Los más maduros se lamentan: «los jóvenes no tienen interés en la política». Es decir, no les interesa; es decir, no ven en ella su provecho. Es decir, no quieren seguir la vieja pista de lo que significaba «ser político», «hacer política». ¿Y por qué iba a interesarles algo que no tiene ningún provecho para ellos, que solo quiere que se adapten a una fórmula anticuada, sin adaptarse la fórmula misma a sus necesidades? No se interesan, tal vez, por la «política» tal como la conocíamos… O perciben que si quieren ingresar en la política profesional, eso ha de significar que tienen que renunciar a sus ideas por nuevas, porque más bien hacen carrera los conformistas (conformistas hay, cierto, de cualquier edad, pero entre los jóvenes un poco menos) que imitan a los viejos sin proponer nada nuevo (imitadores hay, cierto, de cualquier edad, pero algunos jóvenes no han perdido tan pronto las ilusiones). Y ya que han aparecido canales nuevos y no controlados por el viejo y aburrido establishment

«Las encuestas demostraron dos tendencias opuestas: mientras que las mujeres jóvenes tienden mucho más a la izquierda, los hombres jóvenes se inclinan mucho más por la extrema derecha, nacionalista y fascista»

Los sociólogos y politólogos polacos últimamente han realizado un análisis para explicar, por un lado, de dónde procede la tendencia (no solo polaca, obviamente) de elegir a los populistas de derechas y, por otro lado, por qué los jovenes no se interesan por la política. Las encuestas demostraron dos tendencias opuestas, incluso contradictorias, pero muy interesantes: mientras que las mujeres jóvenes tienden mucho más a la izquierda, los hombres jóvenes se inclinan mucho más por la extrema derecha, nacionalista y fascista. Los hombres no normativos van con las mujeres: a la izquierda. Claro, a pesar de unas cuantas mujeres «autovictimizadas a través del patriarcado» que quieren identificarse con su opresor, la mayoría de las mujeres va donde haya derechos para ellas. ¿Pero por qué sin coetáneos de género masculino con los que no solo hablar…? Los maduros se pueden empezar a lamentar: «¿y cómo van a tener hijos e hijas (y lo que sea)?». La respuesta es que algunos hombres sobre todo sin privilegios, en general no de ciudades grandes, tienen miedo de las mujeres emancipadas, en muchos casos mejor educadas que ellos, y son demasiado perezosos para hacer algo al respecto, adaptarse, prefieren crear clubs masculinos para alabar «la masculinidad verdadera» de una supuesta edad de oro y restablecer (¿resucitar?) el pasado. En la segunda temporada de Sex Education, por ejemplo, vemos a Remi Milburn (James Purefoy), el exmarido de Jean Milburn, la sexóloga (Gillian Anderson), y padre de Otis (Asa Butterfield), sexólogo y terapeuta como su exmujer, quien goza del exito de sus libros sobre el regreso a la masculinidad perdida. (Apuntemos, de paso, que Remi es también un adicto al sexo.) De hecho, los estudios de la masculinidad demuestran que esas tendencias van en oleadas que reaccionan a los movimientos de emancipación de mujeres y homosexuales. La primera ola llegó en los años 80 como reacción a la libertad sexual, los hippies y las nuevas masculinidades de los 70. En 1990 Robert Bly publicó su Iron John: A Book About Men y creó un movimiento de retromasculinidad. Las ilusiones o pretensiones de Remi son ridiculizadas cuando va a una excursión al bosque con Otis y su mejor amigo Eric (gay, por cierto) y se acaba perdiendo (Robert Bly predicaba: «vuelve a la cueva, ve de caza, vuelve a la naturaleza salvaje del hombre»). No, Remi no puede ser un modelo para Otis. Pero Otis, heterosexual y supergayfriendly, representa el otro polo de los adolescentes masculinos. De todas formas, vemos claramente que en el tema de la política entre adolescentes no se puede pasar del tema del sexo.  Las nuevas fórmulas sexuales sí que las encontraremos en las series y en las películas; ¿pero aparece una fórmula nueva de política…?

