Laura Grani

El panorama vinícola nacional está en pleno bullicio. Emprendedores soñadores están escogiendo ahora mismo los parajes y variedades que se pondrán de moda en unos años. Pagos y Denominaciones todavía desconocidos están a punto de convertirse a la excelencia en un sector que no ha dejado de evolucionar en las últimas décadas.

Y es justo ahora cuando las bodegas que apostaron por parajes y terruños singulares hace tiempo están empezando a sacar sus mejores frutos.

Entre ellos hay algunos de los proyectos más interesantes de las últimas dos décadas y unos que, por diferentes razones, sorprenden más que otros. En el caso de Bodegas Carrascas lo primero que sorprende es la elección de su ubicación, en el corazón de La Mancha, donde hasta tiempos relativamente recientes no estábamos acostumbrados a encontrar grandes vinos. Pues bien, los tiempos cambian y, gracias a Baco, algún bodeguero soñador ya ha establecido en la DO raíces de las buenas. Otro dato que sorprende es la altura de sus viñedos, situados a unos 1.000 metros, con todas las dificultades que esto conlleva. Ahora, si hay algo que nos está quedando claro en los últimos años, es una tendencia clarísima a apostar por viñedos de altura y bajas producciones. Ambas tendencias significan que el objetivo es elaborar grandes vinos.

Bodegas Carrascas es el sueño hecho realidad de la familia Payá, que, en 2004, apostó por crear una bodega de excelencia en el suroeste de la provincia de Albacete, entre las comarcas de Campo de Montiel y Sierra de Alcaraz, en el término municipal de El Bonillo.

Allí se encuentra un terruño tan excelente cuanto desconocido. Se trata de una bodega joven donde la experiencia la ha puesto un equipo humano de primer nivel capitaneado por su Director General Rafael Veas López, todo un referente en el mundo vitivinícola. Y cuando la ilusión se junta con la experiencia y con muchas ganas de trabajar, los resultados pueden llegar a ser de los que enamoran.

Cuando hablamos de terruño, terroir para los vecinos franceses, nos referimos a un concepto un pelín abstracto ya que incluye no solo el territorio o terreno, sino también el clima y, cómo no, la influencia del hombre. Aquí, en El Bonillo, la finca Carrascas está rodeada de un ondulado paisaje con aromas a tomillo y romero, salpicado de míticas sabinas y carrascas centenarias. Se trata de un área protegida en la que con frecuencia se ven ciervos, águilas y avutardas que se detienen a beber en el río Pinilla. Un paraíso manchego para descubrir.

¿Puede todo esto expresarse en un vino? Pues nada más probar los vinos de Carrascas la respuesta resulta clara. Sí, aquí se elaboran grandes vinos y sus nombres son toda una declaración de amor al territorio, El Tomillo y el Viento Bailan, La Torpe Avutarda Descansa, Y Solo Cuando el Río Calla o Al Cobijo de una Gran Sabina.

Poesía pura, placer y delicia. Que haya más proyectos así ¡por Baco y por España!

El Tomillo y el Viento Bailan: un blanco de viognier, brillante y luminoso, de color amarillo pajizo con reflejos verdosos. Aromas que recuerdan a melocotón y flores blancas. Su punto fuerte está en la boca, entra fácil y se va lentamente dejando un recuerdo largo y placentero.

La Torpe Avutarda Descansa: un tinto de syrah y tempranillo con aromas frutales como guinda en licor y cereza con madera limpia. En boca, tiene buena entrada y recuerdos golosos, monte bajo y cacao.

Y Solo Cuando el Río Calla: chardonnay fermentado en barrica con notas cítricas con recuerdos de panadería. Muy untuoso, con notas de fruta madura pero también de pomelo que aportan un punto de amargor. Postgusto largo y con toques de tostados.

Al Cobijo de una Gran Sabina: tinto de cepas ya mayores (unos 30 años). Cuando se abre en la copa, se hace complejo, con recuerdos de fruta negra de bosque, pan tostado y toques minerales. En boca, es carnoso, con volumen. Buen equilibrio entre alcohol, acidez y estructura. Largo en boca y gran persistencia.

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