1. El castillo de Wawel

 

El trayecto entre la zona universitaria y la plaza de Todos los santos es de unos 400 metros, apenas cinco minutos a pie, pero he contado cuatro iglesias. Primero va la de Santa Ana, que denomina la antigua calle de los judíos y que hoy en día es la iglesia universitaria. En la calle Wiślna está la iglesia ortodoxa griega, llamada «de la Exaltación de la Santa Cruz» pero más conocida como «de San Norberto», su primer nombre. A continuación se encuentra la basílica de San Francisco de Asís, que tiene un vitral azul divino de Stanisław Wyspiański y un monasterio. La plaza de Todos los santos recuerda una iglesia que ya no está, la iglesia de Todos los santos, así que esta no la he contado. Pero más allá está la cuarta y última, la basílica de la Divina Trinidad, con su monasterio dominico.

Una iglesia cada 100 metros, diez iglesias por kilómetro, una iglesia por minuto si caminas rápido; no está nada mal. Y aunque una era ortodoxa griega, aquí la balanza religiosa se inclina totalmente del otro lado: Cracovia es la Roma polaca por la cantidad de templos católicos y la ciudad de los santos por la densidad de canonizados locales. Así que en vez de seguir el Camino real podríamos hacer, por ejemplo, la ruta de San Juan Pablo II y Mateo también tendría mucho que contar y yo que escribir. De hecho, acabamos de pasar por delante de su ventana, la «ventana papal», que da a la basílica de San Francisco de Asís; hoy en día está decorada con una imagen de Juan Pablo II para recordar que cada vez que el Sumo pontífice volvía a Cracovia se hospedaba en esa habitación y se asomaba religiosamente a esa ventana para saludar a sus fieles. Como Mateo lleva un buen rato callado, esta vez hablo yo:

—El papa polaco no es el único que se ha asomado a la ventana papal, ¿sabes? Fue en 2016, lo recuerdo, durante la Jornada Mundial de la Juventud realizada en Cracovia. Los habitantes de la ciudad la habían abandonado como si se acercara una hueste zombi; solo se quedaron los zombis y quienes no teníamos vacaciones u otro sitio adonde ir. Me parece que en aquella época tú estabas viviendo en Madrid, ¿no? Yo no había pisado el centro para evitar las multitudes de jóvenes peregrinos, pero un día quedé con un amigo en la Cabeza. El tranvía —que normalmente pasa por esta plaza de Todos los santos, cortando en dos el Camino real— me dejó lejos de aquí, así que me tocó andar un poco. Conforme me iba acercando al Rynek, escuchaba los gritos, aplausos y cánticos de las juventudes católicas. El centro de Cracovia era un campo de fútbol. Pronto noté que del griterío sobresalía una voz masculina, a la que la multitud respondía al instante con más rugidos, como si acabaran de marcar un gol. Como esta plaza y las calles aledañas estaban totalmente colapsadas, tuve que dar un buen rodeo para llegar hasta mi destino. Y en algún momento me pareció entender la voz que destacaba sobre el alboroto: hablaba en español. No podía creer la información que mis oídos le estaban transmitiendo a mi cerebro. De hecho, pude distinguir que la voz sermoneaba ni más ni menos que en español rioplatense: «sho leh pido a ustedes que recuerden a Santa Faustina», «resemos juntoh la Coronisha de la Divina Misericordia» o «Jesús, confío en Vos»; pero la barrera lingüística no impedía que los peregrinos festejaran cuanto oían, porque la religión, como el fútbol, es así. Cuando por fin llegué a nuestro punto de encuentro, media hora tarde y muy confundido, mi amigo me explicó que quien peroraba en español rioplatense era el mismísimo papa Francisco, asomado a la ventana papal. ¿Cómo te quedas? Entre el bonaerense Jorge Mario Bergoglio, más conocido como papa Francisco, y yo había unos 300 metros y unos 300.000 fieles. ¿Alguna vez has estado tú tan cerca de un papa?

