Con quince años no siempre es fácil percibir que la vida te ha hecho un gran regalo y que lo que estás viviendo es un auténtico privilegio. Sin embargo, con quince años yo tuve la suerte de toparme con Pilar Delgado, la directora de la mítica compañía teatral aragonesa, La Taguara. Nada más verla y escucharla, supe que tenía una inmensa suerte. De ella me impresionó todo: su voz recia, su mirada rotunda, su manera de colocarse su larga trenza a un lado con la desenvoltura de quien sabe que el tiempo la hace cada día más hermosa e interesante.

A pesar de los muchos años transcurridos desde entonces, recuerdo cuando llegó a nuestro colegio para ayudarnos a dirigir una obra de teatro con la que pretendíamos sacar un dinerillo para nuestro viaje de estudios a Italia. No era una época fácil para ella, y, sin embargo, ahí estaba. Desde el primer minuto supimos que no iba a ser complaciente, que para ella el teatro era la misma esencia de la vida y de lo sublime y que una obra de teatro escolar se convertía desde ese momento en la obra más importante, sin ambages, porque el teatro no conoce de medias tintas, el teatro es profesionalidad, pasión y entrega.

No tuvo duda; la obra elegida sería “Prohibido suicidarse en primavera” de Alejandro Casona. Desde entonces, Alejandro Casona se convirtió en uno de mis autores teatrales favoritos. Con el tiempo, más allá del vínculo emocional que me acercó a él y que permanece íntimamente unido a esa etapa nebulosa de la adolescencia, comencé a conocerlo más a fondo y descubrí que era él mismo y su obra lo que me emocionaban.

«Durante muchos años, me limité a disfrutar de sus obras, sin hacerme más preguntas. Con el tiempo y la edad, vas comprendiendo que, todo cobra pleno sentido, cuando te adentras en la persona»

Durante muchos años, me limité a disfrutar de sus obras, sin hacerme más preguntas. Con el tiempo y la edad, vas comprendiendo que, todo cobra pleno sentido, cuando te adentras en la persona. Mi primera sorpresa vino al descubrir que su auténtico nombre era Alejandro Rodríguez Álvarez y que Casona fue un homenaje a la casona del maestro de su pueblo natal, Besullo en Asturias, en él que nació en 1903. La primera vez que lo usó fue 1929 en un estreno en Zaragoza. Y es que Alejandro Rodríguez fue por origen, formación y vocación también maestro. Pero el amor y el gusanillo del teatro llegaron pronto y trató de combinar y compatibilizar sus dos pasiones. Aunque su profesión estaba ya encaminada hacia la docencia, Alejandro vio una gran oportunidad para desarrollar su faceta teatral y transmitir a los más jóvenes su afición por el teatro. De este modo, asentado en el Valle de Arán a donde lo habían destinado, comenzó a dirigir una compañía teatral de aficionados, el teatro de las Misiones Pedagógicas, integrada por sus propios alumnos.  Al llegar la República, fue nombrado inspector de Enseñanza Primaria, pero encontró tiempo para desarrollar su vocación literaria y escribir teatro, su gran pasión. De esa época data su primera obra teatral, El pájaro pinto, dedicada al público infantil.

El final de los años veinte y el principio de los treinta trajeron a Europa vientos de creación, la búsqueda de nuevos horizontes artísticos. La experimentación, el cuestionamiento de lo establecido y el talento posibilitaron un panorama artístico prolífico y deslumbrante que se desplegó en las vanguardias. Asimismo, surgió un estilo de vida desinhibido, provocador y desafiante que resquebrajó los muros de lo establecido. Por aquel entonces, España era también un hervidero de pintores, escultores, poetas, novelistas, dramaturgos e intelectuales en general que se sumaron a concebir el arte desde nuevas perspectivas. Los autores que formaban parte de la Generación del 27 se reunían en activas tertulias y se encontraban en plena ebullición creativa. La poesía se convirtió en el modo de expresión artística por antonomasia, incluso el propio Casona se rindió también a ella con su libro La flauta del sapo (1930). Muchos de estos artistas viajaban a París, la meca de las nuevas corrientes, lugar de encuentro y epicentro del tsunami artístico, para embeberse de ese ambiente único. El teatro no fue ajeno a tales influencias y surgieron autores como Max Aub que introdujo elementos experimentales en sus obras o como el prolífico Jardiel Poncela, quien utilizó el humor como lupa sobre la condición humana.

