Los mejores libros para entrar en contacto con Atenas, como en el caso de cualquier otra ciudad, son las guías turísticas. Los libros de Lonely Planet o Trotamundos explican dónde alojarse, cómo desplazarse o qué comprar en la capital de Grecia. También señalan los edificios y monumentos más emblemáticos: la Acrópolis y su Partenón, el Ágora antigua, situada en el mítico barrio de Plaka, o la zona más alternativa, nocturna y ¡sin ruinas! de Psiri, entre otros. Las guías de Atenas nos indican, asimismo, que deberíamos comer musaca, probar la ensalada griega y tomarnos un chupito de ouzo y otro de metaxá, así como los mejores restaurantes y bares para degustarlos. Y sintetizan la historia de la ciudad y del país, resumen la cultura y las costumbres, enseñan unos mínimos de la lengua y trazan unas coordenadas político-económicas básicas.

Pero las guías de viaje se quedan cortas para conocer bien Atenas, pues en el fondo son superficiales, meros libros de consulta o índices de información sin más ilación que el orden alfabético o, si acaso, la agrupación temática; ¿alguien se ha leído una guía de principio a fin? Por eso, si queremos dar un segundo paso en el conocimiento de la ciudad, debemos acudir a otros libros. Por ejemplo, se puede leer la Descripción de Grecia del geógrafo griego Pausanias, cuyo Libro I, sobre el Ática, contiene muchos capítulos dedicados a Atenas; el inconveniente principal es la fecha de escritura: desde el siglo II d. C. la ciudad ha cambiado mucho, ahora las ruinas son otras. En la literatura de ficción, podemos rastrear las menciones a Atenas en la Ilíada o en la Odisea de Homero, en las tragedias de Sófocles, Eurípides y Esquilo o en las comedias de Aristófanes, pero estamos en las mismas: la Atenas contemporánea no es solo la Atenas de la Antigüedad y de su mitología.

Por eso a continuación presento tres libros para acercarse a la Atenas actual sin salir de casa. Son lecturas ideales para quienes vayan a ir a Atenas, para quienes ya la conozcan o para quienes aún no sepan que quieren visitarla. El primero es Próxima estación, Atenas (2018, Tusquets) de Petros Márkaris, una crónica en metro de la ciudad. El segundo, Grecia en el aire (2015, Acantilado) de Pedro Olalla, un ensayo sobre la democracia ateniense. El tercero, Algo va a pasar, ya lo verás (2015, Valparaíso Ediciones) de Christos Ikonomou, un conjunto de relatos protagonizados por los que más sufren la crisis económica griega.

 

La Atenas de a pie, en metro

 

De los tres libros propuestos, Próxima estación, Atenas de Petros Márkaris es el más generalista, por eso es el mejor para empezar. La premisa del libro es tan sencilla como eficaz: recorrer la Línea 1 del metro ateniense, desde el Pireo, una ciudad portuaria al suroeste, hasta Kifisiá, un barrio pudiente en el noreste, cruzando toda Atenas diagonalmente. Cada capítulo está dedicado a una estación de esta línea metropolitana, que cuando se inauguró en 1869 era un tren entre el Pireo y el centro de Atenas que con los años se fue alargando, modernizando y soterrando hasta convertirse en la actual línea verde. Y aunque Márkaris dedica unas cuantas páginas de su crónica a relatar la historia del metro, en seguida sale del vagón y, como buen flâneur, recorre a pie las calles de cada barrio.

Uno de los aspectos a los que Márkaris más dedica su atención son los inmigrantes, quizás porque él también lo es. Nació en Estambul en 1937 en una familia de la minoría armenia, de madre armenia y padre griego, pero se trasladaron a Atenas en 1965, por lo que no obtuvo la nacionalidad griega hasta los años setenta: como los metecos de la antigua Grecia, era un extranjero sin derechos de ciudadanía. En el libro se describen las sucesivas olas migratorias que han ido conformando el carácter nómada de la ciudad a lo largo de la historia: desde el príncipe Otón de Baviera y su séquito, que tras conseguir la independencia en el siglo XIX sería el primer rey de Grecia, hasta los inmigrantes africanos, eslavos y balcánicos llegados en los ochenta y noventa, pasando por los intercambios de población entre Turquía y Grecia de 1923 y por el éxodo rural de los años cincuenta, después de la Guerra Civil. Además, Márkaris cuenta algunas de sus propias experiencias como extranjero, por ejemplo cuando paseando por el Mercado Central de Atenas, dentro del cual se venden carne, marisco, queso, pescado y, en los puestos de fuera, especias, dulces, frutos secos y otros comestibles, sus aromas y gritos le recuerdan a los bazares de su Estambul natal. Y también relata las experiencias de otros extranjeros:

«El abuelo Mirán llegó de Asia Menor como refugiado y abrió un negocio de embutidos [en la calle Eurípides, cerca del mercado] que producía pastirmas y sucuk, unos embutidos desconocidos en Grecia hasta aquel momento. Ahora se pueden encontrar en todos los supermercados, aunque las fragancias solo persisten en tiendas como Mirán porque, como todo el mundo sabe, los supermercados son inodoros»

Durante el recorrido en metro y a pie, Márkaris va ampliando su mirada sociológica sobre Atenas, pues empieza en los barrios obreros del Pireo y, pasando por el distrito pequeñoburgués de Kalizea y el muy turístico y comercial Monastiraki, termina en Kifisiá, donde la corte griega tenía las segundas residencias y hoy en día viven las grandes dinastías políticas atenienses. Este itinerario también constata la evolución arquitectónica de Atenas, perceptible por ejemplo en los viejos pisos del barrio de Mosjato, de una sola planta con varillas de hierro saliendo de las columnas para que, en caso de bonanza económica, se pudiera construir un segundo piso. Y conforme avanza la ruta, señala los cambios de carácter y hábitos de la ciudad y sus habitantes, como la desaparición de la siesta, antes preceptiva de tres a seis de la tarde, a causa del bochorno soporífero, pero actualmente en desuso, desde que se popularizaron los aparatos de aire acondicionado. El sector de la restauración también se ha transformado: el Pireo ya no cuenta con las pequeñas barcas que antaño salían a pescar a diario para abastecer sus tabernas, ni concentra «el mayor número de bares y casas de citas de mala reputación de toda Grecia», aunque sí conserva parte de su aire marinero y canalla, mientras que en los barrios céntricos de Atenas las tradicionales tabernas de pescado han cedido el lugar a los menos autóctonos restaurantes de carne a la brasa.

El extenso conocimiento de Márkaris oscila entre la historia y la intrahistoria de Atenas, salta de lo personal y cotidiano a lo común y público. Y en esas coordenadas se sitúan los diversos personajes que va presentando, como el pintoresco Nikos Koemtzis, a quien Márkaris recuerda en el mercadillo de Monastiraki, hoy en día muy turístico, vendiendo él mismo su propia autobiografía a quien pasara por allí. ¿Pero quién era aquel excéntrico viejo que vendía sus libros en una mesa plegable? En 1973, durante la Dictadura de los Coroneles, en un altercado en un bar, Koemtzis, un reconocido comunista, mató a tres policías, por lo que fue condenado a tres penas de muerte y ocho cadenas perpetuas. Con la llegada de la democracia, su condena se redujo a una sola cadena perpetua. Salió de la cárcel en 1996 y desde entonces hasta su muerte en 2011 vivió de vender su autobiografía en la calle. Era un personaje tan popular que incluso le hicieron una película y le dedicaron una canción.

En Nea Filadelfia, un barrio de refugiados del Asia Menor fundado a raíz de los intercambios de población greco-turca, vive otro personaje mencionado en Próxima estación, Atenas, aunque este es de ficción. Se trata de Lambros Zisis, un habitual de las novelas del comisario Kostas Jaritos, una serie policíaca que también sirve como guía de Atenas y cuyo autor es el mismo Márkaris. Este Lambros es un viejo comunista al que el comisario Jaritos conoció cuando, por motivos políticos, le estaban dando una brutal y maratoniana paliza en el calabozo. Y en sus apaleados huesos, como en los de Koemtzis, está inscrita buena parte de la historia griega del siglo XX.

