1. Rynek Główny

La primera toma de contacto de Mateo con Cracovia fue olfativa (la estación de tren), a continuación visual (la pintura, la arquitectura) y después gustativa (la szarlotka). Pero en el primer paseo meridional guiado por su exmujer descubrió que lo auditivo sería otra forma de descubrir Polonia, porque todos los sentidos llevan a la narración, sobre todo si tienes una buena guía. Siguiendo el Camino real, la misma ruta que estamos recorriendo ahora nosotros, se detuvieron en el Rynek Główny o plaza mayor para escuchar al trompetista de la basílica de Santa María. Y mientras Mateo miraba embobado la más alta de las torres góticas de la iglesia, la novia le contaba la leyenda del «Hejnał Mariacki».

—Es una leyenda tan conocida que me da vergüenza volverla a contar, porque hasta el turista más despistado se la sabe —me dice Mateo mientras escuchamos la trompeta—. La acción se sitúa en algún momento del siglo XIII, el siglo de las invasiones mongolas. El vigía de la ciudad, apostado en una de las torres de la iglesia, avistó una horda de mongoles cerca de las murallas, así que ejecutó el hejnał o toque de trompeta para que se cerraran las puertas. Gracias a su buena vista y a su rápida reacción, Cracovia pudo repeler aquel ataque. Pero por desgracia el salvador no logró salvarse: una certera flecha mongola disparada extramuros atravesó la ciudad hasta atravesarle al trompetista la garganta, interrumpiendo la melodía que de ella estaba fluyendo. El «Hejnał Mariacki» que ahora escuchamos acaba abruptamente para recordar a aquel mártir anónimo. Y es tocado cada hora en punto cuatro veces, hacia los cuatro puntos cardinales, para que toda la ciudad haga memoria auditivamente.

El final del relato coincide con el fin del cuarto toque de trompeta: son las doce en punto del mediodía. Mientras los turistas aplauden y Mateo saluda al trompetista con el paraguas verde, miro hacia la calle Floriańska, por la que acabamos de pasar para llegar al Rynek, y a lo lejos veo la Puerta de San Florián y los restos de la muralla medieval. Aunque entonces la ciudad era muy diferente, calculo que la legendaria flecha mongola voló como mínimo 400 metros para clavarse en la garganta del trompetista. Imagino que en algún lugar de la actual República de Mongolia se cuenta una leyenda cuya acción se sitúa en algún momento del siglo XIII, el siglo de las invasiones a Europa, y está protagonizada por un hábil arquero, un soldado mongol con una visión de águila que donde ponía el ojo, ponía la flecha; gracias a este protofrancotirador cayeron cientos de ciudades europeas, porque él solito se cargaba a los centinelas, impidiendo que dieran la señal de alarma y evitaran la razia; pero un día el Guillermongol Tell se encontró con su némesis: un vigía polaco que veía tan bien como él y que lo descubrió antes de que disparara la legendaria flecha; mientras las puertas se cerraban y la ciudad se defendía de sus atacantes, los mongoles empezaron a retirarse, pero el arrogante arquero quiso saber si había hecho blanco: se quedó escuchando el toque de trompeta, que por fin quedó súbitamente interrumpido; cuando quiso escapar con sus camaradas, una flecha polaca disparada por un arquero mucho más mediocre que él, y para colmo por la espalda, interrumpió su vida.

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—No está mal tu versión mongola de la leyenda del hejnał. Podrías convertirla en un anuncio de gafas —me dice Mateo carcajeándose—. Pero no hay que pensar que las relaciones entre Cracovia y sus vecinos han sido todo el tiempo tan conflictivas como en la leyenda del trompetista: Polonia no siempre ha sido el patio trasero de los imperios. Si entráramos en la basílica de Santa María, veríamos que ahí están enterrados algunos extranjeros como Seweryn Boner, un importante banquero que, por cierto, todavía tiene su casa en el Rynek, o Paweł Kaufman, comerciante y dueño de una mina. Ambos vivieron en Cracovia durante el Siglo de Oro Polaco y los dos son de origen germánico. Por desgracia, no tenemos tiempo de ir a la iglesia, pero si lo hiciéramos podríamos contemplar el altar decorado por Veit Stoss, un importante escultor también alemán que vivió unos veinte años aquí, primero mientras trabajaba en el espectacular Retablo de Santa María y después, supongo, porque se enamoró de la ciudad, como nos pasa a muchos extranjeros.

