1. Kazimierz

 

Hemos bajado la colina de Wawel dejando atrás el castillo y la catedral, destinos del Camino real, pero a Mateo y a mí todavía nos queda camino. Porque este paseo también es la ruta que siguieron Mateo y su ex en 2004, en su primera visita juntos a la ciudad, y luego otras veces, hasta que se establecieron aquí dejando atrás Londres. Su destino era la casa de su suegra y me temo que también el nuestro, pero yo quería ver una Cracovia nueva o ajena, la Cracovia de Mateo, así que no voy a quejarme.

Ahora estamos en la calle Stradomska, llamada así porque antes cruzaba Stradom, un pueblo satélite de la Cracovia medieval situado a los pies de la colina de Wawel, aunque hace ya mucho que Cracovia lo engulló, convirtiéndose en uno más de sus barrios. Stradomska es cortada al final por otra calle, Dietla, que no existía cuando esto aún era un pueblo, porque por aquí pasaba el Viejo Vístula, un brazo del río Vístula que hacía de frontera natural entre Stradom y Kazimierz, todavía más al sur. Si siguiéramos por Dietla hacia el este, encontraríamos la calle Starowiślna, que significa literalmente Viejo Vístula, puesto que el río hacía un meandro a la derecha para reincorporarse en el Vístula.

Sin embargo, vamos a Kazimierz, así que cuando se pone en verde empezamos a cruzar el largo paso de peatones de Dietla, pero el siguiente semáforo de la amplia calle nos recibe en rojo. Los coches, motos y tranvías circulan por delante y detrás de nosotros como fluía el curso del Viejo Vístula; si diéramos un paso en falso, esta corriente de doble sentido también nos arrastraría. Probablemente hace cinco siglos era más difícil entrar en Kazimierz: si uno venía del norte o del este, tenía que cruzar el Viejo Vístula, mientras que si se entraba por el sur o el oeste, había que atravesar el Vístula. El pueblo de Kazimierz, circunscrito por estos dos sinuosos ríos, era una isla fluvial. Me cuesta imaginar el barrio judío aislado de la ciudad, ya sea física o administrativamente, porque si Cracovia es el espíritu de Polonia, Kazimierz es el alma de Cracovia.

—En 2004, en mi primera visita, el barrio judío estaba en plena fiebre de renovación, tan enfebrecido o más que el resto de la ciudad —me dice Mateo, tirando de mi brazo para que acabemos de cruzar la calle Dietla—. Cuando Polonia dejaba de ser socialista, el ayuntamiento de Cracovia, que había dejado Kazimierz de la mano de Dios, dejó que la mano invisible del mercado actuara en el barrio. Agencias inmobiliarias y turísticas, asociaciones culturales, establecimientos hoteleros y restaurantes, comercios varios e inquilinos nuevos, jóvenes y cosmopolitas fueron ocupando el espacio, pero no se ocuparon mucho de él. De hecho, la historia de la gentrificación de Kazimierz tiene incluso un capítulo cinematográfico: en 1993 aquí se grabó La lista de Schindler, y su rodaje tuvo ciertos efectos en el barrio. Por un lado, contribuyó a regenerarlo y a darlo a conocer al mundo y, por otro, permitió a los mismos cracovianos conocer la historia de sus vecinos judíos. Aunque la película de Spielberg también generó un malentendido, porque el gueto de Cracovia no estaba situado en Kazimierz, donde se filmó, sino en Podgórze, el barrio al sur del Vístula donde vivía mi exsuegra; por eso los turistas cinematográficos pasean por Kazimierz en busca de los restos del gueto pero solo encuentran las localizaciones de la película, y a muchos estas les bastan; el celuloide precede al territorio, que diría un filósofo francés. En fin, debido a todo este proceso, en el Kazimierz de 2004 había vida cultural, nocturna y turística, pero las fachadas de los edificios estaban grisáceas y desconchadas, las aceras sucias y levantadas y el mobiliario urbano era escaso y viejo, como en el gueto recreado por Schindler. La decadencia cool es la marca Kazimierz.

—Pero ya hace unos años que el ayuntamiento de Cracovia se está esforzando por renovar el barrio —intervengo yo en su defensa—. Por ejemplo, se creó el Museo de la Fábrica de Schindler a raíz del éxito de la película. Y creo que últimamente las quejas de los vecinos están siendo por fin escuchadas: se están cambiando las aceras, reasfaltando las calles principales, arreglando las fachadas, etc.

