Un buen amigo, también escritor en The Citizen, me sugirió que iniciase una serie de artículos en los que profundizase sobre los temas que he dejado entrever a lo largo de mi brevísima carrera de articulista. Hay fenómenos sociales y políticos que han sido analizados hasta la saciedad y, por ende, poca utilidad tiene volver sobre ellos. Sin embargo, me consta que hay tres elementos del futuro de las democracias actuales a los que no se les está prestando la atención debida (de uno de ellos, directamente, apenas se habla):
- La gerontocracia: los ancianos se vuelven tan mayoritarios que las necesidades de la parte activa de la sociedad dejan de tener el peso adecuado.
- La distancia cada vez mayor entre hombres y mujeres en lo que a ideología política se refiere.
- El “minipartidismo esporádico”: la proliferación de grupúsculos, cada vez más frecuentes (y por ello breves), que adquieren cierta relevancia política.
“los ancianos se vuelven tan mayoritarios que las necesidades de la parte activa de la sociedad dejan de tener el peso adecuado”
En este artículo estudiaremos el primero de los puntos, el que se refiere a la gerontocracia. No utilizo este término para referirme al hecho de que los mayores de 65 años voten; me refiero al desplazamiento inevitable de las prioridades políticas para satisfacer las necesidades de un colectivo cada vez más numeroso y absolutamente implicado en política (en lo importante en la “democracia” española, que es pasar por la urna cada cuatro años y dejar tu sobre).
Mayores de 65 años son, aproximadamente, 10 millones de personas en España. Nadie duda de que son el colectivo que con más firmeza acude a las urnas, y al que menos dudas le generan las campañas electorales. Dicho de otra manera, van siempre a votar y votan lo mismo. Esto tiene bastante lógica: aunque a lo largo de tu vida tus intereses pueden cambiar mucho, cuando llegas a una cierta edad tus prioridades forzosamente se encauzan y hacen homogéneas respecto a tus pares. Es la verdad, y no pasa nada por admitirlo.
“Mayores de 65 años son, aproximadamente, 10 millones de personas en España”
Todos los colectivos de votantes buscan maximizar sus beneficios, en teoría particulares. El problema es que esos beneficios son mucho más particulares cuando eres joven y mucho más “colectivos” cuando eres mayor. El objetivo cuando ya estás jubilado es asegurarte de cobrar tu pensión (si puede ser, que se incremente) y rascar los mayores privilegios posibles; si eres muy joven, la realidad es que tus intereses pueden ser muy diferentes. Puedes ser de familia rica y querer conservar tu estatus social diferenciado; puedes ser pobre y desear que los programas sociales redistribuyan mejor la renta; puedes ser del colectivo LGTBI y priorizar esos intereses, o ser mujer y centrarte en la seguridad frente a todo tipo de amenazas. En definitiva, las personas somos más “diferentes” en la parte central de nuestra vida, y esa divergencia se estrecha con el paso del tiempo. Eso hace que las personas entre 25 y 65 años nunca puedan ser un lobby efectivo, mientras los que tienen más de 65 años funcionan como un reloj suizo.
“Mejor para ellos”, me diréis, y tenéis parte de razón. El problema es que llegan las elecciones y en total votan 25 millones de personas. Dicho de otra manera, los mayores de 65 años suponen (votan siempre, recuérdenlo) en torno a un 40% de los votos potenciales en unas elecciones. Si cogiésemos a los mayores de 60, estamos hablando de unos 13 millones de personas, más de un 50% potencial. Y esto cada vez va a más, dado el aumento de la esperanza de vida y la baja tasa de natalidad. Las proyecciones para 2050 apuntan a que uno de cada tres españoles tendrá más de 65 años. Con una población que rondaría los 50 millones de personas, muy similar a la actual, sería una clarísima mayoría absoluta potencial de nuestros mayores. Es decir, la gerontocracia sería matemática.