 

La Atenas de la democracia

 

La ruta ateniense propuesta por el helenista español Pedro Olalla en Grecia en el aire es muy diferente de la de Márkaris, tanto espacial como temporalmente. Empieza en el Filopapos, una de las colinas principales de Atenas, cerca del centro, desde cuya cima hay una vista privilegiada de la extensa capital griega: se ve la Acrópolis o alta ciudad, coronada por el emblemático Partenón, y también se alcanza a ver, más abajo, el parlamento actual, situado en la plaza Syntagma, y, más allá, el monte Licabeto, que a su vez ofrece una vista bastante diferente pero igual de espectacular de la ciudad. Sin embargo, Olalla nos lleva a un espacio más cercano, en la misma colina, el lugar que los antiguos atenienses llamaban «las Rocas» y que hoy en día es llamado «las Rocas de Pnyx»: aquí nació la democracia. Es una explanada áspera, donde apenas destacan unos simples escalones tallados en la piedra que hacían de tribuna, porque en este lugar se reunía la ekklesía o asamblea; los ciudadanos que la componían discutían y votaban, elegían a los magistrados y otros cargos, legislaban, declaraban la guerra, firmaban la paz y, en fin, gobernaban. Muy simbólicamente, los turistas actuales no podemos acercarnos a esos escalones ni subir a la tribuna: hay una valla que los protege de nosotros.

El itinerario que sigue Olalla en Grecia en el aire es histórico y político: la ruta de la democracia ateniense; por eso mira al pasado, para recordar los hitos de la democracia ateniense y dotar de sentido a los lugares visitados, pero también tiene un ojo puesto en las democracias presentes, sean la de Grecia o la de España. Así, en la explanada de Pnyx nos cuenta que la Asamblea fue instaurada en el 594 a. C. por Solón, un importante reformador político que, después de que Atenas sufriera monarquías, aristocracias, guerras y revueltas, decidió universalizar el derecho a la ciudadanía. Desde entonces, todo ciudadano ateniense participaría en el gobierno de la polis, ya fuera en la asamblea de Pnyx o en los tribunales. Para ello, Solón implantó la seisachtheia, las leyes que suprimían la esclavitud por deudas, una lacra arrastrada por la desigual sociedad ateniense que impedía el desarrollo de la dignidad humana, la ciudadanía y, con estas, la democracia. Pero Olalla, mirando de reojo el presente, se apresura a recordarnos que aquel sistema político queda muy lejos, por mucho que nos encontremos en esta explanada:

«Hoy, veintiséis siglos después, no solo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que el objetivo último de los poderes que ahora nos gobiernan no parece ser otro que ése: esclavizar de facto a la humanidad a través de la deuda».

El ensayo de Olalla está tan bien organizado que parece que las ruinas estuvieran dispuestas para que, andando de una a otra, comprendamos mejor el desarrollo del sistema democrático. Después de las reformas de Solón, primera piedra de la democracia, y de la creación de la asamblea, fuente de la que emanaba su poder, bajaremos página a página la colina hasta el Ágora, donde estaban los órganos gubernamentales. Y entre sus ruinas descubrimos que Clístenes dio otro gran paso hacia el establecimiento de la democracia: creó diez nuevas tribus artificiales, que agrupaban a ciudadanos de diferentes lugares y diferentes clases, de modo que ninguna tribu coincidiera exactamente con un clan aristocrático ni predominara un solo elemento social. De esas nuevas diez tribus saldrían aleatoriamente los miembros de cada órgano gubernamental, evitando así el nepotismo y otras formas de corrupción e impulsando la igualdad democrática frente a la identidad de clase.

Después de visitar el lugar donde se encontraba la Academia de Platón y los restos del Liceo de Aristóteles, habiendo recorrido el Museo de la Acrópolis y el Ágora romana, el paseo ateniense de Olalla termina en la plaza Syntagma, donde se encuentra el parlamento griego actual. Al llegar aquí, sabemos que las democracias representativas que hoy en día tenemos no se parecen en nada a la democracia de la Atenas del siglo V a. C., que por muchas deficiencias que tuviera, y Ollala las señala, era una democracia mucho más pura. Lo único que queda de aquella democracia son las ruinas arquitectónicas que hemos ido visitando y lo que se puede leer en libros como Grecia en el aire. El contraste es terrible.

