Mediados de agosto del año 79 d.C[1]. Una columna de humo, procedente del monte Vesubio[2], se desplegó hacia el cielo mientras una lluvia de piedras y cenizas lo oscurecía. Los habitantes de Pompeya, Herculano y Estabia entraron en pánico, tratando de huir y encontrar refugio ante este nuevo peligro que les acechaba. Sin embargo, lo cierto es que el final de estas ciudades estaba muy cerca. Sobre Herculano cayó una lluvia de ceniza y lava, anegando la ciudad y dejándola sepultada. Mientras, en Pompeya y en Estabia recibían en primer lugar una fina lluvia de ceniza para dar paso al lapilli[3] y a trozos de piedra pómez. La ciudad quedó envuelta en tóxicos vapores de azufre, que ahogaba a sus habitantes, mientras continuaba la lluvia de piedras. Poco a poco, la vida en Pompeya, en Herculano y en Estabia[4] se extinguió, quedando sepultadas durante siglos.

Vista del Foro de Pompeya con el Vesubio al fondo

Cada vez que se habla de Pompeya y Herculano o, en menor medida, de Estabia, estas imágenes sacuden a todo el público, horrorizado por el trágico fin de estas ciudades, pero a la vez, fascinado por esta desgracia. Sin duda alguna, las líneas precedentes nos dan una imagen relativamente veraz de cómo debió ser la erupción del Vesubio, aunque lo cierto es que los avisos del volcán (temblores de tierra[5], leves explosiones…) supusieron una advertencia sobre el inminente desastre a los ciudadanos de esta zona, y muchos de ellos consiguieron huir y ponerse a salvo. Sin embargo, se han encontrado bastantes cuerpos en las ciudades por lo que una gran cantidad de personas, ya fuesen habitantes de Pompeya y Herculano o saqueadores que decidieron aprovechar la desgracia, quedaron atrapados, falleciendo en la erupción, mientras que las ciudades desaparecieron de la Historia durante un largo tiempo.

Esqueletos de victimas atrapadas, conservados en los antiguos muelles de Herculano

Lo cierto es que, hasta el momento de su primera excavación en el siglo XVIII, poco se supo de Pompeya, Herculano y de Estabia, tan sólo que tres ciudades habían quedado sepultadas tras la erupción del Vesubio, manteniéndose en el recuerdo su existencia. El arquitecto Fontana intentó abrir un canal entre 1594 y 1600 para llevar el agua del río Sarno hasta Torre Annunziata, lo que le permitió descubrir algunos restos arquitectónicos y un epígrafe con el texto “decurio Pompeis”. Aunque éste se considera uno de los primeros descubrimientos, en su momento no se le dio mayor importancia hasta que poco tiempo después un campesino encontrase en sus tierras restos de pintura y mármol. Alentado por estos hallazgos y con la esperanza de encontrar obras de alto valor artístico, en el año 1738 el rey de Nápoles, el futuro Carlos III de España, decidió encargar al ingeniero militar, de origen zaragozano, Roque Joaquín de Alcubierre que iniciase las excavaciones que permitiesen regresar a la luz a ambas ciudades. Alcubierre comenzó sus primeras prospecciones en el área de Herculano, pese a ser la zona más difícil ya que estaba cubierta por una espesa y compacta capa solidificada de lava que, en algunos puntos, llegaba a alcanzar los 26 metros de espesor. El sistema de excavación de Herculano fue bastante particular, ya que la dureza de la lava hizo que se trabajase como en las minas, abriendo galerías y túneles por las que accedían los obreros, y que debían ser entibadas como medida de protección. Pese a que consiguieron algunos interesantes avances, como el hallazgo de algunas estatuas, objetos de alto valor o una inscripción referente al teatro de Herculano, lo cierto es que las dificultades del trabajo, llevaron a que se ampliase el área de los trabajos hasta que en 1765 se abandonaron definitivamente los trabajos en esta ciudad. De esta forma, en 1748 se comenzó a excavar en Pompeya, sobre la que se han centrado la gran mayoría de los esfuerzos posteriormente, aunque la identificación de la ciudad tuvo que esperar hasta el año 1763 cuando se encontró con un epígrafe que contenía el titulo oficial de la ciudad, Res Publica Pompeianorum. A mediados del siglo XVIII ya se conocían oficialmente las tres ciudades de esta zona de la Campania, que eran Pompeya, Herculano y Estabia (hallada esta última en 1749, tras una prospección), aunque los esfuerzos se centraron principalmente en la primera.