“Todos los colectivos de votantes buscan maximizar sus beneficios”
¿Cómo se puede conseguir que los intereses de los jóvenes (especialmente de los que todavía no han nacido, que son daños colaterales de nuestras políticas) sean tenidos en cuenta? Con toda sinceridad, más allá de una reforma radical del sistema, no lo sé. Lo que sí me parece evidente es que España va por una senda de paz social en su absoluta destrucción: jóvenes independizándose a los 30 años o más, con salarios pésimos, cuarentones compartiendo piso y sin tener hijos y ancianos acumulando todo el poder adquisitivo del país. Los mayores de 50 años tienen dos tercios de la riqueza de España, cosa curiosa teniendo en cuenta que es después de ellos cuando el país se ha modernizado, se ha generalizado la formación universitaria y, en teoría, el trabajo se ha vuelto más especializado y de mayor calidad.
Estoy seguro de que muchos lectores, llegados a este punto, se preguntarán si no creo en la posibilidad de que nuestros mayores se preocupen por el futuro de sus hijos y nietos y actúen en consecuencia. Esto por supuesto que ocurre, y el fenómeno de familias de personas de cuarenta años con niños que siguen cobrando una especie de paga de los abuelos para poder salir adelante se está volviendo trágicamente frecuente. El problema de fondo no es el egoísmo, sino la propia estructura de la democracia y sus incentivos.
“Los mayores de 50 años tienen dos tercios de la riqueza de España”
La democracia necesita de una solidaridad real entre los ciudadanos para poder funcionar de forma efectiva. Si el ciudadano común jamás va a estar dispuesto a votar para que cambie la superestructura social, sino que va a preferir siempre conservar su posición y volverse dadivoso desde su pedestal, las elecciones se acabarán convirtiendo (lo son ya, a mi juicio) en una mera suma aritmética de personas con problemas, donde los más numerosos pasarán por encima de los que menos votos consiguen congregar. Es esa máxima de “si la mayoría lo quiere, necesariamente es lo mejor para el país”, que convierte los recuentos electorales en una especie de oráculo que nos dice el camino que debemos seguir como sociedad.
El sistema que tenemos incentiva que no exista solidaridad con los colectivos con los que no nos identificamos. Votamos cada cuatro años unas listas y unos programas cerrados, donde no puedes elegir por partes. ¿Está preocupado el abuelo porque su nieto no vaya a cobrar su pensión en un futuro? Claro que lo está, pero no lo suficiente como para contemplar que la solución pase por perder parte de su buena posición. En el momento de ir a votar, el que se ve favorecido acaba pensando en lo incierto que es el beneficio de los demás (”igual esto no le soluciona la vida a mi nieto, todos son iguales”) y lo seguro que es que él va a seguir ganando si les cosas continúan como van (”una semanita más en Benidorm”).
“El sistema que tenemos incentiva que no exista solidaridad con los colectivos con los que no nos identificamos”
Al final, gana la estabilidad. Si pudieras ayudarías a los tuyos, qué duda cabe, pero te tienes que comer el pack completo e igual alguna que otra piedra en el zapato se te mete por el camino. Así, dada la incertidumbre de cambiar un planteamiento por otro, el que vive bien le da la patada (figuradamente hablando) al que está sufriendo. Además, luego siempre existe la opción de la caridad: yo me aseguro de que mi pensión siga subiendo, pero le pago a mi hijo de 35 años semanalmente para que “vaya tirando”. Reitero que me parece normal: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Especialmente cuando lo “malo” es malo para los demás y lo “bueno” sepa Dios qué de bueno va a tener para mí.
La democracia actual es democracia antisocial, porque no se fundamenta en ninguna conversación real entre los españoles, porque no hace falta alcanzar un equilibrio ni un entendimiento entre nosotros. Cada ciudadano, en la intimidad de su hogar y con su círculo más cercano, y si acaso espoleado por los medios de comunicación, lleva a cabo una reflexión sobre los asuntos más importantes del país (que coinciden con los más relevantes para él, claro). La decisión que tome lo empujará a la urna, donde depositará un papel que llevará a 350 personas al Congreso de los Diputados. El resultado de las deliberaciones en el Congreso durante los siguientes cuatro años se decide en la noche electoral: el grupo ideológico que más votos tenga se impondrá sistemáticamente en cada debate que se lleve a cabo, y no tendrá ningún incentivo para consensuar nada.
