Durante siglos el negro fue un color con mala prensa. Era el uniforme de sacerdotes, jueces, camareros y viudas; el color de los funerales, del luto y de quienes, por una razón u otra, no estaban precisamente para llamar la atención. En una época en la que la moda asociaba el lujo al exceso, al brillo y a los estampados imposibles, vestir completamente de negro era, como poco, una decisión poco festiva. Hasta que apareció Giorgio Armani y consiguió una de esas pequeñas revoluciones que solo se reconocen cuando ya han triunfado: hizo del negro el color del éxito. Lo sacó de las iglesias y de los tanatorios para instalarlo en Wall Street, en Hollywood y en los mejores restaurantes del mundo. Desde entonces, millones de personas visten de negro convencidas de que es la opción más elegante, sin sospechar que esa idea tiene padre, apellido y acento italiano.
«En una época en la que la moda asociaba el lujo al exceso, al brillo y a los estampados imposibles, vestir completamente de negro era, como poco, una decisión poco festiva»
Como sucede con casi todos los grandes revolucionarios, Armani jamás tuvo intención de serlo. Nació en Piacenza en 1934, estudió Medicina durante dos años y abandonó la carrera cuando descubrió que la sangre le impresionaba bastante más que la anatomía. La moda, en cambio, nunca entró en sus planes. Su primer contactocon ella fue casi por accidente, trabajando como escaparatista en los grandes almacenes La Rinascente de Milán. Allí aprendió una lección que hoy parece evidente pero que entonces era casi una filosofía empresarial: antes de vender una chaqueta había que conseguir que alguien se detuviera a mirarla.
Después llegó Nino Cerruti y, con él, la mejor escuela desastrería que podía encontrarse en la Italia de los años sesenta. Mientras París seguía creyéndose la capital indiscutible de la moda, Milán empezaba a preparar silenciosamente una revolución industrial y estética que acabaría conquistando el mundo. Armani observaba más de lo que hablaba. Nunca fue un diseñador excéntrico; de hecho, probablemente sea el único gran modisto cuya imagen pública recuerda más a la de un arquitecto o a la de un banquero que a la de un artista. Esa aparente falta de extravagancia acabaría siendo una de sus mayores fortalezas.
En 1975 fundó, junto a Sergio Galeotti, la empresa Giorgio Armani. Nadie podía imaginar que aquel pequeño taller terminaría convirtiéndose en uno de los mayores imperios del lujo del planeta. Tampoco que la revolución comenzaría por algo tan aparentemente aburrido como una americana. Hasta entonces los trajes masculinos parecían diseñados por ingenieros militares: hombreras enormes, estructuras rígidas y suficientes capas interiores como para sobrevivir a un bombardeo. Armani decidió hacer exactamente lo contrario. Quitó peso, eliminó rigidez y permitió que el tejido acompañara al cuerpo en lugar de obligarlo a desfilar. Parecía una modificación técnica, pero terminó cambiando la manera de vestir de medio planeta.
«Hasta entonces los trajes masculinos parecían diseñados por ingenieros militares: hombreras enormes, estructuras rígidas y suficientes capas interiores como para sobrevivir a un bombardeo»
Y entonces llegó el negro. No lo inventó, claro; ese mérito habrá que seguir dejándoselo a la noche. Lo que hizo fue mucho más difícil: cambiar su significado. Dejó de ser el color de quien estaba de duelo para convertirse en el de quien tenía una reunión importante; dejó de asociarse a la tristeza para empezar a relacionarse con el éxito. En realidad, Armani descubrió algo que hoy damos por descontado: cuanto menos grita una prenda, más habla de quien la lleva. «La diferencia entre estilo y moda es la calidad», repetiría durante años. Una frase sencilla que explica bastante mejor su carrera que muchos tratados sobre diseño.
La confirmación de que aquella intuición era correcta llegó, cómo no, desde Hollywood. En 1980 Richard Gere protagonizó American Gigolo vestido casi exclusivamente por Armani. Lo curioso es que el auténtico protagonista de la película terminó siendo el vestuario. Después del estreno, las sastrerías estadounidenses comenzaron a recibir clientes que no preguntaban por Giorgio Armani; pedían simplemente «el traje de Richard Gere». Pocas campañas publicitarias han resultado tan eficaces y, desde luego, tan baratas.
Porque Armani fue mucho más que un diseñador: fue un pintor del estilo, un creador de personalidades. Larga vida a Giorgio Armani.










