Yo estuve haciéndole una entrevista hace ya muchos años a Ignacio Ramonet cuando vino aquí a Palma para dar unas conferencias. Salió en “El Mundo” y era la época álgida de Attac, donde yo por entonces residía como antiglobalizador y ponente de la Tasa Tobin. Ramonet estuvo conmigo amable, espacioso, grave, feliz y atardecido. Le dije:

-Yo también soy de Attac

-Ahora es el momento. Tienes que leer Imperio de Negri y Hardt.

Yo, claro, me compré Negri y Hardt y comprendí que la sociedad capitalista no es que estuviera dejándonos sin hippies, sino que estaba comprando a todos los hackers para guerracibernizarse entre ellos. El capitalismo, según Ignacio Ramonet, está ya tan extendido, tan amarrado, tan luciente de corbatas, familias que mandan en el mundo a la manera de las mafias más urraqueras y organizadoras del crimen global y tan dolarizado que se hace muy difícil una respuesta contundente. Pero Ramonet fue uno de los impulsores de Porto Alegre y allí la comunidad funcionó y se llegó a atisbar un verdadero ejercicio ya no de resistencia, sino de activismo, que es donde Ramonet siempre ha estado, desde su dirección de Le monde diplomatique hasta 2008 hasta sus libros atacantes y fragantes, investigativos y camaradas. Yo he leído casi todos los libros de Ignacio Ramonet, Un mundo sin rumbo, Internet, el mundo que viene, La teoría de la comunicación, Marcos, la dignidad rebelde, Propagandas silenciosas o Guerras del Siglo XXI, La catástrofe perfecta y así. Los libros que ha hecho a dueto, incluso a terceto, tal vez a sexteto no me los leo, porque los libros a dos manos o veinte no me interesan en absoluto, pues yo cuando leo quiero ver a un escritor y a un solo estilo y no ese Moulin Rouge en que van convirtiéndose últimamente los libros, se supone que para tener más tirón o vender más en El Corte Inglés. ¿Quién hubiera pensado que Quevedo y Góngora escribieran en un mismo texto 50 sonetos cada uno? ¿Quién hubiera comprado un libro en el siglo XVIII escrito a dueto por Rousseau y Diderot? Impensable. Pues en ésas estamos.

Ignacio Ramonet, que durante aquella larga entrevista en el Club Diario de Mallorca se tocaba el bigote como quien le toca los cojones a este neocapitalismo que se financia con la hambruna y con la desertización de los pobres de la tierra, es un guerrero intelectual, un kiloponcio de las ideologías, una atacante de Attac, un portoalegre con mucha gracia, un marxilogista a lo subcomandante, un diplomático de una Francia cuya prensa está tomada por cuatro oligarcas conservadores, un internauta que se envía emails con Noam Chomsky, un… y lo que queramos.

Ignacio Ramonet sabe mucho de política y adquiere un economicismo cuya teorización no debería ser defenestrada. Nos encontramos en estos momentos en la crisis global del neocapitalismo, que nos viene ya de la era de la industrialización del XVIII, con intelectuales como Tocqueville, Michelet, Adam Smith, Stuart Mill, Bentham, David Ricardo, Macaulay y toda la ristra de ajos. En los años 70, Thatcher y Reagan prepararon al mundo para el libre mercado y la actualización de un neoliberalismo que nos llega hasta hoy. Por aquellas purgas hoy recibimos estas heridas. La globalización cultural-capitalista no ha ofrecido otra cosa que el reduccionismo de las clases sociales y el apartheid de las masas populares. El fracaso ha sido rotundo. La Historia ha fracasado. Esto Ignacio Ramonet lo viene diciendo desde su primer libro La Golosina visual y desde el articulismo de Le monde diplomatique desde 1990 y desde la publicación bimensual Manière de voir. Por Le monde diplomatique han pasado todos los grandes anticapitalistas e intelectuales progresistas de todas las partes del mundo. Chomsky quizá sea el más atrayente y el que más ha incendiado París desde su ensayismo crítico y antiamericano. Ramonet y Chomsky son como el Gordo y el Flaco pero en su versión cinematográfica de combate y alteración de las conciencias. Gracias a ellos y a otros como Bernard Cassen, Touraine, Seoane, Rubin, Hahnel, Naomi Klein, Susan George, la lucha contra este ciudadanocidio constante y delirante está siendo escrita y defendida desde que en Seattle, en el 1999, empezó todo el movimiento antiglobalización.

