“Al bailar el vals cada vez que Vronsky hablaba, se encendía en los labios de Ana una sonrisa feliz gracias a la seguridad y la gracia de sus movimientos» Leon Tolstoi. Ana Karenina.
La vida, en ocasiones, gira al ritmo de un vals. No hay baile o música que pueda unir más a las personas; quizás por ello, Tolstoi en su novela «Anna Karenina» hace del vals que bailan los protagonistas el hilo conductor con el que se inicia su historia. Y quizás pueda ser también la música de un vals, donde las parejas giran en círculo alrededor de sí mismas una y otra vez, la que nos permita adentrarnos en la vida de Eduard Manet y Berthe Morisot, dos pintores que giraban juntos alrededor del lienzo creando sus obras en sintonía, como si bailasen un vals al que después también se añadió Eugène, el hermano menor de Eduard.
Vamos a adentrarnos en la vida de estos tres personajes que discurrió con la cadencia de un vals en tres tiempos, en el que el ritmo de la música siempre lo marcó Berthe Morisot, una mujer con un talento y un carácter excepcionales.
De los tres, quizás el más conocido sea Eduard Manet (1832-1883), un pintor controvertido para su época que pertenecía a una familia aristocrática parisina. En un viaje a Madrid, visitó el Museo del Prado, quedando deslumbrado por los negros de la pintura española, especialmente por Velázquez, que para él era «el pintor de los pintores».
En el Salón de París de 1863, presentó sus cuadros «Desayuno en la hierba» y «La Olympia», que tenían en común a la modelo, Victorine Meurent, pintándola desnuda en ambas obras. Para Eduard, el arte debía ser «la escritura de la vida», y con sus cuadros pretendía hacer crítica social, de manera que todos los respetables padres de familia que visitaban el salón y que mantenían secretamente a sus amantes al verse reflejados en sus obras se indignaron y quisieron destruirlas, por lo que se tuvo que poner protección policial en la exposición para impedirlo.


En el mismo salón de París, una jovencísima Berthe Morisot exponía un pequeño paisaje, apenas visible en la parte más alta de las salas de exposición. Los dos artistas aún no se conocían.
Berthe Morisot pertenecía, al igual que Eduard, a una familia burguesa; su padre era un alto funcionario muy aficionado a las artes y siempre quiso que sus dos hijas, Edma y Berthe, desarrollaran sus actividades artísticas tomando clases con maestros como Corot y Guichard. Eduard y Berthe se conocieron gracias a un amigo común, también pintor, Fantin Latour, que presentó a Eduard a las hermanas Morisot cuando copiaban cuadros en las galerías del Museo del Louvre.
Nada más conocerlas, Fantin le dijo a Eduard: “Soy de vuestra opinión, las hermanas Morisot son encantadoras, lástima que no sean hombres”. Este comentario de Eduard era típico de aquella época, en la que el papel de la mujer en el arte se consideraba menor. A pesar de ello, se quedó muy sorprendido al encontrar mucho talento en la obra de las hermanas Morisot.

Pero, sobre todo, Eduard quedó deslumbrado por Berthe y enseguida quiso que posara para él. Era difícil acercarse a ella por su carácter reservado, pero después de pensárselo mucho, se lo pidió en una carta que decía: “Estoy pintando un cuadro que titularé El Balcón, en el que he intentado captar un momento mezclando las impresiones que tuve un día paseando por las calles de Boulogne sur Mer al ver a tres veraneantes asomados a una ventana, como si hiciera una fotografía igual que hace Nadar, mezclando esta sensación con el cuadro de Goya ‘Majas en el balcón’ que he visto en el Museo del Prado en Madrid. Enseguida pedí a amigos que posaran para mí, la violinista Fanny Claus, amiga de mi mujer, y mi amigo el pintor Antoine Guillemet, pero me faltaba el tercer personaje, y nada más que la vi a usted en el Louvre, supe que era quien ocuparía el lugar más importante en el cuadro, sentada”.


