En una de esas reflexiones profundas que, a veces, nos regala en la ciencia ficción, Frank Herbert escribió, en su saga de Dune, que el poder no corrompe, sino que atrae a la corrupción. Se trata de matiz sutil que da mucho que pensar. Sobre todo, analizando la historia de países como Costa de Marfil, donde cíclicamente, vemos a un –supuesto– luchador por la libertad convertirse en tirano.

La semana pasada hablábamos sobre las elecciones en Camerún, donde, a sus 92 años, el Presidente Biya se hacía con un nuevo mandato, por medios dudosamente democráticos. En Costa de Marfil, se ha vivido un episodio similar, hace pocos días. El Presidente Ouattara se ha conseguido un cuarto mandato en unos comicios bastante… opacos.

«La semana pasada hablábamos sobre las elecciones en Camerún, donde, a sus 92 años, el Presidente Biya se hacía con un nuevo mandato»

Como punto a su favor, es más joven que Biya. 83 añitos de nada. Casi un zagal.

La historia de Costa de Marfil es bastante representativa de la mayoría de las colonias francesas en África Occidental. Se independizó en 1960, bajo el gobierno de un africanista relativamente moderado: Félix Houphouët-Boigny. Este anticolonialista amante de la libertad se mantuvo en el poder hasta su muerte, en 1993. En pocos años, reformó la constitución e instauró un gobierno de partido único forzando al exilio a toda la oposición.

Pese a su longevo mandato, Boigny no parece que tuviera un plan de sucesión demasiado definido. Quizás no le importaba demasiado qué ocurriese con el gobierno de su país cuando él ya no pudiera monopolizarlo.

«La historia de Costa de Marfil es bastante representativa de la mayoría de las colonias francesas en África Occidental»

Le siguió en el cargo Henri K. Béidé quien inicialmente trató de no cambiar nada y luego abrió la puerta a tibias reformas democráticas. Finalmente, en 1999, un golpe de Estado le desalojó del poder en Nochebuena.

Los golpistas diseñaron una Junta de Gobierno al frente de la cual pusieron a Robert Guéï, un general anciano y retirado, que no tenía hambre de poder. Ni siquiera había tomado parte en el golpe. El propósito de esta Junta era supervisar unas elecciones libres.

«Félix Houphouët-Boigny anticolonialista amante de la libertad se mantuvo en el poder hasta su muerte, en 1993»

En perspectiva, con sus defectos y sus virtudes, el gobierno presidido por Guéï intentó cumplir con el propósito de celebrar unos comicios justos. Tomó, sin embargo, una decisión que, aunque en aquel momento pudo tener sentido, a la postre, fue fatal: vetar a los candidatos que había integrado los gobiernos de Boigny y Béidé.

Esta prohibición dejó fuera a Ouattara, hombre del régimen, pero que, entonces, se presentaba como reformista convencido. También ha de admitirse que, si bien Boigny y Béidé detentaron el poder por medios ajenos a la democracia, tampoco les faltaban un buen puñado de partidarios que, en el año 2000, se sintieron huérfanos de candadito.

«el gobierno presidido por Guéï intentó cumplir con el propósito de celebrar unos comicios justos»

El ganador de aquellas elecciones fue Gbagbo, socialdemócrata, reconocido opositor que había conocido el exilio. Pero su crisis de legitimidad inicial y el malestar de una parte del país no tardaron en hacer saltar por los aires su mandato.

En 2002, la tensión estalla en forma de varias guerrillas armadas. Pese a que consiguió sofocar el conflicto en 2007, no podemos ahorrar críticas a los medios empleados por Gbagbo para retener el poder y las técnicas bélicas empleadas por sus partidarios.

«El ganador de aquellas elecciones fue Gbagbo, socialdemócrata, reconocido opositor que había conocido el exilio»

La paz duró poco. No ayudó que Gbagbo se negara a abandonar el cargo, después de perder las elecciones de 2010, frente a Ouattara. Una segunda guerra civil, más breve, entre finales de febrero y principios de abril de 2011 forzó su caída.

Y, por tercera vez, se repitió la historia. El hombre que había peleado legítimamente para alcanzar el poder decidió que nunca lo entregaría libremente. Los años del mandato de Ouattara acumulan episodios de autoritarismo y persecución de la oposición. Aunque el multipartidismo sobrevive formalmente, de facto, es inviable que la oposición gane unas elecciones.

«por tercera vez, se repitió la historia. El hombre que había peleado legítimamente para alcanzar el poder decidió que nunca lo entregaría libremente»

Como gran exportar de café y cacao, Costa de Marfil no es de los países más pobres de África, lo que no significa que su situación sea buena. Lo empeora el autoritarismo que, como casi siempre, allí va de la malo de la tolerancia –cuando la incentivación– de la corrupción.

La continuidad de Ouattara no augura nada bueno para los marfileños. Su nombre, unido al de Gbagbo y Boigny nos arroja una pregunta que trasciende a las fronteras del país: ¿estos –y otros– hombres se corrompieron en el ejercicio del poder o sólo fingieron idealismo para alcanzarlo?