El pasado 18 de junio, Ebrahim Raisi ganó las presidenciales de Irán con casi 17 millones de votos. ¿Buen resultado? Según se mire. Obtuvo el 61% de los votos, arrollando a los demás candidatos, pero fueron las elecciones con la participación más baja en la historia del país: apenas el 48% de censo se dejó caer por las urnas.

Candidato tradicionalista, apoyado oficialmente por el Líder Supremo de la República Islámica, Alí Jamenei, perdió las elecciones de 2017 frente al candidato reformista, el aún presidente, Rohaní. A la segunda va la vencida que dicen…

“Ebrahim Raisi ganó las presidenciales de Irán […] con la participación más baja de la historia”

En su dilatada carrera como jurista, ha ocupado cargos en la fiscalía y la judicatura, por la que ha ido escalando hasta convertirse en Presidente del Poder Judicial, cargo que ocupaba hasta ahora. En todos los puestos ha destacado por su rechazo a cualquier cambio o flexibilización del status quo del país.

Nos consta un borrón en su expediente. Durante un tiempo, se refería a sí mismo en público como “ayatolá”, la casta clerical que impulsó la revolución contra la dictadura del Sha y todavía controla el país. Sin embargo, la prensa comprobó que carecía de la formación religiosa y las credenciales para ostentar dicho estatus y los privilegios legales que conlleva.

“Hacerse pasar por “ayatolá” podría haberle costado su carrera, pero tuvo suerte… o buenos contactos”

Al más puro estilo occidental, se disculpó públicamente por la confusión verbal, confusión que se había repetido en muchas ocasiones. Y en cada una de ellas, había querido decir “hoyatolesiam”, en vez de ayatola, que, para entendernos, sería otra casta clerical, pero de un eslabón más bajo.

Hacerse pasar por “ayatolá” podría haberle costado su carrera, pero tuvo suerte… o buenos contactos.

Ahora ocupará el segundo cargo en importancia de un país, con un régimen político extremadamente complicado. Irán es una dictadura. Todo representante debe ser musulmán, salvo los escaños parlamentarios reservados a la minoría zoroástrica. Nadie puede acceder a puestos institucionales o presentarse a elecciones sin el visto bueno de la élite clerical. Para lanzar tu candidatura a las presidenciales, por ejemplo, necesitas la autorización del Consejo de Guardianes.

¿Entonces hay diversos partidos? Sí, es verdad que es imposible reformar el régimen, pero hay líneas políticas mucho más abiertas que otras. Sin ir más lejos, Rohaní tiene poco en común con su inminente sucesor. Contrario al enfrentamiento con EE.UU. y occidente, partidario de la flexibilización de algunas normas morales y del dinamismo económico ha chocado constantemente contra el Líder Supremo y los otros órganos de poder.

“Irán es una dictadura. Nadie puede acceder a puestos institucionales o presentarse a elecciones sin el visto bueno de la élite clerical”

¿Otros órganos? ¿El parlamento? No, exactamente. En todas las dictaduras, soviéticas y fascistas, suelen proliferar los consejos consultivos, sínodos, cámaras de notables y próceres. Su tarea es burocratizar el país. Imponen trámites que, bajo la excusa de controles económicos, jurídicos o científicos, aseguran el inmovilismo ideológico.

La vigente constitución iraní expone una rudimentaria separación de poderes. Hay una judicatura, coronada por un Tribunal Supremo, cuyo acceso se encuentra fuertemente condicionado por formación religiosa integrista y, por supuesto, aplica leyes del mismo signo. De ese modo se garantiza una justicia conservadora.

El poder legislativo queda principalmente en manos de la Asamblea Consultiva, votada directamente por los ciudadanos y encargada de aprobar las leyes. En cuanto al gobierno, lo encarna un Presidente también directamente elegido por el pueblo. Si en una primera votación nadie obtiene mayoría absoluta del voto popular, hay una segunda vuelta electoral en que los ciudadanos eligen entre los candaditos más votados. Las mujeres votan, tanto al Presidente como a la Asamblea, eso sí la presidencia y muchos puestos de poder del régimen exigen la condición masculina.