«Poco a poco, las expectativas de Casona se fueron centrando en su vocación teatral y le propiciaron un clamoroso éxito econ el estreno en el Teatro español de Madrid de La sirena varada«

Con este panorama, para alguien que amara las letras y la creación artística era difícil no tratar de sumarse a esta corriente imparable. Poco a poco, las expectativas de Casona se fueron centrando en su vocación teatral y le propiciaron un clamoroso éxito el 17 de marzo de 1934 con el estreno en el Teatro español de Madrid de La sirena varada, cuyos protagonistas fueron interpretados, nada más y nada menos, por la gran Margarita Xirgu en el papel de Sirena y por Pedro López Lagar en el de Ricardo, el fundador de una extraña comuna a la que llega una noche una misteriosa sirena. Un grupo de personajes unidos en el rechazo de una realidad atenazada por normas y racionalidad que les constriñe y un deseo de vivir con la libertad que solo la imaginación y la fantasía otorgan al ser humano. Una obra en la que ya se encuentran los elementos que hacen singular al autor: lo onírico, la ironía, el humor ácido, la investigación psicológica, la reflexión, incluso una enseñanza moral o reflexiva. El público la acogió con los brazos abiertos, quizá deseoso también de escapar, aunque fuera por un par de horas de una realidad que se imponía con toda su crudeza. Algunos críticos le recriminaron con ferocidad precisamente el exceso de fantasía. Por ello, para defenderse tuvo que mantener que el auténtico mensaje de la obra radicaba en que la fantasía, al final, siempre sucumbe ante el peso de la realidad: “Creo que cada vez se hace más urgente llevar al teatro las inquietudes, los problemas del mundo. Así fue siempre, y hoy menos que nunca tenemos derecho a entretenernos en los laberintos estéticos del arte por el arte. Grande es ser artista; pero necesario es servir…, y el teatro puede, debe, prestar espiritual servicio.”

Y con tal finalidad continuó escribiendo otras obras como Nuestra Natacha, estrenada en Barcelona el 13 de noviembre de 1935, con la cual pretendió hacer un alegato a la necesidad de nuevos paradigmas educativos en línea con las Misiones Pedagógicas que ambicionaban dar un giro a los estereotipos de rigidez extrema de algunas instituciones como los correccionales. Ahí entra en juego Natacha, la joven doctora en pedagogía que sueña con ofrecer nuevos horizontes a las adolescentes de un reformatorio.  Pero además de ser su obra más social y reivindicativa, es por encima de todo, un canto a la juventud que se despliega a través de sus personajes, especialmente de Lalo, el joven enamorado de Natacha: “Yo lo que quiero es beberme hasta el último trago mi juventud. Estudiar no basta; hay que vivir. ¿Y qué vivís vosotros? Libros, conferencias, traducir revistas profesionales. Hala, de prisa, a terminar la carrera. Sólo veis el mundo por esa ventana. Pero la vida es más ancha; si le volvéis la espalda ahora, ¡pobre juventud la vuestra!”

El estallido de la Guerra Civil arrastró a Alejandro Casona, republicano convencido, al exilio en México, en donde continuó escribiendo obras teatrales. Y es allí, en 1937, cuando escribe Prohibido suicidarse en primavera, la obra que yo misma representé y que me hizo amar para siempre el teatro. Meterte en la piel de un personaje supone una catarsis personal que todos deberíamos experimentar alguna vez, sobre todo, en la adolescencia. Ponerse en el lugar de otro, bucear en sus acciones y en sus porqués, tratar de ver el mundo con otros ojos, liberarse de prejuicios, de falsas vergüenzas, utilizar el cuerpo y la voz para comunicar desde la profundidad, salir a un escenario, a un espacio mágico desde el que se intuyen presencias ocultas en la oscuridad, pero que te enfrenta contigo mismo, con la soledad de tus palabras, de tus sentimientos. Reír, llorar, susurrar, gritar, vivir, en definitiva. Todo eso y más es el teatro. Una asignatura pendiente en la trayectoria vital y educativa de nuestros jóvenes.

Yo tuve la suerte de convertirme en Juan, el joven infeliz que siempre estuvo a la sombra de su divertido y vital hermano, Fernando, quien conseguía lo que se proponía, el que siempre se quedaba con la chica. Juan había llegado al “Hogar del suicida” una clínica fundada en el pasado por el doctor Ariel, perteneciente a una saga de suicidas y dirigida en la actualidad por el doctor Roda, con el que colaboran Hans y Alicia. Por allí transitan personajes como el Amante Imaginario, la Dama Triste o el propio Juan. Un espacio cuyas paredes están decoradas con retratos de ilustres suicidas como Sócrates, Séneca, Cleopatra o Larra y frases existenciales de autores famosos como la propia Teresa de Jesús. Todo ello para tratar de acompañar a aquellos que han decidido dejar de vivir porque la existencia es el verdadero castigo. Todos son seres heridos, quebrados, sin esperanza. Sin embargo, la llegada casual de Fernando, el hermano de Juan, y de Chole, la mujer a la que aman ambos, traerá un soplo de aire fresco y una nueva perspectiva que trastocará los planes de los huéspedes. Y será la propia Chole la que en una conversación con Roda se pregunte: «¿Y por qué se matan […] en la primavera más que en el invierno?». El propio autor nos transmite la respuesta en el título, el cual nos anuncia que la primavera es siempre una promesa de renacer, de posibilidades; una estación en la que la naturaleza sale de su letargo para regalarnos todo su esplendor e intensidad; una época en la que ante la contemplación de la exultante belleza se debe imponer siempre la vida.

