«¡Qué maravillosa vida he tenido! Ojalá me hubiera dado cuenta antes«

 

París se preparaba por todo lo alto para transitar hacia una nueva época. Con 1900 culminaba un siglo que había supuesto una auténtica montaña rusa de gloria y miseria. Era un preámbulo para el venidero siglo XX, una promesa de cambio y modernidad. La ciudad se engalanaba para dar la bienvenida al futuro. La Gran Exposición Universal embelleció las calles de París con algunos de sus edificios más hermosos y emblemáticos, construcciones que sintetizaban en sí mismas su aspiración de ser la capital del mundo, del refinamiento y de la vanguardia cultural: la estación de Orsay, el Petit y el Grand Palais, el puente de Alejandro III, el metro… los símbolos del nuevo y cosmopolita París. Esta ciudad de jardines, farolas, cabarés, tertulias y vientos de progreso era el nuevo y fascinante hogar de una joven de provincias, pletórica de energía, de sueños, natural y rebelde: Sidonie-Gabrielle Claudine Colette. Un París deslumbrante que no le hizo olvidar su pequeño pueblo natal, Saint-Sauveur, en donde había disfrutado de una infancia apegada a la naturaleza y a un estilo de vida que amaba profundamente.

«Esta ciudad de jardines, farolas, cabarés, tertulias y vientos de progreso era el nuevo y fascinante hogar de una joven de provincias, pletórica de energía, de sueños, natural y rebelde: Sidonie-Gabrielle Claudine Colette»

Sidonie-Gabrielle había llegado desde Bretaña de la mano de su flamante esposo, Henry Gauthier-Villars, un hombre mayor que ella, al que su entorno conocía cariñosamente como Willy. El caballero era un bon vivant, amante de los placeres y con escasos escrúpulos a la hora de contratar escritores desconocidos que eran los auténticos artífices de sus propias obras.  Al intuir el talento de su esposa, no dudó en empujarla a escribir sin descanso e incluso llegó a encerrarla en una habitación durante casi dieciséis horas para que fuera más prolífica. La propia Colette recordaría cómo comenzó aquella maravillosa aventura que la llevó, sin tener vocación de escritora, a convertirse en un emblema de las Letras francesas, la primera mujer que ingresó en la Academia Goncourt. «Al cabo de dos años de mi matrimonio, hacia 1891, Monsieur Willy me dijo un día: Tendrías que escribir algo acerca de tus recuerdos en la escuela primaria…tal vez podrías aprovecharlos. No te dé miedo incluir detalles picantes…». Nació así Claudine, la bella, rebelde, inocente, seductora, voluptuosa y un tanto perversa jovencita, alter ego de la propia escritora que sacudiría la sociedad francesa y se convertiría en un auténtico símbolo de la nueva sociedad y de la nueva mujer.

Tras superar una grave enfermedad, la joven esposa encontró en esta nueva actividad un aliciente que le fue atrapando de forma irremediable, con la pasión desbordante con la que absorbía la vida.  Terminada su primera historia, se la mostró a su marido que la menospreció, condenándola a permanecer encerrada en un cajón del escritorio de falso ébano y paño granate que tanto disgustaba a Colette. Tiempo después, ordenando sus papeles, Willy encontró el cuadernito que hojeó antes de arrojarlo a la papelera y que contenía la defenestrada historia titulada Claudine en la escuela. Al releerlo murmuró: «Es gracioso». Al continuar la lectura exclamó «¡Santo cielo! Soy un perfecto idiota». Con esta rotunda constatación Willy comenzó el proceso de publicación de la novela que vería la luz, con su propia firma, en 1900.

Claudine se nos presenta con una inequívoca declaración de principios: «Me llamo Claudine, vivo en Montigny, en donde nací en 1884 y, con toda posibilidad, no moriré aquí». Y a partir de esta irrupción directa y sincera en la vida del lector, nos permite acompañarla en su fascinante evolución vital que se despliega a través de cinco novelas: Claudine en la escuela, Claudine en París, Claudine y el matrimonio, Claudine se va y El refugio de Claudine.  

Claudine en la escuela tiene el brillo de la novedad, de la escritura vibrante, de la soltura ingenua. Nos presenta en esta obra a sus compañeras de escuela, “la pléyade envidiada”, a sus profesoras que enmascaran sus prohibidas pulsiones bajo una impostada virtud, como la pelirroja directora, mademoiselle Sergent, o Amée, la profesora auxiliar a la que describe como una gata mimada; a profesores ingenuos, fatuos o promiscuos; a inspectores que aprovechan con cínico paternalismo su cercanía a las jovencitas, traspasando sutilmente los límites del decoro.

«A través de un diario, la narradora y protagonista nos guía con descarada inocencia por paisajes inolvidables; nos arrastra por los recovecos de la pequeña escuela, por las buhardillas donde palpitan oscuros deseos»

A través de un diario, la narradora y protagonista nos guía con descarada inocencia por paisajes inolvidables; nos arrastra por los recovecos de la pequeña escuela, por las buhardillas donde palpitan oscuros deseos; por habitaciones en penumbra plagadas de adolescentes tímidas, pizperetas, promiscuas, timoratas, brillantes, embobadas, larguiruchas, proporcionadas…. Claudine en la escuela supuso una auténtica revolución, una locura. Se vendieron en poco tiempo más de 40.000 ejemplares. Las francesas se descubrieron a sí mismas y lo que podían llegar a ser. «El éxito de Claudine fue, para aquella época, muy grande: sirvió de inspiración en la moda, en el teatro, en los productos de belleza. Yo honrada, sobre todo indiferente, callaba la verdad que solo se supo mucho más tarde». Las calles de París se llenaron de jóvenes con blusa escolar y corbata.