Mateo me enseña el retablo gótico más grande del mundo, de trece por once metros, en la pantalla de su móvil: en el centro se ve a los doce apóstoles llorando la muerte de María, cuyo cadáver, abajo, están sujetando aquellos y cuyo espíritu, arriba, está ascendiendo a los cielos. El Retablo de Santa María de Veit Stoss fue financiado por los muchos burgueses alemanes que entonces vivían en Cracovia, me explica Mateo, y que solían frecuentar la basílica de Santa María, donde los sermones se hacían en su lengua, no en polaco, al menos hasta el siglo XVI. En aquella época, los alemanes eran la segunda comunidad más numerosa de Cracovia después de los polacos, aunque muchos terminaron por asimilarse y luego polonizarse. Y precisamente con el débil pretexto de su ascendencia alemana fortalecido por la pseudohistoriografía nazi, Adolf Hitler decidió «regermanizar» la ciudad cuando la invadió el 6 de septiembre de 1939.

—Para empezar el lavado de cara nazi, el Rynek Główny pasó a llamarse Adolf Hitler Platz. Y durante los 1.869 días que duró la ocupación no se escuchaba el «Hejnał Mariacki» desde la torre de la basílica sino la propaganda nacionalsocialista retransmitida por los altavoces instalados en este y otros puntos de Cracovia —continúa hablando Mateo—. Ojalá cuanto ha ocurrido aquí fuera solamente auditivo, pero en esta plaza han pasado muchas cosas y muchas gentes. De hecho, el Rynek Główny es el escenario de un famoso cuadro que recrea un importante acontecimiento del Siglo de Oro Polaco y que mi ex, tan didáctica y visual como siempre, me enseñó en nuestra primera caminata cracoviana. Además, esta obra maestra muestra también la relación de poder que en aquella época Polonia mantenía con Alemania, inversa a la dominación que sufriría cuando fue pintada a finales del siglo XIX y cuando a partir de 1939 los nazis la buscarían como locos por todo el territorio polaco. Su título es El homenaje prusiano y justamente presenta cómo el duque prusiano Alberto I, después de renunciar a su cargo como Gran Maestre de la Orden Teutónica y de convertirse al luteranismo, se somete al rey polaco Segismundo I el Viejo. Este cuadro simboliza otra victoria polaca sobre los alemanes, un éxito político acontecido cien años después de la victoria en 1410 de La batalla de Grunwald, y las dos pinturas comparten autor: el incombustible Jan Matejko. Además, ambos cuadros coparon los primeros puestos de la lista de obras polacas más buscadas por los nazis, porque para Hitler y Goebbels era prioritario expoliar cuanto contradijese la simplista versión nazi de la historia. Pero no lograron encontrar ni La batalla de Grunwald ni El homenaje prusiano. En cambio, sí robaron de esta basílica el Retablo de Santa María de Veit Stoss, más difícil de esconder que un lienzo y sin ningún trompetista que lo salvara, y se lo llevaron al III Reich. Según la lógica nazi, la obra maestra de un alemán en Cracovia tenía que estar en Alemania. Y de hecho fue recuperada en 1946 en los sótanos del castillo de Núremberg, salvada por los pelos de los mortíferos bombardeos aliados.