“La democracia actual es democracia antisocial, porque no se fundamenta en ninguna conversación real entre los españoles”
Los años siguientes, esos representantes irán al Congreso de los Diputados a escenificar una pantomima. Presentarán una ley que ya tendrán aprobada o rechazada de antemano por la pura aritmética parlamentaria, cumplirán con el protocolo de soltar una perorata que no escuchará nadie con la más mínima atención y en la prensa saldrán periodistas de todo tipo ensalzando a unos u otros por el gran trabajo llevado a cabo. El ejemplo perfecto es el debate de investidura: si tras bastidores has conseguido la mayoría, o si la tenías antes de las elecciones, aunque tu discurso se base en recitar la lista de la compra y el de tu oponente sea una disertación magnífica sobre cómo arreglar todos los problemas del país, ganarás tú. No existe ningún debate real, solo farsantes leyendo hojas de papel (con suerte los discursos prefabricados tendrán al menos alguna relación entre ellos, pero en muchas ocasiones ni eso) y pasando el rato entre canapé y canapé mientras nosotros nos divertimos recopilando “zascas”.
La democracia no es más que una forma de gobierno. Ya sé que me vendrán los formaldemócratas a decirme que “España no es una verdadera democracia”, que los diputados de distrito serían una solución bárbara y que poder revocar su mandato solucionaría todos los problemas, pero no lo creo. Me da igual que España sea una democracia o no, porque es el sentir de la población, el “talante” si queréis, el que acaba formando sus instituciones. La culpa de que un político español no se vaya ni con agua hirviendo de su cargo, mientras hay ministros en otros países que dimiten porque permitieron que se diese una ayuda al hijastro de un funcionario para pagar el alquiler, o por plagiar su tesis doctoral, o gobiernos enteros que se van porque cometieron errores graves al conceder ayudas, es de la sociedad en su conjunto, porque esta disparidad de “tragaderas” es un reflejo de cómo es España.
“No existe ningún debate real, solo farsantes leyendo hojas de papel”
Lo que ocurre en España es que tenemos una sociedad más polarizada que politizada. No existe ninguna noción de bien común, sino solo un mero cálculo personal, y eso hace radicalmente imposible ninguna mejora. El debate político es un continuo “qué hay de lo mío”, y que esa visión esté tan extendida nos condena a que aproximadamente el 50% de la población siempre escuche un “de lo tuyo, nada, que has perdido las elecciones”. ¿Te importa mucho la okupación? Si tienes unos pocos votos menos, ese tema queda zanjado. ¿Te duelen las listas de espera en sanidad? Perdiste las elecciones, tus prioridades y su urgencia nos dan igual.
Me niego a reconocer este esquema, en el que aproximadamente la mitad de la población se proclama ganadora de las elecciones y sepulta en el olvido los deseos y ambiciones de los demás, como democracia. Son muchos los jóvenes que se van dando cuenta de que, elección tras elección, el resultado para ellos es el mismo: menos poder adquisitivo y menos libertad para desarrollar su propia vida. Esa, y no otra, es la esencia actual de las democracias: el aplastamiento sistemático de las minorías por las mayorías, un 50,1% de la población sacándole el dedo corazón al 49,9% restante. Y si, en el futuro, más del 50% de la población serán (seremos) mayores de 50 años, ¿no deberíamos luchar porque ellos (porque yo) no puedan (no pueda) monopolizar todas las políticas públicas? ¿Es de verdad una locura tan grande?
“en España tenemos una sociedad más polarizada que politizada”
La semana que viene trataré de explicar cuáles son las soluciones que veo para esta problemática.