Mateo reconoce que sí, que el barrio está cada vez más guapo, aunque añade que ahora la gente protesta porque Kazimierz está perdiendo su esencia decadente. Y, mientras tanto, los alquileres siguen subiendo y los vecinos, huyendo de ellos y de los turistas que invaden la zona. Pero en su primera caminata por Kazimierz Mateo no sabía nada de esto, porque él también era un turista y aquí su ex solo le habló de historia, aunque por una vez no era historia cristiana, y eso que fue en una iglesia del barrio donde descuartizaron a San Estanislao por orden de su rey. La historia que escuchó entonces era la de los judíos de Polonia (su llegada y amable acogida, la convivencia pacífica), la historia de los judíos de Cracovia (los primeros brotes de intolerancia, la expulsión de la ciudad) y la historia de los judíos de Kazimierz (la fundación del pueblo, el establecimiento aquí de los expulsados, la prosperidad que trajeron). Su ex le repitió que, a pesar de ser una isla, Kazimierz no fue nunca un gueto. Era un pueblo más, aunque mayoritariamente judío, con su propio gobierno, sus propias leyes y sus propias murallas, y los judíos entraban y salían sin problema, al menos los más ricos, me explica Mateo, porque la riqueza siempre les cierra las puertas a quienes no la poseen.

Como a cualquier español que visite por primera vez el barrio judío, a este madrileño que me está mostrando su Cracovia le sorprendió que las calles de Kazimierz fueran tan amplias y regulares, al menos en comparación con las intrincadas juderías de España. La respuesta la tenía, por supuesto, su guía, que le explicó que Kazimierz fue construido a imagen y semejanza de Cracovia, es decir, con una distribución más o menos reticular de sus arterias. La parte central del pueblo la ocupaban los judíos y las orillas del Vístula, los cristianos, pero como la población judía era cada vez más numerosa, la sinécdoque toponímica del barrio se acabó inclinando de su lado. En su paseo Mateo y su guía ignoraron los laterales de Kazimierz y se dirigieron, como nosotros, al centro neurálgico por la calle Miodowa, o de la miel, que solo se diferencia de las del Stare miasto por tener coches aparcados a ambos lados y estar asfaltada. Pero cuando a Miodowa le nace otra calle hacia la izquierda, se puede ver el primer rasgo distintivo de Kazimierz: la estrella de David que corona la sinagoga Tempel. Mateo se detiene, la señala y, sonriendo, empieza a hablar:

—En cuanto mi novia la vio, insufló un poco de arquitectura en su discurso. Me explicó que la sinagoga Tempel es una de las más modernas de Kazimierz: fue construida en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Cracovia era el patio trasero de Austria, y la diseñó un arquitecto austríaco hospedado aquí a imagen y semejanza del Leopoldstädter Tempel, una importante sinagoga de Viena destruida años después, pero también a imagen y semejanza del castillo de Wawel, porque en el interior hay una espectacular cúpula dorada como la capilla de Segismundo.

»La comunidad judía de la Sinagoga Tempel era reformista, una rama del judaísmo muy influenciada por la Haskalá, la llamada «Ilustración judía» que, además de adoptar muchos valores de la Ilustración cristiana, propugnaba la integración de los judíos en la sociedad, la enseñanza del hebreo en detrimento del yidis, considerado por Mendelssohn y demás reformadores una deformación del alemán, y el énfasis en la cultura secular judía, enfocada en su historia e identidad más que en su religión. Como el judaísmo no había tenido una oleada homogeneizadora análoga a la Contrarreforma, en Kazimierz convivían varias corrientes: reformistas, ortodoxos, jasídicos y otros. Así, los judíos ortodoxos, contrarios a la modernización de la Haskalá y al judaísmo reformista, repudiaban esta comunidad y por tanto no acudían a esta sinagoga sino a la suya, porque en Kazimierz había decenas —Mateo se da la vuelta y señala hacia el otro lado de la calle Miodowa—.

»De hecho, antes de llegar a la sinagoga Tempel hemos pasado delante de cuatro antiguas sinagogas sin que te dieras cuenta. Todas en la misma calle Miodowa. En la primera, en la esquina con la calle Bożego Ciała, ahora hay un restaurante abajo y un hotel arriba, ¿la ves? La segunda está justo al lado, en el número 13 de esta calle, y actualmente la ocupan un restaurante, un supermercado y varias viviendas. La tercera sinagoga de Miodowa estaba en el siguiente piso, hoy en día una ópera de cámara. La última se hallaba en la acera de enfrente, en el número 12, el edificio más gris, sucio y ajado de todos: la sinagoga se encontraba en la cuarta planta.