Ahora Mateo no me enseña en su móvil el retablo sino El homenaje prusiano, y en seguida detecto las características de un cuadro de Jan Matejko; quiero decir que es una pintura histórica que contiene una cantidad mareante de información: banderas, armas, escudos, capas, sombreros y otros complementos de la época llevados por muchos personajes, todos ellos enfrascados en quehaceres importantes y seguramente simbólicos. Estos duques, príncipes y otros nobles de dinastías europeas varias y estos obispos, castellanos, diplomáticos y demás vasallos se dividen en dos bandos: a la derecha del rey polaco está su séquito; a la izquierda tiene al duque prusiano, de rodillas y acompañado por los invitados extranjeros. Entre la marabunta, mis ojos no pueden evitar fijarse en lo más familiar. Sentado en las escaleras al lado del rey y ajeno a cuanto lo rodea, identifico al bueno de Stańczyk, el bufón de la corte, un personaje habitual en las pinturas de Matejko. Y también reconozco el decorado: en primer lugar, el Sukiennice o Lonja de paños, el edificio que si levanto los ojos del móvil encuentro frente a mí, en pleno centro del Rynek Główny, y al fondo del cuadro surgen las dos torres de la basílica de Santa María, que ahora no veo pero que debería seguir a mi espalda.

—Si tuviéramos tiempo, podríamos ir al Sukiennice y entrar en el museo de pintura polaca del siglo XIX, donde se encuentra el cuadro —me dice Mateo—. Cuando mi novia me llevó a ver El homenaje prusiano de verdad, me impresionaron sus proporciones pero sobre todo me dio vértigo estético-espacial, porque la obra y el espectador están físicamente en el escenario representado pictóricamente. Allí, el receptor puede verificar in situ que el referente más o menos coincide con el significante: observar El homenaje prusiano es una clase práctica de semiótica aplicada al arte. Entonces me sentí como el turista que mira un monumento y a la vez lo ve en la pantalla de su smartphone, pero ahora nosotros tendremos que conformarnos con haberlo visto solo en el móvil, porque llegamos tarde a nuestra cita —Mateo guarda el teléfono y señala el Sukiennice con el paraguas verde—. Venga, vamos para allá.

Empezamos a atravesar el Rynek Główny y dejamos atrás la basílica de Santa María, que efectivamente sigue en pie; pasamos a la derecha de la estatua de Adam Mickiewicz, un importante poeta polaco, contemporáneo de Matejko, pero Mateo ni la mira ni comenta que el monumento también fue destruido por los nazis; seguimos recto hacia el Sukiennice, que cruzamos sin entrar en el museo de arte del siglo XIX ni fijarnos en las tiendas de souvenirs que hogaño ocupan el pasillo interior de la Lonja de los paños, símbolo del poderío económico de antaño; finalmente salimos al otro lado del Rynek, Mateo continúa avanzando y se detiene junto a un grupo de turistas, levanta el paraguas verde, pero no lo abre, y se pone a charlar con ellos en español. Están entre la torre del antiguo ayuntamiento y la Cabeza, una escultura de bronce gigante de una cabeza que sirve de punto de encuentro para los cracovianos y es fotografiada por los turistas. Yo me quedo un poco apartado, y bastante desconcertado, mientras Mateo les pregunta por qué han venido justamente a Cracovia.

—Pues para qué engañarnos: nosotros hemos venido a follar, ¡ja, ja, ja! —grita un chico, pero se ríen al mismo tiempo otros tres, así que deduzco que viajan en manada—. Es que hemos oído que las polacas son muy fáciles y están muy buenas, bueno eso ya lo hemos visto nosotros, ¡ja, ja, ja!, ahora nos toca probar la mercancía, a ver si se dejan, ¡ja, ja, ja!

Cuando las risas de los cuatro mandriles se apagan, se hace un silencio incómodo, que por fin rompe una chica:

—Pobres polacas…. En fin, nosotras dos somos estudiantes de Erasmus y hemos elegido Cracovia porque es muy barata, tiene mucha vida nocturna y además queremos hablar en inglés. Hoy hace un calor que te cagas en las bragas, pero en invierno espero que no haga mucho frío.

Ahora le toca a un señor, portavoz de tres parejas sexagenarias:

—Pues nosotros hemos venido tras las huellas de Juan Pablo II y de otros bienaventurados, porque Cracovia es la ciudad de los santos. Nos habría gustado visitarla hace dos años, cuando se celebró lo de la Jornada Mundial de la Juventud, pero ya no somos tan jóvenes, je, je, je, así que mandamos a nuestros nietos de representantes. ¡Cómo se lo pasaron!