Mateo me ríe la anécdota pero no me contesta la pregunta, aunque no era retórica. No ha dicho nada desde que hemos salido de la zona universitaria: ni una palabra sobre las iglesias que hemos visto, ni siquiera una crítica rutinaria al todopoderoso catolicismo imperante en la ciudad. Sospecho que le estará molestando que pasemos por aquí, junto a todas estas iglesias y otros muchos edificios propiedad de la Iglesia, porque Mateo es ateo, como su nombre indica, y detesta la Iglesia. Yo tampoco soy muy amigo de las religiones, pero, bueno, qué quieres, estamos en Cracovia.

En concreto ahora estamos en la plaza de Todos los santos, que tiene una iglesia franciscana al oeste y otra dominica al este y está llena de todos los turistas del mundo. Atraviesa esta plaza la calle Grodzka, que une el Rynek Główny, al norte, y el castillo de Wawel, al sur. Es una calle peatonal, como gran parte del centro de Cracovia, pero por ella sí pueden pasar unos coches de caballos para turistas sin gusto, sin vergüenza y sin empatía por los dos animales que los arrastran, muertos de calor bajo este sol lacerante de septiembre. Algunas veces, por desgracia, literalmente. Supongo que desplazarse por el Camino real de Cracovia en una de estas calesas les parece un lujo o una experiencia única, aunque los demás no los vemos como reyes polacos sino como turistas necios. Cuando por fin ha pasado a nuestro lado el carruaje, Mateo empieza a bajar por la calle Grodzka, esquivando a los distraídos transeúntes.

Una discoteca, un McDonald’s, una farmacia, una oficina de turismo, un supermercado, un hotel, la casa donde vivió Veit Stoss, un eventual coche de caballos, algunas tiendas de ropa, unos cuantos músicos callejeros, varias heladerías, muchas cafeterías, muchos bares, muchos restaurantes, demasiadas tiendas de recuerdos, todos los turistas del mundo; estas son las cuentas de la calle Grodzka. Sin muchas ganas, Mateo me señala a la derecha la sede del Instituto de Historia del arte de la Universidad Jaguelónica y me explica que es donde estudió su ex. Al llegar a la plaza de Santa María Magdalena, que se abre a la derecha de la calle Grodzka, nos paramos junto a un tenderete ambulante de obwarzanki. El obwarzanek fue inventado hace siglos por los judíos de Cracovia pero hoy en día lo come cualquiera, porque el hambre, a diferencia del hombre, no entiende de credos, y no es más que una rosquilla de pan hervida y luego horneada, muy similar a un bagel, que también se inventó en esta ciudad, pero por algún motivo fue el obwarzanek el roscón que tuvo el honor de convertirse en el símbolo gastronómico de Cracovia. Le pido dos obwarzanki —el primero recubierto de semillas y el segundo, de queso gratinado— a la viejita que regenta el pequeño puesto de color azul, otro símbolo cracoviano que motea de llamativo azul todas las calles más o menos concurridas de la ciudad. Como llevamos ya un buen rato paseando, hablando y no comiendo, ahora nos dedicamos solo a lo último.

Y aunque nosotros ahora no podamos, la ciudad sigue hablándonos: esta es la plaza de María Magdalena porque hasta 1811 aquí hubo una iglesia homónima. Pero yo no le digo nada a Mateo: estoy comiendo y no quiero azuzar su malhumor anticlerical; con todo, me gustaría recordarle que para mostrarme su Cracovia debería hablar, aunque sea mal de la Iglesia y con la boca llena. Tampoco le digo que si siguiéramos hasta el final de la calle Grodzka, encontraríamos cuatro iglesias más y todavía en pie: la iglesia de San Pedro y San Pablo, la iglesia de San Andrés, la iglesia evangelista de San Marcos y la iglesia de San Gil. Cuatro iglesias en 200 metros, veinte iglesias por kilómetro, dos iglesias por minuto; récord fulminado. Estas también son las cuentas de la calle Grodzka.

