1. Salir de la plaza de la estación

Son las diez de la mañana y estoy delante de la estación de tren de Cracovia, la ciudad donde hace seis años que vivo. Mirando arriba recuerdo con claridad el cielo matutino del 14 de septiembre de 2012, el día que llegué a Cracovia: gris oscuro casi negro, entre otoñal e invernal, más agorero que acogedor. En cambio, el cielo de hoy es azul, soleado y hospitalario. Entre aquel cielo de septiembre y este cielo de septiembre ha habido muchos diferentes, quizás demasiados, tantos que me parecen todos iguales.

Pero todavía no me marcho de Cracovia, tampoco tengo que coger ningún tren ni estoy esperando una visita. Si estoy frente a la estación es porque he quedado con mi amigo Mateo, Mateo González, que me ha citado aquí y ya llega tarde. Como se conoce la ciudad como la palma de la mano, me dará un paseo por Cracovia. Ver algo habitual de la mano de otro deshabitúa la vista: la mirada, automatizada tras tantos años, pasará a modo manual. Y mis ojos necesitan salir de la rutina, ver en el cielo de otro otro cielo, por eso le pedí a Mateo que me paseara por su Cracovia. Y de su mano mi mano escribirá esta crónica.

Sin embargo, el paseo no puede empezar todavía porque Mateo no ha llegado a la plaza de la estación. Desde que nos conocimos hace años en una escuela de idiomas de Cracovia, su falta de puntualidad es su punto débil: Mateo es impuntual dentro y fuera de la clase, como profesor y como amigo. Pero como quiero dejarme llevar por su mano para ver su ciudad, me relajo y decido esperarlo a la sombra de la Galeria Krakowska, un centro comercial que, cuando menos, me ofrece protección de este sol mordaz. Sus ventanales espejean, ampliando aún más el vasto cielo azul, tan despejado como el de una ciudad del sur de Europa: si alguien viene a Cracovia en verano para escapar del calor, se equivoca. Aquí las temperaturas veraniegas pueden superar los 30 ºC incluso en septiembre, aunque de noche suelen bajar, porque al fin y al cabo Cracovia está situada en un valle de los Cárpatos por el que pasa el río Vístula, que atraviesa y atempera la ciudad.

Pero ahora hace un calor lacerante, extremado por la enorme planicie de cemento de la plaza donde me encuentro, la fea plaza de Jan Nowak-Jeziorański, que, según me indica la Wikipedia, recibe su nombre de un polaco nacido en Berlín, un militar de la resistencia contra los nazis, político del gobierno de Polonia en el exilio, locutor de la Radio Free Europe, consejero de varios presidentes de Estados Unidos y, de nuevo en territorio polaco, comentarista de radio, presentador de televisión y escritor. Dejo el móvil con la biografía de Jan Nowak, una historia mínima de la Polonia del siglo XX, y reparto mi atención entre los cientos de vectores yendo o viniendo del centro comercial, la estación de tren o el centro de la ciudad: turistas arrastrando lentamente la maleta, trabajadores avanzándolos con prisa y desdén, clientes ansiosos por comprar, paseantes despistados. Estos últimos no son muchos, porque en esta plaza no hay mucho que ver: para un recién llegado, Cracovia parece una ciudad europea cualquiera, tan gris o aburrida como otras, con su centro comercial de cabecera. No entiendo por qué Mateo me ha citado justo aquí, en este espacio tan refractario al paseo. Porque para Mateo flanear es pensar en red, aunque él, más castizo, diría que pasear es irse por los cerros de Úbeda. Como he tenido la suerte de comprobar muchas veces, las ideas se le desatrancan paso a paso, el discurso se le va escindiendo como las calles que recorre y a cada esquina le sigue una nueva digresión. Y en la átona plaza de Jan Nowak solo hay lugar para la línea recta del pensamiento único.

—Pero qué puntual eres —me giro y, claro, es Mateo—. Venga, vamos a empezar el primer paseo. Te pasearé por Cracovia tres veces, y cada uno de estos tres paseos se corresponderá con una de mis tres etapas de mi vida en Cracovia. Por cierto, ¿qué te parece si llamas a esta crónica Mateoguía? Porque el mérito será del guía, o sea mío. Bueno, bueno, haz lo que quieras, al fin y al cabo tú la escribirás: yo solo camino y hablo —Mateo carraspea artificialmente y a continuación la voz le sale muy teatral—. Háblame, pues, musa, de Mateo, el hombre de múltiples tretas que por muy largo tiempo anduvo errante y vio la ciudad de Cracovia y conoció el modo de pensar de sus gentes.

Se hace un silencio incómodo, que Mateo rompe con una carcajada.