A ojos de cualquier extranjero, incluso a ojos de la mayoría de cracovianos, esos cuatro no se distinguen en nada de los demás edificios de Kazimierz, ni de las kamienice del centro de Cracovia; de hecho, a mí me ha llevado seis años descubrir que habían sido sinagogas. Empiezo a preguntarle a Mateo cómo lo sabe, si ningún rasgo externo revela la naturaleza originaria de los edificios, pero antes de terminar la frase ya sé la respuesta. Entonces me explica que cuando su novia estaba en el primer año de Bellas Artes, antes de pasarse a Historia del Arte, empezó un proyecto artístico con sus compañeros llamado Desygnagogues, que en español podría traducirse como Diseñagogas. Consistía en dibujar de la manera más realista posible una antigua sinagoga de Cracovia, por ejemplo la del número 15 de la calle Miodowa, tal y como era en sus orígenes, si existía algún documento gráfico que la recordara, o si no, inventándole alguna marca externa característica, como un ventanal con forma de estrella de David o alguna frase en hebreo en la fachada; a continuación, los artistas iban delante de la sinagoga, sujetaban el dibujo de modo que se ajustara exactamente con la realidad y sacaban una foto. Los verdaderos edificios y calles coincidían y a la vez contrastaban con el dibujo de la sinagoga. Finalmente, la foto revelada tenía que pegarse en el edificio diseñagogado, para que los transeúntes pudieran ver la intervención y sacaran sus propias conclusiones. El resultado, la serie Diseñagogas, era un híbrido de fotografía y dibujo, piedra y papel, presente y pasado, realidad e imaginación con una fuerte carga simbólica. No les dio a los autores fama alguna, en contra de lo que ellos habían barruntado, pero a cambio les permitió conocer el emplazamiento de muchas antiguas sinagogas de Cracovia.

—Cuando años después me hice guía —sigue Mateo—, solía decirles a los turistas que en Cracovia solo quedan siete sinagogas, porque son las únicas que conservan rasgos arquitectónicos que permiten identificarlas. Pero de las siete solo cuatro están todavía en activo, las demás tienen otros usos no religiosos. Y hay muchas más antiguas sinagogas, invisibles a ojos profanos como estas cuatro de la calle Miodowa. Hoy en día tienen funciones muy diferentes: una galería de arte, una editorial, una librería, un centro de cultura judía, una discoteca, una escuela de actores, una clínica privada, una sede regional de la sanidad pública, muchas viviendas particulares, etc. Aunque tengo muy presente a mi ex diciéndome de repente «mira, esto también era una sinagoga», yo ya no recuerdo dónde están todas. Pero se pueden consultar bases de datos que localizan estos y otros lugares relacionados con el judaísmo. Si te metes en la Wikipedia polaca, por ejemplo, hay una lista de antiguas sinagogas de la ciudad, muchas con su propia página, y en la mayoría se repite una frase lapidaria: «nada recuerda hoy en día su antigua función de sinagoga».

Mateo saca su móvil y entra en Virtual Shtetl, una web del Museo de Historia de los judíos polacos donde, entre otras funcionalidades, puedes examinar un mapa de Polonia que recuerda cementerios, museos, asociaciones culturales, sinagogas y otros espacios relacionados con la memoria histórica judía. Con el pulgar y el índice, amplía el área de Cracovia, en la que hay 345 puntos de interés, aumenta el zoom para acercarnos al sur de la ciudad y en el filtro lateral marca solamente las sinagogas: 24 en Kazimierz. Sin embargo, el mapa de Virtual Shtetl no las señala todas, me indica Mateo, por ejemplo estas cuatro antiguas sinagogas de la calle Miodowa no aparecen, pero la página de la Comunidad judía religiosa de Cracovia tiene una lista mucho más exhaustiva, aunque no interactiva.

Me pregunto en voz alta si el callejero de Cracovia no debería recordar también esos templos abandonados y olvidados pero aún en pie, como recuerda las iglesias desaparecidas en las plazas de Santa María Magdalena y Todos los santos o el desecado Viejo Vístula en la calle Starowiślna. ¿Por qué recordar un río o una iglesia católica y no una sinagoga? La calle Miodowa, por ejemplo, podría llamarse «calle de las Seis sinagogas», porque más adelante hay todavía otra, la sinagoga Kupa, esta todavía en pie y en activo, sede física de la Comunidad judía religiosa de Cracovia. Seis sinagogas en 150 metros, 40 sinagogas por kilómetro, tres sinagogas por minuto; récord pulverizado. Mateo se encoge de hombros y responde:

—La memoria es muy frágil, sobre todo la de los judíos polacos, casi totalmente aniquilados. Y muy selectiva, o más bien egoísta, por no decir algo peor: nadie quiere recordar al otro —Mateo hace una pausa contemplando la sinagoga Tempel—. Pero existió un Jan Matejko judío, un pintor que quiso retratar la realidad de los judíos polacos y reivindicar su identidad mixta: Maurycy Gottlieb. Nació a mediados del siglo XIX en Drohobych (una ciudad de la actual Ucrania que entonces tenía una población judía del 40%), en una familia integrada pero religiosa, rica y bilingüe (polaco y yidis), que le permitió asistir a sus primeras clases de arte, porque la modernización de la Haskalá había motivado la enseñanza del arte figurativo entre los judíos, relajando el aniconismo imperante. En 1873 continuó sus estudios artísticos en Cracovia, concretamente en la Academia de Bellas Artes, donde fue discípulo de Jan Matejko, que tuvo una gran influencia en su estilo y en su vida. Allí Gottlieb fue un pionero: durante más de 50 años de funcionamiento de la Academia, solo había habido 16 estudiantes judíos, él fue el número 17. Como su admirado maestro Matejko, Gottlieb quería dedicarse a la pintura histórica de temática polaca. Y para demostrar que era un judío bien integrado en la sociedad pintó un Autorretrato como noble polaco, donde aparecía disfrazado con la vestimenta tradicional de la aristocracia polaca, como el título indica. Pero su primera estancia en Cracovia no duró ni siquiera un año, por culpa del antisemitismo de algunos compañeros de la Academia. El caso de Gottlieb es un ejemplo más del mayor fracaso de la Haskalá, que a su vez prefigura el ocaso de la «civilizada Europa»: por mucho que los judíos quisieran integrarse en la sociedad, ciertos sectores no lo permitían, rechazándolos con menosprecio y violencia.

Ahora en el móvil se ve el Autorretrato como noble polaco, en el que un joven de pelo negro, rizado y corto, posando de frente, lleva una especie de boina o bonete y un cinturón, pero la imagen en blanco y negro no permite distinguir el resto de ropajes tradicionales. Mateo me explica que es una reproducción del original, seguramente destruido durante la Segunda Guerra Mundial, engrosando la larga lista del Muzeum Utracone o Museo Perdido. Pero sesenta años antes, Gottlieb ya había sufrido el antisemitismo, el de sus colegas de la Academia de Bellas Artes, por lo que se instaló en la moderna Viena para proseguir sus estudios. Y cuando en 1879 regresó a Cracovia, ya no quería ser otro Matejko, un pintor más de la historia de Polonia y de la identidad polaca. Gottlieb apostó por su identidad, la identidad judía polaca, y su maestro Matejko lo animó a realizar una serie de tres cuadros históricos análoga a su propia Historia de la civilización en Polonia pero basada en la figura de Casimiro III el Grande, el rey que más acogió y protegió a los judíos. Gottlieb no concluyó su proyecto, por desgracia, y no sé si es justo sacar conclusiones simbólicas de ello.

Sí completó Judíos rezando en la sinagoga en Yom Kippur, uno de sus cuadros más conocidos (ilustra la página de «Yom Kippur» de la Wikipedia, entre otros méritos). Es una obra bastante grande, de dos metros por dos y medio, pero no tanto como las enormes pinturas de Matejko y tampoco está tan abarrotada de gente. El estilo no es vigoroso y expresivo, como el de su maestro, más bien es manso: los contornos están definidos, las pinceladas son suaves y predominan los tonos pastel. Los personajes no son famosas e influyentes figuras históricas sino amigos, conocidos y otras personas cercanas a Gottlieb. Tampoco se representa ningún acontecimiento de la historia de Polonia sino de la intrahistoria de los judíos polacos: están celebrando el Yom Kippur en la sinagoga de Drohobych a la que asistían los Gottlieb. Pero más allá de la interpretación religiosa —durante el Yom Kippur se expresa el arrepentimiento—, es probable que se esté expresando un sentimiento más laico: la tristeza amorosa. El chico que, de pie, de blanco y desolado, preside la composición es el mismo Gottlieb, mientras que la chica de atrás a la izquierda, situada en el balcón de las mujeres, sujetando un libro de oraciones y mirándolo de reojo, es Laura, la prometida de Gottlieb. Un tiempo después de completar el cuadro, Laura rompería su compromiso, causándole al artista el dolor que antes se había pintado.

—Mi cuadro favorito de Gottlieb es igual de trágico pero mucho más pequeño —me explica Mateo—. Tanto que la primera vez que lo tuve delante de mí no lo vi: estaba en el museo de arte del siglo XIX del Sukiennice, justo al lado de El homenaje prusiano de Jan Matejko. Entonces yo era víctima del hechizo de Matejko, creía que sus pinturas eran la historia de Polonia, la única, total y verdadera historia, por lo que ignoré el resto de obras de la sala y los comentarios de mi ex sobre Gottlieb. Solo al pasear por Kazimierz, delante de la sinagoga Tempel, la escuché de verdad y entendí el valor del artista: así como Matejko condensó y preservó la historia, cultura e identidad polacas cuando el país no existía, Gottlieb hizo lo mismo con los judíos polacos, cuyo país tampoco existía y además estaban condenados a la invisibilidad del ostracismo ortodoxo o de la integración reformista. Y la síntesis de lo que logró Gottlieb está en el Autorretrato como Asuero, pintado en Viena en 1876, cuando el antisemitismo ya lo había despertado del sueño de querer ser un «polaco normal».

