Escribo enfadada.

Enfadada con la política, con las medias verdades y con esa facilidad que tenemos para convertir una tragedia humana en un nuevo campo de batalla electoral.

Enfadada con quienes, desde un lado, utilizan el miedo al extranjero para arañar votos.

Y también con quienes, desde el otro, pronuncian grandes palabras sobre solidaridad y derechos humanos, pero no consiguen movilizar a todo un país para que Ceuta no soporte sola una situación que nos corresponde afrontar entre todos.

Porque la ética no es de derechas.

La humanidad no es de izquierdas.

La compasión no pertenece a ningún partido.

Y ser buena persona no depende de la papeleta que introduzcamos en una urna.

Lo ocurrido en Ceuta es una crisis fronteriza, política y diplomática, pero también una tragedia humana de enormes dimensiones. La ciudad ha quedado desbordada, sus habitantes han vivido miedo e incertidumbre, los servicios públicos y las fuerzas de seguridad han trabajado bajo una presión insoportable y decenas de personas han muerto intentando alcanzar la orilla. La Asociación Unificada de Guardias Civiles ha denunciado, además, falta de medios y de previsión, y ha reclamado una respuesta rápida, coordinada y sostenida por un gran acuerdo político.

No podemos ignorar ninguna de esas realidades.

Ceuta necesita seguridad.

Sus habitantes necesitan protección.

Quienes trabajan en la frontera necesitan recursos, relevos y apoyo.

Y las personas que llegan necesitan ser tratadas como seres humanos.

Nada de esto debería ser incompatible.

Sin embargo, la política vuelve a obligarnos a elegir entre dos relatos enfrentados.

A un lado, una parte de la derecha convierte al extranjero en el coco perfecto.

Nos dice que viene a quitarnos el trabajo, las ayudas, la vivienda, la seguridad y hasta nuestra identidad. Repite la palabra invasión hasta que dejamos de imaginar personas y comenzamos a ver enemigos.

Ya no vemos a un joven exhausto.

Vemos a un invasor.

Ya no vemos a una madre desesperada.

Vemos una amenaza.

Ya no vemos a un menor asustado.

Vemos un problema que alguien debería devolver cuanto antes al lugar del que vino.

El miedo siempre ha sido un instrumento político muy eficaz. Cuando una sociedad tiene miedo, deja de formular preguntas. Busca culpables sencillos, acepta respuestas rápidas y está dispuesta a entregar parte de su humanidad a cambio de una promesa de seguridad.

Pero una frontera no se protege sembrando odio.

Un país no se defiende deshumanizando a quienes intentan entrar en él.

Y ninguna bandera necesita que dejemos de reconocer a una persona para continuar ondeando.

En la otra acera, tampoco basta con que la izquierda proclame su solidaridad.

No basta con hablar de derechos humanos desde un atril.

No basta con indignarse ante las palabras de la derecha.

No basta con acusar de racismo a cualquier ciudadano que pregunte cómo se va a controlar una llegada de semejante magnitud, cómo se va a proteger a Ceuta o con qué medios se va a atender dignamente a quienes han cruzado la frontera.

La izquierda tiene que convertir sus principios en soluciones.

Tiene que organizar recursos.

Coordinar territorios.

Repartir responsabilidades.

Proteger a la población ceutí.

Atender a quienes llegan.

Y conseguir que el conjunto del país comprenda que Ceuta no es un territorio lejano al que recordamos únicamente cuando pronunciamos las palabras soberanía nacional.

Ceuta es España cuando hablamos de fronteras.

Pero también debe ser España cuando llega el momento de compartir el miedo, el esfuerzo, los recursos y la responsabilidad.

Existen mecanismos para trasladar a menores migrantes desde territorios sometidos a una presión extraordinaria, y Ceuta ya había realizado derivaciones a otras comunidades antes de esta crisis. Pero una emergencia de esta magnitud exige que la solidaridad deje de parecer una discusión interminable entre administraciones y se convierta en una respuesta nacional visible, rápida y suficiente.

No quiero que la derecha me diga a quién debo temer.

Tampoco quiero que la izquierda me explique lo humana que es mientras Ceuta continúa sintiéndose sola.

No quiero elegir entre el miedo y las buenas intenciones.

  • Quiero que quienes gobiernan gobiernen.
  • Que se anticipen.
  • Que coordinen.
  • Que protejan.
  • Que atiendan.
  • Que den explicaciones.
  • Porque también hay que preguntar qué ha fallado.