Mientras siguen hablando, se me ocurre que estas veintipocas personas son una muestra representativa del turismo que recibe Cracovia: turismo sexual, turismo religioso, turismo fiestero, turismo estudiantil; solo falta un subtipo: el turismo de despedidas de soltero, que no suele estar muy interesado en hacer tours, por muy gratis que sean, ni en conocer la cultura del escenario de sus correrías. Cuando llega mi turno en la ronda de saludos, Mateo me echa una mirada que, deduzco, significa «sígueme el juego y contesta, anda». Les explico a los demás turistas que yo estaré unos días en Cracovia porque me interesa mucho la cultura polaca y en concreto porque me encanta su arte, especialmente las obras de Jan Matejko, pero como parece que nadie me cree, añado que también vine porque es una ciudad muy barata para salir de fiesta.

De repente alguien le coge el paraguas verde a Mateo y le da un abrazo y las gracias. Cuando se separan, reconozco a Jairo Galvis, un guía turístico y profesor de español al que conocí en una academia de lenguas. Antes de que Jairo les diga nada a los turistas, tan confusos como yo, Mateo nos cuenta que vino a Cracovia en 2004 porque su novia era de aquí, pero que vivían en Londres y hasta más tarde no se mudaron definitivamente a Polonia, aunque no dice nada del divorcio. Ahora habla Jairo y al final resulta que el paraguas verde no era ni una excentricidad ni un exceso de precaución ni una sombrilla sino un micrófono:

—Buenos días a todos y todas. Mi nombre es Jairo Galvis y soy de Bogotá, Colombia, pero ya tengo un tiempo acá, en Cracovia, adonde vine por amor —sonríe y muestra un anillo en la mano izquierda—. En primer lugar les pido perdón por mi demora, pero tuve una urgencia doméstica. Como mi buen amigo Mateo también era guía turístico, y de los mejores, le dije que viniera al Rynek Główny a las doce para reunirse con ustedes y hacerles compañía hasta que yo los pudiera alcanzar. Por suerte, terminaron de repararme la lavadora antes de que Mateo empezara el free walking tour de hoy, porque si no de pronto no aceptarían tan gratamente el cambio de guía.

»Como ustedes ya saben, los tours gratuitos son gratuitos pero funcionan con propinas: si disfrutan de mis entretenidas historias, de mis valiosos consejos y de mi pintoresca ruta por la bella ciudad de Cracovia, si resuelvo adecuadamente las dudas que tengan, al final pueden darme lo que ustedes consideren que vale mi trabajo. Les acepto eslotis o euros, no soy escrupuloso, incluso agradezco que me inviten a un chupito de vodka o un arenque polaco, pero no se puede pagar con tarjeta de crédito. Sin embargo, si no les gusta el tour o si no les importa que yo pudiera morirme de hambre en un país ajeno, frío y lejano, ustedes tienen la libertad, y la responsabilidad, de no darme propina.

»De hecho, se me acaba de ocurrir que, para compensarles por mi retraso, les propongo hacer una apuesta: si alguno de ustedes contesta correctamente la siguiente pregunta, les haré el tour totalmente gratis, sin propinas ni arenques ni nada. Se trata de una pregunta muy pertinente para nuestra ruta por Cracovia, porque está relacionada con los inicios de la ciudad. No les voy a preguntar en qué año se fundó Cracovia, no se preocupen, esto se lo voy a decir yo después. Entonces, ¿aceptan la apuesta? Si aciertan, el tour será gratis, gratis. Si no, será un free walking tour.

Las cabezas de los turistas, y también la mía y la de Mateo, hacen arriba y abajo que sí.

