Sólo en Túnez de la primavera árabe brotó una democracia estable. Este éxito, empañado por una década de carestía económica, parece próximo a derrumbarse. Y no es otro que el propio Presidente, Kaïs Saied, que accedió al cargo democráticamente, quien le pondrá fin.

La tradición democrática es inexistente en la historia tunecina. Por el contrario, el autogolpe de Estado empieza a ser costumbre nacional. En su acepción más consensuada, se denomina así a cualquier golpe de Estado dirigido por quien ya es Jefe de Estado o de gobierno, con el propósito de implantar una dictadura personal.

«Sólo en Túnez de la primavera árabe brotó una democracia estable. Este éxito, empañado por una década de carestía económica, parece próximo a derrumbarse»

El sobrino de Napoleón Bonaparte, Luis Napoleón, protagonizó en 1851 el primer y más representativo de los autogolpes de la historia contemporánea. Desalentado por la imposibilidad constitucional de ser reelegido Presidente de la Segunda Francesa, decidió seguir la tradición familiar de implantar un imperio francés. Ordenó al ejército disolver el parlamento, derogó la constitución y, tras retocarla un poco, se coronó como Napoleón III.

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Kais Saïed

No obstante, el autogolpe de Estado no siempre derroca a una constitución democrática. En el marco de los Estados autoritarios, pueden ocurrir también autogolpes con el propósito de consolidar un poder más personalista.

Túnez ha vivido autogolpes de los dos tipos: contra democracias y entre dictadores.

A partir del S XV los reyezuelos de El Magreb se convirtieron en vasallos del sultán turco hasta la colonización europea. Conforme el Imperio Otomano iba entrando en decadencia, la dependencia de política de Estambul se redujo a una mera formalidad. Los beyes o monarcas magrebíes dejaron de ser nombrados por el sultán y en la práctica actuaban como gobernantes de países independientes.

«La tradición democrática es inexistente en la historia tunecina. Por el contrario, el autogolpe de Estado empieza a ser costumbre nacional»

Cuando en 1881 los franceses ocuparon Túnez, expandiéndose de su colonia de Argelia, el bey tunecino esperaba conservar la misma autonomía bajo su nuevo señor. No tardaría en darse cuenta de que el gobierno parisino tenía otros planes.

La colonización debilitó mucho a la figura del bey. Poco a poco, el nacionalismo tunecino empezó a imbuirse de republicanismo. Tras alcanzar la independencia, el bey Muhammad VIII aceptó a regañadientes al líder nacionalista, Habib Burguiba, como Primer Ministro. En apenas un año, Burguiba detuvo a la familia real, después de cambiar a la guardia real por hombres leales a su persona. Forzó la abdicación del monarca y se proclamó Presidente de la República tunecina.

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Muhammad VIII, último bey de Túnez

El Reino de Túnez se suponía que sería una monarquía parlamentaria y democrática. La verdad es que nunca sabremos como habrían evolucionado las cosas sin el autogolpe del Primer Ministro. Lo que está claro es que Burguiba instauró treinta años de dictadura personal. Había elecciones y un parlamento, pero existían como mera formalidad. Los pucherazos y la persecución de la oposición aseguraban la permanencia de Burguiba y su partido en el poder.

A principios de los setenta la salud física y psicológica del Presidente empeoró severamente. Sufrió un infarto y los indicios apuntan a que cayó en una fuerte depresión. Durante su última década y media en el poder, el mandatario se recluyó en el Palacio Presidencial y apenas recibía a nadie. Con todo, la bonanza económica y el estricto control sobre su partido le permitieron conservar el poder.

«Burguiba instauró treinta años de dictadura personal»

A mediados de los ochenta, este panorama cambia: la crisis económica lleva al descontento en las calles y en el partido muchos empiezan a estar hartos de un Presidente ausente. Burguiba que empezaba a ver conspiraciones por todos lados. Temeroso de que le movieran la silla, alteró la constitución: en caso de muerte o incapacidad ya no le sucediera el Presidente del Parlamento sino el Primer Ministro. Claro que apareció otro problema: ya no se fiaba de su Primer Ministro, Rachid Sfar.