España dispone de servicios de inteligencia, vigilancia fronteriza, relaciones diplomáticas y antecedentes suficientes para saber que la frontera con Marruecos puede convertirse en cualquier momento en un instrumento de presión.

  • ¿Cómo es posible que una movilización de estas dimensiones no fuera prevista?
  • ¿Qué información tenía el Gobierno?
  • ¿Qué avisos se recibieron?
  • ¿Qué papel ha desempeñado Marruecos?
  • ¿Por qué los medios llegaron cuando Ceuta ya estaba desbordada?

Defender la dignidad de las personas migrantes no obliga a guardar silencio ante una posible falta de previsión política.

Se puede exigir humanidad y pedir responsabilidades.

Se puede salvar a quien se está ahogando y, después, preguntar por qué no había suficientes medios preparados para impedir la tragedia.

Se puede rechazar el racismo sin negar el derecho de los habitantes de Ceuta a sentir miedo.

Se puede proteger una frontera sin convertir el mar en una fosa.

Lo que no se puede hacer es utilizar los cadáveres para ganar unas décimas en las encuestas.

Mientras unos y otros buscan la frase más rentable, el fondo del mar continúa llenándose de seres humanos.

El mar ya no tiene solamente arena.

Tiene nombres que nunca conoceremos.

Tiene sueños interrumpidos.

Tiene cuerpos jóvenes.

Tiene zapatos pequeños.

Tiene madres esperando una llamada que no llegará.

Tiene personas que nacieron en otro lugar, pero cuya sangre es tan roja como la nuestra.

No vienen de otro planeta.

Sienten hambre.

Sienten frío.

Sienten miedo.

Quieren a sus hijos.

Lloran a sus muertos.

Sueñan con una vida mejor.

Y pueden equivocarse, ser engañados, manipulados o utilizados. Pero ninguna de esas circunstancias les arrebata su condición humana.

Quizá deberíamos apagar durante unos minutos la televisión.

Dejar de escuchar a quienes nos indican qué debemos pensar.

Y mirar a nuestros hijos.

Mirarlos mientras comen.

Mientras ven una película en el sofá.

Mientras se ríen.

Mientras protestan porque no encuentran el mando a distancia o porque no les gusta la cena.

Mirarlos de verdad.

Y preguntarnos qué estaríamos dispuestos a hacer para salvarlos si un día nuestro hogar dejara de ser seguro.

Porque ya no podemos decir que estamos a salvo.

Una DANA puede arrasar una población en unas horas.

Un incendio puede obligarnos a abandonar nuestra casa con lo puesto.

Un terremoto puede convertir una vida tranquila en un montón de escombros.

Una guerra puede hacer que una familia cruce una frontera con una bolsa de ropa, unos documentos y una fotografía guardada en el bolsillo.

La seguridad no es una virtud que hayamos conquistado.

Es, muchas veces, el privilegio circunstancial de haber nacido en un determinado lugar y en un determinado momento.

Hoy somos quienes observamos la tragedia desde una pantalla.

Mañana podríamos ser quienes llaman a la puerta.

Entonces nosotros seríamos los extranjeros.

Los que llegan sin nada.

Los que no hablan bien el idioma.

Los que necesitan alojamiento.

Los que buscan trabajo.

Los que esperan que alguien vea primero a una persona y después un documento.

Nuestra historia debería ayudarnos a comprenderlo.

Durante la Guerra Civil española, más de cincuenta mil niños fueron evacuados de sus pueblos y ciudades y enviados fuera de España para alejarlos de las bombas, el hambre y el peligro. Algunos fueron acogidos en la Unión Soviética; otros, en Francia, Bélgica, Reino Unido o México. Eran los llamados niños de la guerra. Eran nuestros niños.

¿Nos habría parecido justo que aquellos países los hubieran tratado como una amenaza?

¿Habríamos aceptado que los devolvieran porque no eran responsabilidad suya?

¿Los habríamos llamado invasores?

Tenemos una memoria demasiado selectiva.

Recordamos a nuestros emigrantes como hombres y mujeres valientes que partieron en busca de una vida mejor, pero llamamos invasores a quienes hoy hacen lo mismo.

Nosotros emigrábamos.

Ellos invaden.

Nosotros buscábamos oportunidades.

Ellos vienen a quitárnoslas.

Nuestros abuelos eran trabajadores.

Los extranjeros son sospechosos.

Nosotros merecíamos una puerta abierta.

Ellos deben encontrarla cerrada.

Y en medio de esta contradicción aparece también la religión.