—Muy bien, yo ya sabía que ustedes vinieron a Cracovia a jugar. Entonces, acá tienen la pregunta en cuestión que si responden adecuadamente les abaratará el tour sin menoscabo de sus conciencias. ¿Preparados? Entonces, ¿de dónde era el comerciante judío que viajó por Europa en la segunda mitad del siglo X y que al regresar a casa escribió un informe donde consta por primera vez en la historia el nombre de la ciudad de Cracovia? Repito: ¿cuál es la nacionalidad del primer hombre que dejó constancia escrita de Cracovia? Piénselo bien, reflexionen, porque la respuesta les puede salir barata. No pueden consultar el móvil, obvio. Y les voy a dar una pista: en aquella época, Cracovia era parte del Ducado de Bohemia. ¿No los ayuda mucho? Pues ahí va otra: el primer hombre que escribió la palabra Cracovia no era polaco. Piensen, piensen, tienen cinco oportunidades.

Sin pensarlo demasiado, un turista levanta la mano y dice que la nacionalidad del primero que escribió Cracovia era alemana. Jairo le contesta que no era alemán ni austríaco ni prusiano ni teutón y una chica dice que el comerciante era francés. Jairo le responde que tampoco era francés ni franco ni bretón ni belga y un señor dice que el viajero era ruso. Jairo hace que no con la cabeza y una señora suelta que era sueco. Jairo mueve el paraguas verde de izquierda a derecha y, después de unos cuantos murmullos turísticos, otro grita que seguro que era checo.

—Señores y señoras, lo lamento con toda mi alma pero no acertaron —les responde Jairo sonriente—. Quien por primera vez en la historia se refirió a Cracovia por escrito se llamaba Ibrahim ibn Ya’qub y tenía la misma nacionalidad que la mayoría de ustedes: era español. Bueno, en el siglo X no existía España, así que en realidad el bueno de Ibrahim era omeya, del Califato de Córdoba, aunque nació en Tortosa, en la actual Cataluña, vivía en Córdoba y era de religión judía. Pero de bueno no tenía nada, porque su viaje por Europa tenía como finalidad comerciar con esclavos. Sea como sea, el interés de Ya’qub por Cracovia nos indica que esta ciudad ya era entonces un centro internacional de comercio, y lo seguiría siendo durante mucho tiempo. El espectacular edificio renacentista que tienen a sus espaldas, el Sukiennice o Lonja de los paños, exterioriza el esplendor comercial de la ciudad, mientras que en su interior se vendían productos importados de Oriente, como seda, cuero y otro paños, de ahí su nombre.

»En fin, vamos a empezar este free walking tour poniéndonos en movimiento: dirijámonos al otro lado del Rynek Główny o plaza mayor de Cracovia, donde vamos a hablar de la fundación de la ciudad y de la construcción de esta plaza, van a escuchar la canción con la que un valiente salvó Cracovia de una invasión y van a pasear por el mismo Camino real por el que desfilaban los reyes polacos. Vamos a hacer una primera parada en la entrada del Sukiennice, donde vamos a fijarnos en los bonitos capiteles que decoran sus columnas. Los capiteles que tienen caras humanas fueron diseñados por Jan Matejko, un importante pintor polaco del que más tarde les voy a volver a hablar.

El guía colombiano se aleja hacia el Sukiennice con su rebaño y su paraguas. Mientras tanto, Mateo me explica que, cuando se conocieron trabajando en una agencia turística, lo que más le sorprendió de Jairo fue su conexión musical con Polonia. A diferencia de la mayoría de extranjeros que terminan viviendo aquí, Jairo ya conocía la cultura polaca antes de sumergirse físicamente en ella y antes de encontrarse con algún polaco o polaca. Años ha, en algún mercadillo o tienda bogotana, vio un vinilo de Dezerter cuyo título le llamó la atención: Wszyscy przeciwko wszystkim. ¿Qué era aquel idioma del demonio? ¿Cómo se pronunciaba aquella ensalada de consonantes? Lo compró pensando que sería música satánica, pero al escucharlo en casa descubrió que se trataba de punk de Polonia, un país que tuvo que buscar en el mapa y en el que al parecer se hablaba y cantaba en un idioma del que no comprendía nada. Sin embargo, el significado de la palabra Dezerter le gustó (desertor y no desierto o postre, como había pensado al principio), la arrolladora energía de sus canciones lo cautivó (sobre todo «Sen») y la traducción del diabólico título del álbum, que además de poderse pronunciar significaba algo (Todos contra todos), acabó de convencerlo. Siguió comprando discos de punk y luego algo de folk polaco, y así fue aprendiendo ciertas palabras en aquella extraña lengua eslava, sobre todo palabrotas: kurwa, chuj, spierdalaj. Cuando conoció a una polaca que vivía en Latinoamérica, por fin pudo utilizar lo aprendido y cantarle lo escuchado. Y cuando llegaron a Cracovia, pudo reconocer en las calles de la ciudad algunas palabras que entendía, por ejemplo plac Wszystkich świętych, otro reto para la pronunciación que significa la plaza de Todos los santos.