Después de una rápida búsqueda, en el móvil de Mateo aparece el autorretrato de Gottlieb. Es un busto que posa de costado con corona y pendiente, como el rey bíblico Asuero, con el pelo corto y rizado, como el mismo artista, y con expresión pensativa e inquieta, como Stańczyk. Las pinceladas visibles, efusivas y enérgicas aquí sí recuerdan al estilo de Matejko, mientras que el teatral claroscuro y los ojos negros son herencia de los retratos de Rembrandt, el otro gran maestro de Gottlieb. Mateo me explica que su ex le explicó que Asuero no es solo un rey persa de la Biblia sino también uno de los nombres del judío errante, la figura mítica condenada a vagar por el mundo. Por eso el Autorretrato como Asuero simboliza la marginación y persecución del judaísmo, en general, y la incertidumbre identitaria de Gottlieb y demás judíos polacos, en particular. Además, completa y contrapesa la serie de retratos de monarcas de Jan Matejko, católicos los 44, aunque a falta de reyes judíos polacos Gottlieb tuvo que remontarse a la tradición bíblica y trasplantarle a Asuero su propio rostro.

Mateo se pone a andar por la calle Miodowa, dejando a la izquierda la sinagoga Tempel, y en seguida aparece el Centro de la Comunidad judía de Cracovia, detrás de la sinagoga, una asociación que organiza actividades y eventos abiertos a quienes les interese la cultura judía. Un poco más adelante, además de varios bares, restaurantes y un hostal, veo en la acera de enfrente la sinagoga Kupa, la sexta de la calle, sede de la Comunidad judía religiosa de Cracovia. A la izquierda se sitúa la comunidad judía laica de Kazimierz; a la derecha, la religiosa. Pero Mateo sigue con el mismo tema:

—Más allá de su arte, el gran mérito de Maurycy Gottlieb es que sentó precedente. Después de él, ya no era tan extraño que los judíos polacos estudiaran en la Academia de Bellas Artes de Cracovia. Además, inició la tradición artística judeopolaca: si Matejko les abrió las puertas a muchos matejkos, Gottlieb se las abrió a otros tantos gottliebs. Por desgracia, Gottlieb murió muy joven, a los 23 años, de una infección de garganta, aunque se dice que en verdad murió de amor o incluso que se suicidó, porque Laura se había casado con otro.

Nos hemos detenido en la esquina con la calle Szeroka, donde Mateo termina la historia de Gottlieb. El día del funeral del joven artista llovía mucho y una de las pocas personas que se quedó hasta el final, empapado bajo el chaparrón, fue Jan Matejko, su maestro. Me imagino las lágrimas de Matejko mezclándose con la lluvia, como un afluente ingresando en su río o una digresión volviendo al discurso principal, y supongo que debe de ser una pena análoga a la de un padre que entierra a su hijo. Pero Mateo me cuenta que solo tres años después de la muerte de su alumno, Matejko pronunció una diatriba antisemita en la Academia de Bellas Artes, como si se hubiera olvidado de su alumno judío y de los problemas que este había tenido. Por eso es mejor recordar la escena del funeral, que precisamente sucedió aquí, en Kazimierz, porque Gottlieb fue enterrado en el Nuevo cementerio judío, que está al final de esta calle Miodowa, pasadas la calle Starowiślna y luego la vía del tren; pero nosotros giramos a la derecha por la calle Szeroka.

Son casi las tres de la tarde del 14 de septiembre, el cielo continúa azul, el sol sigue pegando fuerte y la temperatura todavía debe de superar los 30 ºC; es extraño hablar de muerte y de lluvia en estas circunstancias, quizás por eso ahora andamos en silencio. La calle empieza bastante estrecha, a pesar de que se llama Szeroka, ancha en polaco. A la derecha hay un muro de piedra y ladrillo lo suficientemente alto como para que no se pueda saltar. A la izquierda, cinco puertas de madera ajada y encima de cada una su respectivo letrero: «Abraham Rattner, comerciante», «Aron Weinberg, artículos de mercería», «Stanisław Nowak, tienda de víveres», «Benajmin Holcer, carpintero». Sin embargo, dentro ocupa los espacios pretéritos el restaurante Dawno Temu na Kazimierzu, o sea «Hace mucho tiempo en Kazimierz», que intenta conservar el ambiente de antaño: la decoración, los muebles y otros objetos de la carpintería de Holcer, la tienda de víveres de Nowak, la mercería de Weinberg y demás. Pero leyendo los rótulos desde fuera uno no puede evitar pensar en una lista de epitafios, quizás porque sabe que enfrente, al otro lado del muro de piedra y ladrillo, está el Antiguo cementerio judío. Al acabar este tramo inicial Szeroka se abre, fiel a su nombre, y se convierte en más que una calle, una plaza. Este era el centro del antiguo Kazimierz.

