Si durante tu infancia viste Barrio Sésamo, es hora de que veas este musical. Las referencias de Avenue Q al mítico programa de televisión infantil son más que obvias en el propio título y el protagonismo de las marionetas. Pero las similitudes van más allá.

El público llega a la Avenida Q por primera vez acompañando a Felipe (Diego Monzón) en el momento más aterrador de la vida adulta: el mundo te ve como un adulto pero tú no. Recién graduado, Felipe busca un bonito piso que alquilar y poder empezar a trabajar de lo suyo. Pista: no pasa. En un zulo por el que paga un dineral y con trabajos precarios, se decide a buscar una meta en la vida que le dé un propósito. 

Pero Felipe no es el único con problema en la Avenida Q, de hecho todos los vecinos subsisten como pueden, ya sea compartiendo piso, en un empleos donde los explotan, juntándose con malas influencias, saliendo con una novia inventada o aguantando a un vecino un poco turbio.

La comedia, no apta para menores de 16 años, aborda de manera hilarante los problemas más universales a los que las personas se enfrentan al independizarse: la soledad, la sexualidad, las ambiciones frustradas, futuros prometedores que nunca llegaron y una búsqueda constante de la verdadera identidad, que suele ir acompañada de ansiedad, mentiras y rupturas, tanto amorosas como con amigos.

Sin embargo, aunque los propios personajes compitan por ver cuál de sus vidas es más mierda, y reconozcan sus fallos (como en la canción Todo el mundo es un poco racista) el mensaje que rezuma del Teatro Caixabank Príncipe Pío es bastante similar al de cuando terminaba el episodio de Epi y Blas: con amigos y paciencia las cosas pueden mejorar. Porque, al crecer parece que la vida descarrila y todo lo que creías saber sobre esta resulta que no era cierto.

Bajo la dirección de Gabriel Olivares y José Félix Romero, el elenco, polivalente y vibrante, consigue que el público aparte por completo los ojos del actor y se centre en la marioneta, que parece cobrar vida propia con personalidades más que definidas como la de Cati Monster, interpretada por una conmovedora Lucía Ambrossini o el recio Nico, a quién da vida Jaime Figueroa, junto a Treki Monster. Mary Capel, por su parte, se desdobla de una manera admirable como la resuelta y desvergonzada Mihaela, así como con Lucía que es todo provocación, sensualidad y potencia vocal. Completan el elenco Dani Orgaz como el animado y optimista Roque y Alberto Scarlatta como el niño prodigo, un actor infantil cuya carrera nunca llegó a despegar.

Gracias a la escenografía y atrezzo de Anna Tusell, la Avenida Q aparece frente a los ojos del público como una calle del madrileño barrio de La Latina cuyo edificio central alberga las vidas de todos los personajes. El vestuario de Eduardo de la Fuente y la iluminación de Ezequiel Nobili completan una puesta en escena redonda e inmersiva.

Avenue Q se siente, en definitiva, de manera muy cercana, como un recuerdo de la niñez mezclado con las conversaciones con los amigos en las que, en muchas ocasiones, se fundamenta la salud mental de la población adulta. Y quizá eso sea lo más reconfortante de esta obra, que uno puede comparar su mierda de vida con la de los personajes y ver que quizá no esté todo perdido.