Cuando leí La Plaza del diamante, me sorprendió la belleza de la sencillez, esa prosa depurada, limpia y al mismo tiempo contundente que nos adentra en lo más profundo de su protagonista, Natalia. Porque ese es su nombre; el nombre con el que forja su identidad de niña y de mujer joven. Mercè Rodoreda nos la presenta en una plaza engalanada de fiesta, en esa noche en la que escucha palabras tentadoras, que suenan a promesa; esa noche en la que Quimet decide que ella ya no será más quién era. A partir de ahora, se llamará Colometa. Rodoreda nos lleva a una Barcelona alegre y apesadumbrada al mismo tiempo, que intuye sobre ella un futuro grisáceo, casi negro, pero que trata de conjurarlo en medio de verbenas y bailes agarrados. Una Barcelona en los estertores de la república, en el preludio de una guerra que lo cambiará todo; también a Colometa que, tras ella, volverá a convertirse en Natalia.

Desde aquella lectura, recordaba a Merce Rodoreda como una escritora exquisita a la que deseaba regresar. En cuanto supe que se reeditaba Espejo roto, no lo dudé y volví a sumergirme en su mundo. Espejo roto, tal como ella misma cuenta, fue una novela que tardó en escribir casi una década. El libro evoluciona en su complejidad de modo paralelo a la propia transformación personal de la autora, quien afronta su escritura en la madurez, desde la tristeza y la aceptación de la pérdida. Lo comienza con un tono costumbrista, casi decimonónico, con el que nos presenta a Teresa Goday, una mujer joven y hermosa, de origen humilde, que logra, a través de sus matrimonios, el ascenso social. El momento decisivo llegará cuando contraiga matrimonio con Salvador Valldaura, un marido al que le une un amor singular que irá erosionándose, asediado por las desilusiones y los fantasmas del pasado; este deterioro se va adueñando también de la propia casa en la que viven, una mansión con jardín, capaz de absorber las emociones de sus habitantes con una precisión y una sensibilidad tan intensas que se convertirá en uno de los grandes personajes. Allí conoceremos al resto de mujeres protagonistas: Sofía, la hija de Teresa, distante y altiva; María, la niña fruto de un amor prohibido, que sobrevolará la novela casi como una nueva Ofelia. Incluso las criadas, que nos muestran otras dependencias de la casa y otra perspectiva vital. Conforme nos habla de todas ellas, escuchamos la voz de la autora cada vez más grave, casi ronca, hasta convertirse en un grito sordo y doloroso. La atmósfera se va sintiendo más opresiva y densa, nos envuelve de modo irremediable y nos lleva a transitar por una narrativa salpicada de símbolos y de dobles sentidos. Espejo Roto es una novela que requiere atención, que demanda a un lector activo, dispuesto a interpretar. Rodoreda nos ofrece diversos niveles de lectura: la simple trama y evolución de los personajes, pero también otras capas para lectores que no se conforman con una simple saga familiar bien ambientada. La autora construye un edificio narrativo en el que vamos descubriendo los secretos familiares a través de las diferentes miradas; también de los distintos objetos que a través de su brillo o su opacidad nos van mostrando toda esa energía que recogen los seres inanimados, tan intensa como la de los que están vivos: la rosa en el jarrón de cristal y plata sobre la mesa del notario, el armario oriental, las copas talladas…y, por supuesto, el espejo de mano de la señorita Sofía con el marco de rosas de plata. Esa pieza delicada y lujosa que Armanda, la criada, toma en sus manos en medio de la soledad de una casa abandonada y con el que la va recorriendo con el brazo extendido, como si fuera una antorcha. Como dice Rosa Montero en el prólogo, Espejo roto es una novela que nos habla de la pérdida y del paso del tiempo. A través de sus páginas, los lectores sentimos la herida de los personajes, la dolorosa y certera revelación de que nuestra posesión más valiosa es el tiempo. Algo que a menudo descubrimos cuando ya es demasiado tarde. Ese es el verdadero drama del ser humano y Mercè Rodoreda lo sabía bien. Por eso, su propia vida fue una auténtica aventura. Una historia que comienza en el barrio de Sant Gervasi, con una madre y un abuelo, contadores de historias, capaces de cambiar los muebles de sitio para sorprender a la niña solitaria que no estudió todo lo que hubiera deseado, pero que devoraba libros; después una vida literaria en la cosmopolita Barcelona de la Segunda República. Una época luminosa que tendría que abandonar tras la guerra civil para marchar a Francia, que pronto sería ocupada por los nazis y de los que también tendría que huir. Más tarde, vendrían años de amor incierto, de largo exilio en Ginebra, de cierto olvido. En los años setenta retornó a Cataluña, a una soledad elegida en Romanyà de la Selva (Bajo Ampurdán), entre montañas, bosques y flores. Allí terminó Espejo roto la novela que culminó una vida apasionada y que fortaleció su figura como una de nuestras grandes damas de la literatura. Mercè Rodoreda amó en el más profundo sentido de la palabra, vivió con intensidad cada una de las etapas de su vida y a pesar de las tristezas y contratiempos, lo hizo con una cierta inocencia que le ayudó a mantener su capacidad de admiración y a sentirse bien en el mundo que le tocó vivir. En todo momento, le acompañaron sus lecturas y muchas horas de escritura. Siempre siguió adelante, recreando mundos e historias porque era lo que le daba la vida y le hacía feliz; ella misma nos lo dijo en el maravilloso prólogo de Espejo roto con su voz clara, sincera y elegante:
Escribo porque me gusta escribir. Si no pareciese exagerado diría que escribo para gustarme a mí. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizá es más profundo. Quizá escribo para afirmarme. Para sentir que soy…