Hoy en día la calle Szeroka está llena de atracciones turísticas recreativas. Restaurantes que reproducen el ambiente y el menú del Kazimierz de los años veinte y treinta; grupos de música klezmer, el folk de los judíos de la Europa del Este; la estatua de un héroe polaco de la guerra sentado en un banco; lujosos hoteles y apartamentos «con historia»; tiendas de souvenirs con postales, kipás, llaveros, menorás, muñecos de judíos ortodoxos; una galería de arte y una librería de temática judía. Casi es un alivio encontrar una peluquería y una comisaría entre tanto turismo de la memoria. Pero por suerte en Szeroka hay menos gente que en el Rynek Główny y la calle Floriańska, y los negocios, aunque turísticos, todavía no son clónicos ni demasiado kitsch.

Mateo duda ante tanta oferta: no sabe qué historia elegir, es decir, qué muchas historias descartar, porque las historias por contar son incontables. No sé si por pereza o por descarte, elige la más cercana, a nuestra derecha: la sinagoga Remuh, la más pequeña pero una de las pocas en activo. Me dice que fue construida cuando el pueblo de Kazimierz todavía estaba aislado por el Vístula y su brazo, concretamente en el siglo XVI, porque aquí ya había un cementerio judío, pero también porque la comunidad iba creciendo, sobre todo tras la expulsión de los judíos de la vecina Cracovia. Y también iba prosperando, por lo que la sinagoga Remuh es la sinagoga del Siglo de Oro Polaco, que coincidió y convivió con el Siglo de Oro del Judaísmo de Polonia. Aunque no es la más antigua: al principio la Remuh era llamada sinagoga Nueva, ya que al final de esta calle ya había otra desde hacía un siglo, que pasó a llamarse Stara synagoga, o sea sinagoga Vieja.

—Esta sinagoga se llama Remuh por Moisés Isserles, un ilustre cracoviano más conocido como «Remuh», autor de la famosa frase propolaca «Mejor vivir solo de pan seco, pero en paz, en Polonia» —me dice Mateo en la entrada—. El padre de Remuh construyó la sinagoga, unos dicen que en honor de su primera esposa, la difunta Malka, y otros que para su joven pero inteligente hijo. Era un gran estudioso, maestro, rabino de la comunidad judía de Cracovia y el más importante posek de la Europa de su época, es decir, una especie de consultor que solucionaba conflictos con la Halajá. No lo confundas con la Haskalá: esta es la «Ilustración judía», que llegaría dos siglos después de Remuh, mientras que la Halajá es el conjunto de reglas y costumbres derivadas del Talmud. Así, cuando un vecino judío no sabía cómo comportarse adecuadamente o realizar de forma correcta un ritual, le preguntaba a Remuh. Anda, paga tú la entrada al cementerio, que no tengo suelto. A cambio yo te contaré por qué Remuh fue tan importante que hasta 1939 este lugar era el destino de peregrinajes, así como la iglesia de San Florián era visitada para ver las reliquias de su santo o actualmente se viene a Cracovia para seguir los pasos de Juan Pablo II. También es una historia de profesores y alumnos, y se titula «El mantel».

Desde hacía tiempo, me cuenta Mateo ya dentro del Viejo cementerio judío, Remuh estaba trabajando en un comentario que actualizaba el Arba’ah Turim o simplemente Tur, un código de la Halajá del siglo XIV que incluía leyes y normas judías sobre rezos, bodas, divorcios, rituales, relaciones sexuales y demás cuestiones prácticas. Un buen día, sus alumnos de la yeshivá le dieron una mala noticia: habían escuchado que en Italia se acababa de publicar un libro muy similar, que también actualizaba el Tur. Era la peor noticia para un escritor: todas las horas dedicadas a su trabajo eran en vano. Pero Remuh compró el libro y lo leyó.

—El libro dice que cuando uno se despierta no debe ponerse la camiseta sentado en la cama, porque se muestra desnudo, sino cuando todavía está tumbado, para de este modo levantarse ya vestido —me explica Mateo—. También dice que uno debe ponerse primero el zapato izquierdo. Y que si uno necesita cagar al aire libre, debe hacerlo mirando al norte con el culo al sur, nunca orientado al este u oeste, aunque mear se puede en cualquier dirección. Y explica cómo debe uno lavarse las manos, cómo debe usar el tzitzit, cómo debe celebrar el Yom Kippur, el Rosh Hashaná o el sabbat, etc. El autor del libro era Yosef Caro, un auténtico judío errante: nació en Toledo en 1488, pero a los cuatro años tuvo que huir a Portugal, de donde con nueve años tuvo que escapar de nuevo, esta vez a Bulgaria y más adelante a Palestina, ambas entonces en el Imperio Otomano. Su libro, titulado Shulján Aruj, también erró: no fue publicado Palestina sino en Italia, gracias al mecenazgo de su importante comunidad judía, pero encontró su lector ideal en Cracovia, en esta sinagoga.