—Bueno, como decía, aquí, precisamente en la plaza de la estación, comienza nuestro primer paseo por Cracovia porque esto fue lo primero que vi de la ciudad. Yo no vine desde Madrid sino desde Londres, donde vivía a finales de 2004. Cuando llegué, Polonia acababa de entrar en la Unión Europea junto a Eslovaquia, Lituania, Hungría y otros países, así que la ciudad estaba en plena fiebre de renovación. Como todavía no era tan atractiva ni conocida como lo es ahora, quienes entonces llegábamos a Cracovia veníamos sobre todo por amor. Yo salía con una chica polaca a la que conocí en la capital de España, pero por diversos motivos nos trasladamos a la del Reino Unido. Y cuando ya llevábamos unos meses juntos, me convenció para que fuéramos a pasar unos días a Cracovia, su ciudad natal. La atractiva propuesta escondía, sin embargo, un caballo de Troya: en Cracovia también vivía su madre, la que luego sería mi suegra. Yo he cambiado mucho desde 2004: me casé con aquella chica polaca, nos mudamos a Cracovia y más tarde nos divorciamos. Sigo viviendo aquí, pero la ciudad ha cambiado también: sin ir más lejos, esta plaza que ahora se llama Jan Nowak-Jeziorański antes era el Plac Kolejowy, o sea la «plaza del ferrocarril», y su superficie era toda de piedra, no de cemento.

—Y la Galeria Krakowska todavía no existía —añado yo, para que el monólogo sea un poco diálogo.

—Sí, la Galeria llegaría un par de años después de mi primera visita, pero entonces ya estaban empezando las obras. También han cambiado de lugar la estación de tren: ahora es subterránea pero antes estaba en este edificio grande y señorial del siglo XIX, un buen ejemplo de arquitectura neorrenacentista. Aún recuerdo que la primera sensación que tuve al salir del tren, antes de poder ver la ciudad, fue olfativa: Cracovia apestaba a humanidad, es decir, a sobaco y a alcohol. En seguida vi que dentro de la estación antigua había un montón de vagabundos, borrachos y harapientos, algunos aún durmiendo y otros ya despertando, porque llegamos por la mañana, una mañana como la de hoy pero de hace catorce años. Mi novia tiró de mí, absorto en la contemplación de aquella escena costumbrista a la que todavía no estaba acostumbrado, y salimos a esta plaza. Hoy en día el viejo edificio de la estación está cerrado y los sin techo tampoco pueden estar ni en la nueva estación subterránea ni en el moderno centro comercial, lugares llenos de gente con hogar y dinero pero sin hedor. Las autoridades expulsan a los indeseables y en la plaza de Jan Nowak solo hay unos bancos de cemento donde no se tumbaría ni un muerto ni un turista. Digo yo que podrían hospedarlos en la antigua estación, que parece poco utilizada. En fin, ¿nos ponemos en marcha?

Asiento y, conforme avanzamos, observo nuestros reflejos andantes en la fachada acristalada de la Galeria Krakowsa: uno al lado del otro nos parecemos bastante, aunque Mateo, nacido en Madrid cuando la dictadura de Franco llegaba a su fin, tiene unos cuantos años más que yo. Es algo así como mi hermano mayor adoptivo, pero también un hermano mayor extravagante: hoy, por ejemplo, lleva un paraguas. El clima cracoviano puede ser muy inestable, especialmente durante el verano, época de lluvias, pero el azul del cielo no parece indicar que esta mañana Mateo vaya a necesitar su paraguas, de color verde. No tengo tiempo de decidir si se trata de una excentricidad, un exceso de precaución o una sombrilla, porque en seguida el paraguas verde me señala adónde vamos: no al centro de la ciudad, donde están todos los monumentos y edificios pintorescos, sino hacia el oeste. Mateo me dice que crucemos por el paso de peatones, no vayan a ponernos una multa como a dos turistas recién llegados.

—En mi primera etapa cracoviana no me multaron nunca, porque siempre iba con mi exmujer, entonces solo novia, y ella me dirigía por la ciudad cual perro faldero. Vivíamos en Londres, así que solo veníamos a Cracovia de vez en cuando para visitar a su madre, y nunca nos quedábamos más que unos días. En este primer paseo te hablaré de mis primeras estancias en Cracovia porque entonces yo también estaba teniendo mi primer contacto con la ciudad y la cultura polaca. Era un perro faldero fuera de casa, o sea un turista.

