Salía Leopoldo María Panero del psiquiátrico para dar conferencias y para dar entrevistas para la prensa y la radio y lo hacía como el paseíllo de los troskistas, envalentonado y amorfo, desgastado y fumador y también haciendo un bisne. Salía porque le dejaban salir o amenazaba con que o salía o le pegaba un bocado en el pene al enfermero más feo del comedor. Se podría decir que en el hospital permanecía por voluntad propia, por no consumir más drogas y por no suicidarse otra vez. Panero se suicidaba cada vez que paseaba cada tres horas por Madrid tomando cervezas con Enrique Bunbury y los héroes de la estridencia urbana. Cuando uno hombre se suicida tres veces es que ya es poeta, sin malditismo de por medio, pues Leopoldo no era un maldito, ya que eso le quedaba un tanto cursi y ya filmado en Después de tantos años. Más que maldito era la maldición dentro del dandismo del Infierno dantesco, pero en vez de con Virgilio siempre iba acompañado de su propia mala sombra, como una flor de loto arrancada con las uñas o como el cuerpo de los poetas venecianos ya todos con corbata, traje de oficinista, cargo público o esperando a mamá –Villena-. Leopoldo –en mi primera novela publicada, El starlux del manicomio, Libertarias, 1994, uno de los personajes del sanatorio en donde está y sale el protagonista, que no soy yo, está inspirado en Panero, por eso lo nombro como Leopoldo Gris- trila con las palabras su alma perdida en una juventud daimónica soterrada bajo la figura del padre borracho –Leopoldo Panero- y de la madre –Felicidad Blanc- golpeada por los tristes años del macho fascista y zoco de la bravuconería. El padre de Leopoldo marcará la infancia del niño frágil y enmadrado que lee a Poe mientras se masturba delante de la fotografía en blanco y negro de la boda de sus papás.

El niño Leopoldo tiene una diarrea de sensibilidades extremas que le hacen caer en el llanto más nocturno cuando papá llega de madrugada estampando el coche contra un árbol de la finca. Ahí comienza lo traumático, porque ya nos avisó Bergson que para un ser consciente, el existir consiste en cambiar, en madurar, en crearse indefinidamente a sí mismo. Leopoldo María no maduró jamás, ni se creó a sí mismo indefinidamente, ya que, por las escaleras del terror, quedó definido en un chico malvado que rompía los poemas malos del padre gordo y cabrón.

“Leopoldo María no maduró jamás, ni se creó a sí mismo indefinidamente, ya que, por las escaleras del terror, quedó definido en un chico malvado que rompía los poemas malos del padre gordo y cabrón”

Llegó la juventud y alguien voló sobre el nido del cuco, por lo que no le restó más cojones que darse a la dipsomanía y a las noches de tumba abierta en la que ir cabalgando entre las arterias esquizoides y las esquinas con putas de cinco duros. Todo poeta como promesa baudelairiana debe o caer en la irracionalidad o en el vino amargo de la rima insoportable. Un poema ya nace loco antes de que nadie lo escriba, por eso sólo los locos dan con ellos, con esas palabras que están bajo los dibujos que en su día pudiera realizar William Blake y sus soflamas del Hijo de Los y de Enitharmon.

Yo encuentro en la larga vida de Leopoldo María Panero todo la especie combativa hallada en el diccionario de Blake, pues fue Orc y Luvah, ser hipersensible y una frase de los Corintios -4-13- Hasta ahora somos como la escoria del mundo, el desecho de todo. Este blakeanismo malvado de Panero se ve al momento tras leer sus primeros poemas, traídos en aquella adolescencia como historiada en la dinastía parta de los arsácidas. Fue un Manes dedicado a la meditación, a la búsqueda de toda revelación, lo cual le condujo a maldecir a su familia, como Manes el babilonio, sobre todo con sus hermanos, Michi y Juan Luis –dos personajes de una novela de Swift o del cine mudo de Laurel and Hardy-.

Cuando un babilonio blakeano como era Leopoldo se halla fuera de sitio, lo mejor que puede hacer es darle al maniqueísmo, al clero mazdeo o a la ginebra. Leopoldo en su eclosión esquizoide se mató a sí mismo como venganza contra los otros, contra la otredad, contra lo Otro. Fariseo visionario prefirió la jeringa que una educación sentimental, porque odiaba a Stendhal y amaba a Ezequiel, el más imaginativo de los profetas mayores, qui vidit conspectum gloriae. Trató de destruir la Torre de Babel del hijo de puta ese de Yahvé, pero los 7000 idiomas pudieron con él. Los excesos baudelairianos de María Panero no es que fueran excesos es que le venían desde lo cotidiano y desde la familia, contra la que se rebela y pega un puñetazo en la mesa para autentificar su rebeldía. La actitud rebelde de Panero no es que sea rebelde, sino que es vital, evasiva, hija de Milosz y brebajes de Canán. Es judío porque siempre escupía las hebras de tabaco, como el poema de Rimbaud.