—El centro de Cracovia me tiene frito —dice Mateo con la boca llena—. La Jornada Mundial de la Juventud fue insufrible, como decías antes, pero al menos duró solo unas semanas. En cambio, esto es el pan nuestro de cada día —Mateo blande su obwarzanek mordisqueado, que señala la concurrida calle Grodzka—. Yo ya vi cómo Madrid se fue convirtiendo en una ciudad invivible por la gentrificación. Y durante los años que estuve en Londres también se estaba transformando en un decorado para turistas inhabitable para los habitantes —otra pausa para tragar y volver a morder—. Ahora me duele ver que lo mismo está sucediendo en Cracovia, y puede que ya sea irreversible. Fíjate en la calle Grodzka: por aquí no se puede pasear, solo pasar —Mateo sigue escupiendo migas a diestro y siniestro—. Y mejor no hablar del encarecimiento imparable de la vivienda, impagable. Reconozco que cuando era guía me beneficié mucho del turismo y que como extranjero también estoy contribuyendo a la subida de los precios, pero, joder, me jode que se esté jodiendo la ciudad —Mateo le pega otro mordisco rabioso a la rosquilla de pan, ahora ya una luna muy menguante—. Y nadie da la voz de alarma. ¿Dónde está el flautista de la basílica de Santa María cuando lo necesitamos? ¡Las invasiones mongolas del siglo XXI son el turismo de masas!

Cada vez que Mateo repite esta última frase como si fuera el lema de una manifestación antiturismo, dispara migas de pan como un aspersor. Cuando se da cuenta de que está gritando demasiado, mira alrededor, pero nadie lo mira, solo yo, que pienso que parece polaco: es tan protestón como ellos. Mateo se encoge de hombros, le da el mordisco definitivo a su obwarzanek y señala la columna que se erige en el centro de la plaza, encima de la cual hay una estatua de un tipo con un libro. Una bola enorme de pan le impide a Mateo hablar, pero una inscripción en la base identifica la escultura: es Piotr Skarga, un sacerdote jesuita, predicador, profesor de la Universidad Jaguelónica y escritor de los siglos XVI y XVII que justamente está enterrado en la iglesia que tiene delante, la de San Pedro y San Pablo. Con la boca aún llena, Mateo me cuenta que Skarga es una figura clave de la Contrarreforma polaca. Los alemanes de Cracovia trajeron la imprenta, comercios, libros, el retablo de Veit Stoss y varias religiones, además de gran parte del judaísmo: a partir del siglo XVI fueron llegando el arrianismo, el calvinismo, el luteranismo y otras encarnaciones de la Reforma. Y aunque hoy en día nos parezca inverosímil, el protestantismo llegó a ser muy popular en la muy tolerante Polonia de la época, y no solo entre la población germana. A diferencia de otros países europeos, sin embargo, en Polonia no hubo mucha violencia ni se derramó mucha sangre como consecuencia de los enfrentamientos religiosos, aunque sí hubo mano dura y prohibicones. La Contrarreforma tuvo un éxito fulminante entre los polacos a causa de diferentes factores, pero sin duda uno de ellos fue el trabajo de los incansables jesuitas, como Skarga.

—Y su rol como contrarreformista no es el único mérito en la biografía de Skarga —me dice Mateo, que ya habla sin obstrucciones—. Como predicador, reprendió, criticó, riñó y regañó a sus contemporáneos y fue especialmente duro con la nobleza, muy corrupta; no en vano se apellidaba Skarga, que en polaco quiere decir queja: Pedro Queja es el paradigma del polaco quejica, siempre gruñendo y protestando. Y como escritor, Skarga figura en la historia de la literatura polaca por sus hagiografías y sus Sermones del Sejm, donde analiza los problemas políticos de la Polonia de finales del siglo XVI: las peleas internas, el poco patriotismo, la inmoralidad, la difícil e injusta situación del campesinado y otras motivos para quejarse. Yo no he leído los Sermones pero he visto su adaptación pictórica, un cuadro que mi ex se encargó de explicarme y enseñarme, aunque no en esta plaza, porque está en Varsovia y en mi primera visita todavía no teníamos smartphones. Espera, que te muestro el cuadro en el móvil.

