Confío en que quien repudie, en cierto modo, el lugar en el que le parieron se encuentre aquí conmigo. De lo contrario, seguramente me linchen en el feliz sitio en el que me parieron a mí, así que, como mera prevención, comprendan que diga que no quiero acordarme.

«Dice Jorge Volpi en un prólogo tan maravilloso como breve que solamente un mexicano habría sido capaz de dar vida al etéreo universo de Comala, pero que, por la condición universal de la muerte, cualquiera de nosotros podría ser paisano de su nada»

Dice Jorge Volpi en un prólogo tan maravilloso como breve (no es necesario deshacerse en eternos halagos para rendir homenaje a lo que justamente lo merece) que solamente un mexicano habría sido capaz de dar vida al etéreo universo de Comala, pero que, por la condición universal de la muerte, cualquiera de nosotros podría ser paisano de su nada. A veces es hermoso sucumbir ante la mexicanidad de esta paradoja y verse sumergido en el amalgamado naranja del suelo con el cielo pensando que tiene algo de propio. La idea de volver a Comala se presenta ante uno disfrazada de obligación tediosa, familiar, moral, o váyase usted a saber de qué índole son las obligaciones de cada uno, y, sin embargo, no es más que una necesidad. Es posible que de buenas a primeras parezca que Juan camina de manera inexorable hacia la muerte porque ha sucumbido ante los últimos deseos de su madre, sin embargo, es su convicción la que lo lleva de vuelta a los susurros, al pasado. Juan siente la necesidad de lamer la catástrofe, salivarla y mascarla con la boca del tamaño del mundo.

Uno suele volver a Comala cuando el caos impera, ya sea allí o donde yazca usted actualmente. Hace el petate y se marcha. El trayecto normalmente se hace solo, pero arropado por el arrullo del colectivo. El colectivo guarda el camino con una mirada amarilla, como la piel de los que ya vienen de vuelta. Por eso este viaje también es universal, pero sin que se desdibuje el espacio y el tiempo; en esta ocasión el espacio es el lastre del tiempo.
Entonces, mientras se carga con el petate hacia Comala bajo la bola de fuego, uno no puede evitar pensar en lo difícil que parecía salir de Macondo unos cuantos Buendías atrás. Una sonrisa se esboza en su rostro cuando recuerda cómo, igual que al primer José Arcadio, le resultaba imposible hacer ese mismo camino a la inversa.

«Uno suele volver a Comala cuando el caos impera, ya sea allí o donde yazca usted actualmente. Hace el petate y se marcha. El trayecto normalmente se hace solo, pero arropado por el arrullo del colectivo»

¿Por qué hay tanto pesar en la vuelta?

Pues, para empezar, porque, si no se acordaba, el caos impera, no es que vaya usted precisamente de fiesta. Tiene que comprender que es un Buendía y parece que no haya manera humana de esquivar el fatum trágico de un apellido que encima se ríe de usted (si prefiere pensarse como Preciado, más de lo mismo). Al volver a Comala va a reencontrarse con sus fantasmas. Parece que no existen más posibilidades para usted que vivir cien años alimentando el terror o ser pasto de castaño.

Pero lo que más le reconcomía a usted de crecer en Macondo, sin lugar a duda, era lo celoso de la tierra. Lo atrapado que se sentía por la Sierra impenetrable, por los pantanos de nata vegetal, por el mar y por Riaocha. Incluso empezó a pensar que, de península cruel, vivía usted en una isla plana, preso de un dios tan inútil como pagano que guiaba a los gitanos cargados de futuro, pero que a usted lo abandonaba dando vueltas como a un pazguato.

Entonces ¿por qué sonríe?

Pues, para empezar, porque si está volviendo a Comala es porque consiguió salir de Macondo ¡Felicidades! Sueño cumplido. Tiene tanto provenir como cualquier gitano de mundo. Ya no es un isleño renegado.

«Tómese una mínima licencia y empiece a pensar en lo hermoso de su estirpe. Admire usted la fuerza de Úrsula, el aplomo de Pedro o la inocencia de un pueblo en el que aún nadie hubiese muerto»

Pero, es más, no deje escapar tan rápido a los gitanos. Recuerde lo altos y oscuros que parecían el día que por primera vez le mostraron un bloque de hielo y todo lo que brillaban sus rostros a la luz del fuego. Todo lo que aprendió del daguerrotipo. Tómese una mínima licencia y empiece a pensar en lo hermoso de su estirpe. Admire usted la fuerza de Úrsula, el aplomo de Pedro o la inocencia de un pueblo en el que aún nadie hubiese muerto. Fundar ciudades al engendrar hijos, hijos que heredan las locuras y la pasión de sus padres, que llevan su historia escrita en los dedos. Quizá sea tan absurdo como humano, pero la necesidad de la patria chica es un vínculo que fluctúa de un lado a otro, como el más errático de los péndulos. Usted solamente se ve sometido al inconformismo de lo cíclico.

Lamentablemente, no nos queda más remedio que reconocer que amamos, en cierto modo, el lugar en el que nos parieron, lo queramos llamar Comala o Macondo. Al fin y al cabo, eso depende del tiempo.

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