Ramonet lo vio mucho antes, quizá por sus contactos con Hardt y Negri, tal vez porque se dio cuenta que las desigualdades en la tierra se desbordaban aparatosamente desde ese nuevo orden mundial que propuso George Bush, padre, seguramente, porque en seguida comprendió, con la llegada de las últimas tecnologías que el control del mundo se iba a producir de una manera antisocial y demoledora, donde los países subdesarrollados iban a ser colonizados desde las autopistas de la comunicación y la información, pues Internet colaboraba de manera precisa y eficaz en la confección de un imperio que ya no tendría marcha atrás, desde que Francis Fukuyama tildó el contexto como el fin de la Historia. Ramonet no quiso atender a ese fin de Fukuyama, pues, desmantelado el comunismo soviético, derribado el muro berlinés, la liberación del mercado chino, el fin de la guerra fría, el éxito del biopoder contra todos aunque soterradamente, era cuestión de ponerse de nuevo la gorra de los soviets pero a la otra manera, releer El Capital, pero bien leído y con una nueva interpretación que en su día no se realizó de manera sólida y permanente, pues Marx intentó la teoría pero la praxis se la hicieron mal Lenin, Mao y todos los demás urogallos. Era el momento de regresar a Carlyle o a Ruskin y situar las bases de la contraofensiva, pero olvidando el siglo XIX, que fue el siglo de las carniceras del marxismo y no del bestiario intelectual que se merecía. Marx murió solo en Londres –siempre sableando a Engels-, pero absolutamente incomprendido, seguramente porque era un borrachín, un hegeliano que escribía mal y encima un judío con espantosa barba. El siglo XX debió reimprimir su filosofía política ejerciendo fondo y fonda en cada punto, en cada frase, en cada alegoría, pero Lenin y sus lecturas de Maquiavelo lo jodieron todo. Stalin ya fue un antimarxista que escarneció su idea de Estado como Beulah y su Muerte Eterna. El marxismo de Marx todavía merece, como digo, una nueva interpretación, pero en vez de política, según el modelo científico, más rotundamente filosófica y poética, como para un curso braille de los ciegos, como una hogaza de pan para los tuberculosos, como una lengua en los miles de idiomas para mudos, en definitiva, desde su nueva versión de la eticidad y los nuevos viajes de Gulliver.

Marx no pudo acabar El Capìtal, pues fue Engels, el que le pagaba el coñac y sus dispendios parisinos y londinenses, el que lo cerró en su cuarto y quinto volumen. Por eso, yo por lo menos, en esos últimos volúmenes echo en falta el originalismo marxista, y sobre todo, en estos momentos, una nueva actualización que nos conduzca a una aldea global en donde pasen por la hoguera todos aquellos que vieron en el marxismo algo que debía partir desde la aniquilación, desde la violencia, desde el asesinato en masa, en definitiva, a partir de la destrucción y el expansionismo ególatra de cuatro imbéciles o de seis ajedrecistas que yo sigo pensando que leyeron a Marx en parvulario y limpiándose el culo con las hojas que no les convenía.

El marxismo desde el expansionismo o desde el combate sangriento nada tiene que ver con el ideario de Karl Marx. En El manifiesto comunista lo deja bien claro: Si amas sin despertar amor, esto es, si tu amor, en cuanto amor, no produce amor recíproco, si mediante una exteriorización vital como hombre amante no te conviertes en hombre amado, tu amor es impotente, una desgracia. ¿Acaso estas palabras no son más propias que el Cristo? Insisto, me insistía Ramonet, el marxismo ha sido mal leído, mal interpretado, mal desorejado y sobre todo nociva y violentamente puesto en acción sin la profunda y hábil fórmula que pensó para sí y para el mundo como aldea mundial Karl Marx.

Ignacio Ramonet, moaxaja de la izquierda internacional y ortinomancia de la solidaridad entre los pueblos, fue uno de los primeros de alertar a los países de que la globalización económica seguiría acechando desde la violencia moral, política, financiera y siciliana a lo Vito Corleone, lo cual sólo iba a traer más pobreza, más deterioro de la libertad del hombre, más inercia hacia un mundo completamente controlado por esta yihad fanática de la dolarización y el enriquecimiento de las tribus arquitectónicas del crimen y la pedofilia que se ve como intocable delante de todos los espejos de Occidente.

Para ello Ramonet, un español con el francés de la Ilustración, se introdujo en un ave migratorio que iba de aquí para allá, de aeropuerto en aeropuerto, visitando a José Bové, a Michael Moore, a Arundhaty Roy, a Armand Mattelart, a Eduardo Galeano –al cual todos echamos de menos: qué terrible pérdida para los que creemos que el mejor aeropuerto no sigue siendo el J. F. Kennedy de New York- y se adecuó a las webs más rutilantes y desbocadas como Rebelion, Indymedia, La Insignia, La Haine, y más adelante Anonymus o WikiLeaps para intentar tejer una masa social global que se enfrentara al Imperio redactado por Hardt y Negri como método de subversión y violencia, pero sin derramar una gota de sangre, ni siquiera un solo escupitajo contra el rostro de ningún mafioso con su Hollywood en Wall Street que hace caer o subir las stock options en las moquetas de Manhattan o mediante un clic en las transacciones informáticas del Napster o peor aún gracias a esa cacería de este nuevo monstruo de Mercado de Valores que es el Nasdaq. Y digo que Ramonet ha reorganizado su contraataque del nuevo intelectualismo y realísimo marxista diblando la agresividad, sin invadir territorios o sin proponer batallas cruentas cuerpo a cuerpo como hicieron los soviets, los maoístas, los castristas, los coreanos tras la línea de fuego yanqui y sureña, el partido comunista chino de Deng Xiapoping y así hacia delante.