»¿Ves? Se titula El sermón de Piotr Skarga y fue terminado en 1864 por Jan Matejko, quién si no, porque todas las calles de Cracovia llevan a Jan Matejko; de hecho, justo este fue el cuadro que lo hizo famoso en toda Europa. Y lo que puedes ver en la pintura es el presbiterio de la catedral de Cracovia, en el castillo de Wawel, ocupado por un montón de nobles y religiosos polacos que no le hacen ni caso a Piotr Skarga, desgañitándose en vano, quejándose solo para la posteridad. El rey, la aristocracia y el clero están sentados o de pie pero permanecen pasivos, mientras que Pedro Queja es el único activo, dinámico y crítico.

—Me recuerda a mis clases como profesor de español: yo despierto y mis alumnos durmiendo —le digo a Mateo sacudiéndome las migas de obwarzanek.

—Así debió de sentirse el pobre Skarga: le estaba advirtiendo a la clase dirigente polaca que si no corregía su conducta, el país se hundiría, y ellos como si el profesor les estuviera explicando una vez más el pretérito indefinido. Dos siglos después sucedió la tragedia, pero era demasiado tarde para enmendar el patio trasero de tres imperios. El romanticismo de Matejko y sus contemporáneos vio en Skarga a un visionario político, una versión seria del bufón Stańczyk, alguien que adivinó y avisó de la desgracia que le esperaba a Polonia. Yo miro esta estatua y veo a un tipo advirtiéndonos de que el turismo puede cargarse Cracovia, pero nadie le hace caso, quizás porque todos los que pasan por aquí son turistas. Y Skarga también es un eslabón de la serie de religiosos polacos que se atrevieron a enfrentarse al poder. La saga de clérigos contestatarios empezó en la Edad Media con San Estanislao de Cracovia, que aparece en La batalla de Grunwald y fue asesinado por su rey cerca del río Vístula, y continúa con muchos más: después de Pedro Queja, Adam Sapieha alzó la voz contra la invasión nazi y Karol Wojtyła se opuso al comunismo.

Le digo a Mateo que me extraña que hable tan bien de la Iglesia, a lo que responde en seguida que a él no le molesta reconocer el mérito, sea de quien sea, pero que también reconoce los errores y la infamia, asimismo cometidos en mayor o menor grado por Skarga, Juan Pablo II y compañía. Y añade que en la Iglesia, cuyo credo aboga por la detección y la confesión de los pecados ajenos, los propios deberían ser señalados por los mismos miembros de la institución, aunque parece que prefieren taparse los oídos y mirar hacia otro lado, como los nobles abroncados por Skarga.

Mateo cambia de tema preguntándome si prefiero continuar por la calle Grodzka, con sus cuatro iglesias en 200 metros y muchos más turistas, o por la calle Kanonicza. El Camino real unas veces iba por una calle y otras por la otra, me aclara Mateo, aunque no sabe si el recorrido dependía de la época, del monarca o de otros criterios. Yo elijo la calle Kanonicza porque, además de ser una de las más antiguas, me parece una calle más representativa de la esencia de Cracovia que Grodzka o Floriańska, así que cruzamos la plaza de María Magdalena hacia allí, dejando atrás la columna de Skarga y a la izquierda la sede del Instituto Cervantes.

