No sé si pasará también en otros sitios, pero en Cádiz tenemos ídolos que podemos ver andando por la calle. Gente que vive en barrios con gente, que va al trabajo todas las mañanas o que baja al bar de la esquina a tomarse algo, pero que luego se disfraza y se convierte en artista.

«Dicen que pueblo que canta, pueblo que espanta sus males, por eso a Cádiz le salen los males por la garganta, y así nunca se atraganta con sus pecados mortales». Así arrancó una presentación Juan Carlos Aragón, con esa capacidad tan suya de aglutinar ideas en apenas unos pocos versos evocadores. Es muy complicado explicar su figura a alguien ajeno al carnaval, ese pequeño universo donde desarrolló su obra. No sirven los símiles con personalidades destacadas en otras disciplinas para intentar descodificar su importancia. Juan Carlos era un tipo único, pero único de forma genuina y no como adjetivo recurrente para ponderar al fallecido. Su pérdida, para qué andarnos con rodeos literarios, es devastadora. Y las escenas de su entierro, las de un funeral de estado gaditano. Así de simple.

“Desde la adolescencia se me cruzan por la mente frases suyas como reacción a noticias, situaciones cotidianas o deseos. Hay una edad donde somos tan moldeables que se adhieren a la piel marcas que ya no se borrarán, por más barnices que nos eche el tiempo”

Desde la adolescencia se me cruzan por la mente frases suyas como reacción a noticias, situaciones cotidianas o deseos. Hay una edad donde somos tan moldeables que se adhieren a la piel marcas que ya no se borrarán, por más barnices que nos eche el tiempo. Esa etapa en la que te pellizca las entrañas un desconocido que aparece de la nada. Un Bob Dylan, un Martin Scorsese, hasta un Charles Bukowski. Que cada uno rememore los suyos. Pero algunos tuvimos la suerte de que también nos pusiera el mundo boca abajo un nota de Cádiz, que hablaba como tú y que podía ser tu vecino. Ese que tantas veces te ha reconciliado con tu propia tierra, aunque sea -o quizás precisamente por eso- a través de una copla crítica.

Reunía Juan Carlos Aragón todos los elementos para bordar una agrupación carnavalesca. También para ser cantautor, a la manera de su admirado Silvio Rodríguez, pero afortunadamente convenció a once chavales para que le acompañaran sobre las tablas y trasladaran sus composiciones, su reflexivo análisis y su gracia, que para algo era chirigotero. Una gracia que te buscaba las vueltas, que metía el dedo en la llaga sabiendo dónde dolía, una gracia traviesa y contestataria, lucidísima, que transitaba los márgenes, y que nunca rehuía el borderío y el bastinazo porque esto es carnaval. Una combinación perfecta que conseguía, como cantó una vez, que el político escuchara su chirigota con más miedo que vergüenza.

Su legión de seguidores se expande por todo el territorio patrio, y sus agrupaciones pisaban provincias de la otra punta de España. No obstante, revolotea la sensación de que su reconocimiento a nivel nacional palidece ante su talento. En cierta manera es lógico ese -relativo- malditismo, ya que el marco donde desplegó su creatividad dificultaba que el foráneo la aquilatase. Pero bueno, casi que mejor. Así lo sentimos como una joya a la que acceden unos privilegiados. El que quiera aprender, que pregunte y escuche. Ahí está su obra. Que hay tesoros -lo escribió él- que no tienen huecos en los altares.

“Se ha muerto Juan Carlos Aragón, y es una de esas frases que tienes que pensar, leer y escribir muchas veces antes de creértela. Un tipo con tanto arte que acuñó su propio apodo, porque el loco o el cabeza funcionaban en la intimidad pero no en la esfera pública, así que logró que lo llamaran Capitán Veneno”

Se ha muerto Juan Carlos Aragón, y es una de esas frases que tienes que pensar, leer y escribir muchas veces antes de creértela. Un tipo con tanto arte que acuñó su propio apodo, porque el loco o el cabeza funcionaban en la intimidad pero no en la esfera pública, así que logró que lo llamaran Capitán Veneno. Se va, se ha ido, con 51 años. Repentinamente. Y con un palmarés que reluce menos de lo debido, aunque hablar de primeros premios sea una vulgaridad, máxime cuando te los pueden arrebatar por criticar a una alcaldesa o enfadar al miembro de una cofradía. Y, sobre todo, cuando su consecución se facilita si escribes revolcándote en la pena, la demagogia y el morbo, tan presentes y que tanto desvirtúan el concurso que anualmente se celebra en el Teatro Falla.