Quiero dejar algo muy claro: no critico a la Iglesia ni a las personas cristianas que son fieles a sus creencias.

Conozco a personas creyentes que viven su fe desde la generosidad, la acogida y el servicio a los demás. Personas que alimentan, acompañan, consuelan y cuidan sin preguntar primero por una nacionalidad, una religión o un permiso de residencia.

Personas cuya fe no necesita ser proclamada a gritos porque se reconoce en sus actos.

Tampoco escribo desde el desprecio a la religión.

Escribo desde mi propia creencia en un ser superior, en el bien al prójimo, en la compasión y en la obligación moral de no abandonar a quien sufre.

Precisamente por eso me duele la incoherencia.

Me cuesta comprender a quienes levantan la bandera del cristianismo mientras alimentan el rechazo al extranjero.

¿Dónde quedan las enseñanzas de la Biblia?

¿Dónde quedan los mandamientos?

¿Dónde queda la vida de Jesucristo?

¿Cómo se puede entrar en una iglesia, pedir perdón, comulgar —el acto más sagrado de la misa— y salir después dispuesto a aplaudir que una persona necesitada sea arrojada de nuevo al peligro?

¿Cómo se puede defender la vida y permanecer indiferente ante un cuerpo que se hunde en el mar?

¿Cómo se puede defender la familia y olvidar que cada una de esas personas pertenece también a una familia?

No estoy cuestionando la fe.

Estoy cuestionando su utilización política.

Estoy cuestionando la contradicción entre proclamarse cristiano y negar después la compasión que se encuentra en el corazón mismo del cristianismo.

Jesucristo no preguntaba por la nacionalidad del herido antes de acercarse.

No pedía documentación al hambriento.

No comprobaba la religión del enfermo.

No dividía a los seres humanos entre quienes merecían ayuda y quienes podían ser abandonados.

Por eso, cuando un partido utiliza el cristianismo como una seña de identidad mientras construye su discurso sobre el miedo y el rechazo, no está defendiendo la fe.

La está utilizando.

La convierte en una frontera más.

Y una fe utilizada para excluir termina pareciéndose muy poco a aquello que dice representar.

Naturalmente, un país necesita leyes.

Necesita fronteras.

Necesita una política migratoria seria.

Necesita distinguir entre personas refugiadas, migración económica, menores, víctimas de trata y otras situaciones de vulnerabilidad.

Necesita acuerdos internacionales, vías legales, controles y capacidad para devolver a quienes no tengan derecho a permanecer, siempre con garantías y sin poner sus vidas en peligro.

Reconocer todo esto no nos convierte en malas personas.

Pero ninguna ley nos obliga a perder la compasión.

Ninguna frontera convierte a un ser humano en basura.

Ninguna situación administrativa elimina la dignidad.

Y ninguna soberanía nacional vale más que una vida.

Quizá lo ocurrido en Ceuta no revele solamente los fallos de un Gobierno, la estrategia de una oposición o las tensiones con Marruecos.

Quizá revele quiénes somos nosotros.

Es fácil considerarse buena persona cuando no tenemos que compartir nada.

Es fácil defender la solidaridad cuando el problema está lejos.

Es fácil proclamar principios cuando no afectan a nuestra comodidad.

La verdadera medida aparece cuando el necesitado llama a nuestra puerta.

Entonces descubrimos si nuestra bondad era un principio o solamente una imagen agradable que teníamos de nosotros mismos.

No quiero que ningún partido convierta una tragedia en propaganda.

No quiero que la derecha utilice el miedo al extranjero como una máquina de votos.

No quiero que la izquierda administre la compasión desde los discursos sin conseguir que se convierta en una respuesta real.

No quiero que Ceuta sea utilizada como escenario de una pelea política mientras sus habitantes, sus trabajadores públicos y quienes han llegado intentan sobrevivir al desastre.

Quiero un país capaz de proteger sus fronteras sin perder el alma.

Quiero gobernantes que se anticipen, actúen, coordinen y rindan cuentas.

Quiero una sociedad que no necesite conocer la nacionalidad de un muerto para sentir dolor.

Quiero que, antes de repetir una consigna, cada persona mire a su hijo mientras come, mientras duerme o mientras juega.

Y que se haga una pregunta:

¿Qué desearía que hicieran los demás si ese niño fuera el mío?

Porque hoy son ellos quienes buscan una orilla.

Mañana podríamos ser nosotros.

Y entonces no importará a quién votamos, qué bandera agitamos ni el nombre que damos a Dios.

Solo importará que, al otro lado, quede alguien capaz de reconocernos como personas.