Dejemos una cosa clara: París no es la ciudad del amor. París puede ser muchísimas cosas, pero no es ciudad para enamorarse. Lo era, quizá, hace 70 años. Pero ahora, pues qué queréis que os diga, es más una horterada que otra cosa ir a enamorarse a París. O, peor aún, ir a París como viaje de enamorados.

No me hagáis empezar ahora con las pedidas de mano en París. ¿Habrá cosa más hortera de bolera que eso? Que vamos a ver, has ido a París con Ryanair. Te hospedas en un motel donde las cucarachas comparten habitación y, si me apuras, te piden un euro para tabaco. Y, como la ciudad no es cara ni nada, vas a pasarte el viaje comiendo en cadenas americanas con payasos creepy en la puerta. ¿De verdad crees que es el mejor sitio para encalarle a tu ser querido un anillo comprado a plazos en la joyería del barrio? Vengaporfavor.

«No me hagáis empezar ahora con las pedidas de mano en París. ¿Habrá cosa más hortera de bolera que eso? Que vamos a ver, has ido a París con Ryanair»

No me entendáis mal, París es una ciudad preciosa. Es una de mis ciudades preferidas. Pero, tal y como está el mundo -y tal y como están las relaciones de sobrevaloradas-, antes me iría a Cuenca a pedir matrimonio que a la ciudad del Louvre. Es un poco como la gente que se va al cine a meterse mano. Pero vamos a ver, pedazo de cabestro, que he tenido que empeñar mi casa para comprar dos entradas y unas palomitas pequeñas. ¿Me puedes dejar ver la película? Si quieres follar, nos ponemos Netflix. Pues lo mismo, pero en ciudad.

Ir a París a inflarte a sexo es como ir a McDonalds y pedir una ensalada. Y, no nos equivoquemos, le pides matrimonio a tu pareja para ver si el número de polvos aumenta considerablemente en los siguientes meses.

Porque es que, imagínate las risas del señor que vende hamburguesas en la Torre Eiffel cuando vas tú, con tu vaquero desgastado y tu camiseta de “I HEART PARIS” a hincar la rodilla en el primer piso y coaccionar a tu pareja para que se case contigo en semejante monumento. ¿Original? No. ¿Bonito? Menos. Cuando se te está descojonando un señor que sirve hamburguesas a americanos insoportables que exigen que les hablen en su idioma en un continente extranjero, es que algo estás haciendo realmente mal en la vida, querido.

París es una ciudad en la que todo se saborea, todo se huele, todo se siente. París es una ciudad para quererse a uno mismo, no para compartir con nadie que dos años después te va a poner los cuernos con un amigo y se va a largar de tu casa sin dar explicaciones. Seamos sinceros, La Victoria de Samotracia no ha aguantado siglos y siglos para que pases por delante de ella tocándole el culo a tu pareja. Un poco de responsabilidad artística, por favor.

Por eso reivindico París como la ciudad para ir desenamorado. Descreído y hasta encabronado con el amor. Porque la Torre Eiffel es mejor si subes hasta arriba para gritarle a tu ex que ya no le quieres. Desde luego, mucho mejor que hacer que el hamburguesero del primer piso se descojone de ti, eso para empezar.

«París es una ciudad para quererse a uno mismo, no para compartir con nadie que dos años después te va a poner los cuernos con un amigo y se va a largar de tu casa sin dar explicaciones»

¿Qué os recomendaría hacer en París? Pues, por poner un ejemplo, después de aprender en YouTube cómo abrir candados con dos llaves fijas, ir al puente de las Almas y dedicar una hora a quitar los dichosos candaditos de las vallas. Que ese puente no está preparado para semejante carga inesperada y, además, puedes reírte de las parejitas de 15 años que leyeron en uno de los pocos libros que han leído en su vida que poner un candado en un puente significaba que el amor era para toda la vida.

Porque si vas a hacer un picnic en los Campos de Marte, mejor solo que con tu pareja. Que le molestan las hormigas y está incómoda cuando se sienta en el suelo más de 2 minutos. Que no hace más que quejarse de que el vino está caliente y el queso, frío. PUES INVÍTATE TÚ A ALGO, QUE PARECES DE LA COFRADÍA DEL PUÑO CERRADO.

Lo dicho, París es mejor cuando no quieres a nadie. Cuando la única compañía eres tú. El Mueso del Louvre está a tu disposición. Sólo tú decides cuándo pasar al siguiente cuadro, sin un “¿OTRO CARAVAGGIO?” acompañándote cuando tú lo único que quieres es disfrutar del arte sin más.

Una sopa de cebolla en Aux Pieds Des Couchons sabe mejor en soledad. Una crêpe en la plaza de los Vosgos es más crêpe si la tomas solo, mirando las torres de Notre Dame y pensando en que es una pena que se quemara, pero mucho peor que el Carapolla la prefiera a salvar el Amazonas.

Así que, querido lector, no puedo dejar de recomendarte París. Sus calles son espectaculares. El simple hecho de perderte será una experiencia sensorial como no habías imaginado. Podrás ver las juderías, fijar tu mirada en los parisinos y las parisinas, en lo absolutamente maravillosos que son hasta que abren la boca y la cagan con su chauvinismo.

Ir de museos sin acompañante es más barato, más rápido y más satisfactorio. Incluso viajar en ese Metro que huele a siglo XIX y funciona como en el siglo XXII. Comer en Trocadéro. Pasear por los Campos Elíseos -déjate de tomar café, que lo tienen a 5 euros el solo y te lo sirven frío y sin sonrisa- a tu aire. Rodear el Arco del Triunfo y encantarte con la música callejera que, en París, suena a orquesta de cámara. No sabes por qué. París es una ciudad para quererse. París es la ciudad del Onanismo. Pajarís, si quieres. Allí hasta las cosas más obscenas suenan a música.

«Y, si alguna vez te enamoras, vete a Cuenta. O a Ávila. O a Torremolinos. Hinca la rodilla en un sitio más mundano y menos repetitivo. Tu pareja te lo agradecerá. Tu bolsillo, ni te cuento»

Y, si alguna vez te enamoras, vete a Cuenta. O a Ávila. O a Torremolinos. Hinca la rodilla en un sitio más mundano y menos repetitivo. Tu pareja te lo agradecerá. Tu bolsillo, ni te cuento. Y siempre recordarás París con una sonrisa. Porque nadie te hizo un feo -dejemos a los parisinos de lado, por favor, no entremos en ese melón-. Porque nadie te hizo querer olvidarla. Porque París bien vale hasta una misa. Con lo ateo que es el que firma este artículo.

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