La primera regla universal de España es que no hay semana sin su polémica estúpida. Es cierto que la cantidad que pongo como fija es modesta, y se nos suelen acumular varios episodios estrambóticos en el mismo grupo de siete días, pero siempre hay un esperpento que destaca por encima de los demás. Esta semana pasada fue Júlia Salander, una influencer feminista, la que incendió un programa de televisión al afirmar que los hombres somos potenciales violadores (o violadores en potencia). Uno de los colaboradores allí presentes, Antonio Naranjo, la acabó llamando “lerda” y eso provocó que la muchacha, escandalizada, cortase la videollamada. Las redes ya tenían carnaza para varios días, pero creo que el debate de fondo es interesante.

Los hombres somos potenciales violadores. Lo somos porque tenemos, en general, la suficiente fuerza física como para doblegar a una mujer en un enfrentamiento y agredirla sexualmente; en general, eso no suele pasar al revés. En ese sentido, somos potenciales agresores sexuales, igual que somos potenciales buenas personas, potenciales artistas, potenciales doctorados en Derecho o potenciales asesinos. “En potencia” somos muchas cosas, esa es la gracia de la vida.

“La primera regla universal de España es que no hay semana sin su polémica estúpida”

El problema radica en el uso de la terminología. ¿Julia Salander pretendía decir que los hombres tenemos la “facultad” de violar? ¿Se limitaba a constatar algo tan básico, y el periodista reaccionó como un energúmeno ante una frase casi equivalente a “el agua moja”? Lógicamente, no es el caso. Cuando se dice que un hombre es un violador en potencia, no se está diciendo que tenemos la facultad de violar, sino que somos propensos a hacerlo. Esto hace que la idea adquiera una dimensión social, y no individual. No es que entre los hombres haya violadores, cosa que sería una obviedad. Es que no puedes fiarte de los hombres, porque todos llevamos dentro de nosotros el pecado original del machismo.

Es decir, la cuestión está en si consideramos que los violadores son un grupo cerrado, dentro del vastísimo conjunto de los hombres, o si son un subconjunto dentro del espectro machista, una ligera deformación dentro del horror generalizado XY. Si tuviésemos clara la primera parte, ningún hombre se podría sentir ofendido, porque sería un violador en potencia exactamente igual que lo sería una mujer (también ellas agreden sexualmente). El problema es que lo que se busca es una culpa colectiva, algo como un “los hombres son un colectivo que viola, y lo hacen socialmente, es parte de nuestra vida en común”. Por eso se usa como argumento que los hombres violan mucho más a menudo que las mujeres; si se estuviese utilizando la expresión “en potencia” correctamente, ese dato no aportaría nada.

“¿Julia Salander pretendía decir que los hombres tenemos la “facultad” de violar?”

Sé que puede sonar extraño, pero la lectura de textos feministas te acaba abriendo los ojos sobre lo que parte de ellas piensa en realidad. Ellas creen que los hombres que violan no son violadores (no son un colectivo aparte, particularmente pérfido y horrendo), sino una consecuencia más del sistema en el que vivimos. Violan porque la visión que la sociedad tiene sobre las mujeres los faculta para violar, violan porque forma parte de la socialización, violan porque ven a las mujeres de esa forma, y todos los hombres tienen eso dentro, en mayor o menor medida. Si la agresión sexual solo es una forma más de machismo, la frase de que “todos los hombres son machistas” adquiere otra dimensión, y ahí nace ese “todos los hombres son potenciales violadores”. Todos los hombres son machistas, y la violación es la culminación del machismo; por ende, todos los hombres son, en mayor o menor grado, susceptibles de tomar la decisión de violar.

¿Se dice esto abiertamente? No, claro que no. Se usan muchos trucos. Uno de los más importantes es el de, por decirlo suavemente, mezclar temas. Depende de lo proclive que seas a aceptar las premisas de las que parte esta clase de feminismo, te doy más duro o más flojo. Si aceptas entrar en el juego, “el machismo nos hace daño a todos, incluidos los hombres” se deja atrás y se entra en una espiral destructiva de la propia masculinidad. Si te opones desde el principio, por ejemplo, a asumir que eres un potencial violador, se mueve la portería y todo es “¿por qué te ofendes si hablamos de los violadores, si tú no eres un violador?”

