Casi nunca reparamos en una paradoja que, por la propia naturaleza de las cosas, aunque también por nuestra forma de pensar, tiende a ser invisible: muchas veces erramos tras elaborar un razonamiento aparentemente lógico y otras tantas acertamos por azar, a pesar de que las razones aportadas sean de una endeblez más que evidente. En realidad, el trasfondo está, en un caso como en el otro, en nuestra muy humana dificultad para descubrir los factores que son de verdad determinantes, para medir su influencia y peso exactos en el curso de los acontecimientos. Cuando desde el análisis o el comentario político se hace futurología, más allá del rigor que se pretenda alcanzar, la carta de navegación que uno se lanza a dibujar es necesariamente especulativa e inexacta, y eso es algo que siempre pasamos por alto, satisfechos cuando hemos acertado o tras correr una obligada cortina de silencio si nuestra predicción acaba saltando por los aires. Es el paisaje que se dará, y del que apenas hablaremos, tras las próximas elecciones del 26-M, cuando se confirme –salvo giro final- que no hay pacto de gobierno o investidura alguno, ninguna entente, entre C’s y PSOE.

«Cuando desde el análisis o el comentario político se hace futurología, más allá del rigor que se pretenda alcanzar, la carta de navegación que uno se lanza a dibujar es necesariamente especulativa e inexacta…»

Tras el 28-A, el mundo del comentario político se dividió entre los que aseguraron un acuerdo para junio y los que no dudaron sobre la imposibilidad de entendimiento a estas alturas. En un caso y en otro, se aportaron interesantes razonamientos morales, y muchas veces lo que se aseguró como resultado coincidía con lo que se postulaba. En realidad, navegábamos en la incertidumbre, y quizá el mayor servicio que podemos hacer a la verdad radique en hurgar en nuestra propia perplejidad. ¿Qué consecuencias deberíamos sacar para una próxima ocasión, que sin duda nos espera no muy lejos, quizá a la vuelta de la esquina?

La principal idea que deberíamos interiorizar, para pensar mejor en el futuro, se refiere a la noción de interés general. Los que apostamos antes de las elecciones por la inevitabilidad de un acuerdo PSOE-C’s para el supuesto de una aritmética electoral como la que al final se dio –también los que se aventuraron ya conocidos los resultados-, aplicamos una plantilla intuitiva, casi automática, de esa noción. Además, caímos en una simplificación similar al oponer, por un lado, el interés general y, por otro, el interés partidista, como si en la práctica del poder, quienes toman las decisiones relevantes practicaran la dicotomía de modo tan crudo y sin mayor sofisticación. Las cosas sin duda tienden a complicarse, también en la psicología de los líderes cuando se enfrentan a opciones de resultados poco claros.

«Quizá deberíamos empezar a relativizar y sofisticar nuestro concepto de interés general. Y a manejar más variables antes de afirmarlo, sin más dudas –o negarlo con igual decisión-, como determinante de una decisión política crucial»

Quizá deberíamos empezar a relativizar y sofisticar nuestro concepto de interés general. Y a manejar más variables antes de afirmarlo, sin más dudas –o negarlo con igual decisión-, como determinante de una decisión política crucial. De entrada, el interés general es algo pocas veces unívoco: no se revela de golpe y por unanimidad, sino por estados de opinión mayoritarios que se decantan ante una situación de urgencia que pide una respuesta obvia: una especie de sintonía generalizada que deja al político sin margen práctico para oponerse. La aplicación del 155 es un ejemplo palmario -y como tal, raro- de ese necesario alineamiento, que fue conformándose durante meses en la opinión pública. Es obvio que en situaciones más convencionales -cuando se aduce la necesidad de una ley de educación consensuada por los grandes partidos-, la opinión pública no opera con la misma capacidad de presión, y en tales supuestos el requerimiento de consensos raras veces va más allá del desiderátum de académicos y comentaristas.

Quienes votaron el domingo fueron los españoles, no la CEOE ni los bancos: tales fueron las palabras de Albert Ribera tras el mensaje del mundo económico y empresarial, favorable al entendimiento con los socialistas. Palabras impactantes, y no por expresar algún cambio de opinión en lo que C’s había venido repitiendo los últimos meses, sino por revelar, secamente, la capacidad de un líder político para resistir –al menos, en su retórica- la influencia de poderosos prescriptores en un caso, el del deseado pacto de gobierno, en que la idea de interés general flota en la esfera pública, pero parece que sin la fuerza ni la gravedad necesarias para ser obligatoria ni para C’s ni para el PSOE.

«Los 57 diputados de C’s llevarían a sus líderes a sopesar la conveniencia de no socavar ahora la polarización para, al contrario, optar a una hegemonía en el centro-derecha que se vislumbra más cercana»

La frase de Ribera actúa como detonante involuntario que nos incita a sacar a flote algunos de los motivos partidistas que fueron soslayados por una mirada demasiado apresurada: los 57 diputados de C’s llevarían a sus líderes a sopesar la conveniencia de no socavar ahora la polarización para, al contrario, optar a una hegemonía en el centro-derecha que se vislumbra más cercana. Además, la acción de gobierno con la socialdemocracia podría conllevar un desgaste que inhabilitara las opciones de cara a la próxima cita con las urnas: parafraseando la célebre cita de Juncker, sabemos qué hacer para condicionar un buen gobierno, lo que no sabemos es cómo ganar elecciones después. Ese desgaste podría ser un pago ingrato por la responsabilidad aceptada, el factor que hiciera vulnerable a C’s ante el PP, así como al PSOE ante UP. De este modo, ambas prevenciones –resumidas en la necesidad de evitar la pérdida de peso en el espacio en que se pretende ser hegemónico- debieron ser contrapuestas, en el análisis, a la intensidad con que desde la opinión pública parecía factible presionar por hacer realidad el pacto.

 

Se podrá aducir desde variadas instancias y tribunas la necesidad de aprovechar la ocasión que brinda la aritmética electoral para revertir la polarización; se dirá que un pacto PSOE-C’s responde de forma más coherente a la fotografía que la voluntad popular ha sugerido en las urnas; se señalarán las incoherencias como sostener, a la vez, que es prioritario evitar a toda costa que la gobernabilidad del país dependa de quienes quieren su desmembración y no evitarlo en la inminente legislatura. Sin embargo, en encrucijadas con implicaciones morales de tanta complejidad, caer en incoherencias será inevitable, se haga lo que se haga. Por ello, los dirigentes podrán actuar de modo similar al del votante: siempre habrá razonamientos morales a los que echar mano para justificarse a uno mismo que no se ha optado por la senda del interés partidista, sino por la del interés general. No pactar puede ser defendido, así, como la vía para no estrangular el crecimiento de un partido que, una vez conquiste el poder con la holgura necesaria, se convierta en agente de los cambios profundos que el país necesita. La realidad es que ahora vemos con nitidez que nos equivocamos: tanto PSOE como C’s han conseguido, de momento y probablemente de modo definitivo, pasar de puntillas sobre el hipotético pacto, sin apenas problemas ni presiones serias desde la opinión pública.

 

Una serie de sofisticados factores, y por supuesto la psicología del poder, entran en juego para decidir sobre algo tan engañosamente simple como es la idea de interés general. Sirva como recordatorio de que será más provechoso explorar la complejidad del escenario, e incluso negarse a hacer previsiones, que acertar por casualidad sin haberse planteado nada de lo que es en realidad determinante.

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