Mientras me hablaba, hemos enfilado la calle Pawia hacia el norte, dejando la Galeria Krakowska a la derecha y al otro lado un aparcamiento, un hotel y unos apartamentos; después hemos girado a la izquierda por la primera calle, en cuya esquina hay unos informativos testigos de Jehová, y ahora nos estamos dirigiendo en silencio hacia la plaza de Jan Matejko. Antes de llegar y que Mateo vuelva a hablar, barrunto que nuestra destinación es la basílica de San Florián, un importante edificio en la historia de Cracovia y, por ello, una probable parada en nuestro paseo. No en vano Cracovia es llamada «la ciudad de los santos»: además de Florián y Juan Pablo II, son muchos los santos y santas unidos a Cracovia. En concreto, San Florián fue un mártir romano del siglo IV —asesinado por cristiano— cuyas reliquias fueron trasladadas en 1184 de Roma a Cracovia: la ciudad necesitaba capital religioso para reafirmarse como capital de Polonia, ya que antes estaba en Gniezno, cuna de la cultura polaca. Dice la leyenda que las reliquias de San Florián se dirigían a Cracovia en un carruaje pero que antes de llegar a la entrada de lo que entonces era la ciudad, a unos trescientos metros de aquí, empezaron a pesar más y más, tanto que los bueyes de carga no podían moverlas y se negaban a avanzar. Se interpretó el repentino engordar de las reliquias como una señal divina, un milagro post mortem, así que decidieron construir fuera de Cracovia la iglesia de San Florián, que conservaría las valiosas reliquias del mártir, tan atractivas para ese prototurismo llamado peregrinaje. Yo prefiero pensar que eligieron este lugar por una mezcla de desidia y de pragmatismo que me parece muy polaca: si las reliquias pesan tanto, ¿para qué transportarlas más lejos? En cualquier caso, estoy bastante seguro de que cuando lleguemos a la basílica, Mateo me contará esta leyenda y añadirá que San Florián es el patrón de Cracovia, de Polonia, de otros sitios y de los bomberos, por lo que me adelanto a su discurso.

—Pues te equivocas, mi joven amigo —me corta Mateo con cierto paternalismo—. No estamos aquí por la basílica de San Florián ni por sus reliquias, que ahora se encuentran en el castillo de Wawel, por cierto, adonde iremos más tarde. Tampoco estamos aquí por Juan Pablo II, que fue vicario en esta iglesia cuando aún era solamente Karol Wojtyła, como indica este cartel gigantesco con su cara. Si hemos venido a la plaza de Jan Matejko es porque la mayoría de los viajeros que llegaban a la Cracovia medieval entraba a la ciudad por aquí. De hecho, hace 500 años esto aún no era Cracovia sino Kleparz, una de sus ciudades satélite. Pero también estamos aquí por la Chocha.

»La Chocha era la tía de mi novia y la llamábamos así porque en polaco ciocia significa tía, palabra que sigue haciéndome mucha gracia. La Chocha me saludó con un apretón de manos y me obligó a quitarme los zapatos para entrar en su casa, costumbres de las que yo ya estaba prevenido, y a renglón seguido me sirvió una tarta de manzana y un té negro que estaban de rechupete y que aquella primera mañana cracoviana de 2004 me sentaron fenomenal. No sé qué impresión le causé, pero ella a mí me pareció muy maja, quizás porque yo imaginaba que los polacos serían todos serios y antipáticos, mientras que la Chocha sonreía bastante, o quizás porque no entendía ni mu de cuanto me decía, pues yo en aquella época no hablaba casi nada de polaco y ella solo sabía algo de ruso y poco alemán. Lo que más me impresionó de su casa fue la foto enmarcada de Juan Pablo II que presidía el comedor, colgada justo encima de la tele, como en muchísimos hogares polacos. No dejé de mirar de reojo al sonriente papa mientras la Chocha y su sobrina se ponían al día y bromeaban a mi costa, especialmente cuando me sirvieron unas copitas de vodka e intentaron que dijera algo en polaco. No recuerdo de qué hablamos, solo sé que al salir de su casa ya había aprendido una nueva palabra polaca: szarlotka, que designa el pastel de manzanas del que acababa de zamparme unos cuantos pedazos.

Mateo se queda callado, como regodeándose en el recuerdo del pastel. Se me ocurre que quizás la imagen que conserva de la Chocha esté azucarada por las muchas szarlotkas que se comió en su casa: ya se sabe que la memoria es muy sinestética. Pero antes de que pueda comentarle nada, Mateo concluye que, después de la desastrada estación de tren, la entrañable Chocha mejoró considerablemente su primera impresión de la ciudad y le permitió coger fuerzas y valor para seguir cruzando Cracovia hacia la casa de su suegra.

—Venga, continuemos —me dice sonriendo—, que nosotros también vamos donde la casa de mi exsuegra.

 

 

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