Quizá Ignacio Ramonet, en su lucha no personal contra el Hombre de Davos,  contra la Nueva Arquitectura Financiera Internacional, contra el Business to business, contra las incubadoras, contra la poca democratización de Internet, contra el siempre extraño personaje que fue Alan Greenspan, en definitiva, contra todo aquel y este todavía terrorismo ético y vital de la mundialización sin orden ni control, tuviera más que ver con la marxología que con el marxismo. El término marxología  se inicia en los años 20 del pasado siglo para definir los esfuerzos del bibliotecólogo David Riazanov del Instituto Marx-Engels de Moscú para publicar las obras completas de ambos pensadores políticos pero desde una actitud de defensa de sus mejores valores. Queda tanto por descubrir de la marxología. Algo de marxólogos fueron también los luxemburguistas de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht que sienten como propia la revolución proletaria, la cual no tiene ninguna necesidad de hacer uso del terror para conseguir su devenir. El también llamado Espartaquismo de Franz Mehring y Clara Zetkin a su vez acepta que no se necesita recurrir a métodos de lucha o combate contra los que no piensan de la misma manera, sino que hay que creer en una suerte de comunismo ortografiado en las instituciones, en las marchas pacíficas por la libertad, en el silencio sonoro más que en ruido de los explosivos.

Cuando le hice aquella entrevista a Ignacio Ramonet intuí que él quizá a su vez estaba algo más cómodo en lo que pudo ser el eurocomunismo que se adoptó como organización en los 70 ante el rechazo frontal de la Vieja URSS, ya periclitada de tanto genocidio, gulags y nieves siberianas

Ignacio Ramonet nos anuncia que el cuarto poder, la prensa o los medios de comunicación tradicionales han quedado obsoletos, que ahora lo que ordena y al que hay que ordenar es el quinto poder, es decir, Internet, porque el verdadero periodismo crítico se está ejecutando por los canales de la información cibernética, donde movimientos sociales, ONG, antisistemas, antiglobalizadores, marxistas en su marxismo del siglo XXI, anarcomunistas de Seattle con estudios superiores y más refinados de Kropotkin o de Malatesta, indignados de todo tipo, pueden realizar la misma labor que un periodista profesional, de esos que cobran el sueldo y notician lo que el editorial manda, y quien manda en el cuarto poder son los faunos capitalistas que no quieren que nadie juegue con ellos al ajedrez.

Ramonet sabe muy bien cuál es su juego, quizá la rayuela o el póquer, para ir de farol y desbancar al casino que no es otra cosa que la occidentalización del capital y las maniobras recurrentes para realizarla. Stéphane Hessel provocó la indignación de Madrid y ahí se dio rienda suelta a estos nuevos movimientos que debaten, discuten, analizan, contrastan, edifican y proclaman que el nuevo periodismo se efectúa a través de la Red. Combatir con las mismas armas que con las que neocapitalismo nos ataca. Ramonet propone una humanización vertebrada y férrea de la ciudadanía global, para irrumpir no desde el individualismo, sino desde el romanticismo universal y presente en esa gran multinacional que es el imperio, con sus perros guardianes y sus soldados de asalto. Lo militar está pudiendo con lo civil, pero Ignacio Ramonet asegura que la nueva civilización se creará si existen redes y enlaces y ecuaciones matemáticas conjuntas que habiliten una solidaridad justa y urbana, popular, muy en Marat, muy en Engels, muy en la nueva humanización de este hombre joven que hoy está creciendo en un siglo XXI y que sigue creyendo que la unidad, la información contrastada, el ataque continuo poco a poco contra esta gran Red de bandoleros que les maman las pollas a la mayoría de premio nobeles de economía y que llegará el día –sigamos sumando voces- en que asciendan a las alturas sucios de petróleo, de pensamiento único, de heridas provocadas por las adargas de los nuevos quijotes globofóbicos, en definitiva, de los quinquillati que leen la ambición del Poder como algo suyo, comprado con su agresividad religiosa, con su opio adormecedor de las doctrinas liberales de las universidades norteñas, con su coño abierto como la música mortal y azul de Haendel.

Ramonet otea y escribe. Y lo hace bien. La libertad dijo un día a la ley: “Tú me estorbas”. La Ley respondió a la libertad: “Yo te guardo”. Ignacio Ramonet, con su altermundialismo, su galleguismo, su semiología, su Media Watch Global –Observatorio Internacional de los Medios de Comunicación- también se ha leído a Pitágoras. Ramonet es una movida de linternas: observemos su luz. A lo mejor…, oh.

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