Fotografía Iván Casuso
Bailamos encima de los cascotes, obviamos nuestras ruinas. Aún proclamamos algún te quiero difuminado con nuestros sexos humedecidos. Pero a la mañana siguiente, frente al café templado, las miradas esquivan los desastres de nuestra convivencia.
Observamos, a una distancia prudente, las grietas, los desconchones, los escombros que poco a poco se van acumulando tras los marcos de las puertas y en las vigas principales.
Solo es necesario un poco de tiempo y unos cuantos arreglos, nos decimos. Quizá en Semana Santa o puede que en el puente de diciembre. Hacemos planes de futuro que anestesian nuestros miedos.
Tampoco es para tanto, nos mentimos. Apenas una mano de pintura y algo de cuidados. A fin de cuentas, ningún hogar es tal como uno lo imagina y todas las mansiones están idealizadas.
Volvemos a follar arrepentidos, después, poco a poco, soltamos nuestras manos y giramos nuestros cuerpos; tras las ventanas demolidas, las espigas parecen germinar verdes, afanosas.