—¿Y qué hizo Remuh cuando leyó ese Shulján Aruj? —pregunto yo—. Porque un escritor del siglo XXI ignoraría la noticia del otro libro y publicaría igualmente el suyo, porque, total, hay tantos, pero ninguno es el mío.

Sí, en una novela de campus, esto generaría un conflicto entre los egos de los eruditos profesores, me contesta Mateo, pero Remuh, en un giro argumental tan poco narrativo como infrecuentemente deportivo, prefirió mejorar el libro del otro: glosó el Shulján Aruj de Yosef Caro, lo aumentó en vez de ignorarlo, plagiarlo, sustituirlo, superarlo, refutarlo o cancelarlo. Como a menudo el Shulján Aruj refería costumbres de los judíos sefardíes, de España, Remuh simplemente añadió las prácticas askenazíes, de Europa Central y Oriental. Hoy en día sus glosas están soldadas al Shulján Aruj: después de leer a Caro, se lee a Remuh, entre corchetes pero canónico.

—Así fue como Remuh pasó a la historia por un mantel —concluye Mateo—. Porque si Shulján Aruj significa en hebreo mesa servida, el título que eligió Remuh para sus glosas, Hamapah, quiere decir mantel. También poniendo títulos el tipo tenía más clase y gracia que los scholars de hoy en día. Por todo esto y mucho más, se peregrinaba anualmente hasta aquí el día del aniversario de su muerte.

Hemos caminado entre las tumbas del Viejo cementerio judío, pequeñas y alineadas en calles, como las casas que componen una tranquila aldea. Durante la ocupación, se utilizaron las lápidas para adoquinar, y aunque en la posguerra muchas fueron devueltas, muchísimas más se perdieron. De hecho, es casi un milagro que la tumba de Moisés Isserle, más conocido como Remuh, siga aquí, delante de nosotros, como un monumento a la supervivencia, y solo por verla merece la pena el peregrinaje. En el epitafio se puede leer la siguiente frase: «De Moisés a Moisés, no hubo otro Moisés», o sea desde el profeta Moisés hasta Moisés Isserles, alias Remuh.

—Irónicamente, este epitafio es un plagio —me explica Mateo— o al menos un préstamo. La frase era un proverbio medieval que hablaba de otro Moisés, también rabino: Moisés ben Maimón, más conocido como Maimónides. Y su epitafio, inscrito en su tumba en Israel, también contiene esta frase. Pero la reutilización de una frase ajena habría placido a Remuh, autor del mantel.

Aunque la entrada que hemos comprado sirve también para la sinagoga Remuh, al salir del cementerio Mateo decide que volvamos a la calle Szeroka. Me dice que tiene mucha hambre: solo hemos comido unos obwarzanki y la visión de tantos restaurantes nos despierta el apetito, pero seguimos andando sin parar en ninguno. Cuando llegamos al final de Szeroka, enfrente de la sinagoga Vieja, giramos a la izquierda y unos metros más adelante aparece la calle Dajwór, por cuyo centro pasan los rieles del tranvía, hoy en desuso pero en su día la primera línea de Cracovia, que unía Podgórze y la estación de tren, donde hemos empezado esta mañana el paseo.

Giramos de nuevo y dejamos a la derecha un descampado en el que se eleva la parte trasera de la Vieja sinagoga: una muralla de piedra con contrafuertes y pequeñas ventanas que probablemente sean aspilleras, porque esta es una sinagoga fortificada, un edificio religioso y a la vez defensivo; durante la Segunda Guerra Mundial se usó como almacén, pero desde hace unos años es un museo de historia y cultura de los judíos polacos, o sea un fuerte del saber. A ambos lados de la calle Dajwór hay edificios de viviendas bajos, de dos o tres pisos, similares a otros de Kazimierz, quién sabe si fueron sinagogas. De vez en cuando en su lugar hay solares que ahora sirven de aparcamiento para los vecinos, excepto uno con food trucks, mesas y gente comiendo que vuelven a darnos hambre. Esta es una calle tranquila, más residencial que turística, la cara B de Szeroka, a pesar de que también tiene un museo: el Museo Judío de Galicia. Y al final, si giramos a la derecha, otro: el Museo Municipal de Ingeniería, la antigua cochera de tranvías. Pero nos quedamos parados en la esquina, el cruce de la calle Dajwór con la calle Swiętego Wawrzyńca, o sea San Lorenzo, que se llama así porque justo aquí estaba la iglesia homónima, hoy desaparecida pero recordada, injusticias de la memoria. A través del hueco entre dos edificios puede verse Podgórze, el barrio que está en el lado sur del Vístula, y si uno se acerca puede descubrir la torre neogótica de la iglesia de San José, orgullosamente erigida en el corazón de Podgórze.