Ryan Murphy tiene una mano verdaderamente mágica para crear series exitosas y ambiciosas que a la vez, en algunos casos, influyan en cambios sociales (sobre todo Glee). Su último éxito, la rebuena serie Pose (2018-presente) sobre los homo- y transexuales chicanos y afroamericanos de finales de los 80 y principios de los 90, y su cultura de «bailes» a la sombra del sida, posiblemente otra vez contribuyó al cambio social, representando por la vez primera para las masas estas subculturas. Este éxito eclipsó su nueva serie The Politician estrenada por Netflix unos cuantos meses después de la segunda temporada de Pose. Parece que The Politician pasó casi desapercibida: con un entusiasmo irregular por parte de los críticos, sin muchos premios y, de hecho, pocos la conocen, pocos hablan de ella. En mi opinión es una serie buenísima también. Intentaré ofrecer una respuesta a por qué no ha tenido tanto éxito; pero también intentaré demostrar que entre las series sobre adolescentes de los últimos años esta se acerca más a la idea de la «nueva fórmula de la política (y a la nueva fórmula de la sexualidad)».

La idea principal no es novísima: el concepto es mostrar la política satíricamente, situando la lucha no en una institución adulta y por eso de antemano «seria», sino en una  escuela secundaria, pero en una donde los personajes se comporten «como adultos», o imiten a políticos profesionales. El grotesco resultado no nos va a divertir sin más ni más, sino que va a hacernos pensar que lo que hacemos con una máscara de seriedad y con una misión es a veces bastante «pueril»; bueno, lo digo desde la perspectiva de los adultos. Al verlo, los jóvenes van a pensar dos veces si quieren seguir los pasos de los adultos o prefieren buscar alternativas. Este concepto fue usado en la película Election de Alexander Payne (1999) con la joven Reese Witherspoon como Tracy, una alumna superbuena y superambiciosa que quiere ser presidenta del cuerpo estudiantil. Añadamos el documental polaco Przywódcy [Liders] de 2013 de Paweł Ferdek sobre una escuela primaria de Varsovia y la campaña electoral para el presidente estudiantil. En The Politician tenemos a un tal Payton Hobart (muy buen papel de Ben Platt), cuyo destino último y desde la infancia es ser presidente de EE. UU. y, de momento y para empezar, ser presidente de la Saint Sebastian High School de Santa Bárbara. El chico no es nada relajado, nada juvenil, nada «pueril»: es serio, determinado, hasta pesado y obsesivo, muy inteligente; tiene también su grupo de consejeros, igualmente determinados y bien educados en la política adulta, quienes siempre tienen a mano sondeos, casi del día a día. Al parecer eso implica que vamos a estudiar a través de una óptica grotesca la fórmula conocida (anticuada) de la política (es decir, de los adultos, pero encarnada en cuerpos menores). Pues no.

«En The Politician tenemos a un tal Payton Hobart cuyo destino último y desde la infancia es ser presidente de EE. UU. y, de momento y para empezar, ser presidente de la Saint Sebastian High School de Santa Bárbara»