«Para Casona el tema de la muerte se convierte en recurrente y aparece en otras obras tan emblemáticas como La dama del alba (Buenos Aires, 1944), paradigma del teatro poético»

Para Casona el tema de la muerte se convierte en recurrente y aparece en otras obras tan emblemáticas como La dama del alba (Buenos Aires, 1944), paradigma del teatro poético, en la que la propia muerte aparece personificada y juega un papel relevante al aparecer en una aldea asturiana, precisamente la aldea natal del escritor, como un personaje compasivo, lejos de los arquetipos con los que suele construirse habitualmente. Y cómo no hacer referencia a uno de sus títulos más conocidos, Los árboles mueren de pie (Buenos Aires, 1949), en el que la muerte es mera referencia simbólica; esa muerte que todos alguna vez experimentaremos, como el personaje de la abuela quien, muerta de dolor por dentro, permanece de pie como un alegato a la dignidad y al coraje ante la adversidad.

A principios de los años sesenta, Casona pudo regresar a España y comenzaron a llevarse a escena algunas de sus obras. El 23 de abril de 1962 en el Teatro Bellas Artes de Madrid se estrenó con gran éxito de público La dama del alba dirigida por el inolvidable José Tamayo. Él mismo recordaba en alguna entrevista la odisea que supuso poder traer al dramaturgo de su exilio americano. Llegó incluso a contar alguna anécdota como la que vivieron un poco antes de terminar finalizar la obra. Relataba Tamayo que estaban ambos en entrecajas, cuando apareció un policía que solía vigilar la ortodoxia de las representaciones. Se llevó aparte al director para decirle que no se le ocurriera sacar a Casona a saludar al terminar la representación. Tamayo le repuso que no respondía de la reacción del público si el autor no aparecía para recibir los consabidos aplausos, a lo que el policía replicó: “va usted a responder de lo que ocurra aquí”. Finalmente, Tamayo sacó a Casona al escenario que fue recibido con una ovación del público puesto en pie. A partir de ahí, se sucedieron algunos otros estrenos que fueron recibidos por la crítica, especialmente por la revista Primer Acto, con frialdad y rechazo por considerarlo apegado al teatro más tradicional y conservador. Sin duda, paradójico para un autor que perteneció a una generación rupturista con el naturalismo imperante en su época y que antecedió al teatro del absurdo.

Casona murió en 1965, poco después de su vuelta, pero aún tuvo tiempo de escribir y llevar a escena su última obra: El caballero de las espuelas de oro, un homenaje a Francisco de Quevedo que representó otro de los grandes de nuestra escena, José María Rodero. Un alegato a la necesidad de no doblegarse, de no pactar con el poder establecido si esto supone la traición de uno mismo.

El autor asturiano vivió tiempos complejos a los que intentó hacer frente sin renunciar a la denuncia, al análisis o a la reflexión. Pero lo hizo siempre introduciendo cierta dosis de fantasía, de sueños y de esperanza. Él mismo tuvo que justificarse ante la incomprensión de cierta crítica que no le perdonó que no se limitará a mostrar la realidad con su crudeza, desprovista de esas dosis de imaginación, idealismo, de la metáfora, de lo simbólico e idealista, que contribuyen a su singularidad. No dejan de ser significativas sus palabras que hoy suenan como una disculpa que, en realidad, nunca hubiera tenido que pronunciar; las palabras de un hombre que fue sacado de su propio hogar, que se sintió fuera de sitio y fuera de tiempo: “Yo vivo en el teatro. Cuando llegué de América me encontré con un problema. No podía hablar de una sociedad que apenas conocía la dramática de las contingencias. Hube de apoyarme en lo que es permanente y universal en el hombre. Por otra parte, yo estaba en casa ajena y no podía denunciar, instruir. Tenía que escribir el teatro de amor, del odio, de la venganza. Por eso me pueden acusar, con razón, de estar desligado del dato contingente, pero no del hombre”.

Creo que, hoy más que nunca, Casona y su teatro siguen estando vigentes porque dan respuesta a un mundo en el que la imaginación, la creatividad, el arte, en definitiva, nos ayudan a seguir adelante. Un mundo en el que la fantasía es la dosis de cordura que necesitamos para comprender y sobrellevar lo absurdo de la realidad.

 

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He nacido en Zaragoza y vivo en Logroño. Adoro las dos ciudades porque son acogedoras y generosas como sus gentes. Soy Licenciada en Filosofía y Letras en la especialidad de Historia Moderna y Contemporánea. Ejerzo de profesora de Geografía e Historia y Filosofía. No concibo mi vida sin mis alumnos. Apasionada del cine, de la literatura y de los viajes. Escribo desde que era niña, seguramente, porque la lectura me ha hecho muy feliz. A finales de 2018 publiqué “Dostoievski en la hierba” y en junio de 2021, mi segunda novela, "¿Quién ha visto a una sirena?" Sigo adelante.