Durante un improvisado “Año Calderón”, la Compañía Nacional de Teatro Clásico estrenaba el pasado viernes 5 de abril El monstruo de los jardines, una obra poco conocida por el público, pero, quizá justo por eso, más sorprendente.
Bajo la exigente y minuciosa dirección de Iñaki Rikarte, la sexta promoción de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico (JCNTC) presenta su segunda producción tras La discreta enamorada.
El monstruo de los jardines relata la mitológica historia del joven Aquiles (Pascual Laborda), que tras pasar toda su infancia encerrado en una cueva, protegido por su madre, la diosa Tetis (Miriam Queba), descubre el mundo por primera vez, ajeno a la búsqueda encabezada por Ulises (Marc Servera) para llevarlo a liderar en la Guerra de Troya. Durante el proceso de conocer lo que le rodea, Aquiles se enfrenta al reto de descubrirse a sí mismo, así como al amor y a los celos tras conocer a Deidamia (Ania Hernández).
Gracias a una modernizada propuesta escénica (Mónica Boromello, escenografía e Ikerne Giménez, vestuario), la acción se plantea durante los años cincuenta del siglo pasado, ya que, según explica Rikarte, llevarla históricamente la antigua Grecia «colocaba la idea de la guerra en un plano romántico, rebajando su crudeza”. Cabe señalar que, pese a tratarse de una comedia, no deja de tener un trasfondo trágico y momentos profundamente dramáticos.


A nivel actoral, se aprecia una trabajada madurez en la JCNTC que ha salido de su zona de confort y se ha sumergido en un proyecto altamente complejo. Es necesaria destacar la interpretación de Laborda, que presenta a un Aquiles inocente y despojado de todos los atributos que, más tarde, le ha otorgado la historia. Así, consigue emanar una embriagante ternura que conmueve al público durante toda la función, arrancado carcajadas en los momentos más cómicos y extendiendo un tenso silencio durante su trágico desenlace.
Junto a él, Ania Hernández ofrece toda la elegancia que podría esperarse de una princesa, sin dejar de lado unos recios principios y un carácter explosivo que alejan a Deidamia del mito y la acercan a una realidad tangible.
Queba, por su parte, sobrecoge con su maternal y protectora Tetis, así como con su voz cantada, que añade los toques más graves e intensos de la obra. Por el contrario, Íñigo Arricibita desliga al Rey de su función de padre, voluntariamente ajeno a los deseos de su hija Deidamia, pero cuya indecisión y temor a los dioses lo convierten en una pieza indispensable en el entramado cómico de la historia.


El trío compuesto por Libio (Xavi Caudevilla), Danteo (Antonio Hernández Fimia) y Lidoro (Felipe Muñoz) deleita al público gracias al humor del engaño, llegando en alguno momentos al físico, que recuerda a los clásicos de la era dorada de Hollywood.
En lo que respecta a Ulises, Servera lo muestra alejado del héroe, pero astuto, altamente militar y sin escrúpulos, y de cuya obsesión por encontrar a Aquiles se obtiene una comicidad exquisita.
Pero quizá lo más sorprendente sea el cuarteto formado por Cristina García (Sirene), Nora Hernández (Cintia), Cristina Marín-Miró (Soldado/ Músico/ Ninfa) y María Rasco
(Soldado/ Músico/ Ninfa), por lo impredecible de sus aportaciones a lo largo de toda la función, que la mantienen fresca, activa y centelleante ante el público que no sabe qué puede venir tras lo que acaban de ver y que, con casi toda seguridad, no son capaces de anticipar lo siguiente que harán las cuatro actrices. “Si tú haces un personaje pequeño y no le das esa fuerza y ese valor, le estás quitando su dignidad”, explicaba Rasco durante la rueda de prensa.

El monstruo de los jardines es, sin duda alguna, una de las propuestas más ambiciosas de la Compañía Nacional de Teatro Clásico en los últimos años, con todos los elementos que integran una gran producción: una escenografía envolvente, polivalente y distintiva; un vestuario cuidado al detalle que resalta las personalidades de los personajes, un espacio sonoro (Luis Miguel Cobo) sobrecogedor, realista y verosímil que transporta sin esfuerzo alguno al público a los distintos lugares donde se desarrolla la acción, y una complejidad técnica que se traduce en recursos únicos en escena que destacan a esta producción sobre otras anteriores y generan la necesidad de conocer lo que pasa tras el escenario durante la función.
De esta manera, con la primavera llamando a las puertas de los jardines, con flores y colores, la JCTNC ofrece el elemento indispensable para completar estos agradables espacios: el monstruo de Calderón.