Después de su aplastante victoria en las últimas elecciones húngaras, el partido Tisza se hizo más de dos tercios del parlamento. El punto y final de la era Orbán no podía ser más rotundo. Como nuevo primer ministro, Péter Magyar anunció un intenso programa de reformas que en breve se cobrará la cabeza del Presidente de Hungría, Tamás Sulyok.

Esta decisión ha de entenderse en el contexto político-social magiar de las últimas décadas. En 2010, el partido de Orbán, Fidesz, ganó las elecciones con una mayoría cualificada. Esta circunstancia excepcional le permitió remodelar la constitución a su antojo.

«Después de su aplastante victoria en las últimas elecciones húngaras, el partido Tisza se hizo más de dos tercios del parlamento»

Según sus propias palabras, Orbán aspiraba a dar con un modelo de Estado, alternativo a la democracia liberal. Desde el punto de vista mediático captaron la atención internacional sus políticas anti-LGTBI –si bien, nunca derogó las uniones civiles– y contra los derechos reproductivos de la mujer, consagrando constitucionalmente la protección de vida humana desde la concepción –pero tampoco se atrevió a abolir completamente el acceso al aborto.

Reivindicó sonoramente las raíces cristianas de Hungría y Europa. Durante la crisis de los refugiados (2015), tales convicciones no le impidieron cerrar a calicanto las puertas del país negándose a cooperar en cualquier programa coordinado de acogida. Su cristianismo, sobre todo, se concretaba en una inflexible oposición a la migración musulmana.

«Orbán aspiraba a dar con un modelo de Estado, alternativo a la democracia liberal»

Por más que fueron estos temas los que dieron fama internacional a Orbán, dentro de Hungría son otros asuntos los que han minado su popularidad. Si bien, nunca se convirtió en un gobernante autoritario, en un sentido estricto, después de todo, perdió las elecciones y se marchó; sí implementó muchas políticas autoritarias: colonizó los tribunales, en especial el constitucional, redujo los derechos de los detenidos policiales, creó de unos tribunales administrativos que ponía multas excesivas por, entre otras causas, injuriar al gobierno, ocupó o forzó el cierre de los medios de comunicación disidentes… En su última etapa, las prácticas de matonismo se intensificaron, en un contexto de corrupción generalizada, apoyada en una red de concesiones y subvenciones públicas arbitrarias. Lo que, en España, llamamos capitalismo de amiguetes, pero extremo.

Peter Magyar pretende desmantelar y revertir todos estos injertos autoritarios, que le ha costado a Hungría el ostracismo internacional en occidente y la congelación de fondos e inversiones de la UE. La cuestión es ¿por qué destituir al Presidente de la República?

«Peter Magyar pretende desmantelar y revertir todos estos injertos autoritarios, que le ha costado a Hungría el ostracismo internacional»

Como en la mayoría de repúblicas parlamentarias, el rol de Jefe del Estado húngaro es meramente ceremonial. Su elección la realiza el parlamento. Pese a que no ostenta poder efectivo, sólo puede servir dos mandatos de cinco años. Curiosamente, el primer ministro, gobernante efectivo del país, no tiene límites de mandato. Esta contradicción no es exclusiva de Hungría. Pasa en muchas repúblicas parlamentarias, como Israel o Alemania.

De puertas para dentro, los húngaros asocian la presidencia a los indultos. Nadie puede obligar al Presidente a firmar un indulto si no lo desea, pero, sus indultos únicamente adquieren valor si el ministro de Justicia los firma igualmente. Con lo cual, Sulyok tampoco podría haber otorgado indultos para, por ejemplo, proteger a políticos del Fidesz que pueda afrontar juicios por corrupción.

«el rol de Jefe del Estado húngaro es meramente ceremonial»

¿Entonces que peligro suponía para las reformas de Magyar? Pues, entrando a fondo en el constitucionalismo magiar, Sulyok podría haber retrasado nombramientos –aunque tampoco bloquearlos definitivamente– y la aprobación de las leyes. El Presidente pude pedir al parlamento una segunda deliberación sobre un proyecto de ley para firmarlo, pero si la cámara reafirma su posición, debe otorgar su sanción.

El gran riesgo quizás residía en la consulta de constitucionalidad. Esta prerrogativa presidencial permite al Jefe del Estado posponer la firma de una ley hasta que el Tribunal Constitucional le aclare que se ajusta a la carta magna. Con un Constitucional heredado de la era Orbán, era elevado el riesgo de que el Presidente torpedee las reformas de Magyar, sirviéndose de esta prerrogativa.

«¿Entonces que peligro suponía para las reformas de Magyar?»

Dicho esto, me atrevo a afirmar que los auténticos motivos derivan precisamente en el carácter simbólico de la presidencia. El deseo de abrir una nueva etapa política necesitaba una persona ajena a Orbán en la más Alta Magistratura del Estado.

El gobierno acusó a Sulyok de haber actuado como un mero títere de Orbán, sin haber cumplido su deber constitucional de «vigilar el funcionamiento democrático del Estado». En especial señalaron que nunca actuó como contrapeso –solicitando una segunda deliberación al parlamento o mediante la cuestión de constitucionalidad– cuando el ex primer ministro le presentó leyes que conculcaban derechos civiles.

«me atrevo a afirmar que los auténticos motivos derivan precisamente en el carácter simbólico de la presidencia»

Magyar le dio un plazo para dimitir. Sulyok se negó. Así que el 13 de julio, el parlamento aprobó una reforma constitucional, la Enmienda 17ª, que habilita un procedimiento para destituir al Presidente por pérdida grave de la confianza parlamentaria.

Hoy podemos asegurar que los días de Sulyok en el Palacio Sándor están contados.

La medida no está exenta de polémica. Por supuesto el Fidesz ha asegurado que el nuevo gobierno ejerce un asalto sin precedentes al orden constitucional intentando apartar a todos los cargos nombrados por Orbán, para reemplazarlos por afines. No es que estén en la mejor posición moral para lanzar semejantes acusaciones…

«el 13 de julio, el parlamento aprobó una reforma constitucional, la Enmienda 17ª, que habilita un procedimiento para destituir al Presidente»

Ahora bien, algunos analistas internacionales y grupos pro-Derechos Humanos critican la excesiva agilidad con que se ha tramitado la reforma constitucional. Bien es verdad que nadie discute el cargo: Sulyok se comportó como un lacayo servil de su primer ministro, en lugar de como un contrapeso. Sin embargo, siempre es recomendable que las alteraciones constitucionales se mediten.

Además, en Hungría planea el fantasma de que Tisza termine por no ser mejor que Fidesz, ahora que el partido disfruta del mismo poder que la fuerza de Orbán. Sólo el tiempo dirá.