Hay ríos que parecen libros de historia, y el Volga es uno de ellos. Algún poeta dijo que navegar por el Volga es clavar un cuchillo en Europa, de manera que se trata de una cuestión tan atractiva (la del cuchillo y el agua) que debe hacerse al menos una vez en la vida. Como todos los ríos de leyenda, tiene un recorrido inmenso, caprichoso, único. Una sinfonía de paisajes, de gentes, un camino por culturas mucho más variadas de lo que uno puede pensar en un principio. Por un pensamiento entre ignorante y monolítico, se nos ha acostumbrado a pensar en el este de Europa como si fuera un bloque, una sola idea, de modo que el viajero tiene la obligación de acudir allí y deshacer esa enorme simplificación. Debe encontrar la belleza de esos paisajes de agua y bosque, esos lagos inmensos que pueden ser dulces o salados, pero siempre monumentales. Visitar las decenas de iglesias ortodoxas que se abren a nuestro paso, con ritos y ceremonias que siempre llaman nuestra atención por la mezcla de familiaridad y extrañeza que producen. La iconografía del credo ortodoxo tiene algo de fantasía que permanece fija en tu memoria, que llena tus ojos con su curiosa unidimensionalidad entre naíf y solemne.

“Este río inabarcable te empequeñece, y al hacerlo te recuerda que esa tierra siempre estuvo ahí, y que su historia es eterna”

Una de las primeras conclusiones a las que llega el viajero que recorre Rusia navegando el Volga es que se trata de un tremendo error contemplar su historia como si no hubiera existido nada antes del comunismo y el estalinismo. Este río inabarcable te empequeñece, y al hacerlo te recuerda que esa tierra siempre estuvo ahí, y que su historia es eterna. Nada se inició con el comunismo, te dice el río, porque el viaje que se realiza por él, como su historia, es eterno.  El río más largo de Europa recibió de los romanos el sobrenombre de “generoso”, y las crónicas árabes del siglo IX lo llaman el “río de ríos”. Me gustan ambos sobrenombres para el Volga. Los gigantes de San Petersburgo y Moscú son cíclopes que guardan los flancos de este río generoso, visitas obligadas que te sacarán de la vida del río para hundirte en la locura entre monumental y urbana de cualquier gran ciudad. Otras ciudades menos transitadas a las que arribará nuestro paseo fluvial son Astracán, Nizhni Nóvgorod, Kazán, Sarátovo o Volgogrado, pero yo, que de un tiempo a esta parte me deslumbro más con la estampa de lo natural que de lo urbano, me quedo con sus lagos salados, el Elton y el Baskunchak. El Baskunchak es la reserva de sal de Rusia desde siempre. Si me fuerzan a decirles una ciudad, me quedo con Samara, punto habitual de veraneo, con su playa fluvial inmensa y una estatua al escritor Alexander Pushkin cuyos ojos, naturalmente, miran hacia el río.

Para disfrutar un viaje por el Volga debe hacerse con un sentido histórico, preocupándose mucho de qué pasó en cada lugar. La razón de esa necesidad de información es que en estos lugares la tierra parece muda, inexpresiva, encantadora en su silencio. Con el Volga recorres vestigios de la Rusia de los zares, del estalinismo, de los estados medievales, apenas alguna indicación del nuevo orden político. El lago Onega es otro de los lugares imprescindibles de la navegación por el Volga. En este lago el agua tiene una luminosidad única, una especie de luz sin brillo, como el del empedrado después de la lluvia, que resplandece pero es profundamente gris al mismo tiempo. La primavera es el momento ideal para navegar un río así, naturalmente, porque es el momento en el que el paisaje decide descongelarse, desperezarse, y comienza a soñar con un verano incierto, en el que no siempre está asegurado el buen tiempo. Las primaveras de los lugares fríos son siempre voraces, porque la naturaleza sabe que tiene que hacer mucho en muy poco tiempo.

“la experiencia de un viaje en barco por el Volga se parece poco a la de las rutas habituales de los cruceristas, ya sean mediterráneas o caribeñas”

Como un añadido a sus atractivos, diré que la experiencia de un viaje en barco por el Volga se parece poco a la de las rutas habituales de los cruceristas, ya sean mediterráneas o caribeñas. Se trata de algo bastante más lento, casi me atrevería decir que más íntimo, por la propiedad sequedad (hosquedad, casi) del entorno y el tipo de viaje que las navieras suelen proponer, experiencias que mantienen la virtud de lo básico en este mundo sobreconectado y sobreexcitado. Por el Volga simplemente navegas y contemplas, podría decirse, porque uno quiere suponer que los viajes en barco por el Volga tienen mucho de crucero antiguo, en el que puede suponerse que lo más importante era la navegación en sí y los lugares a los que se arribaba, tal y como debía ocurrir antes de que los barcos pretendieran ser una especie de réplica de Las Vegas flotante.

Los sistemas de esclusas son un espectáculo inolvidable para los admiradores de la ingeniería de cíclopes.  A mí me parecen tan monumentales como las plazas de Volgogrado. Hacer dos mil kilómetros en barco por este Volga misterioso supone chocar con la arquitectura industrial estalinista, que según de qué lugar se trate parecen restos de un naufragio o vestigios de una civilización de la que nadie diría que fue extinguida hace apenas unas décadas. Durante la navegación, con frecuencia se cruzan barcos que transportan madera, sal u otros minerales, recordándote que el Volga es también un sendero económico, hasta hace unos años todo un camino industrial. No sólo de turistas vive el río, claro, y para demostrarlo el viajero no cesa de toparse con barcazas de trabajo gobernadas por marineros que miran los barcos de crucero como a un animal molesto.

“No sólo de turistas vive el río y para demostrarlo el viajero no cesa de toparse con barcazas de trabajo gobernadas por marineros que miran los barcos de crucero como a un animal molesto”

Por todas estas razones, y por muchas otras que el viajero sabrá encontrar, merece la pena darse este viaje de otro tiempo. Ya saben qué ofrece el Volga. Un cuchillo que corta gran parte de una Europa vieja y remota.

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