“Si aceptas entrar en el juego, “el machismo nos hace daño a todos, incluidos los hombres” se deja atrás y se entra en una espiral destructiva de la propia masculinidad”

Las triquiñuelas son muy variadas. Una de mis favoritas ha sido la de “los hombres también pensáis que todos sois potenciales violadores, por eso le decís a vuestras hijas, hermanas y novias que tengan cuidado por la calle”. Aquí vuelve a ser la clave cómo percibimos al violador. Cuando yo deseo que mi pareja tenga cuidado no percibo a cualquier hombre a su alrededor como una potencial amenaza, sino que imagino que es posible que, entre los cientos de miles de hombres buenos que se va a cruzar en su vida, puede haber un miserable escondido. Es decir, no nos veo a los hombres como bestias con una especie de “medidor de machismo” que, cuando se rebosa, nos ponemos a violar. La inmensa mayoría de los hombres ni es ni será nunca una amenaza para nadie.

Para mí (y esto es personal, lo admito, pero creo que me entenderéis), lo que aplica un chaval cuando quiere que su novia tenga cuidado de fiesta es un mecanismo similar al que se activa para sí mismo cuando está en algún lugar conflictivo. ¿Cualquier tío por la calle me puede pegar una puñalada? Lo puedes intentar ver así, pero no es así. Estás alerta porque sabes que tú formas parte del mismo grupo del que forman parte millones de hombres y mujeres, el grupo de los que no le harían daño ni a una mosca; porque sabes que tú eres inofensivo, pero otros no lo son, e igual que a tu novia podrían intentar agredirla sexualmente a ti podrían pegarte cuatro puñaladas para robarte el móvil, o porque has mirado mal a un tío en una discoteca.

“¿Cualquier tío por la calle me puede pegar una puñalada? Lo puedes intentar ver así, pero no es así.”

¿Dónde quiero llegar? Pues a que, depende de cómo caractericemos el mundo, la convivencia es posible o no. Hay dos concepciones del peligro:

  1. El mal (sea el que sea) está dentro de todos nosotros. Si se dan las condiciones adecuadas, todos podemos ponernos a violar o matar. Es cuestión de que nos dejen. Somos una sociedad de purgadores domesticados.
  2. El mal está en unos pocos. Si pudiésemos identificarlos, el resto podríamos convivir en paz. ¿Cómo se va a manifestar el mal? Pues como pueda. Si es un hombre heterosexual, le pegará una puñalada a otro hombre y violará a una mujer.

“Violan porque la visión que la sociedad tiene sobre las mujeres los faculta para violar, violan porque forma parte de la socialización, violan porque ven a las mujeres de esa forma”

La primera visión convierte el mundo en un infierno. El panadero de tu barrio es un potencial violador no porque tenga más fuerza que tú y pueda doblegarte si quiere sino porque, si se diesen las condiciones adecuadas (de impunidad, por ejemplo), el mundo en el que se ha criado lo llevaría a violarte para satisfacer sus deseos. Todos los hombres somos una amenaza, y lo único que hay que determinar es en qué grado está “podrido” cada uno de nosotros. Es el mundo de las microagresiones, micromachismos, etc. La semilla del mal está dentro de ti, y podría llegar a germinar. Hay cosas que haces, o que dices, que denotan que tú también estás manchado.

La segunda visión (sí, está idealizada, lo reconozco) hace la vida algo más fácil de sobrellevar. ¿Tu colega Paco puede ser un poco machista? Sí, es cierto, pero eso no significa que esté en proceso de convertirse en un violador, o esperando a que te pongas ebria para violarte. ¿Habrá algún que otro “colega Paco” que, en realidad, sea un depredador sexual a la espera de una oportunidad? Por supuesto que sí, pero eso no significa que el conjunto de los hombres tenga una pulsión dentro que se va a satisfacer tarde o temprano. No es así.

“¿Tu colega Paco puede ser un poco machista? Sí, es cierto, pero eso no significa que esté en proceso de convertirse en un violador”

La falta de un debate ordenado es desesperante. Os pongo unos cuantos ejemplos de lo que he visto en redes estos días:

  1. Mujeres poniendo ejemplos de noticias de violadores acompañadas de mensajes del tipo “¿y os ofendéis cuando os llamamos potenciales violadores?”
  2. Hombres reconociendo que son potenciales violadores porque tienen machismo interiorizado.
  3. Hombres reconociendo que son potenciales violadores porque, en fin, alguna que otra vez han menospreciado a una mujer y eso en cierta medida es violarla (sí, os lo juro).