Vista del yacimiento de Herculano con la moderna ciudad y el Vesubio al fondo

Pompeya había quedado sepultada por una capa menos gruesa de ceniza volcánica solidificada, tras la que estaba otra más ligera de lapilli. Estas condiciones fueron las que permitieron un mejor acceso a las ruinas, al contrario de lo que había ocurrido en Herculano, por lo que las excavaciones se centraron en esta ciudad. Los primeros trabajos se centraron dos zonas opuestas, el anfiteatro y la vía de los Sepulcros, conectada con la Puerta de Herculano, lo que no les proporcionó el material que les interesaba, ya que deseaban encontrar los espectaculares hallazgos que habían sido excavados en Herculano. Sin embargo, a partir de 1755 los descubrimientos se fueron sucediendo, apareciendo el teatro, el odeón, el templo de Isis (cuya aparición supuso un hito muy importante, ya que permitía a los europeos acercarse a Egipto sin tener que viajar hasta allí) o la villa de Diomedes, entre otros. Estos impresionantes descubrimientos se dieron a conocer muy pronto por Europa, por lo que gran número de estudiosos y de primeros turistas (muchos de ellos embarcados en un Grand Tour cultural por Europa y atraídos por los trabajos de Alcubierre) comenzaron a llegar a las ruinas. Los trabajos que se estaban desempeñando supusieron una oportunidad para acercarse a la vida cotidiana de los romanos, a través de unas ciudades que, para ellos, habían quedado congeladas en el tiempo. De esta forma, los curiosos del momento podían ver con sus propios ojos los hogares de los romanos, sus formas de ocio, sus espacios religiosos, sus alimentos carbonizados, sus muebles y objetos más personales…es decir, su día a día más completo. Algunos de estos visitantes plasmaron sus impresiones en cartas o diarios de viajes, además de convertirse en fuente de inspiración para obras artísticas (novelas, pinturas…) que contribuyeron a la difusión de las excavaciones.

A partir de 1780 fue Francisco de la Vega, íntimo colaborador de Alcubierre, quien se hizo cargo de las excavaciones tras el fallecimiento del zaragozano, a las que dotó de una mejor planificación, lo que ayudó a desarrollar más adecuadamente los trabajos. Sin embargo, una de las mejores medidas que tomó de la Vega fue la de conservar de manera adecuada todo lo que ya se había desenterrado. Fue el primero que se preocupó de techar construcciones para conservar pinturas y mosaicos y de trasladar algunos objetos y frescos al museo que se abrió en el palacio de la localidad de Portici.

Las excavaciones en Pompeya sufrieron un fuerte repunte a partir de 1808, cuando el trono de Nápoles fue ocupado por el mariscal de Napoleón, Joachim Murat, debido a la pasión que la nueva reina Carolina mostró por las excavaciones. Este periodo, conocido como la segunda época de las excavaciones, estuvo dirigido por Pedro de la Vega quien trabajó en el perímetro de la muralla y algunas de las calles más importantes junto con el Foro, además de intentar establecer un sistema más metódico de trabajo que el de sus predecesores. A Pedro de la Vega le sucedió Antonio Bonucci, quien también gozó del apoyo de la reina Carolina. A la época francesa le debemos, asimismo, las primeras guías de la ciudad, con planimetrías y dibujos, destacando la obra de Mazois “Les ruines de Pompéi”. Sin embargo, este avance se detuvo tras la restauración de los Borbones en el trono en 1815. Pese a la falta de financiación, las excavaciones no se pararon completamente y, en este momento, se localizó la imponente Casa del Fauno, conocida por albergar el mosaico de la batalla de Issos, que enfrentó a Alejandro Magno y al rey persa Darío o la Casa del Poeta Trágico, de la que destaca en el suelo del vestíbulo el mosaico de un perro encadenado con el aviso CAVE CANEM (cuidado con el perro).