Nosotros hemos dejado atrás la cabeza de bronce y ahora nos paramos delante de Empik, según dicen la librería más antigua de Europa. Cuando la visitó el escritor mexicano Carlos Fuentes, afirmó que era «la catedral de los libros», pero hoy en día basta asomarse al escaparate para descubrir «el McDonald’s de las librerías»: Empik es una cadena polaca que vende música, películas, software, productos de papelería y también libros. Hasta hace unos años, Empik tenía un céntrico local en el otro lado del Rynek, junto a la basílica de Santa María, pero se lo arrebató otra cadena, Zara; a mí me gusta pensar que cuando en 2017 Empik abrió aquí otra de sus tiendas, se quiso vengar de Zara, aunque esta librería es mucho más pequeña que la anterior. Como siempre sucede en las guerras comerciales, los clientes salen ganando pero los lectores pierden. Y antes de esta joven sucursal de Empik aquí había otra librería, la librería Matras, concretamente desde 1998, tal como recuerda una inscripción en mármol al lado del escaparate, y desde 1875 había sido la librería Gebethner i Spółka, pero fue Franciszek Jakub Mercenich quien fundó la primera encarnación de la librería en 1610.

—Este nombre es la versión polonizada de Franz Jacob Mertzenich —me explica Mateo—. Era un mercader alemán, de Colonia, que se estableció en Cracovia y ejerció como librero hasta el día de su muerte, solo tres años después. Y aparte de librerías, retablos, bancos y otros negocios, los alemanes también dejaron su huella en la ciudad trayendo la imprenta: la revolución de Gutenberg se expandió rápidamente por Cracovia, en concreto en los alrededores del Rynek. De hecho, en el museo de la Universidad Jaguelónica se puede ver el último ejemplar conservado de la primera impresión realizada en toda Polonia: el Calendario cracoviano, un almanaque impreso en 1473 por Kasper Straube, un impresor bávaro instalado durante unos años en la ciudad. Está en latín, que entonces seguía siendo la lengua culta ecuménica, pero unos años después otro impresor alemán asentado en Cracovia, Johann Haller, publicó el primer libro en polaco, la lengua vernácula local: la Historia del martirio de nuestro Señor Jesucristo, de 1508. Y un poco más tarde se produjo una revolución análoga en Kazimierz, el actual barrio judío: en 1534 los hermanos Halicz decidieron imprimir los primeros textos en yidis. Era la lengua popular de los judíos centroeuropeos, mezcla de alemán y hebreo y generalmente relegada al ámbito privado, laico o popular, mientras que la lengua santa tenía fines religiosos. No obstante, en Kazimierz el yidis era la lengua cotidiana, mucho más común que el polaco o el hebreo.