¿Es imposible tener un debate medianamente honesto y civilizado? En las redes sociales me temo que sí, porque no hay forma de focalizarlo. Son arrebatos de uno y otro bando, uno detrás de otro o simultáneos, tratados de forma parcial y olvidados a las pocas horas. Ese, y no otro, es el problema al que nos enfrentamos.

“¿Es imposible tener un debate medianamente honesto y civilizado? En las redes sociales me temo que sí”

El primer paso es la honestidad intelectual. Se debe reconocer que quien quiere que asumas que todos los hombres son “violadores en potencia” no está diciendo una obviedad, sino dando a entender que todos podríamos llegar a ser violadores. Lo reitero, por si alguien se ha perdido: si no fuese así, no se utilizaría como argumento que “la inmensa mayoría de los violadores son hombres”, porque eso no nos diría nada adicional. La mayoría de infartos se dan en hombres, y eso no significa que las mujeres no deban estar atentas a las señales que apunten a dolencias cardíacas.

Partamos de ahí, y no de historias individuales de “tenía un mejor amigo que acabó metiéndome mano un día que bebí más de la cuenta”. Asumamos que detrás de recordar ese relato en medio de este debate lo que se quiere decir es que dentro de cada hombre hay un violador esperando a que se le presente la oportunidad. Digamos claro que “podría ser cualquier hombre” significa eso literalmente, que es una forma de racionalizar un miedo al género masculino. Que no estamos hablando de la obviedad de que tu jefe, un chaval de Tinder, un camarero o tu mejor amigo podrían ser violadores (que todos ellos pueden estar ocultando lo malvados que son por dentro), sino que crees que todos los hombres están predispuestos a dar el paso. Así, al menos, sabemos de qué estamos hablando.

“Se debe reconocer que quien quiere que asumas que todos los hombres son “violadores en potencia” no está diciendo una obviedad”

Asumamos que la expresión está mal escogida. Que no quieres decir que son violadores “en potencia”, sino “en proceso”, y que te ofendes tácticamente cuando alguien replica que estás cruzando una línea peligrosa porque quieres filtrarnos una argumentación terrorífica sobre la base de la empatía con las mujeres que sufren.

Yo soy un violador en potencia en la misma medida en que soy un atleta en potencia, un escritor en potencia o un investigador contra el cáncer en potencia. ¿Qué significa eso? Absolutamente nada. Yo nunca descubriré la cura del cáncer, ni ganaré una medalla olímpica. Y es por eso, por lo irrelevante que es esa acepción de “en potencia”, por lo que sé que no se refieren a ella cuando me acusan de ser un violador en potencia. Lo que me pedís que reconozca es que todos los hombres llevamos la semilla de la violación dentro, que asuma mi parte de culpa. Y me niego. No hemos estado siglos quitándonos la losa de las culpas colectivas para que, ahora, una pandilla de graduadas en Estudios de Género venga a decirme que debo compartir parte del peso con criminales con los que solamente tengo en común el sexo biológico. Lo que faltaba.

“Yo soy un violador en potencia en la misma medida en que soy un atleta en potencia, un escritor en potencia o un investigador contra el cáncer en potencia”

Pretender que yo me tengo que sentir interpelado como hombre porque un tío al que no conozco, en una ciudad a la que no he ido en mi vida, le ha hecho algo a una mujer a la que jamás he visto, y que sus actos deben servir a otras mujeres como justificación para ser precavidas en sus interacciones conmigo, es algo que jamás admitiríamos como idea si se plantease respecto a los inmigrantes, los musulmanes, los judíos o, por qué no decirlo, las mujeres. Por suerte, tenemos clarísimo que el que tiene prejuicios sobre colectivos enteros en base a sucesos aislados, intentando disfrazarlos con ciencia falsa e inventándose correlaciones, es parte del problema. O quizá debería decir que lo teníamos clarísimo, porque a la vista está que los humanos, si somos algo, es ignorantes en potencia.

El colmo de la decadencia sería que, después de siglos intentando explicar a la gente que las culpas deben ser individuales (que no todos los inmigrantes son ladrones o asesinos, que no todas las mujeres son infanticidas, que no todos los hombres somos violentos), aceptemos que se nos vuelvan a insuflar paranoias y reacciones viscerales contra colectivos completos, con la excusa de una argumentación pseudocientífica de colectivos cuyo contacto con la ciencia real acabó en la ESO. Terraplanismo ideológico que lleve a millones de personas a verme con malos ojos porque nací con el mismo sexo que José Bretón. Basta ya.