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Presidente Burguiba

Como nombrar al jefe del gobierno era prerrogativa del Presidente, Burguiba sustituyó el 2 de octubre de 1987 a Sfar por un joven general partidario de la mano dura contra los manifestantes, un tal Ben Alí. Apenas un mes después, el 7 de noviembre, el nuevo Primer Ministro lograba que un comité médico declara incapaz al Presidente y asumía la Jefatura del Estado. Este (auto)golpe de Estado médico, tal vez no estuvo falto de toda justificación. Burguiba se había vuelto cada vez más impulsivo y errático. Pocos días antes de su destitución había ordenado la ejecución arbitraria de doce opositores islamistas. No obstante, es muy probable que dictamen de incapacidad estuviera escrito antes de que los médicos examinaran al mandatario.

Empezaba la larga dictadura de Ben Ali. Como su predecesor mantuvo la ficción electoral. Fueron las protestas de la primavera árabe las que le obligaron a abandonar el poder y el país en 2011. Después de sacar una generosa cantidad de oro del banco nacional se exilió a Arabia Saudí.

Las protestas que había empezado con un joven quemándose a lo bonzo en protesta porque le requisaron el carrito quiosco con que alimentaba a su familia eclosionaron en una constitución democrática. Sin embargo, la inestabilidad política del Magreb y el Estado Islámico no hicieron sino empeorar la vida en un país que se nutre del turismo.

«penas un mes después, Ben Alí, el nuevo Primer Ministro lograba que un comité médico declara incapaz al Presidente»

Poco a poco la miseria ha ido desgastando al nuevo régimen democrático. Sin mejoras en su nivel de vida, los tunecinos miraban cada vez con más escepticismo a su revolución. Tan aciago contexto que cuando el Presidente Saied ha iniciado su autogolpe de Estado, la oposición en la calle sea marginal.

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Ben Ali

Saied es un profesor de derecho y abogado reputado que en 2019 ganó las elecciones presidenciales como independiente. Estas elecciones fueron inesperadas ya que hubo que convocarlas al morir en el cargo el Presidente Caïd Essebsi.

Un hombre sin partido parecía que podía propiciar concesos en un parlamento muy fragmentado, pero el resultado ha sido muy diferente. Este pasado julio, Saied destituyó a su Primer Ministro, sin nombrar sustituto.

El régimen surgido en Túnez tras caída de Ben Alí consagra el semi-presidencialismo de corte francés. El poder ejecutivo tiene dos cabezas: Presidente y Primer Ministro. Aunque el Presidente nombra al Primer Ministro, este necesita también la confianza del Parlamento, lo que obliga al Jefe del Estado a consensuar con los legisladores el nombre del jefe de gobierno. Por otro lado en política interior y, en general, en todo salvo defensa y política internacional el Primer Ministro tiene la última palabra.

«Este pasado julio, Saied destituyó a su Primer Ministro, sin nombrar sustituto»

La ausencia de Primer Ministro permite a Saied concentrar todo el poder ejecutivo en su persona. Además, ha suspendido las sesiones del parlamento.

Después de tantear al ejército y analizar la reacción de la calle, esta semana ha puesto sobre la mesa la posibilidad de “enmendar” la constitución. No queda claro si lo hará por decretazo presidencial o sometiendo a plebiscito el borrado de una nueva carta magna. Sin entrar en que la reforma constitucional debe pasar por el parlamento, antes de ser votada, tal como van las cosas no parece que haya muchas posibilidades de que en ese hipotético plebiscito contradijera la voluntad del Presidente. Poco a poco se ve más claro que Túnez camina hacia su tercera dictadura…

 

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