Con el 96% de los votos escrutados, parece que Keiko Fujimori pasará a la segunda vuelta de las presidenciales peruanas. Si esto se confirma, la hija del ex Presidente y dictador Alberto Fujimori, se batirá contra el izquierdista Pedro Castillo por la Jefatura de Estado del país andino.

Si echamos una ojeada a la descripción de la prensa y medios peruanos, ambos candidatos se describen a menudo con palabras como “radical”, “ultra” o “extremista”. Él de izquierdas. Ella de derechas. ¿Exageraciones o descripciones ajustadas? Si algo sabemos en España es que ultraizquierda y ultraderecha son expresiones a gusto del consumidor. En todo caso, lo cierto es que Pedro y Keiko representan posturas antagónicas de la política peruana.

Elecciones Perú 2021: con más del 96% del voto procesado, Pedro Castillo y Keiko Fujimori se perfilan como los candidatos a la segunda vuelta presidencial - BBC News Mundo
Perdo Castillo y Keiko Fujimori

Para ella será la tercera vez que pasa a la segunda vuelta. En 2011, pese a perder contra Ollanta Humala, lo hizo sólo por el 2’9% de los votos. El fujimorismo regresaba al primer plano de la vida política y con mucha fuerza. Menor fue el margen que la apartó por segunda del Palacio Presidencial en 2016, un 0’24%. Ya en 2011, Humala se había beneficiado de la animadversión que el fujimorismo despierta entre la mitad de los peruanos. Cinco años después, los partidos de izquierdas hicieron de tripas corazón y pidieron el voto para Pablo Kuczynski, derechista, neoliberal y sospechoso de corrupción.

¿Cómo es que el fujimorismo divide al país de esta forma? Y más importante aún ¿qué es? Ideológicamente, el fujimorismo es una corriente política conservadora y populista con tendencias autoritarias, lo que se advierte sobre todo en sus políticas de seguridad y lucha contra el crimen. En materia económica, es liberal, aunque no neoliberal, pues se defiende los subsidios y ayudas la clases desfavorecidas. Sin embargo, su rasgo distintivo es el caudillismo personalista. No por casualidad lleva el nombre de su fundador, el ingeniero, peruano-japonés, Alberto Fujimori.

«Pedro y Keiko representan posturas antagónicas de la política peruana»

En 1990, Fujimori derrotó al futuro Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, en las elecciones presidenciales. La victoria quedó bastante coja, ya que su la representación parlamentaria de su partido era escuálida.

En los sistemas presidencialistas, cuando el Parlamento y el Presidente no se entienden la agenda política del país suele sumirse en la parálisis. Muchos asumieron que Fujimori sería un Presidente anodino, de los que pasan sin pena ni gloria. Ojalá hubiese sido así.

El “chino”, como llamaban sus acólitos, no tardó en hartarse de la democracia parlamentaria. En aquella época las guerrillas comunistas y/o del narco aterrorizaban el país, entre ellas el temible Sendero Luminoso, y aplastarlas por cualquier medio había sido una de sus promesas electorales más populares. Con el pretexto de que el Parlamento había invadido sus competencias en la lucha contra el terrorismo, en 1992, protagonizó un autogolpe, es decir, un golpe de Estado desde el propio poder estatal.

«el fujimorismo es una corriente política conservadora y populista con tendencias autoritarias […] liberal, aunque no neoliberal»

Apoyado por el ejército, disolvió a la fuerza el Congreso y el Senado y convocó una Asamblea Constituyente que aprobó la hoy vigente Constitución de 1993 –que suprimió el senado. Volvió a presentarse y ganó las elecciones de 1995 y del 2000, entre numerosas denuncias de fraude electoral y acoso a la oposición.

Con semejante panorama, desde fuera de Perú, la posición de Fujimori se percibía sólida. La realidad, detrás de la fachada triunfal, era que los apoyos al Presidente se evaporaban. El mismo año de su tercera reelección, el Parlamento le declaró “moralmente incapacitado” y le destituyó mientras estaba de viaje oficial en Japón. Fujimori trató de pedir asilo en el País del Sol Naciente, pero fue finalmente extraditado a Perú, donde se le condenaría por su guerra sucia contra el terrorismo como autor de crímenes de lesa humanidad y sus múltiples corruptelas más de una condena por malversar el dinero público.

Si bien nunca desapareció, por casi una década, el fujimorismo perdió peso en la vida política peruana, hasta que los hijos del dictador reorganizaron el partido. La eficacia de su padre en la lucha con el crimen, o, mejor dicho, su bien publicitada mano dura así como varias medidas sociales seguían teniendo capital político. Pero sobre todo son la corrupción e inoperancia de la política peruana los que hacen atractivo, para muchos ciudadanos, un liderazgo autoritario, pero efectivo.

«la corrupción e inoperancia de la política peruana los que hacen atractivo, para muchos ciudadanos, un liderazgo autoritario, pero efectivo»

Al final, fue su rival, Kuczynski quien indultaría a su padre por motivos humanitarios. Fujimori sufría graves dolencias de salud. ¿Un gesto fuese humanitario? Pese a haber ganado la elecciones, Kuczynski convivía con un Parlamento fujimorista sobrado de ganas para destituirle y armado de razones conforme se afloraban nuevas evidencias de la corrupción del Presidente en su vida como empresario. Tras varios tiras y aflojas, acabaría demitiendo, en 2018 para ahorrarse el escarnio de la destitución. Alberto Fujimori no disfrutaría mucho de su indulto. Los jueces impusieron su vuelta al presidio.

Desde 2016 el fujimorismo se ha desgastado bastante. No ha conseguido los réditos que esperados con el acoso y derribo desde el Parlamento a las presidencias de Kuczynski y su sucesor, Vizcarra, que, como Vicepresidente Primero, asumió el cargo cuando aquel dimitió y al que acabaron destituyendo el año pasado. Con la pandemia y sus devastadores efectos sanitarios y económicos, los políticos peruanos han parecido desconectados de la realidad. Sólo las protestas masivas que acabaron con varios fallecidos, sacaron –y no del todo- a fujimoristas y no fujimoristas de su microcosmos de politiqueo. Para colmo, Keiko y su hermano Kenji mantienen una disputa por liderar el movimiento cada vez menos disimulada.

«Keiko y su hermano Kenji mantienen una disputa por liderar el movimiento cada vez menos disimulada»

Este desgaste se ha visto claro en las dificultades de Keiko para llegar a la segunda vuelta. Sin embargo, esta vez puede jugar una baza que no tuvo ni en 2011 ni en 2016: la moderación. Su rival, Pedro Castillo ha mostrado simpatías por la lucha armada y se ha comprometido a indultar a un ex guerrillero. Además, propone una política económica que puede unir a las clases pudientes entorno a Keiko… Veremos si esta vez el antifujimorismo sigue unido.

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