—Allí, al lado de la iglesia, vivía mi suegra —me dice Mateo señalándola—. Y en esa misma iglesia me casé yo, pero no en la primera visita a Cracovia sino en la última, años después. Entonces nos trasladamos de Londres a Cracovia. Nunca he cometido una locura así —Mateo se ríe y yo no sé si se refiere a casarse o a mudarse—. Bueno, vamos, que para llegar al río tenemos que dar la vuelta, por aquí no se puede pasar.

En la calle de San Lorenzo también hay vías desempleadas, cuyas únicas funciones actualmente parecen ser dar ambiente y hacer caer a los ciclistas. Por primera vez en todo el día tengo la sensación de haber salido del circuito turístico; el Kazimierz decadente y cool y el Kazimierz de la memoria se están acabando. Al final llegamos a la fea y ruidosa calle Starowiślna, por la que antes pasaba el Viejo Vístula y ahora coches, motos, tranvías y otros vehículos desmemoriados, y giramos a la derecha. La cantidad de edificios va disminuyendo, porque nos acercamos al Vístula, el respiradero de la ciudad: por aquí fluyen mal que bien el agua y el aire, el urbanismo amazacotado se relaja un poco y en sus orillas los cracovianos pedalean, pasean, corren o toman el sol. El cielo sigue azul, soleado y hospitalario.

—Aquí termina nuestro primer paseo, la toma de contacto turística con la ciudad —dice Mateo acodado a la baranda de piedra, mirando el río—. La Cracovia que he intentado recrear también se terminó, aunque no tan abruptamente. Con el fin de la capitalidad cracoviana y del Siglo de Oro Polaco no acabó la historia, pero sí la hegemonía de la ciudad dentro del país y del país en Europa. El siglo XVII trajo, entre otras desgracias, la invasión sueca de Polonia y tensiones crecientes con los países vecinos. Y en el siglo XVIII las desgracias irían en aumento. Para empezar, en 1772 se realizó la Primera Partición de Polonia: Rusia, Austria y Prusia se repartieron tres trozos del pastel polaco, que siguió existiendo pero con unos buenos mordiscos al este, al oeste y al sur. De hecho, durante un tiempo la frontera sur de Polonia empezaba justo aquí, al otro lado del Vístula: Podgórze, que hoy en día es un barrio, era entonces una ciudad creada por los austríacos para hacerle competencia económica a Cracovia y recordarle que tenía el enemigo a las puertas. La Segunda Partición llegó pocos años después y en seguida vendría la Tercera. Stańczyk, el rabino Moisés Isserles, la reina Bona Sforza, Piotr Skarga, Veit Stoss, el rey Segismundo III Vasa y otros personajes de los que te he hablado no vivieron para verlo y contarlo, pero sí Jan Matejko, que lo pintó. Es el último cuadro de Matejko que te muestro, te lo prometo. Y también es uno de los últimos que pintó.

En el móvil de Mateo se ve la Constitución del 3 de mayo de 1791 y me dice que no lo confunda no la última obra de la serie Historia de la civilización en Polonia, que tiene un título y una temática muy similares, aunque es muy inferior en calidad, cantidad e importancia. El escenario no es Cracovia sino Varsovia, sede del parlamento, en cuyas calles una riada de personas y más de veinte personajes históricos celebra la aprobación en 1791 de la constitución polaco-lituana, la primera de Europa y la segunda del mundo, un texto que quería corregir todos los errores políticos señalados antes por Skarga y compañía. Fue el canto del cisne polaco, el último banquete romano antes de las invasiones bárbaras, porque a la vecina Rusia no le gustó aquella constitución tan liberal que además impedía su injerencia en el país, su patio trasero. Así, en 1795 le dieron los mordiscos definitivos a la tarta: la Mancomunidad de Polonia-Lituania desapareció del plato, quedó repartida entre Austria, Prusia y Rusia.

—Seguramente, junto a 1410 el año 1795 sea una de las fechas más recordadas por los estudiantes polacos. Fue la desgracia de las desgracias, un punto de inflexión y genuflexión, un trauma histórico que aún define el carácter polaco —me dice Mateo—. Y en mi primer paseo por Cracovia, cuando en 2004 crucé guiado por mi ex este puente sobre el Vístula para ir a Podgórze y entrar en casa de mi suegra, yo también me vi ante un apuro y un plato. No me apuraba conocer a la madre de mi ex sino el plato donde me sirvió un trozo de szarlotka, la misma tarta de manzana de la que ya había comido unas horas antes varios pedazos en casa de la Chocha, su hermana. Era una porción generosa y todavía humeante. Mi suegra le clavó un tenedorcito y esperó a que la probara. Entonces me preguntó qué szarlotka era mejor: la suya o la de la Chocha.

Mateo me dice que no le apetece ir a Podgórze, así que en vez de cruzar el río vamos a buscar algo para comer.

 

 

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