La calle Kanonicza —o de los canónigos, porque aquí vivían muchos— no está tan abarrotada de turistas como aquellas y quizás por eso conserva mejor su aire renacentista. Aparte del característico suelo empedrado, a lado y lado hay kamienice, las casas de vecinos típicas de Polonia y que hemos ido encontrando durante todo el paseo. Suelen ser de piedra o ladrillo, aunque kamień significa piedra, y tienen dos o tres pisos de altura, un tejado a dos o cuatro aguas y una fachada más o menos elegante y colorida. En una kamienica de esta calle vivió Jan Długosz, el primer historiador de Polonia, que describió la batalla de Grunwald pintada luego por otro Jan, el tenaz Matejko. Ahora sería un lujo vivir en su céntrica casa, pero para Długosz también era una kamienica muy bien situada, porque a pocos metros tenía el castillo de Wawel, el centro político de su época (entonces Cracovia aún era la capital de Polonia), su lugar de trabajo (secretario del obispo) y su objeto de estudio (era cronista del reino). Conforme la calle Kanonicza se va abriendo a la derecha, va surgiendo al fondo el castillo, aunque a primera vista es normal que pase desapercibido, al menos a ojos de un extranjero, porque no es medieval ni ominoso sino renacentista y luminoso. Y cuando avanzamos más, asoman tímidamente dos torres de la catedral, pegada al castillo. Solo hace falta cruzar un paso de peatones para empezar a subir la cuesta que lleva hasta el interior del castillo, situado en un altozano poco alto pero suficiente para defenderse adecuadamente: la colina de Wawel.

Mientras subimos el repecho, Mateo me explica que este espacio era privilegiado también por estar al lado de la fértil orilla del Vístula, y que por eso ya estaba habitado en el Paleolítico, o sea desde siempre, por clanes nómadas de cazadores-recolectores y después, cientos de años después, por grupos sedentarios de ganaderos-recolectores. En el siglo VI de nuestra era, se asentaron a su alrededor varias tribus eslavas, de las cuales la más importante era la de los vistulanos, que se hicieron fuertes aquí y convirtieron aquella proto-Cracovia en la capital de su estado tribal. Entonces la cima de la colina era sobre todo un lugar de comercio, hasta que más tarde los reyes polacos decidieron instalarse aquí y construir el castillo, que data del siglo XIV.

—Pero a principios del siglo XVI fue renovado casi totalmente —me dice Mateo—. Eran los años buenos, el Siglo de Oro Polaco, y había dinero y ganas de gastar, así que los reyes mandaron traer de Italia a los mejores arquitectos y artistas para remodelarlo según la moda renacentista. En realidad quien se ocupó de la mayoría de los cambios fue la reina consorte, la italiana Bona Sforza de Milán, que pasó muchos años sola en el castillo de Wawel. Además de mejorar el edificio y de traer la cultura renacentista a Polonia, en su corte se rodeó de artistas, intelectuales, sacerdotes, escritores y bufones como el bromista Stańczyk. Pero Bona no fue una mera consorte sino una política activa tanto en los asuntos domésticos como en los internacionales. Por eso Jan Matejko la incluyó en El homenaje prusiano e incluso le dedicó un cuadro a ella sola, El envenenamiento de la reina Bona.

Hago un gesto de hartazgo que quiere decir «oh, no, otra vez Jan Matejko». Y como ya estamos en la cima de la colina de Wawel, Mateo pasa de explicarme el cuadro y de narrarme la historia del asesinato de la reina Bona, que te la puede contar la Wikipedia. Además, la catedral de Wawel, que se alza a nuestra izquierda, reclama mi atención. Es uno de los edificios más emblemáticos de Cracovia, pero también de los más raros: cada capilla fue construida en una época diferente según el estilo dominante, cada torre tiene una altura y una personalidad dispares, cada cúpula es de un tamaño, forma o color distintos. La catedral de Wawel es un aglomerado de estéticas heterogéneas, un museo arquitectónico que demuestra que se puede convivir con lo diferente. Y para el espectador adecuado, observar sus piedras y ladrillos es leer en un palimpsesto buena parte de la historia del país.