Mosaico del CAVE CANEM, Casa del Poeta Trágico

El siguiente cambio de dirección de las excavaciones vino en 1863, tras la incorporación de Nápoles al recientemente unificado reino de Italia. A partir de entonces, asumió el mando de las excavaciones Giuseppe Fiorelli, considerado como uno de los mejores arqueólogos de la época. Su primer objetivo fue el de completar la exploración de toda la ciudad, de la que tan solo se había excavado hasta el momento una tercera parte. Poco después, tomó la decisión de dividir Pompeya en nueve regiones, las cuales se subdividían a su vez en ínsulas (una ínsula equivalía aproximadamente a una manzana) y umbrales o puertas, considerando que con este sistema sería más fácil localizar los edificios de la ciudad. El sistema de Fiorelli fue tan importante que incluso a día de hoy se sigue empleando, pudiendo encontrar en el propio plano turístico de Pompeya esta división por regiones. Otra interesante novedad fue que Fiorelli cambió el sistema de excavación, ya que hasta entonces se había hecho desde túneles abiertos en las calles para evitar que las paredes se desplomasen. A partir de este momento, se impuso la excavación de los edificios desde arriba, yendo capa a capa hasta llegar a la superficie y salvando los elementos estructurales para facilitar posteriormente su restauración. El descubrimiento de las víctimas de la erupción puso a prueba, de nuevo, la imaginación de Fiorelli, que decidió crear moldes inyectando yeso en los huecos que dejaron los cuerpos al descomponerse bajo la capa de cenizas volcánicas. No solo las víctimas recibieron este tratamiento, sino que se aplicó el yeso para sacar moldes a todos los objetos perecederos encontrados e incluso las plantas y los árboles, quedando documentada la presencia de todos estos elementos.

Molde de una de las víctimas de Pompeya

Fiorelli fue el primero que decidió autorizar el acceso a las excavaciones a cualquier interesado, siempre que pagase por su entrada, considerando que con este acto era más fácil financiar los trabajos arqueológicos. De esta forma, el acceso a las ruinas se convirtió en algo asequible para la mayor parte del público, que hasta el momento solo podían haber sido visitadas por nobles y reyes. A su iniciativa también le debemos la publicación de varias obras científicas, de valor incalculable para los investigadores de hoy día, o la realización de una maqueta de la ciudad, que continúa expuesta en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

Otro interesante cambio para las excavaciones llegó con el comienzo del siglo XX. Con la dirección de Vittorio Spinazzola vio la luz la famosa Vía de la Abundancia, conocida por el gran número de inscripciones y pinturas encontradas en sus fachadas y que permitía la unión de los sectores occidental y oriental de la ciudad. A la vez, Pompeya se convirtió en un instrumento para la propaganda de los distintos gobiernos italianos, sobre todo durante el régimen fascista de Benito Mussolini, que usó a la ciudad como gloria nacional. Pese a todo, Pompeya salió favorecida ya que las autoridades pusieron a disposición del nuevo director, Amedeo Maiuri (quien dirigió los trabajos en la ciudad desde 1924 hasta 1961), una gran cantidad de dinero y de medios para continuar con las excavaciones. Estas medidas de apoyo permitieron el descubrimiento de lugares como la Villa de los Misterios, conocida por sus enormes frescos, o la casa de Menandro, que debe su nombre a la impresionante pintura del comediógrafo griego encontrado en el peristilo (aunque lo cierto es que muchos investigadores han interpretado esta figura como una representación del propietario de la casa). Iniciativa de Maiuri fue también la delimitación del área arqueológica de Pompeya, que permitió separarla de la ciudad moderna habitada. Además, Maiuri fue uno de los primeros que se centraron en conocer cómo era Pompeya antes de la erupción, analizando especialmente los momentos correspondientes a su fundación en el siglo VI a.C.

La II Guerra Mundial fue fatídica también para los yacimientos de Pompeya y Herculano. En 1943 Pompeya fue bombardeada por los aliados, quedando muy gravemente dañadas las ruinas. Debido precisamente a estos bombardeos, gran parte del teatro y del Foro fueron destruidas, al igual que algunas de las casas más conocidas. Al terminar el conflicto, tuvieron que ser restauradas a la vez que continuaban los trabajos arqueológicos, que no siempre se realizaron con el debido rigor. Sin embargo, los años sesenta fueron bastante fructíferos, descubriéndose las casas de los Castos Amantes, de Fabio Rufo y de Julio Polibio.