Y como los cuadros de Eduard siempre daban lugar a polémicas, cuando presentó en el salón «El Balcón» con Berthe como modelo principal, comenzaron las críticas diciendo que, como una señorita de la alta sociedad, había posado para un pintor de tan mala fama. Incluso comentaron que la había pintado fea y empezaron a atribuirle fama de mujer fatal.
Estos comentarios indignaron a Eduard, que llegó a batirse en duelo con un periodista por hablar así de su amiga. Sin embargo, a Berthe, todo esto no solo no le importó en absoluto, sino que incluso le divirtió, y así se lo dice a su hermana en una carta: “En su cuadro me veo quizás más extraña que fea, parece además que ahora se me ha puesto el título de mujer fatal, y eso me gusta mucho; por eso me quedé realmente consternada cuando nuestro amigo Fantin Latour me confesó que Eduard se había batido en duelo con un periodista por hacer estos comentarios sobre mí.”
Puede llamarnos la atención la diferencia de caracteres entre los dos artistas. Eduard era un burgués al que le importaba mucho la opinión de los demás, y, sin embargo, Berthe era totalmente distinta de las mujeres de su época, y lo que pensara la gente de ella le era totalmente indiferente. Incluso podía llegar a hacerle gracia, como le comenta a su hermana. A partir de entonces, Berthe se convierte en la modelo favorita de Eduard y posa para él vestida de blanco en el cuadro titulado “El Reposo”.

Los dos artistas comienzan a pintar juntos. Berthe sabía muy bien lo que quería hacer en pintura, pero Eduard, que tenía más experiencia que ella como pintor, quería instruirla y comienzan entonces los desacuerdos, especialmente cuando Berthe le pide ayuda a Eduard para terminar su cuadro “La lectura”, que quería presentar en el Salón, en el que retrataba a su madre y a su hermana. En sus cuadernos íntimos, Berthe nos relata lo que pasó esa tarde que Eduard fue a su casa para ayudarla con su cuadro:
“A Eduard una vez que comenzó a pintar no había quien le parara. Pasó del vestido de mi madre a la cara, de la cara al fondo, me decía tonterías, se reía como un loco; a las cinco de la tarde habíamos pintado una caricatura de lo que yo quería hacer. Desde luego, a mi madre todo esto le pareció encantador, pero a mí me puso muy nerviosa y tuve que salir de casa dando un portazo. Eduard quiere llegar a la luz en sus cuadros a través del negro. Yo, sin embargo, busco hacer entrar el aire y la luz en mi pintura a través de colores sutiles.”

Esta fue una época difícil para Berthe, su hermana Edma ya se había casado y, como todas las mujeres de entonces, había dejado de pintar. Ella tenía ya 28 años y no pensaba en buscar marido, que era lo que más ansiaba su madre; solo quería pintar y progresar en su arte. En esta época sufre dolores de cabeza y molestias gástricas, y la relación con sus padres no es buena.
Su amistad con Eduard también toma otro rumbo, como le cuenta a su hermana en una carta: “Eduard ya ha dejado de perseguirme ciegamente para que pose para él. Ahora tiene otras modelos, no me importa, yo solo quiero continuar aprendiendo y progresar, pero desde luego, lo que rechazo es hacer todo como él.”
En esa época, Eduard había tomado como alumna a Eva González, a la que, como a Berthe, también retrató. Pero cuando lo hizo, tuvo muchas dificultades para poder pintarle la cara, y todo esto se lo cuenta Berthe a su hermana al escribirla: “Manet me pone como modelo a Eva, ella hace todo lo que él le dice con las mezclas de color y las texturas. La está pintando un retrato mientras trabaja, pero no le sale; ha tenido que recomenzar a pintar su rostro veinte veces, lo borra con jabón negro una y otra vez, pero él es el primero en comentar esto a todo el mundo y reírse. Creo que Eduard sobrevalora a Eva, que lo único que hace es copiar su estilo de pintura. Lo único que me molesta es que a ella la haya retratado pintando y a mí no.”