—Pero lo más interesante no está fuera sino dentro y sobre todo debajo —me dice Mateo—. Porque la catedral de Wawel es una necrópolis de la historia de Polonia, el equivalente funerario de la obra de Jan Matejko: aquí están enterrados los reyes polacos y otros personajes relevantes como sacerdotes, militares, políticos y poetas. Aquí están los restos de Juan III Sobieski, el rey que derrotó al Imperio otomano en la batalla de Viena, pintada por nuestro querido Matejko. Aquí está la tumba de Segismundo I Jagellón, esposo de Bona Sforza y protagonista de El homenaje prusiano, concretamente en esa capilla tan espectacular, la capilla de Segismundo, la que tiene una cúpula dorada, pero Bona descansa en Italia, donde la mataron. Aquí está el sepulcro de Casimiro III el Grande, que fundó la Universidad Jaguelónica y le dio su nombre al pueblo que se convertiría en el barrio judío de Cracovia: Kazimierz. Aquí está el sarcófago de San Estanislao de Cracovia, el sacerdote asesinado por un rey y que se les apareció siglos después a los Caballeros teutónicos y por eso sale en La batalla de Grunwald. Pero mi personaje histórico favorito enterrado en el castillo de Wawel, rey y santo a la vez, no es un hombre sino una mujer: la reina Jadwiga, la primera monarca polaca, hija de Casimiro III el Grande y nombrada rey de Polonia para que, pese a las sexistas leyes del reino, pudiera gobernar. Gracias a su matrimonio con el viejo y pagano duque lituano Vladislao II Jagellón, personaje principal del monumento de Grunwald que hemos visto hace unas horas y secundario de la versión de Matejko, Lituania se cristianizó y empezó una fructífera alianza política con Polonia que se opuso a los Caballeros teutónicos; gracias a la generosidad de Jadwiga, se construyeron hospitales, escuelas e iglesias; gracias a la venta póstuma de sus joyas, la Universidad Jaguelónica se salvó de la bancarrota.

Como no tenemos ni dinero ni joyas para pagar la entrada de la catedral y así ver con nuestros ojos las tumbas reales, nos quedamos fuera, frente a la puerta. Aquí también hay restos mortales, no humanos sino animales: a la izquierda de la puerta cuelgan unos huesos enormes, dicen que de mamut o ballena, aunque se suelen atribuir al legendario dragón de Wawel; sea como sea, son indignos de estar enterrados dentro, con los próceres de la patria. Mateo sabe más de reyes que de dragones, así que me muestra en su móvil los retratos de los monarcas polacos. Se trata de una serie monumental de dibujos en blanco y negro: 44 reyes y reinas retratados por el infatigable Jan Matejko en los últimos años de su vida. Como en sus otras obras históricas, el gran pintor polaco tuvo que ponerle mucha imaginación para retratar a unas personas que hacía siglos que estaban muertas y que no se sabía qué aspecto tenían; de hecho, se dice que las reinas se parecen mucho entre sí, a pesar de ser de países diferentes, porque Matejko usó a su esposa como modelo para todas. Eso no impidió que sus dibujos fueran canonizados: los reyes polacos son los reyes de Matejko, nadie puede imaginarles ya una cara diferente. Yo creo que si se abrieran las tumbas, se analizaran los huesos y se utilizara la tecnología más puntera para reconstruir digitalmente las verdaderas fisonomías de los muertos, no se aceptaría el resultado: el pueblo polaco rechazaría con virulencia las nuevas caras de sus reyes como el sistema inmunitario rechaza el trasplante de un órgano incompatible.

