Hay quien dedica media vida a perseguir una Concha de Plata. Carla Quílez fue a recoger la acreditación de su primer Festival de San Sebastián sin imaginar que unas horas después tendría que subir al escenario a recoger una. Tenía catorce años. Era su primera película. Y, según ha contado ella misma después, ni siquiera contemplaba seriamente la posibilidad de ganar.
Aquella noche ocurrió algo curioso. Mientras buena parte del público descubría el nombre de Carla Quílez, quienes habían visto La maternal ya sabían que aquello no era una sorpresa, sino una consecuencia.
«De pronto aparece alguien que obliga a cambiar la conversación. No porque sea espectacular, sino porque resulta imposible explicar por qué funciona tan bien»
En el cine sucede muy pocas veces. De pronto aparece alguien que obliga a cambiar la conversación. No porque sea espectacular, sino porque resulta imposible explicar por qué funciona tan bien. Hay actores que impresionan por su técnica, otros por su presencia y algunos por su carisma. Carla Quílez pertenece a esa categoría mucho más escasa de intérpretes que transmiten verdad. Y la verdad, en el cine, sigue siendo el efecto más caro de fabricar.
Lo irónico es que ella ni siquiera estaba buscando convertirse en actriz.
Mientras miles de jóvenes encadenan cursos de interpretación, castings, videobooks y representantes con la esperanza de conseguir una oportunidad, Carla dedicaba buena parte de su tiempo a bailar. Ballet, contemporáneo, claqué, hip hop, danza urbana… Su vida giraba alrededor de la música y el movimiento. Hasta que un día la directora de casting Irene Roqué vio uno de sus vídeos bailando en Instagram y decidió escribirle. La historia tiene incluso un pequeño giro de comedia. Carla pensó que aquel mensaje era falso, una estafa más de internet. Y así fue su madre quien acabó llamando al número que aparecía en el mensaje para comprobar si efectivamente alguien quería que aquella adolescente hiciera una prueba para una película.
Existe cierta tendencia romántica a pensar que los grandes actores nacen en escuelas míticas o descubiertos por algún director visionario mientras recitan Shakespeare en un teatro diminuto. La realidad suele ser mucho menos cinematográfica. A veces basta un vídeo de treinta segundos grabado con un teléfono móvil. Lo interesante es que el algoritmo encontró a Carla y por supuesto el talento hizo el resto.
Pilar Palomero buscaba una protagonista para La maternal, una historia sobre una adolescente embarazada obligada a enfrentarse de golpe a la maternidad y al final de su propia infancia. Era un personaje dificilísimo que exigía vulnerabilidad sin sentimentalismo, rabia sin exageración y una naturalidad capaz de sostener una película entera y Carla simplemente consiguió que el espectador olvidara que estaba viendo una interpretación.
«Era un personaje dificilísimo que exigía vulnerabilidad sin sentimentalismo, rabia sin exageración y una naturalidad capaz de sostener una película entera»
Ahí reside la diferencia. Con frecuencia se habla del “talento natural” como si fuera una especie de don misterioso. En realidad, suele consistir en algo mucho más sencillo de definir y mucho más complicado de conseguir: hacer que nadie piense en el actor mientras mira al personaje. y así hay intérpretes que parecen estar constantemente recordándole al espectador lo bien que actúan. Carla Quílez hace exactamente lo contrario. Desaparece.
Quizá la danza tenga parte de culpa. Quien ha pasado años aprendiendo a controlar el cuerpo comprende que una emoción también puede expresarse desde un hombro que cae unos centímetros, una respiración que cambia o una mirada que evita cruzarse con otra. Sus personajes hablan incluso cuando permanecen completamente callados. Sin embargo, reducir su futuro únicamente a su talento sería quedarse a medio camino. Las grandes carreras casi nunca se construyen únicamente sobre la capacidad de interpretar. También necesitan personalidad. Y ahí Carla vuelve a sorprender.
Vivimos en una época curiosa. Algunos intérpretes parecen más preocupados por construir una marca personal que una filmografía. Las entrevistas acaban hablando más del algoritmo que del personaje, y las alfombras rojas generan más titulares que los rodajes. Carla Quílez parece vivir en otro planeta. Habla de la actuación con la misma naturalidad con la que habla de seguir bailando. Incluso ha comentado que si algún día el cine dejara de formar parte de su vida, la danza seguiría siendo su refugio. Hay una humildad poco impostada en esa manera de entender la profesión. No transmite la sensación de alguien convencido de haber llegado. Más bien la de quien todavía siente curiosidad por aprender.
Y quizá esa sea una de sus mayores virtudes.
Porque el éxito precoz suele esconder una trampa. Convencer a un actor de que ya no necesita evolucionar, y hasta ahora, Carla parece haber escapado de ella.
Después de La maternal han llegado nuevos proyectos, series como Yakarta o Pubertat, personajes diferentes y la sensación de que cada trabajo añade una capa más a una actriz que todavía está construyéndose. No da la impresión de haber encontrado una fórmula para repetirla, sino de estar buscando siempre la siguiente y eso, sin duda, suele ser una buena noticia.
«No da la impresión de haber encontrado una fórmula para repetirla, sino de estar buscando siempre la siguiente y eso, sin duda, suele ser una buena noticia»
España atraviesa uno de los momentos más fértiles de su historia audiovisual. Nunca se habían rodado tantas series, tantas películas ni tantas coproducciones internacionales. La competencia es enorme y el talento joven aparece con una velocidad vertiginosa. Precisamente por eso resulta tan difícil destacar y Quílez lo hace sin levantar la voz. No necesita interpretaciones explosivas para dejar huella, ni convertirse en personaje fuera de la pantalla para existir dentro de ella. Y no parece tener ninguna prisa por convertirse en estrella, que suele ser la forma más inteligente de acabar siéndolo.
Dentro de diez años sabremos hasta dónde llegó su carrera. Eso nadie puede anticiparlo. El cine tiene la mala costumbre de desmontar cualquier pronóstico. Pero hay una intuición que cuesta ignorar. Las grandes actrices no son únicamente aquellas capaces de emocionar. Son las que consiguen que olvidemos durante dos horas que existe un guion, una cámara, un director y un equipo de cien personas alrededor.
Carla Quílez posee ese raro talento, el de parecer verdad. Y ese sigue siendo probablemente el mayor elogio que puede recibir una actriz.