Con Claudine en París, nuestra protagonista abandona su pequeño y querido pueblo para asentarse, junto con su excéntrico padre, en el rutilante París. Al principio, Claudine es presa de una pertinaz melancolía por su antigua vida. Como la propia Colette, Claudine cae enferma y permanece enclaustrada y atrapada por una dulce languidez. Sin embargo, al recuperarse, comenzará a degustar con glotonería las promesas que ofrece la gran ciudad entre las que se encuentra su primo Marcel con el que establecerá una intensa amistad. Los lectores nos encariñamos con esta relación burbujeante que quedará interrumpida por la aparición del padre del joven, el tío Reanud. Él será quien tome de la mano a su joven sobrina para iniciarla en su auténtica educación sentimental. Y así llegamos a la tercera novela, traducida como Claudine y el matrimonio, suavizando el título francés, Claudine en ménage. Nuestra protagonista inicia aquí una singular relación matrimonial que rompe con los convencionalismos establecidos y que supone un inequívoco reflejo de las relaciones triangulares que la propia Colette y su marido Willy estaban manteniendo con otras mujeres. Pero, si hubo una mujer importante en la vida de Colette por aquella época fue la aristócrata Mathilde de Morny, sobrina de Napoleón III y descendiente de los Romanov, más conocida como Missy. Juntas llegarán a escandalizar al París más conservador con una obrita teatral que representarán en 1907, ya divorciada de Willy, titulada El sueño de Egipto, en la que una provocadora momia va perdiendo sus vendas para dar paso a una Colette ligera de ropa que no dudará en besar a Missy, la arqueóloga. Ni siquiera el público del Moulin Rouge estaba preparado para presenciar semejante desafío.

Y será precisamente la última novela de la saga, La casa de Claudine, la que reflejará el declive de su propio matrimonio. En la novela, el esposo de Claudine, el tío Renaud, enfermo y acabado, quiere besar a su joven esposa a la vuelta del hospital; ella no esconde su asco y su rechazo: «Aquí estoy con toda mi energía que nunca he podido emplear a fondo; aquí estoy joven, castigada y privada de lo que secretamente amo con ferviente deseo y me retuerzo las manos con ingenuidad ante mi desastre, ante la mutilada imagen de la felicidad». Ella misma inicia también la lucha por reivindicar la autoría de su obra, que el desaprensivo Willy  había asumido como propia.

«Colette fue una mujer que buscó el amor incansable, sin dejarse frenar por el sexo o la edad de sus amantes. Se casó otras dos veces. De su segundo marido, Henry de Jouvenel, tuvo a la pequeña Colette de la que se desentendió sin grandes remordimientos»

Colette fue una mujer que buscó el amor incansable, sin dejarse frenar por el sexo o la edad de sus amantes. Se casó otras dos veces. De su segundo marido, Henry de Jouvenel, tuvo a la pequeña Colette de la que se desentendió sin grandes remordimientos; él la introdujo en el periodismo, desarrollando otras célebres facetas como la de crítica teatral o cronista de guerra. Pero los impulsos sentimentales de Colette pusieron fin a este matrimonio, cuando la escritora no dudó en seducir al hijo adolescente de su marido, episodio que pudo inspirar su novela Chéri.

Colette rehízo su vida sentimental con su tercer esposo, Maurice Goudeket, un judío al que pudo proteger durante la invasión nazi. Él sería su compañero definitivo, aquel que permaneció a su lado hasta su muerte.

Las Claudines marcaron el inicio y esplendor de su carrera y son, sin duda, las responsables de su icónico recuerdo. Pero escribió otras muchas obras memorables como Gigi (1944), una de sus obras más conocidas, quizá por la adaptación teatral de Broadway interpretada por la mítica Audrey Hepburn, a quien descubrió la propia Colette con su perspicaz intuición y, por supuesto, por la cinematográfica de Vincente Minelli, ganadora de nueve Oscar.

«Colette se puso el mundo por montera con su melena corta y rizada, con sus estrambóticas ropas masculinas o sus collares de perro, con sus desnudos y sus bailes provocadores, con su obra maravillosa con la que removió los cimientos de una sociedad decadente que se abría a una nueva época»

Colette se puso el mundo por montera con su melena corta y rizada, con sus estrambóticas ropas masculinas o sus collares de perro, con sus desnudos y sus bailes provocadores, con su obra maravillosa con la que removió los cimientos de una sociedad decadente que se abría a una nueva época. Se relacionó con los grandes emblemas de su época: Proust, Válery, D’Annunzio, Cocteau, Ravel, Tamara de Lempicka o Coco Chanel. Se enfrentó a lo establecido, no para destruir sino para crear, huyó de hipocresías y reivindicó el derecho a ser uno mismo.  Colette ha pasado a la Historia no por sus discursos o consignas, sino por el legado de una gran obra que marcó un nuevo rumbo en la Literatura.

Claudine−Colette nos dejó como manifiesto existencial una frase lapidaria, que refleja su auténtica esencia y que continúa siendo revolucionaria: «No temo a nadie, ni siquiera a mí misma».

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