Siempre me han interesado las películas y libros donde la trama ajusta cuentas con la historia. Es uno de los superpoderes de la ficción: proponer otra versión del pasado, imaginar qué habría pasado si… Hablo de darle al espectador la oportunidad de presenciar el asesinato de Hitler, pero también de asustar al lector con un mundo en el que Hitler no solo sobrevive sino que gana la guerra. Las ucronías que, como Malditos bastardos de Quentin Tarantino o El hombre en el castillo de Philip K. Dick, dan un volantazo al curso de la Historia con mayúsculas nos permiten comprenderla y relativizarla, agradecer lo que tenemos y lamentarnos de lo que pudo ser y no fue. Pero también me interesan las obras que no retuercen tanto el flujo de acontecimientos, las que solo le dan un pellizquito minúsculo a la historia, como cuando el inocente Forrest Gump le enseña el culo al presidente Lyndon B. Johnson delante de las cámaras.

«La última película de Tarantino vuelve a recurrir a la ucronía. Creo que no le espoilearé a nadie el final de Érase una vez en Hollywood, estrenada en el lejano 2019″

La última película de Tarantino vuelve a recurrir a la ucronía. Creo que no le espoilearé a nadie el final de Érase una vez en Hollywood, estrenada en el lejano 2019: en el Hollywood imaginado por Tarantino, Sharon Tate no es asesinada por cuatro miembros de la secta de «la Familia Manson» (cuando en realidad la mataron estando embarazada, junto con otras cuatro víctimas mortales). La palanca que desvía la historia de su trayectoria son los vecinos de Sharon Tate: Rick Dalton, un actor de westerns en decadencia, y Cliff Booth, su amigo y doble en escenas peligrosas. En esta ucronía, los acólitos de Charles Manson deciden matar primero a los vecinos, pero Rick y Cliff se defienden heroicamente, sobre todo el doble, un aguerrido veterano de guerra. Los malos mueren, Sharon Tate vive y, colorín colorado, la industria del cine es feliz, al menos en esta versión de cuento de hadas.

Érase una vez en Hollywood no me apasionó, quizás porque ya estoy harto de tantos homenajes de Tarantino: homenaje a la época dorada de Hollywood, a los westerns, a las películas de artes marciales, a Alfred Hitchcock, al cine de serie B… Pero me interesó mucho su final, creo que tiene un gran potencial interpretativo. Mi amigo Alejandro Merino me propuso un ejercicio de empatía espectadora: ¿cómo debió de sentirse el esposo de Sharon Tate, el director Roman Polański, al ver que su esposa embarazada sobrevivía? ¿Se sintió atacado por Tarantino, se emocionó? La imagen del controvertido Polański viendo la película me hizo pensar. Por otro lado, el trágico evento escogido por Tarantino es un parteaguas de la historia reciente de los EE. UU., una fecha que marcó simbólicamente el fin de una época, y no solo porque sucediera en 1969. Los dorados años 60 pueden describirse a la manera de Dickens en Historia de dos ciudades: eran los mejores tiempos, eran los peores tiempos; era la década del movimiento de liberación de las mujeres, del comienzo del movimiento LGBT y de la culminación del movimiento por los derechos civiles, era la década del rearme del supremacismo blanco; era la edad de la revolución sexual, era la edad del abuso del amor libre; era el paraíso de las prácticas espirituales y religiosas New Age, era el infierno de las sectas y los gurús como Charles Manson; era el momento de abrir con LSD y otras sustancias las puertas de la percepción, era el momento de traficar, experimentar y torturar con drogas. La periodista estadounidense Joan Didion describe esta década en su libro Los que sueñan el sueño dorado, en concreto en la crónica «El álbum blanco», cuyo título evoca otro símbolo de los 60. El texto de Didion es bastante autobiográfico, porque entonces vivía en el mismo barrio que Sharon Tate y Roman Polański; de hecho, en una fiesta el director le derramó una copa de vino a la escritora en un vestido, y los dos eran padrinos de la misma criatura. Uno de los últimos pasajes del reportaje condensan esta sensación de fin de época: «Mucha gente que conozco en Los Ángeles cree que los sesenta se terminaron de golpe el 9 de agosto de 1969, en el momento exacto en que la noticia de los asesinatos de Cielo Drive se propagó como un incendio por toda la comunidad, y en este sentido tienen razón. Aquel día estalló por fin la tensión. La paranoia se cumplió». La película de Tarantino retrata el lado más oscuro de los hippies, pero también imagina otro final para los 60. ¿Acaso propone muy tímidamente unos 60 sin final, donde no estalla la tensión, o solo me lo imagino yo?

«La película de Tarantino retrata el lado más oscuro de los hippies, pero también imagina otro final para los 60. ¿Acaso propone muy tímidamente unos 60 sin final, donde no estalla la tensión, o solo me lo imagino yo?»