“Rechazó con violencia ese tópico de maldito que se le ha quedado ya para los siempres en las enciclopedias”

Rechazó con violencia ese tópico de maldito que se le ha quedado ya para los siempres en las enciclopedias. Leopoldo nunca fue maldito, sino terrible y holgazán, bujarra y amante de la más pura belleza oscura, que es muy diferente. Panero no fue maldito sino un cabalista que soñaba las palabras en arameo mientras se sacaba la polla para mear en los jardines de las familias pudientes, como Rimbaud en la casa de los suegros de Verlaine. Tuvo de joven esos ojos brutales del malquerido, del despojado, del expulsado del hogar, casa de papás, Madrid o España, como el niño de Charleville, pero en vez de irse a Etiopía decidió encerrarse en el manicomio de Mondragón, que hace menos calor y no tuvo que traficar con armas. La única arma con la que traficó –era un yonqui de ebanistería- fue la palabra onírica y surreal, sucia y ladrona. En ese sentido su poesía siempre me ha conducido, desde los primeros libros suyos que leí en mi primera juventud, a más que la literatura a una suerte de emanación de Urizen, cuya copia fue Bromion.

Tenía más de siete costillas y una sonrisa fea y carcomida por el tabaco, lo cual le preparó su politización chorreosa y escandalosa, ácrata y Belcebú. Su biografía fue bendecida por el pan de la última cena, siempre acompañado de whisky y pastillas. El suicidio reiterativo de Panero lo convierte en el hombre más suicidado de la poesía española, superando a Larra y a Ganivet, incluso podría atreverme a decir que sus suicidios ya son internacionales. El suicida que no se atreve a suicidarse vive más vivo que el lúcido o el que usa vida burguesa y falsa. La autenticidad de Panero hay que buscarla en la cocaína de George Trakl. Porque si uno se suicida en distintas ocasiones no tiene por qué temer jamás a la muerte. Un suicida es un suicida, sea de ficción, de fábula, de novela goethiana o de realidad convulsa. La destrucción invita a la autodestrucción, que ya es la violencia hacia uno mismo y, por consecuencia, hacia los demás. Panero odió siempre a los vivos y amó a los muertos.

Castellet le colocó entre los novísimos, pero allí Leopoldo María Panero no pintaba nada, porque estaba en otro círculo, en otro ducado, en otra figura geométrica que no tenía nada de esteta, ni de veneciano, ni de norteamericano, ni de disfraz, ni de culturalismo, ni siquiera evocaba paisajes exóticos, tierras medievalistas, un pop poétique que era lo que definía a todos aquellos poetas irredentos de los novísimos 70. ¿En que se parece Panero a Manuel Vázquez Montalbán o a Antonio Martínez Sarrión o a José María Álvarez o a los de la coqueluche: un Pere Gimferrer, un Guillermo Carnero, una Ana María Foix y todo así? En nada, digo yo, pues no hay influjo del cine, ni de la contracultura, ni de lo camp, ni del alumnado de Aleixandre, Biedma o Cernuda. Castellet colocó allí a Panero por una cuestión genealógica, por la edad y, en todo caso, por la escritura automática, pues la vanguardia de Leopoldo María Panero la llevaba puesta en el abrigo de un ángel de Blake, como Rubén llevaba el modernismo en su falsopecto al lado de una botella de coñac.

“Panero viene de los Panero de toda la vida, de una madre furiosa, un hermano casquivano, otro hermano perdis y un padre del 36, más un primo como actor o cosa así”

Panero viene de los Panero de toda la vida, de una madre furiosa, un hermano casquivano, otro hermano perdis y un padre del 36, más un primo como actor o cosa así. La familia Panero es una juerga daimónica, visceral, insultante, contraedípica, como sale en la película de Chavarri El desencanto. J. Benito Fernández ha biografiado muy bien en Tusquets a Panero, sobre todo en lo referente a su radicalismo político, su antifranquismo, su Complutense, la lengua francesa, su dilapidación de los tóxicos, pastillas, coca, heroína y todo el tótem de los paraísos artificiales, su ingreso en prisión, su ingreso en los 70 en el psiquiátrico, su Mondragón, sus Islas Canarias, donde fue pasto finalmente del hijo de puta de Yahvé, quien le arrojó un rayo de fuego y taquicardia. Leopoldo, antes de irse, se hizo el Acusador del Dios de este Mundo. Fue el príncipe de los poderes del huracán extremo.