Una de las primeras escenas del primer episodio, ya en el cuarto minuto, nos introduce por medio de una alegoría a la relación entre sexo y política —en los jóvenes, claro— y a la filosofía del «teatro social», de la «sociedad de espectáculo», o de la «pospolítica», para usar conceptos ya conocidos que explican de alguna manera el contenido intelectual de The Politician, aunque, creo, dicho contenido sobrepasa esos conceptos. Vemos, pues, a una pareja heterosexual de adolescentes convencionalmente guapos vistiéndose y comentando el último polvo: «siempre que echamos un polvo noto que haga lo que haga, no importa, tú siempre pareces gozar. No sé, me estoy preguntando si a veces fingirás», dice River. «Pues sí, estoy fingiendo», responde Astrid. «No quiero que finjas: ¿no debe ser esto una experiencia íntima?», insiste él. «Claro, pero así obtendras la seguridad en ti mismo que necesitas para realizar tu potencial», responde ella con cara de «rubia reina de las nieves». Y cuando el chico exige autenticidad, ella responde que va a tratar de interpretar el papel de una forma más auténtica. «No quiero que parezcas auténtica, sino que lo seas», River demanda. Ella sonríe y no parece (¡sic!) cínica: «no entiendo cual es la diferencia. Te prometo ser mas real desde hoy». Como vamos a comprobar muy pronto, esta fórmula sexual se traduce a la política y sugiere que no está muy clara la frontera entre «tener ideas/opiniones políticas» y «fingir que uno cree en ellas». Ni River ni Astrid son «políticos de carne y hueso» —la serie nos convence de que existe una categoría especial de humanos que más bien «nace» que «se hace»— sin embargo ambos se presentan como candidatos a presidente para enfrentarse con Payton Hobart (es la oposición entre «tu vecino de la calle» versus el tecnócrata de la política). Este si que es un «político de carne y hueso», nacido. Y amante de River, por cierto. En el segundo episodio, cuando River está muerto (posiblemente se suicidó) y de vez en cuando aparece como fantasma o sueño de Payton, este último se abre y dice que no sabe si es buena persona, quizá es «solo un político»; el fantasma de River le responde entonces: «no tienes que ser buena persona para hacer cosas buenas». En el séptimo episodio Payton le dice a la directora de la escuela casi lo mismo: «intento hacer cosas buenas, pero no soy una persona buena. Pero he querido de veras ayudar a los demás». En el segundo episodio Payton habla con su madre (Gwyneth Paltrow, como siempre muy buena) y se abre: «¿y si no soy más que un sociópata y solo finjo que siento algo?». Su madre, un poco budista, le responde como una maestra zen: «¿qué más da si no puedes diferenciar / si no se puede diferenciar?» (aquí la gramática inglesa produce una ambigüedad: «does it matter if you can’t tell the difference?», es significativo, creo). Y una escena más, esta vez del tercer episodio. En un flashback, Payton se está preparando en el pasillo para un concurso de retórica. Delibera si va a  defender que el discurso de odio tiene que ser combatido o si, por contra, debe ser defendido en función de la primera enmienda. Entonces River le pregunta si es dificil defender una opinión en la cual no se cree (sin embargo, no sabemos en cuál no cree Payton ni River asume que Payton no crea). Payton responde: «creo en ganar el debate». Irónicamente, en una escena en el episodio primero Payton mencionó un dicho inglés: «fake it till you make it». La frase implica, no obstante, varias interpretaciones: puede ser «miente hasta que te crean» (o «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad») o puede ser «si no te sale algo, finge que te sale y un día te saldrá». En conclusión, existe, según nos dicen los guionistas, un tipo de personalidad un poco hermanada al «sociópata» (pero en mi opinión no se igualan), hermanada en algo al «tecnócrata» (sin embargo no en todo), perfecta para la profesión de ejecutar el poder sin tener ideas propias, o al menos sin manifestarlas (una respuesta siguiendo el guion: «¿y qué más da si no las tiene o si no las manifiesta?»), no del todo conformista, no del todo populista, pero que sin tener mucha empatia en las relaciones personales, quiere hacer cosas buenas.

Claro que es un resumen un poco simplificado, pero permite ver que una fórmula potencialmente nueva sale del huevo. La verdad es que muy pocos de nosotros —me atrevo a proclamar— somos capaces de reconocer algo «nuevo en proceso». Y es cierto que Payton intenta hacer «cosas buenas», además, curiosamente, diferentes de lo que tocaba en su campaña (discriminación y exclusión social, sobre todo), pero cosas que reconocemos en seguida como «lo que les interesa a los jóvenes hoy»: ecología. Payton intenta prohibir el uso de pajitas de plástico o eliminar tanques de agua poco usados. Estas escenas —muy buenas— demuestran un choque con una muralla de imposibilismo encarnada por todo el resto del consejo de la escuela, es decir, adultos («tenemos contratos firmados para los próximos 5 años para recibir pajitas», etc.). Este choque es aún más llamativo en el último episodio cuando los exalumnos ya son estudiantes y la exjefa de campaña de Payton empieza sus prácticas en la oficina de una senadora neoyorquina imbatible (demócrata): la política profesional, institucional está presentada grotescamente  como «peces gordos»  que solo saben usar Windows 95. Pero volviendo al tema ecológico y sexual: el argumento también sugiere que estamos en un momento en el que para ganar hay que hablar de cosas urgentes recientemente (homofobia, etc.) aunque de alguna manera ya «cerradas», pero en realidad querer realizar cosas ya «posteriores», no tan resueltas. Por otro lado, posiblemente los asuntos de la ecología no constituyen —para un cabeza cuadrada — «política»; aunque en la fórmula nueva —entre los jóvenes— sí que la constituyen (cuando en el episodio último Payton, un adulto joven, empieza su campaña contra la senadora, escoge temas parecidos a la ecología, es decir, «cosas de ciudadanos», como por qué el metro llega tarde). La «política de la sexualidad» ya está al menos reconocida como «política». Y sobre eso The Politician tiene algo interesante que decir.

 

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