A falta de paraguas verde, Mateo me señala con el dedo la calle Świętej Anny, parte de la ordenada telaraña que conforma el Stare miasto. Le indico que en esa dirección saldremos del Rynek y nos apartaremos del Camino real, que continúa hacia el sur, pero Mateo se encoge de hombros, como queriendo decir que los monarcas polacos sabrán perdonar nuestra desviación, y empieza a caminar. Solo habla para recordarme que esta calle se llama Santa Ana porque, cómo no, al final hay una iglesia homónima, pero su primer nombre fue ulica Żydowska, es decir la calle judía o de los judíos, que vivieron aquí mucho tiempo, aunque ya no queda ningún rastro ni recuerdo de su estancia. Cuando el comerciante judío Ibrahim ibn Ja’qub visitó y mencionó la ciudad en el siglo X, todavía no había judíos establecidos en Cracovia, aunque sí en otros lugares de Polonia como la capital, Gniezno. Por eso el tercer cuadro de la Historia de la civilización en Polonia, la serie histórica de Jan Matejko, se titula La adopción de los judíos (1096) y muestra su llegada a Polonia y la amable acogida que les brinda el rey; Matejko le puso mucha imaginación, porque no está demostrado que el año 1096 sucediera nada especial, pero está claro que la pintura transmite la apertura religiosa de la monarquía polaca. Y a partir del siglo XI irían llegando los judíos también a Cracovia, muchas veces desde tierras germanas y otras desde territorio ucraniano, se instalarían en los alrededores del castillo de Wawel y, con el paso de los años, formarían una importante comunidad: la más numerosa minoría de Cracovia. Y mientras en Europa reinaba el antisemitismo azuzado por las cruzadas y los judíos eran expulsados de muchos países, el Reino de Polonia iba a contrapelo: los judíos eran recibidos con los brazos abiertos, puesto que la polaca era una de las sociedades más tolerantes de la época —se componía de ciudadanos polacos, ucranianos, alemanes, lituanos, etc.— y sus reyes necesitaban súbditos que reemplazaran las pérdidas humanas de las invasiones mongolas e impulsaran la economía. Así, poco a poco, el patio trasero de los imperios fue convirtiéndose en el paraíso de los judíos.

—Pero la Polonia medieval tampoco era la tierra de leche y miel —me corrige Mateo—. El siglo XV en esta calle, que entonces todavía era la calle de los judíos, ejemplifica que no todo era bonanza y tolerancia en el paraíso. En 1407 tuvo lugar el primer pogromo de Cracovia, desencadenado por una denuncia tan falsa y vergonzosa como vieja y recurrente: se dijo que los judíos secuestraban a niños cristianos, a quienes les chupaban su valiosa sangre para, entre otras aplicaciones, hacer pan ácimo. Este peligroso disparate, el llamado «libelo de sangre», se usaba y se sigue usando en el siglo XXI como burdo argumento antisemita o como mala excusa para desatar la violencia contra los judíos. Y Cracovia, el paraíso de los judíos y la ciudad de los santos, no fue una excepción. Mientras que la corona aceptaba y protegía a sus súbditos judíos, el poder eclesiástico solía ser más bien intolerante, cuando no abiertamente antisemita. Y muchos estudiantes de Cracovia amenazaban o atacaban a sus vecinos judíos para obtener de ellos buenos préstamos, porque aquí también estaba y sigue estando la Universidad Jaguelónica. De hecho, en 1469 se desahució a los judíos de la calle de los judíos para construir un nuevo edificio universitario. Entonces se trasladaron unas calles más al norte, pero los problemas los siguieron, como siempre: los comerciantes cristianos de Cracovia continuaron acusando a los judíos de competencia desleal, hasta terminar logrando que se les prohibiera negociar en casi todos los sectores. Y cuando en 1494 San Florián no evitó un incendio en una casa judía, que luego se propagó a la vivienda de su vecino cristiano, hubo de nuevo altercados, por lo que se decidió volver a expulsar a los judíos, no de una calle sino de la ciudad y esta vez para siempre. Fue así como se mudaron todos al pueblo vecino de Kazimierz, donde ya existía una comunidad judía. Bueno, ya hemos llegado.