Y precisamente en la plaza Syntagma, donde hacen el cambio de guardia las tropas que vigilan la Tumba del Soldado Desconocido, tuvieron lugar las numerosas manifestaciones en que los griegos protestaban por la asfixiante austeridad impuesta por la Troika. Frente al parlamento, la gente sigue intentando recuperar la democracia, tal como sucedió hace más de 2000 años, en la época de Solón, Clístenes, Pericles y demás. Y también en esta plaza se pegó un tiro en 2012 Dimitris Christoulas, el farmacéutico jubilado de 77 años que, en su nota de suicidio, acusaba al gobierno griego de la debacle social, económica y política del país, sufrida por los ciudadanos.

 

La Atenas de la crisis

 

Si los libros de Márkaris y Olalla pueden ser clasificados como no ficción, crónica y ensayo respectivamente, el de Christos Ikonomou es ficción, en concreto relato corto. Además, las historias agrupadas en Algo va a pasar, ya lo verás no suceden solamente en Atenas, sino que también están repartidas por otros lugares cercanos, suburbios o ciudades afectados por la crisis económica. Porque este es el verdadero hilo conductor de los relatos: las difíciles vidas de los que de verdad sufren las consecuencias de la crisis. Es decir, las vidas de los pobres que, dentro de mil años, protagonizarán los cuentos de hadas, tal y como dice de sí mismo uno de los personajes de Ikonomou.

Los lugares turísticos, que abundan en los libros de Márkaris y Olalla, son mucho más secundarios en Algo va a pasar, ya lo verás. Sus escenarios principales no los visitamos los turistas: las casas de la gente normal, las calles de los barrios más deprimidos, las fábricas y otros lugares de trabajo, los hospitales con colas kilométricas delante, etc.; de hecho, cuando aparece un un bar céntrico es porque allí tiene uno de sus dos trabajos precarios un personaje. Pero precisamente por eso merecen la pena los relatos de Ikonomou, para conocer las dificultades experimentadas por los griegos, no muy diferentes de las que se pueden vivir en, por ejemplo, España. E, irónicamente, el personaje de un cuento sueña con huir de la deprimida Grecia e instalarse precisamente en España, país y cultura que en su imaginación representan el bienestar del que no puede disfrutar en su patria. Si supiera que muchos españoles sueñan con escapar de España para establecerse en la, para ellos, paradisíaca Grecia…

Las historias narradas por Ikonomou podrían sucederle a cualquier habitante de los PIIGS, el quinteto de cerdos en crisis conformado por Portugal, Italia, Irlanda, Grecia, España. A una chica su novio la abandona y, de paso, le roba la hucha con forma de cerdito en la que había ahorrado más de 800 euros. Un chico tiene que ir a la comisaría a sacar de los calabozos a su hermano menor, activista, detenido por pintar un grafiti contestatario. Un padre parado vagabundea por toda Atenas hasta el puerto pidiendo dinero o comida para poder alimentar a su hambriento hijo. Una pareja espera desesperada a ser desahuciada de su piso, anunciado en una carta del banco, y ella lo consuela a él diciéndole que «algo va a pasar, ya lo verás».

Pero los relatos de Ikonomou no son solo literatura social, pues su lenguaje puede ser muy poético. Primero en el nivel de la frase, que a veces se alarga durante varias líneas como si fuera William Faulkner, autor con el que Ikonomou ha sido comparado, pero también en los fogonazos líricos que iluminan las lúgubres vidas narradas. Sin embargo, lo más poético de Algo va a pasar, ya lo verás son las imágenes construidas, terriblemente bellas y simbólicas. En uno de los cuentos, una pareja ha de abandonar la casa de la costa en la que viven porque el gobierno la derribará para construir una autopista; por eso los vecinos van cada noche a desmontar poco a poco la casa, piedra a piedra, ladrillo a ladrillo, que aprovecharán para otras cosas. La pareja, que todavía vive en la casa, no puede hacer nada más que mirar cómo todo se va desmoronando. ¿Hay una metáfora más política, devastadora y elegante de lo que le está pasando a Grecia (y a los demás PIIGS)?

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