Muchos siglos después, todavía alguien podía asegurar que portaba su sangre, y en absoluto un cualquiera, sino el gran Alejandro de Macedonia, cuyas inabarcables conquistas sublevaron la admiración de Roma y de tantos otros. En efecto, muy pocos personajes de la Ilíada —no digo ya de los paladines precedentes como Jasón, Teseo o Belerofontes— pervivieron en una saga durante un buen puñado de siglos; sin embargo, su linaje, el de la ultrajada Andrómaca, constaba que latió durante centurias entre los Molosos, soberanos de Epiro. Y Olimpia, princesa de esta casta, lo legó al inmortal Filipeida.

Aunque estos vástagos de Andrómaca llevaban, y como mayor botón de gloria, un cuartillo de sangre del causante de todas las desgracias de su ancestral progenitora: Aquiles Pélida, el más venerado de los héroes y el inmarcesible modelo de la juventud helena. Pues sucedió que, primero, este señor de los mirmidones y, después, su hijo resultaron tan funestos para Andrómaca como determinantes para su descendencia; tal es así que antes de retirarse del combate contra Troya por la sustracción de Briseida, Aquiles había asesinado a sus siete hermanos y a su padre Eetión, soberano de Tebas Hipoplacia, durante la toma de esta ciudad, y cuando retornó a la lucha, acabó también con su amado esposo, Héctor Priamida, en el duelo que cerrará el gran poema. Pero he aquí que el semidivino hijo de Tetis y Peleo murió poco después por el certero flechazo de Paris contra su vulnerable talón; entonces, los jefes aqueos hicieron venir desde Esciros a su unigénito, Neoptólemo, quien, durante un escarceo en el asalto a Troya, arrojó desde la torre al pequeño Astianacte, único vástago de Héctor y de Andrómaca. Y una vez ya arrasada la ciudad, cuando la viuda del Priamida no era sino botín de cualquier caudillo aqueo, para su inmenso dolor fue tomada como concubina por Neoptólemo, el asesino de su bebé. Con el tiempo, le parirá tres hijos: Pérgamo, Píelo y Moloso. Este último, resultó luego rey de la tierra donde Neoptólemo alzó ciudad y gobierno, Epiro, y allí fundó esa saga de la que descendió Olimpia, principal esposa de Filipo de Macedonia y madre de Alejandro Magno; como igualmente pertenece a esta casta molosia un célebre sobrino segundo suyo, el arriscado Pirro, quien sin coronar alguna conquista capaz de compararse con las deslumbrantes de su pariente el gran macedonio, en cambio provocó, por sus arduas victorias en Italia, un adjetivo que aún se utiliza para señalar un costoso triunfo que luego apenas otorga ventaja: pírrico.

Pero retrotraigámonos diez o doce siglos hasta las desgracias de Andrómaca que, como era de esperar, no hallaron receso con su humillante degradación a esclava de Neoptólemo; pues este, una vez conseguido su dominio de Epiro, tomó por esposa a una princesa con trono vigente: la espartana Hermíone. Y como esta vanidosa —bueno, todas las princesas lo eran— no quedase embarazada pasados unos meses y Andrómaca ya presentaba vivos frutos de Neoptólemo, pretendió no solo asesinarla por urdidora de su esterilidad con hechicerías sino también completar la sangrienta purga con el hijo, Moloso, para asegurar el trono a su posible futuro embarazo. Para este doble crimen recurrió a su padre, el Átrida Menelao —ya saben, el esposo de Helena, la causante de la guerra— recién arribado de Troya y, por tanto, curtido de sobra en degollinas.

En este tenebroso instante, intervino el bisabuelo del niño Moloso, el viejo Peleo, que, como padre del semidivino Aquiles, sabedor de los muchos quebrantos causados por su hijo a la sufrida Andrómaca y héroe de la escuela arcaica que había navegado con Jasón, asesinado a un hermanastro y despedazado a una reina adultera, puso a todos en su sitio apenas su voz cavernosa retumbó sobre la escena. Pero el dramón no acabó aquí, porque, mientras, Orestes, otro Átrida, había matado a Neoptólemo en Delfos, por una ofrenda de más o de menos al febo Apolo, con lo que el graderío bramó de dolor ante la sorpresa y Eurípides obtuvo un triunfo memorable con esta tragedia.

Con Andrómaca, su suegra Hécuba y su cuñada Casandra los personajes trágicos se adueñaron de la emoción helénica; los héroes dejaron de ser acometedores de proezas para tornarse en ensoberbecidos atormentados; la poesía descendió del tronante clamor épico al conmovedor canto lírico, y hasta la religión dejó de dictar a las naciones para susurrar solo a las almas; acababa de irrumpir una nueva era.

En fin, que hemos llegado al célebre Siglo Quinto de Pericles y de Sócrates, de Esquilo y de Fidias, cuando la bruma mítica comenzó a desvanecerse de las mentalidades, y con ella se apagó el fulgor de los héroes y se cuarteó la autoridad inconmovible de los patriarcas; por tanto, esta serie —que les he ido entregando durante un año y un mes— consagrada a sus figuras, creo que ha concluido. Además, me despido con la doliente Andrómaca, de quien todo manual rigurosamente apostilla: “ejemplo de esposa amantísima en la Ilíada”; nada más lejano a los héroes y a los patriarcas, que tomaban mujer de arrebato o por pacto, y la convertían en hosca maceradora de todo recelo, para que sus pupilas acabasen interpretando premoniciones que salvaban a pueblos enteros. Sin embargo, ninguna de ellas, pero ninguna, ni halló ni dispenso ternura en su lecho.

Aunque ni teman, ni malicien; porque proseguiré con una rara continuación: los personajes dramáticos; esos héroes que ya no pudieron tutear a los dioses.

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En 1996 decidió dejarlo todo para dedicarse a la escritura. Entre 2004 y 2006 publicó un par de crónicas sobre guerras africanas y otra de asunto local, y en 2011, el ensayo Gaudí o el clamor de la piedra, que resultaría seleccionado como lectura recomendada en los cursos de doctorado de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, mientras mantenía el blog Los cuadernos de un amante ocioso, publicado íntegro en 2015. Títulos a los que se debería añadir las novelas Stopper (2008), que sería distinguida como lectura imprescindible por el Dpto. de Lenguas Modernas de la Universidad Estatal de California; Las cuentas pendientes (2015), Un crimen de Estado (2017) y, por fin, Las calicatas por la Santa Librada (2018), que había resultado finalista absoluta del XXIII Premio Azorín, en 1999.

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