Tras la jubilación de Maiuri, quien dejó la dirección de Pompeya en 1961, se dieron por concluidos los trabajos arqueológicos a gran escala, centrándose especialmente en las labores de conservación y restauración de la ciudad, aunque se realizaron algunas excavaciones. Pese a los importantes hallazgos (como la Casa de los Castos Amantes), la mayor inversión y gran parte de los esfuerzos se centraron en evitar la decadencia de la ciudad, tratando de conservar todos los restos arqueológicos, y a reducir el impacto que el turismo de masas provocaba sobre Pompeya, un trabajo que a día de hoy continúa.

Las labores arqueológicas no han terminado aún, ya que un tercio del total (unas veinticinco hectáreas aproximadamente) de la superficie de Pompeya no han sido excavadas. Los descubrimientos han continuado a lo largo de 2018 y 2019[6], revelando las preciosas pinturas de Leda y el cisne o el mito de Narciso (ambas en la Región V). Sin duda alguna, Pompeya continuará revelando sus secretos durante mucho tiempo, aunque, a la vez, debamos enfrentarnos al reto de su conservación permitiendo que las próximas generaciones puedan disfrutar del encanto de esta ciudad romana.

 

[1] La fecha tradicional de la erupción del Vesubio es el 24/25 de agosto del 79 d.C. Sin embargo, a la luz de los últimos hallazgos arqueológicos, entre los que destacan la aparición de frutos típicos del otoño o las prendas de abrigo que portaban las víctimas, la mayoría de los investigadores consideramos que la fecha de la erupción debe moverse a mediados de octubre. Para este artículo hemos decidido dejar la tradicional fecha del 24/25 de agosto del 79 d.C., citada en la obra de Plinio el Joven.

Para más información:

[1] La fecha tradicional de la erupción del Vesubio es el 24/25 de agosto del 79 d.C. Sin embargo, a la luz de los últimos hallazgos arqueológicos, entre los que destacan la aparición de frutos típicos del otoño o las prendas de abrigo que portaban las víctimas, la mayoría de los investigadores consideramos que la fecha de la erupción debe moverse a mediados de octubre. Para este artículo hemos decidido dejar la tradicional fecha del 24/25 de agosto del 79 d.C., citada en la obra de Plinio el Joven.

Para más información:

https://www.lavanguardia.com/cultura/20181016/452393345648/inscripcion-destruccion-pompeya-octubre.html

https://antiguaroma.com/la-verdadera-fecha-de-la-destruccion-de-pompeya/

[2] Los romanos no conocían la existencia de volcanes, por lo que para ellos el Vesubio era un monte, consagrado a Hércules.

[3] Pequeñas piedras expulsadas durante una erupción volcánica.

[4] Estabia fue la menos afectada de todas las ciudades, por lo que fue destruida parcialmente y habitada de nuevo poco después, aunque esta población nunca consiguió tener la importancia de antaño.

[5] Las ciudades habían sufrido ya un terremoto en el año 62 d.C., que las destruyó parcialmente y que se consideró como el preludio de la erupción del 79 d.C.

[6] Para más información:

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-prosiguen-sorprendentes-descubrimientos-pompeya-201807220112_noticia.html

https://www.nationalgeographic.com.es/historia/actualidad/surge-pompeya-fresco-que-representa-mito-leda-y-cisne_13513

https://www.lavanguardia.com/cultura/20190214/46466923694/descubierto-mito-narciso-pompeya-casa.html

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Lucía Avial-Chicharro
Licenciada en Historia y Máster de Arqueología del Mediterráneo en la Antigüedad Clásica (UCM) y actualmente, doctoranda del programa de Historia y Arqueología (UCM). Autora de varias publicaciones en revistas y Actas, además de ponente en diversos seminarios y jornadas. Asimismo, es autora de "Breve Historia de la Vida Cotidiana en el Imperio Romano" y de "Breve Historia de la Mitología de Roma y Etruria" (Editorial Nowtilus). Ha participado en diversas campañas arqueológicas como en la de Hala Sultán Tekke (Lárnaca, Chipre) formando parte de la New Swedish Cyprus Expedition, o la del Castillo de la Estrella (Montiel), entre otras.

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