La semana pasada España quedó conmocionada con el desahucio de la anciana Mari Carmen. Lo peor es que fue un desahucio mediático, en medio de una marisma de miles de tragedias anónimas, como la suya. Como incluso en Macbeth existe la escena del portero, ese mismo día, la diputada Ana Vázquez (PP) decidió montar una escena con un espay pimienta en el Congreso de los Diputados.
En 1867, el jurista inglés Walter Bagehot describió el gobierno de su país agrupando sus instituciones en dignificantes (la Corona y la Cámara de los Lores) y eficientes (el gabinete ministerial y la Cámara de los Comunes). Añadió que el éxito del constitucionalismo británico radicaba en la capacidad de ambas clases para trabajar juntas con lealtad, confiando la una en la otra. Para mí, esta reflexión es aplicable a cualquier sistema político y, en especial, a una democracia.
Sorprende que con la de ríos de tinta que han corrido sobre la muerte de las democracias, nadie enfatice este elemento: la pérdida de confianza. Interpretando la historia, la caída de cualquier democracia suele explicarse a través de maniobras de poderes fácticos, crisis económicas graves y auges de políticos radicales, al amparo crisis sociales. Sin despreciar la importancia de estos elementos, no deberíamos olvidar un paso previo: la pérdida de confianza de la ciudadanía en sus representantes políticos.
Parafraseando a Bagehot podríamos decir que, hoy, nuestro sistema político se divide en dos grandes categorías, los gestores (los poderes del Estado y las administraciones) y los sustentadores (ciudadanos) que sufragan la existencia económica y otorgan legitimidad a los primeros. Para que el sistema no sólo funcione, sino que goce de buena salud, es preciso que los sustentadores confíen en que los gestores pueden protegerlos de los peligros más graves, así como aliviar sus cargas y problemáticas.
¿Pero cómo va a sobrevivir hoy la confianza? El caso de Mari Carmen ha dado mucho que hablar… Tal vez, demasiado. Se ha opinado sobre su persona, se ha discutido si merecía tanta atención. Yo no voy a entrar a valorar si ha sido una persona poco juiciosa o ha tomado decisiones equivocadas. Me falta información para valorarlo. Dicho esto, me parece que hay un motivo por el cual incluso los peores criminales salen de prisión a partir de cierta edad… Aunque Mari Carmen se hubiese equivocado ¿no ha sufrido ya suficiente?
Sin embargo, su caso no es más que la punta de iceberg. El problema de fondo se llama vivienda. Se trata de la principal preocupación de nuestra sociedad y ninguna autoridad política muestra demasiado interés o una hoja de ruta clara para su abordaje.
El mismo día que se desahuciaba a una octogenaria con una discapacidad del 50%, en el Congreso vivíamos el numerito del espray de pimienta. Se ha debatido si era un arma ilegal. Con sinceridad no lo sé. Si no supera los 100 ml y está homologado, el espray pimienta es perfectamente legal. Ahora bien, legales o ilegales, nadie fuera del personal de seguridad puede introducir armas en el Congreso – ni en otros tantos espacios, hospitales, aeropuertos, escuelas etc.
¿No había una forma mejor de denunciar la inseguridad en Ceuta? Disgustada porque la expulsen del hemiciclo, la diputada amenazó con ir a la comisaría del Congreso para que le certificaran que la lata del espray estaba vacía. Había un pequeño problema, claro: ¡estaba llena! Así que pidió a un empleado del partido la vaciara en el baño. ¿Resultado? Pues 12 personas afectadas y un ingreso hospitalario.
¿Y qué hizo Ana Vázquez? Salir haciendo el mutis, dejando al empleado de su grupo parlamentario a los pies de los caballos. Sin duda es una anécdota, penosa, desagradable, pero una anécdota. Pero es que es una de muchas. Y como siempre, con independencia del color político, su partido, de momento, la ha dejado evadirse, aprovechando, como cortina de humo, el debate alrededor de les desahucios.
El panorama final es desolador. Vemos a una clase política que intenta librarse de la responsabilidad por el drama de la vivienda. Las Administraciones se culpan unas a otras, eludiendo sus responsabilidades. Se intenta instrumentalizar como arma contra el rival político el sufrimiento personal y colectivo de los desahucios.
¿Y el parlamento que ofrece? Teatrillos y mezquindad.
Cuando se pide la confianza, sin evidencias que la justifiquen, lo que realmente se pide es un acto de fe. Ningún sistema político puede sobrevivir exigiendo fe ciega a sus ciudadanos, pero más rápida es la agonía de la democracia, cuando se llega a este extremo.