Cliff Booth protagoniza uno de los momentos más luminosos de la película, y no me refiero a los marcadísimos abdominales del cincuentón que lo encarna (Brad Pitt), exhibidos mientras repara muy masculinamente una antena. El momento al que me refiero es menos espectacular, pero emana una luz más intensa. Cuando este actor de escenas de riesgo conduce el cochazo de su jefe, se cruza con una joven hippy que le tira los trastos y le pide que la lleve hasta su casa, oferta que un machote así no puede rechazar. Estando en la carretera, la chica, que se llama Pussycat, le pregunta de sopetón a Cliff si quiere que le chupe la polla mientras conduce. El actor se sorprende y se siente halagado, pero le pregunta cuántos años tiene. La hippy le dice molesta que es un carca y que hace mucho que nadie le preguntaba eso y por fin responde: tiene justamente dieciocho años. Entonces el desconfiado Cliff insiste en que quiere ver su documento de identidad. Jarrazo de agua fría: el ritual de seducción se ha terminado, puede que las expectativas de ciertos espectadores hayan quedado defraudadas. Se trata de una escena casi anacrónica, inverosímil: ¿cómo es posible que en Los Ángeles de los 60, meca de la libertad sexual, «un hombre como Cliff» —fuerte, atractivo, valiente y varonil: un puto cowboy— rechazara lo que le propone «una chica como Pussycat»? Otro director habría aprovechado la oportunidad para incluir una escena sexual on the road, pero Tarantino prefiere cortarle el rollo al espectador. Ese corte, ese tijeretazo, nos recuerda que sin edad mínima de consentimiento no hay libertad sexual alguna.

Por desgracia, este momento luminoso va seguido de un Cliff muy machote que termina dándole una paliza a un hippy que se ha burlado de él; pero, en fin, nadie es perfecto: la violencia física era en los westerns y todavía es en la película de Tarantino una forma aceptada de solucionar los problemas entre hombres. Alguien podría decir que en realidad los puñetazos de Cliff y la sangre de su rival son irónicos, que la violencia de Tarantino es un código cinematográfico o que solo está golpeando al lado oscuro de los hippies. La verdad es que en muchas ocasiones Cliff se sigue mostrando hipermasculino, es casi un soldado a las órdenes de su amigo Rick, y este patrón de género apenas se desarma (a excepción de la susodicha escena del coche).

En una rueda de prensa le preguntaron a Tarantino por qué Margot Robbie, la actriz que hace de Sharon Tate, tenía muchas menos líneas de diálogo que los otros dos protagonistas (Brad Pitt y Leonardo DiCaprio), pero él no quiso contestar. Su elocuente silencio también debió de defraudar las expectativas de ciertos espectadores. Al menos a mí me defraudó: ¿por qué no le dio un papel más principal a Robbie? ¿Por qué no aprovechar el personaje de Sharon Tate? ¿Por qué no convertir a la superviviente en la protagonista total?

El final de Érase una vez en Hollywood es muy sugerente, he escrito antes que «tiene un gran potencial interpretativo», pero solo es eso, potencia. Propongo darle más sustancia. Propongo que imaginemos otro final, que imaginemos un Hollywood como el de Tarantino pero diferente, que le demos su propia medicina a esta ucronía, que doremos los años dorados. Propongo que alarguemos Érase una vez en Hollywood una hora más, porque, total, la película ya dura 161 minutos. Propongo que en esta segunda parte Sharon Tate siga viva gracias a sus vecinos, propongo que dé a luz un par de semanas después, el niño podría llamarse Cliff. Propongo que Sharon y Roman sigan juntos y más o menos felices, propongo que la pareja y sus vecinos sean buenos amigos. Propongo que el director polaco ayude a Rick a relanzar su carrera, impulsada también por su heroica actuación contra los hippies asesinos de Manson (quien estaría pudriéndose en la cárcel sin ser un famoso criminal). Propongo que Polański grabe las mismas películas que en realidad grabó tras el asesinato de su mujer: Macbeth en 1971, Chinatown en 1974. Propongo que Tate actúe en otras películas, quizás podría aparecer en una de su marido, quizás podría colaborar con Rick. Propongo que Rick Dalton llegue a ser un actor de verdad, justamente respetado en todo Hollywood por sus excelentes dotes interpretativas. Propongo que se celebren muchas fiestas, que los actores y directores se diviertan merecidamente en su tiempo libre: alcohol, sexo, drogas, música, piscinas, etc. Propongo que el 10 de marzo de 1977, cuando Polański está en la casa de Jack Nicholson en Mullholland Drive con una chica de 13 años, drogada por el mismo Polański, a punto de violarla, lo descubra Sharon Tate. Propongo que Sharon Tate salve a la niña de su propio esposo. Propongo que Sharon Tate repita la pregunta de Cliff Booth frente a Roman Polański: «¿cuántos años tienes?». Propongo que la niña conteste, llorando, que tiene trece años. Propongo que sea Sharon Tate quien llama a la policía para denunciar a su marido, que sea ella quien tiene el valor de decir qué les ha hecho su esposo a otras niñas de edades similares. Propongo que esta versión de la película no termine con un plano cenital de la mansión de Rick sino de la prisión donde estarían encerrados Roman Polański y, unas celdas más allá, Charles Manson. Propongo que a continuación un texto explicativo aclare que en realidad el director polaco Roman Polański no está en la cárcel porque escapó de su juicio y nunca ha sido extraditado a EE. UU. De hecho, a principios de 2020 recibió un Premio César por dirigir una película irónicamente titulada J’accuse.

1 Comentario

  1. Estoy de acuerdo en que Robbie está poco aprovechada en la película. Esperaba mucho más y en cierto modo me parecen exageradas las buenas críticas de la película. Me resultó entretenida en su mayor parte, y la salva el final que sí que está a la altura.
    En cuanto a tu extensión de la película…¿qué me dices si al final Polanski entra en la secta de Manson? O si Manson al final recibe una posibilidad por parte de una discográfica y deja de lado su secta para dedicarse al rock? jajaa

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