo harías, ¿verdad?
—Pues claro que sí.
—¿Es que no lo entienden? ¿No se dan cuenta que sin una señal de humo nos moriremos aquí? ¡Mira eso!
Una ola de aire caliente tembló sobre la ceniza, pero sin despedir la más ligera huella de humo.
—No podemos mantener viva ni una sola hoguera. Y a ellos ni les importa. Y lo peor es que… —clavó los ojos en el rostro sudoroso de Piggy— lo peor es que a mí tampoco me importa a veces. Suponte que yo me vuelva como los otros, que no me importe. ¿Qué sería de nosotros?
Piggy, profundamente afligido, se quitó las gafas.
—No sé, Ralph. Hay que seguir, como sea. Eso es lo que harían los mayores.”

 

«El Señor De Las Moscas» (William Golding)

 

Pienso en hablar de juventud, divino tesoro, y de manera automática me viene a la cabeza El señor de las moscas de Golding. En esta breve obra los niños se las apañan solos, actuando como harían los mayores.

Desconozco si habéis leído la obra pero si lo habéis hecho sabréis qué es precisamente en ese momento en el que dejan de ser niños para comportarse como adultos cuando todo se viene abajo. Abandonan el juego infantil en las blancas playas para prepararse para asaltar el poder. ¿Os suena?

¿Habéis oído hablar de la falta de respeto de los jóvenes hacia los adultos? Las redes arden con mensajes incendiarios, perdonadme la redundancia. Los jóvenes no dicen gracias, los jóvenes son unos vagos, ¡los jóvenes beben!, bla, bla, bla… Si pusiera en un plato de la balanza las veces que un joven me ha faltado al respeto y en el otro las veces que lo ha hecho un adulto os aseguro que tengo claro que plato bajaría hasta golpear la mesa. Y vosotros también. Estoy segura.

Cada vez que salgo en defensa de nuestra valiosa juventud en las redes me llueven los insultos. Y eso me entristece. Me apena vivir en un país que no se da cuenta de que podríamos tener un brillante futuro si apoyáramos a una generación sobradamente preparada. Si en vez de ponerles minas les allanaramos un camino que están soñando con recorrer. Les hemos exigido una formación que nosotros no tenemos: grado universitario, máster, dos idiomas, y algún curso extra por si fuese necesario. Y lo han conseguido. Se han dejado la piel para conseguir un futuro mejor. Ese mismo futuro que nosotros les robamos.

España es ese país con una tasa de desempleo de 40,7% en menores de 25 años que tiene la desfachatez, sí, sí, estoy enfada, de decir que sus jóvenes son vagos porque no trabajan. Señores, no son ellos quienes tienen que crear empleo. Ellos están comenzando en al ámbito laboral y solo tiene que acceder a un puesto de trabajo que les permita desarrollar las habilidades que tienen. A un puesto de trabajo generado por nosotros.

No sé vosotros, supongo que no, pero yo estoy cansada, cansadísima, agotada, de la continua falta de respeto a nuestros jóvenes. Todos hemos sido jóvenes y hemos contestado mal en algún momento, hemos salido a divertirnos y, por supuesto, hemos bebido. Por suerte, nosotros no tuvimos unas redes en el que gente que había hecho lo mismo 30 años antes llegase al fácil recurso del insulto, como si así quedasen perdonados sus pecados del pasado.

Tengo la suerte inmensa de ser feliz entre los jóvenes, de aprender de ellos cada día y, sobre todo, de no olvidar nunca lo que fui hace 30 años, porque es la base de lo que soy.

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