Estamos delante del Collegium Maius, una de las muchas sedes de la Universidad Jaguelónica, diseminada por toda Cracovia, aunque esta es la zona universitaria por antonomasia. Le pregunto a Mateo si será este el edificio que propició la expulsión de los judíos de su calle, la actual calle Świętej Anny, que nosotros hemos dejado para girar a la izquierda por la calle Jagellońska. En vez de contestarme, entra en el Collegium Maius por un breve pasaje que conduce a un patio interior. Dentro, mira el móvil y vuelve a hablar:

—Para variar, no tenemos tiempo de ir al museo de la universidad, porque vamos un poco tarde. Además de algunos cuadros del omnipresente Jan Matejko, en el museo hay una habitación dedicada a uno de los alemanes más ilustres de Cracovia: Nicolás Copérnico. No se sabe mucho de su estancia en la ciudad, pero sí que estudió en la Universidad Jaguelónica entre 1491 y 1494, por lo que probablemente fue testigo del éxodo judío a Kazimierz. ¿Qué opinión le merecería? Venga, silencio, que empieza.

Un grupo de turistas se ha concentrado en el patio interior del Collegium Maius y ahora todos miran arriba: no el cielo azul sino la pared del primer piso, donde hay un reloj que parece muy antiguo. A la una en punto empieza a sonar el himno universitario más universal, el «Gaudeamus igitur», y yo balbuceo en latín los dos primeros versos: «Alegrémonos pues, / mientras seamos jóvenes»; son los únicos que he logrado aprenderme de memoria, quizás porque lo que dicen los siguientes no me gusta tanto. Cuando termina el «Gaudeamus» se abren las dos puertecitas bajo el reloj y sale una comitiva de figuritas, también antiguas. Entonces suena otra canción que no identifico, pero Mateo me susurra que es de Jan de Lublin, un compositor polaco medieval, y a continuación va desgranando el nombre de los personajes que aparecen: encabezando la marcha está el bedel de la universidad, con dos cetros o candeleros; va seguido de la reina Jadwiga, la primera mujer monarca de Polonia, que además financió la Universidad Jaguelónica, en bancarrota, vendiendo sus propias joyas; después viene su esposo, el rey Vladislao II Jagellón, cuya estatua protagoniza el monumento de la batalla de Grunwald que hemos visto antes; luego sale llevando un libro Jan Kanty, un santo, teólogo, sacerdote, peregrino, profesor y patrón de los estudiantes; en seguida se ve a Hugo Kołłątaj, también sacerdote, activista, pedagogo y representante de la Ilustración polaca; cierra la comitiva la figura de otro sacerdote, Estanislao de Skarbimierz, rector de la Universidad Jaguelónica y autor de unos sermones que estimularon las guerras entre Polonia y la Orden Teutónica en las que combatió la tercera figurita.

La comitiva sale por una puerta y entra por la otra sucesivamente, girando lentamente como un carrusel de juguete, mientras sigue sonando la música. El desfile musicado es bastante cutre, pero los turistas que nos rodean aplauden encantados: el gusto suele bloquearse frente a lo antiguo, admirado sin concesiones. Al acabar, los turistas se han ido yendo y Mateo, solo en medio del patio interior, también parece bloqueado, con los ojos aún en el reloj. Le doy un codazo amistoso y, aún absorto, me dice que tantas canciones le están trayendo muchos recuerdos. Desde su primer paseo por Cracovia en 2004, me cuenta, ha escuchado miles de veces el patriótico «Hejnał Mariacki» y las canciones del reloj del Collegium Maius, unas decenas. Los cuadros de Matejko, los monumentos, las calles y las iglesias le evocan la historia de Polonia y los buenos momentos pasados con su ex en aquellas primeras visitas a Cracovia; las muchas szarlotkas que se echa al coleto cada semana le hablan de la Chocha, además de ensancharle el flotador; la tufarada de los vagabundos cracovianos le echa para atrás, también en el tiempo, hasta su primera llegada a la ciudad; pero las canciones le traen otros recuerdos, más personales, no siempre agradables, porque la universidad fue uno de los campos de batalla de Mateo y su esposa.

—Bueno, ya basta de melancolías. Vámonos de aquí —dice como despertando de golpe—. Tenemos que volver al Camino real. Y a este ritmo llegaremos tarde a la casa de mi exsuegra.

 

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