En 1870 estalla la guerra franco prusiana y los Morisot la pasan en Paris, una bomba destruye el estudio de cristal que el padre de Berthe le había construido en el jardín de su casa, son tiempos muy difíciles, pero que a ella le sirven para crecer como artista
Toma apuntes de todo constantemente y en cualquier sitio sin necesidad de utilizar su estudio de pintura y cuando acaba la guerra escribe en sus cuadernos íntimos:
“Tengo necesidad de volver a posar para Eduard necesito verle pintar mientras me habla de mil cosas , si no me lo pide, se lo propondré yo”
Las condiciones tan duras durante la guerra habían cambiado a Berthe, ya no es la señorita que estaba esperando que Eduard le pidiera posar para el, ahora es ella quien se lo pide y Eduard como siempre, esta encantado de volver a pintarla, y esta vez lo hace utilizando su color favorito, el negro.

De esta época es el cuadro «Berthe Morisot con un abanico», en el que Eduard la pinta intentando ocultar su rostro con él. Aun así, todos sabían quién era la modelo y se escandalizaron de nuevo, diciendo que era posible que una señorita de la alta sociedad y soltera posara enseñando un tobillo y parte de la pierna a un pintor de tan mala fama como Eduard Manet. A Berthe, de nuevo, esto no le importó en absoluto.

En esta época, Eduard también la retrata en el cuadro titulado “Berthe Morisot con un ramo de violetas”. El pintor le regaló la pintura del ramo a Berthe por posar para él. Eduard logró venderlo, y Berthe posteriormente consiguió recuperarlo en una subasta por 4,500 francos cuando murió Eduard y no se separó nunca de él, porque era el retrato favorito de todos los que él le había pintado.
Escribe en relación al uso del negro por Manet en este cuadro: “El negro de Eduard es el emblema de su estilo, es un negro brillante que irisa el resto de los colores de su paleta. No es fúnebre ni funesto, sino dinámico, ardiente y alegre.”
A pesar de que ella trabajaba siempre con tonos luminosos en sus obras, no dejaba de admirar la maestría que tenía su amigo Eduard con el uso de negro.
Pero ahora la historia de estos dos amigos pintores se complica cuando Eugène Manet, el hermano pequeño de Eduard, le pide matrimonio a Berthe y esta acepta. Cuando Berthe se casa tiene ya 30 años, una edad muy tardía para casarse una mujer en esa época, por lo que la ceremonia se realizó en la iglesia de Notre Dame de Grace en París a primera hora de la mañana en la más estricta intimidad.

Eduard Manet fue naturalmente el padrino de la boda y le regaló a la novia el último retrato que la pintó, donde aparece de nuevo vestida de negro y mostrando el anillo de casada en su dedo.
Eugène Manet era un hombre muy avanzado para su época, que siempre animó a su mujer a pintar, a exponer y la puso en contacto con el marchante Durand Ruel. Así, Berthe comenzó a vender sus obras, algo que nunca había hecho antes, porque entonces se suponía que una señorita de la burguesía no podía vivir de su trabajo como pintora.
Se inicia una compenetración total entre los recién casados, algo que extraña incluso a la madre de Berthe, que pensaba que su hija se había casado a la desesperada y no porque realmente quisiera a Eugène. En una carta, le dice: «Ya no ves casi a tus hermanas ni vienes por casa como antes, siempre estás con Eugène. ¿Será que te estás enamorando de él?» El carácter reservado de Berthe hacía que nadie llegase a conocerla realmente, porque, desde luego, ella se había casado con Eugène por propia elección y nunca por miedo a permanecer soltera.
El 14 de noviembre de 1878, da a luz a su hija Julie y le escribe una carta a su hermana Edma diciéndole: “Lástima que no sea un hombre; con su apellido tendría la mitad del camino ya recorrido.”
La verdad es que puede ser muy interesante analizar este comentario de Berthe porque, al casarse en Francia, las mujeres pierden su apellido de soltera. Después de su matrimonio con Eugène, ella dejaría de ser Berthe Morisot para ser Berthe Manet, pero ella nunca quiso hacerlo y siempre quiso ser para todos Berthe Morisot, y su marido lo consintió, porque Eugène era un hombre muy avanzado para su tiempo.