En los 70 yo creo que publicó su mejor poesía, pues era cuando el arrebato estaba más conectivo, más impulsivo, más narciso de drogas, así Por el camino de Swan, Así se fundó Carnaby Street, donde el experimentalismo lo convierte en una posvanguardia que en nada, como digo, se parece a la contracultura de los venecianos, Teoría y así todo seguido. Entre inyecciones de válium y libretas en blanco, se irá Panero a acogerse entre los jardines de Mondragón resolviendo de ese modo tan cruel toda su desesperación a base de escatología, faltas ortográficas, madreselvas por los muros del manicomio, Last River Together, El que no ve, Dioscuros, El último hombre, Contra España y otros poemas de no amor o Cantos del frío.

  1. M. Panero susurra a los caballos y ve a los demás como los verdaderos locos, pues él no se considera que padezca alguna patología mental, lo que pasa es que si lo dejan suelto se bebe todo Madrid y se mete toda Barcelona. Dice que en Canarias últimamente lo levantaban del banco en el que dormía por los parques del sanatorio. Enrique Bunbury le hizo una cosa que a Panero no lo gustó demasiado, sin embargo, se sintió indignado y con razón, pues no todos los héroes son del silencio.

“Enrique Bunbury le hizo una cosa que a Panero no lo gustó demasiado, sin embargo, se sintió indignado y con razón, pues no todos los héroes son del silencio”

Le puteó todo el mundo, el enfermero, el periodista, el poeta novel, el editor, la familia, gente que iba y venía como si no supiera que meterse en la vida de un poeta cabrón no es cosa fácil, pues lo mismo te llevas un par de hostias. Panero, en su lenguaje dialectal –el dialecto de los locos que no lo son- estaba más próximo a Mallarmé que a Baudelaire. Más que maldito temió que lo trataran como monstruo. No soportaba España –como yo- y se cagaba en la madre que la parió. Panero quiere irse de esta tierra de envidiosos, de amiguetes de juerguecillas infantiles, de mamoneos que hoy por hoy están más de actualidad que nunca. España poéticamente hablando se ha convertido en un país de mafiosos, de putas finas, de millonarios del verso malo y de catedráticos que se la maman a los de siempre en las mismas conferencias de siempre de todas las ciudades de siempre. 

Para vivir como Panero primero hay que sobrevivir al hundimiento del mito Pan, guerras fatricidas, cóleras de los pecados capitales, tinieblas de los mamarrachos que editan en Visor, poetas salvíficos que no tienen ni zorra idea de escribir desde el origen, la jarcha, el soneto longevo, el barroco como riada, las machadianas, lo sudamericano vallejiano, en definitiva, hoy por hoy, ya no hay nobles maestros, sino gente que se presenta a premios como quien se presenta a Pasapalabra, una mierda de gallina clueca y marica.  

“Sobrevivir no es fácil para los que son auténticamente terribles, pues los poetas bien tiene sus escondites en donde conspirar contra los enemigos”

Sobrevivir no es fácil para los que son auténticamente terribles, pues los poetas bien tiene sus escondites en donde conspirar contra los enemigos, acudir a fiestas galantes, pasear por Marbella o Saint-Tropez, acudir a televisión absolutamente sobrios, insertarse en la familia yendo los domingos a la casa de campo para comer la paella, vestir Emidio Tucci, dejarse fagotizar por toda esa morcilla de Burgos que es la intelectualidad, educar a unos hijos o dejar de ir de putas cuando las putas son las mujeres más decentes que uno se encuentra en el barrio.

Ser Leopoldo María Panero, pues, no es nada fácil, uno se lo tiene que currar y tiene que hacer de litografía de Blake, sino no vale. El esquizoide se enfrenta a la negación de lo social, de lo políticamente correcto, del orden constitucional, de esa manía persecutoria que no es manía, es simplemente persecución, porque a Panero lo estuvieron persiguiendo siempre, por ese look de andrajoso y apestoso en donde siempre se presentaba sin afeitar.

El ángel negro y blakeano tiene su riesgo y uno se la juega a cada momento. Uno no es una escatología hasta que no lo etiquetan, como a los jamones ibéricos o como a las modelos de la Pasarela Cibeles, pero es que ocurre que el affaire de apestoso hay que llevarlo dentro, con los calzoncillos de tres semanas sin lavar y las babas cayendo cuando el ángel blakeano habla.

“Ser cabrón, digo, no es nada fácil, se lleva la percha o no se lleva”

Ser cabrón, digo, no es nada fácil, se lleva la percha o no se lleva. Panero la tenía y en su armario sólo había paquetes de cigarrillos, las bragas de la enfermera del manicomio y los cuadernos en donde escribía con ira y escupiendo contra el suelo.

Y es que Leopoldo María Panero, druida, epicúreo, pirámide de Egipto y espectro de sí mismo, entre habitaciones que olían a formol y las discotecas que se pegaba cuando iba a León a ver a sus amigos Antonio Gamoneda y Álvaro Pombo, siempre llevaba la frase hecha, la de Gottfiried Benn: Yo te mato. ¿Quieres, te vienes?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here