El periplo de Íñigo Errejón en la política española, salvo sorpresa mayúscula, ha terminado. Debo reconocer que, cuando me he sentado a escribir sobre él, me han asaltado las dudas. ¿Qué se puede pensar de Errejón? Tras intentar una y otra vez escribir sobre su figura, he llegado a la conclusión de que la falta de motivación para analizarla derivaba de que, en el fondo, creo que lo que está ocurriendo ni siquiera va sobre él. No me malinterpretéis, no juzgo si hizo lo que se le imputa (y él, más o menos, ha reconocido); lo que pongo en duda es que el hecho concreto no se enmarque en otro tipo de operación, mucho más general.
Sumar es una formación política que nació muerta. Su epitafio estaba escrito de antemano, porque no surgió de una figura arrolladora que rompiese con lo establecido, sino de un intento desesperado de agrupar a unos votantes, dispersos por aquel entonces en multitud de grupúsculos, para ofrecerle a Pedro Sánchez los escaños necesarios para gobernar. Dado que ya ha cumplido su función, su pervivencia es un contrasentido. Esto es como un truco de magia. ¿Puede uno sacarse conejos de la chistera de forma continuada, a lo largo de un único espectáculo? Sí, pero más vale que el público no note que siempre es el mismo conejo, que metes y sacas continuamente; de ser el caso, el buen observador se dará cuenta de que el conejo está acostumbrado a vivir en el sombrero, esperando a que lo necesites. Y eso es lo que ha pasado con Sumar. Era el mismo truco de magia que Podemos, pero con menos presupuesto, menos gracia y (para qué negarlo) muchísimo menos carisma.
«El periplo de Íñigo Errejón en la política española, salvo sorpresa mayúscula, ha terminado.»
La izquierda sabe que el truco no le salió de nuevo. Sumar nunca sonó transversal. Podemos, en sus primeras elecciones, sorprendió porque estratos sociales muy diferentes se fiaron de unos profesores universitarios que venían a cambiar el panorama. Con ese relato estuvieron cerca de acabar con el PSOE, y cuando la gente se dio cuenta de que era un cuento, el partido cayó en picado. Además, para qué negarlo, está el efecto Madrid: desapareció Manuela Carmena, se perdió la ilusión y la izquierda salió de la capital de España y de casi todas las Comunidades Autónomas para refugiarse en su dominio vasco y catalán. Llegados a este punto, ni Podemos ni Sumar están, ni se les espera.
¿Qué le hace falta a la izquierda? Una nueva ronda de personajes que parezcan surgidos de la nada, recurrir otra vez al efecto sorpresa. ¿Podemos conjugar eso con el retorno de un viejo ídolo, al que sus sucesores han hecho mejor de lo que era? Parece que sí. Efectivamente, voy a lo que voy: se trata de combinar el Sindicato de Inquilinos y su huelga de alquileres (una nueva Ada Colau) con una vieja gloria (Pablo Iglesias) que, sea en política o sea a través de Canal Red, le dé la fuerza que necesita. Salvar de la quema a unos cuantos que se puedan colocar en las listas (hacer un Izquierda Unida, vaya) y achicar agua hasta que la legislatura no aguante más. Planificarlo bien y, cuando llegue el momento, ir con todo. En especial, ir con todo para recuperar Madrid. Porque, si retoman Madrid (aunque sea a través de capitalizar la crisis de los alquileres) la derecha habrá perdido el gobierno otra vez.
«Sumar nunca sonó transversal. Podemos sorprendió porque estratos sociales muy diferentes se fiaron de unos profesores universitarios»
En fin, lo digo claro: mi pronóstico es que vamos a ver cómo la izquierda conocida da un paso atrás y el Sindicato de Inquilinos, con Valeria Racu como cara visible, toma el control de la situación. Que el proceso sea rápido o lento dependerá de si el gobierno dura o no. Si no se sostiene, veremos un acelerón muy fuerte que, además, necesitará de un cierto efectismo. Debe quedar bien claro que llega la savia nueva y las viejas glorias caen, y debo decir que siento tanto placer por la caída de los hipócritas que aún se agarraban a sus falsos compromisos como miedo por el futuro que nos espera.
Tengo la impresión de que los partidos políticos van a acabar convirtiéndose en sectas (si es que no lo son ya, aunque sea en parte). Al fin y al cabo, existen muchos incentivos para que tal proceso se desarrolle, especialmente en la izquierda. La derecha ha conseguido mantener, pese a la politización creciente de todos los aspectos de la vida, un cierto reducto de privacidad. Lo personal es político, sí, pero hasta cierto punto. El votante conservador no necesita que sus representantes sean virtuosos seres de luz; basta con que defiendan sus intereses. El izquierdista tiene tendencia a la decepción. Las organizaciones lo saben y, poco a poco, la purga se va convirtiendo en el recurso perfecto, porque permite machacar a algunos individuos concretos mientras la decencia del resto no solo no se ve discutida sino que, encima, destaca todavía más.
«La derecha ha conseguido mantener, pese a la politización creciente de todos los aspectos de la vida, un cierto reducto de privacidad»
El problema es que lo que parece un asunto de mera conducta se transforma, en seguida, en una forma de reafirmarse ideológicamente. El proceso lógico es fácil de entender: si somos los poseedores de la verdad revelada y, sin embargo, entre los nuestros han salido algunas manzanas podridas, la única conclusión posible es que esos actos malvados son consecuencia de haberse desviado del catecismo que imponen los jefes. Alberto Garzón ya señaló el camino hace unos años, cuando dijo que ningún delincuente puede ser de izquierdas. “¿Cómo no voy a atar en corto a los míos, obligándolos a pensar exactamente igual que yo, si cualquier disidencia puede convertirlos en monstruos? Les estoy haciendo un favor”.
El futuro es, en mi opinión, de todo menos prometedor.










