Este domingo el Fiscal General de Irán sorprendió al mundo con un anuncio sensacional: se disuelve la policía de la moral. El golpe de efecto duró poco. Ni sus propios ciudadanos ni la comunidad internacional se lo han tomado en serio. No se han relajado las protestas que ocupan las calles desde hace meses cuando se conoció la muerte Mahsa Amini, presuntamente asesinada, mientras se encontraba detenida por la policía de la moral, por el execrable delito de no llevar bien puesto el velo.

En pocas palabras, el anuncio es algo parecido a que cualquier dictadura disolviera su policía política, pero mantuviera ilegalizadas bajo severas condenadas las actividades de la oposición ideológica. ¿Qué se habría ganado? Nada. Simplemente, ya no habría una policía especializada en perseguir a la disidencia política, pero la persecución continuaría, por la policía común, por las fuerzas armadas o quién sabe, pero la prohibición se mantendría.

“el Fiscal General de Irán sorprendió al mundo con un anuncio sensacional: se disuelve la policía de la moral”

Pues más o menos esto es lo que se les ha ofrecido a los iraníes: ya no habrá, como tal, policía de la moral. Eso sí, las prohibiciones sobre la vestimenta, la religión y la libertad personal seguirán ahí. Ayer incluso se matizó “disolver” a la policía de la moral. ¿Quién iba a imaginar que tras meses de protestas que el régimen ya admite que han costado al menos 200 muertos, la gente no se iba a conformar con tan poca cosa?

Aunque la muerte de Mahsa Amini fuese el detonante, no hemos de olvidar que el sistema político y económico iraní exhibe signos de agotamiento desde hace dos décadas. El deseo del régimen de blindarse a la norcoreana, o sea, adquiriendo armamento nuclear, acarreó una batería de sanciones económicas que, poco a poco, han ido lastrando las esperanzas de la población iraní, sobre todo de su juventud.

“el país se había convertido en una olla a presión mucho antes del asesinato de Masha Amini”

La inesperada llegada a la presidencia de Rohaní en 2013 mostró hasta qué punto muchísimos iraníes aspiraban a un cambio. En las anteriores elecciones parlamentarias, los partidos ultraconservadores del Líder Supremo, Jamenei derrotaron a los conservadores cercanos al entonces presidente Ahmadineyad. A Jamenei y a la élite religiosa y política del país, los ayatolás, no les inquietó en absoluto la alta abstención de aquellas elecciones. Tampoco algunos vientos de protestas de la Primavera Árabe que llegaron al país.

Si repasamos la prensa internacional, casi todo el mundo estaba convencido de que, en 2013, un candidato integrista cercano a Jamenei se haría con la presidencia del país. Aunque no cabe duda de que el terremoto fue interno. Se especuló que, por primera vez, desde que sucedió a Jomeini, en 1989, como Líder Supremo de la República Islámica, Jamenei emplearía sus poderes para vetar la llegada de Rohaní a la presidencia. Tras casi un día entero de silencio, el anciano ayatolá emergió de su palacio para declarar escuetamente que “desde luego que autorizaba a Rohaní a gobernar”.

“En 2013 […] se especuló que, por primera vez […] Jamenei emplearía sus poderes para vetar la llegada de Rohaní a la presidencia”

Las esperanzas puestas en una transformación desde dentro, sin embargo, se vieron pronto truncadas. Pese a que Rohaní llevó a cabo no pocas transformaciones del país y alcanzó un acuerdo con Obama, para aliviar las sanciones a cambio de desmantelar el programa nuclear, toda su presidencia se vio torpedeado por Jamenei y los ayatolás. Los continuos vetos del Líder Supremo paralizaron muchas leyes impulsadas por el Presidente. Además, en materias de religión y seguridad nacional, Jamenei puede hacer y deshacer a su antojo sin consultar al gobierno o al parlamento. Esto dejaba a Rohaní en una posición muy débil para cumplir sus compromisos respecto a la parálisis del programa nuclear que había prometido a Obama, a cambio de oxígeno financiero.

La llegada de Trump a La Casa Blanca no mejoró la situación para los reformistas del gobierno iraní. Cumpliendo su promesa electoral, el nuevo mandatario rompió el acuerdo de su antecesor con Teherán. Así las sanciones económicas recuperaron su máxima dureza, mientras Teherán reactivaba su plan para fabricar bombas atómicas.

“Rohaní llevó a cabo no pocas transformaciones del país y alcanzó un acuerdo con Obama, […] pero se vio torpedeado por Jamenei y los ayatolás

Mientras tanto llegó el COVID. Quizás ahora no lo recordemos, pero el segundo país golpeado por la pandemia fue precisamente Irán. En 2021, de nuevo con una elevada abstención, Raisi ganó las elecciones presidenciales.

Ideológicamente, Raisi es calcado a Jamenei y, según se dice, apenas es un dócil edecán, cuyos hilos mueve a su antojo el octogenario Líder Supremo.

Convencida de su éxito, la cúpula religiosa de los ayatolás calibró mal, de nuevo. Sí, habían derrotado a los reformistas, en las instituciones, pero entre el peso de las sanciones económicas, terroríficamente agravado por el impacto del COVID y la demostración de que las reformas desde dentro eran inviables, el país se había convertido en una olla a presión mucho antes del asesinato de Mahsa Amini.

“En 2021, de nuevo con una elevada abstención, Raisi ganó las elecciones presidenciales”

En paralelo, el régimen iraní ha incurrido en otra apuesta arriesgada: permitir esferas de desahogo a los disidentes. No es un rasgo excepcional de los ayatolás. Muchas dictaduras llegan a un pacto tácito con sus ciudadanos de gran perversidad: un poco de libertad extraoficial, a cambio de que no causes problemas y no se te vea o se te oiga demasiado ejerciendo esa libertad.

En Irán, las mujeres gozan de muchos derechos. Son mayoría entre personas con estudios superiores. Quizás sorprenda, pero en las universidades y algunos círculos sociales hay espacios semipúblicos donde uno puede cuestionar o criticar el régimen; siempre con moderación.

Os romperá los esquemas, pero en Teherán, capital de un país que condena a muerte a los homosexuales hay un barrio rosa. Obviamente, no veréis banderas arcoíris, pero existen zona de locales de encuentro para homosexuales que todo el mundo conoce. La policía de la moral jamás los registra. Eso sí, si un hombre besa a su novio en la calle, ambos serán ahorcados.

“estas bolsas de pseudolibertad pretenden acomodar a la gente, restando atractivo a una revolución violenta”

En la mente de un régimen dictatorial, estas bolsas de pseudolibertad pretenden acomodar a la gente, restando atractivo a una revolución violenta. Claro, esto sólo funciona si el régimen procura progreso y bienestar económico, imprescindibles para edificar ese espacio privado del individuo para disfrutar de estas míseras concesiones. En caso contrario, estos espacios de disidencias tolerada se convierten en el más poderoso combustible de una verdadera revuelta.

La pacificación puede llegar por agotamiento de las masas. Pero sin un proyecto real de apertura y flexibilización del integrismo religioso, resulta inimaginable que Irán disfrute de estabilidad social en el medio y largo término.