A golpe de pulgar, Mateo va pasando retratos regios por la pantalla del móvil hasta llegar a un rey con un bigote casi daliniano, un cetro muy adornado y una corona enjoyada. Me explica que es Segismundo III Vasa, el mismo rey que en El sermón de Piotr Skarga de Jan Matejko está sentado en el trono muriéndose de sueño. Pero lo real no se ajusta a lo pintado: en verdad, Piotr Skarga fue un importante consejero de Segismundo III y este escuchó atentamente sus quejas, que seguían al pie de la letra las directrices contrarreformistas de Roma; por ello fue llamado por los protestantes de Polonia «el rey de los jesuitas». Además, en 1609 Segismundo III abandonó el castillo de Wawel y Cracovia para no volver hasta su muerte, haciendo el Camino real a la inversa, hacia arriba. Desde entonces, la capital de Polonia y la residencia monárquica se trasladaron oficialmente a Varsovia, porque ya hacía mucho tiempo que el centro geopolítico de la extensa Mancomunidad de Polonia-Lituana se había ido desplazando al noreste. En la nueva capital ya había un Castillo real desde el que salía otro Camino real, aunque su destino no era la coronación ni el entierro de los monarcas sino sus vacaciones de verano en Wilanów, el «Versalles polaco». En el Castillo real de Varsovia también hay una impresionante colección de arte, entre cuyas obras se encuentran los doce cuadros de la Historia de la civilización en Polonia; el traslado a Varsovia de la gran serie pictórica de Matejko es la confirmación definitiva de la mudanza política.

Hartos de tantas historias y fachas reales, Mateo ha guardado el móvil y nos hemos apartado de la entrada de la catedral. Desde esta explanada la vista abarca más: a la derecha de la catedral está el castillo propiamente dicho, aunque también hay otros edificios pertenecientes al complejo fortificado. Se me ocurre que la unión física de la catedral y el castillo, sin solución de continuidad, simboliza la estrecha relación entre el catolicismo y el poder político en Polonia. Pero Mateo no está para reflexiones: ahora rememora con nostalgia las horas que pasó paseando por la colina de Wawel con su ex. Ella contaba y él escuchaba e intentaba retener la retahíla de hacedores de hazañas y de fechorías. La entonces novia podía hablar sobre el castillo o la catedral con la misma facilidad con que diseccionaba un cuadro de Jan Matejko, saltando ágilmente de la pintura a la historia o de la anécdota a la ciudad y viceversa, como si tampoco aquellas realidades estuvieran separadas.

En vez de ir al interior del castillo, nos alejamos hacia el suroeste de la explanada de Wawel, en dirección al mirador. El cielo sigue tan azul como a las diez de la mañana y continúa haciendo calor; este septiembre cracoviano no perdona. Parece que aquí arriba, en la colina de Wawel, hay menos turistas que abajo y se puede andar, hablar y ver más tranquilamente. Además del castillo y sus lujosos interiores, aparte de la catedral y sus huesos sepultados, en esta explanada también hay una estatua de Juan Pablo II, unos jardines reales y unas espléndidas vistas del sur de la ciudad: el río Vístula y su paseo, con una estatua del dragón de Wawel a los pies de la colina, y más allá el barrio de Dębniki, el Hotel Forum, algunas iglesias sobresalientes y el montículo de Kościuszko. Aunque Cracovia dejara de ser la capital, siguió siendo el espíritu de Polonia, porque en sus piedras estaban la historia y la cultura del país. Por eso el turismo interno polaco, desde otras partes de Polonia hasta Cracovia, ha sido siempre tan importante; aquí los polacos se reconocen: sus libros de texto y los cuadros de Matejko están en la calle, son la calle. El turismo extranjero, por su parte, ya hemos dicho que viene por otras razones.

—Bueno, pues el Camino real ya ha terminado —me dice Mateo—. Pero nuestro primer paseo meridional por Cracovia continúa. Todavía tenemos que llegar hasta la casa de mi exsuegra, al otro lado del río. Venga, que ya queda menos, vamos hacia Kazimierz.

 

 

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