“El poder legislativo queda principalmente en manos de la Asamblea Consultiva”

El Líder Supremo tiene que confirmar al candidato ganador de las elecciones, gozando de un teórico derecho de veto, nunca ejercido. Una vez confirmado, el Presidente forma a su gobierno compuesto por ministros y vicepresidentes que debe buscar la confianza de la Asamblea.

Dentro de los límites ideológicos del régimen, la Asamblea y el Presidente son los órganos más accesibles a los que podríamos llamar reformistas del régimen. De ahí que estén estrechamente controlados, para que el status quo no varíe.

Antes de entrar en vigor, las leyes de la Asamblea se remiten al Consejo de Guardianes, integrado por 6 alfaquíes, esto es juristas expertos en la ley islámica, propuestos por el Líder Supremo, y otros 6 juristas propuestos por los jueces del país. Para entendernos se trata de una especie de “tribunal constitucional”, que anula cualquier iniciativa legislativa excesivamente progresista.

“la Asamblea y el Presidente son los órganos más accesibles a los que podríamos llamar reformistas del régimen”

Por cierto, este Líder Supremo, Jamenei, ¿qué poderes tienes? Pues bastante amplios, puede destituir y nombrar a una gran cantidad de cargos. Tiene pleno y directo control sobre el ejército y la Radiotelevisión de la República Islámica; pensemos que en Irán no hay libertad de prensa, ergo, controla los medios de comunicación. Tiene el poder de convocar referéndums. La constitución le habilita para condicionar y limitar el programa del gobierno, fijando las líneas políticas generales del país. También puede conceder indultos o reducir penas, lo que se suma a su poder de nombramiento y destitución de las cúspides del poder judicial.

¿Quién nombra a este señor? Pues una especie de colegio cardenalicio de 88 miembros, denominado Asamblea de Expertos. En teoría este órgano no sólo nombra al Líder Supremo, sino que tiene mandato constitucional de controlar su actividad y, llegado el caso, podría cesarle. ¿A qué ya adivináis que hay truco? Pues claro. Estos expertos, de nuevo pertenecen al estamento religioso, y son votados por listas por el pueblo… eso sí, las listas deben ser aprobadas por el Consejo de Guardianes y su elección aprobada por el Líder Supremo. En la práctica, este órgano apenas se reúne un par de veces al año y, en lugar pedir informes al Líder Supremo sobre su actividad o fiscalizarle de cualquier forma, suele acudir a él para todo lo contrario: pedir su consejo y alabarle.

“El Líder Supremo tiene pleno y directo control sobre el ejército y la Radiotelevisión de la República Islámica”

Más importante por sus funciones, que no su independencia, es el Consejo de Descernimiento de Convivencia. Compuesto por 38 miembros nombrados todos ellos por el Líder Supremo, este órgano asume por delegación muchas de las funciones del cargo que ostenta Jamenei y también tiene encomendada la tarea de asesorarle. La constitución impone que el Líder Supremo lo consulte cuando haya un conflicto constitucional entre la Asamblea y el Consejo de Guardianes, antes de tomar una decisión, si bien no está condicionado por su dictamen, ni en este ni en ningún otro caso.

Existen, además, un sinnúmero de consejos para las provincias, o determinadas áreas de gobierno, muchos de ellos permanentes, otros provisionales que aseguran la hegemonía del ala más ultraconservadora del régimen aunque esta pierda las elecciones.

“el Consejo de Discernimiento de Convivencia asume por delegación muchas de las funciones del cargo que actualmente ostenta Jamenei”

Con todo, la República Islámica ve debilitadas sus bases poco a poco. La elevada abstención de las últimas elecciones expresa la mejor propuesta de unos jóvenes que padecen las consecuencias del aislacionismo y la beligerancia de su país. Han visto con frustración como Rohaní era bloqueado por Jamenei y los clérigos. Cada vez les preocupan menos la pureza de la República Islámica y exigen mayores derechos y libertades.

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