Nunca cayó en según qué cosas. Él prefería cantarle a otros temas. Ponía a los gaditanos y a los españoles frente al espejo, reivindicaba la libertad sexual, desmenuzó el amor en todas sus formas, condenó la pena de muerte, rompió el florero que acompaña a la mujer en esta fiesta y se quedó con la flor. No se me ocurre otro referente para la juventud de dos décadas que transmitiera mejor -sirviéndose de la televisión- su mensaje de conciencia de clase, de lucha obrera, de dignidad, coraje y rebeldía. Por cumplir el tópico del gaditano exagerado, diré que a mí nadie podrá convencerme de que existe una canción protesta superior a la suya contra la Ley Orgánica de Universidades de la ministra Pilar del Castillo. En ninguna latitud y con ninguna firma, ojo. Si acaso, podemos negociar que haya alguna igual de buena.

Pero Juan Carlos no sólo fue chirigotero. En realidad, ha terminado pariendo más comparsas que chirigotas. Se convirtió a rastras, casi como algo inevitable, ya que los versos serios de agrupaciones como Flamenkito apaleao o Las ruinas romanas de Cádiz vapuleaban a los solemnes letristas del otro bando. Tuvo un desembarco inolvidable. Allá va otra sentencia desmesurada: nunca antes -ni después- se dieron la mano de tal manera la inspiración y la comparsa como en Los condenaos y en Los ángeles caídos. Dos años consecutivos y sin parangón, las más altas cotas de ingenio en la modalidad.

Recuerdo un primer día de clase, en El Puerto de Santa María, de esos que ibas, copiabas el horario de la pizarra y te volvías a casa. Era viernes. Nos dijeron que el profesor de Filosofía sería uno nuevo, un tal Juan Carlos A. Y sabíamos que Aragón daba clases en los institutos de la provincia. Pues estuvimos todo el fin de semana nerviosos, esperanzados, rezando para que aquella absurda casualidad cristalizase. Ni que decir tiene que le tocó enseñar a Platón y Descartes en otro municipio, y no a nosotros. Pero pasan los años y te preguntas cómo se vuelve sentir aquello, a experimentar esa ilusión por un artista.

Personalmente -conozco mi soledad en esto-, no celebré con tanta efusividad las últimas comparsas salidas de su pluma y su guitarra. Le reconozco la evidente calidad, la madurez de su poesía y el buen gusto en la forma y en el fondo, pero a mí no me pegaron tan fuerte. Eso no se elige. Durante varios años conecté más con agrupaciones de otros autores -pocos-. A veces uno comete la insolencia de creer que ha superado aquel primer amor de juventud. Pero llegó 2019, y Juan Carlos regresó a la chirigota. Y ahí hay que rendirse. Qué barbaridad. Era tan particular que parte de su mejor material lo extrajo al reírse de sí mismo, de su ambiente y sus referencias, primero de hippie y luego de revolucionario cubano. A esa demostración de inteligencia, ironía y mordacidad llamada Er Chele Vara ni siquiera la pasaron a la final del concurso. Una canallada histórica. Sin novedad en el frente.

“Los premios verdaderamente importantes no son los que te concede un jurado. Tampoco que, cuando faltes, te recuerden personas de gran alcance en la sociedad. No. El auténtico premio es que tu pueblo te quiera, con tus virtudes y tus desvaríos”

Ya está dicho, los premios verdaderamente importantes no son los que te concede un jurado. Tampoco que, cuando faltes, te recuerden personas de gran alcance en la sociedad. Ni siquiera que tu fallecimiento se cuele por las rendijas del centralismo y se recoja en la radio, la tele y la prensa escrita nacional. No. El auténtico premio es que tu pueblo te quiera, con tus virtudes y tus desvaríos. Que tus rivales te admiren y le teman a tu inspiración. Que tus coplas se canten entre amigos cuando alguien saque una guitarra en un camping de Conil, o al compás de los nudillos en el mostrador de un bar del barrio de La Viña. Que la gente se apropie de tu arte. Eso, que Juan Carlos consiguió y disfrutó en vida, continuará durante quién sabe cuántas generaciones venideras. Ese es su impresionante legado.

Se ha rebuscado entre los versos más funestos para acompañar la noticia de su muerte. Esos donde interpelaba a la guadaña, donde la describía, y otros muchos que ahora suenan casi a epitafio. Propongo una alternativa como broche vital, que además dialoga con su última gran cruzada: importunar todo lo posible a la nueva legión de ofendidos y guardianes de la moral que se acercan al carnaval sin conocer su idiosincrasia. Es una de tantas perlas que dejó esparcidas por sus repertorios, y que me sobreviene recurrentemente. Lo escribió en 1999, un año mágico. En la última cuarteta del popurrí, un momento que otros aprovechan para desbordar los niveles de sensiblería en la despedida, él cantó: «Ya solo decir, de corazón, que si alguno aquí se molestó… Po que le den por culo». Así era. La poca vergüenza hasta el final.

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