El inevitable reportaje sobre perritos alegremente surferos establece la indeleble marca de lo que se conoce por temporada veraniega televisiva. Se trata de un periodo en el que las televisiones entienden que pueden ofrecer casi cualquier cosa, mientras sea todavía más barata. Es una especie de bula que, con el transcurso del tiempo, ha adquirido rango de tradición. Y hoy en día la tradición y las leyes viejas lo son todo. Si no están convencidos de lo que digo, pregunten a la izquierda oficial. No obstante, volviendo al tema que nos ocupa, el problema es que cada vez es más complicado distinguir este tiempo del anterior. Los contenidos son cada vez peores, pero podrían mejorarse con un poco de creatividad o riesgo, elementos sensiblemente enfrentados con el estado de cosas vigente.

«La televisión es un medio fantástico que haría posible una mayor democratización del acceso a la cultura»

Creo que se atribuye a Groucho Marx el chiste de que encontraba  la televisión muy educativa, ya que cada vez que alguien la encendía se retiraba a otra habitación a leer un libro. Esta es la confirmación de que nadie, ni tan siquiera Groucho, puede ser siempre brillante. La televisión es un medio fantástico que haría posible una mayor democratización del acceso a la cultura. Entiendo que pueda suponer un fastidio que el populacho también conozca las emocionantes obras artísticas que ha parido el entendimiento humano o pueda viajar desde su casa a lugares económicamente inaccesibles. Tampoco se debiera desdeñar la posibilidad de escuchar reflexiones sobre temas diversos que provoquen curiosidad y ganas de saber más. En la hermosa adaptación italiana de la novela de Jack London Martin Eden, el protagonista toma un trozo de pan para rebañar el plato, describiendo al pan como la educación y a la salsa como la pobreza.  Cuando la salsa crece y el pan falta, las cosas no pueden ir bien. Edward R. Murrow, el periodista que se opuso a la caza de brujas de Joseph McCarthy, cuya memoria fue salvada del olvido por George Clooney en esa magnífica película titulada Buenas noches y buena suerte, decía que una nación de ovejas engendra un Gobierno de lobos. Este periodista también defendía el valor de la televisión y su capacidad transformadora. Construir una nación de ovejas puede resultar difícil, pero con tiempo y trabajo, nada es completamente descartable. Sustituir el entretenimiento, la épica, la emoción e incluso el morbo que pueden generar programas de calidad por garrafón barato situado una y otra vez en horarios estratégicos hasta que la audiencia trague, no nos debería resultar extraño. Al fin y al cabo, utilizar el falso mantra de que es “lo que la gente quiere”, es una de las bases del negocio. Aculturar al personal, otra. Invertir poco y ganar lo máximo es la lógica de las escuelas de negocios que, trasladada al mundo del entretenimiento, supone una caída en picado de los valores que conforman la cultura cívica. Es como si pusiéramos de médicos o nutricionistas a ejecutivos de cualquier empresa de comida rápida.

A este contexto hostil a la propia esencia de la democracia, se suma la falta de pluralismo en los medios audiovisuales.  Un duopolio de facto, que absorbe más del 85% de los ingresos publicitarios y al que todo tipo de prebendas les parece poco. Se comenzó por permitir distintos grados de concentración, gracias a las desafortunadas reformas audiovisuales que se sucedieron y facilitaron el duopolio actual. Todo este proceso quedó confirmado en la Ley General Audiovisual del Gobierno Zapatero. Con la renuncia de TVE a la publicidad, sus ingresos aumentaron, mientras los españoles teníamos que pagar más por el ente público. Por si no fuera suficiente, desde esta atalaya dominante jalonada de productos baratos, el duopolio se ha investido como guardián justiciero de la moralidad nacional.

La liturgia de los doce meses, doce trolas o el compromiso con la pasta es casi tan ofensiva como denominar cultura europea al último engendro sin gracia que producen obligados por la ley –una de las últimas obligaciones que se están deseando saltar. De hecho, artistas como Alfonso Sánchez, de los Compadres, tiene extraordinarias dificultades para sacar adelante proyectos creativos que no se ajusten a los estándares subterráneos y complacientes del directivo de turno.

La caridad administrada como purpurina infantil, unida a una estomagante sonrisa tipo El Secreto, nos acecha detrás de cada corte (auto)publicitario en el que nos piden que nos portemos bien y se vanaglorian de lo buenos que son y lo concienciados que están. Consideran de lo más normal decir que defienden los derechos de las mujeres mientras programan La Isla de las Tentaciones, Hombres Mujeres y Viceversa –que tuvieron que retirar por hartazgo de la audiencia- o telenovelas turcas, por poner solo tres ejemplos. Por mucho que en las escuelas e institutos se trate de educar en valores como la igualdad o el respeto, nunca faltará el siguiente éxito del duopolio para, en plan Penélope, deshacer lo hecho en la mañana. No faltará el que afirme que se trata de una exageración. No es necesario justificarse demasiado. Solo anímese a ver unos minutos de los programas citados, por no hablar de series en donde constantemente se liga a la clase trabajadora con falta de formación y, sobre todo, carencia absoluta de curiosidad intelectual. El tan rancio como actual andaluz chistoso y poco instruido es su estandarte más significativo. Tiene bemoles que los que concibieron las mama-chicho se pongan a dar lecciones de feminismo. Pero así es. Hemos llegado a un punto en el que solo ruegas un poco de respeto. Nada más. Pero ni eso. En un mundo donde se denomina carrera espacial a una impúdica competencia entre millonarios a ver quién se lanza más alto, cualquier cosa es posible. Incluso que esos millonarios con ganancias a años luz del salario de sus trabajadores, les agradezcan mear en una botella para que ellos se den el gustazo de flotar unos segundos. La desigualdad crece y no pasa nada. El nivel de alienación se va a terminar por medir en grasas monosaturadas/horas de pantallas.

«En un mundo donde se denomina carrera espacial a una impúdica competencia entre millonarios a ver quién se lanza más alto, cualquier cosa es posible»

Hace unos meses, TVE emitió un espacial sobre La Clave. Un programa donde se recogían opiniones de gente diversa sobre un buen número de temas, junto con una película que servía para introducir la cuestión a debatir. La audiencia carecía del tertuliano de cabecera y podía escuchar valoraciones contrapuestas. Programar hoy un debate así no debería ser complicado, sin embargo suena tan quimérico, como una obra de teatro, un ciclo de cine negro americano o un programa de música donde se ofrezca una oportunidad a las nuevas bandas. El que un bar sea un negocio privado, no le autoriza a poner la ensaladilla en mal estado o arrojar los platos a los clientes. Acostumbrar a las ovejas a una dieta de hamburguesas y helados trae consecuencias. El jamón de pata negra se lo comerán otros.

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