2. La plaza de Jan Matejko

En la plaza de Jan Matejko, justo al frente de la basílica de San Florián, el cielo sigue tan azul y el calor tan asfixiante como al comienzo del paseo. Puede que Mateo me haga ver Cracovia con otros ojos, pero no evitará que los cierre por culpa de la cegadora luz. A la espera de que siga guiándome por Cracovia y contándome sus historias —la Historia de la ciudad, las historias de sus habitantes—, nos ponemos a la sombra del enorme cartel de Juan Pablo II. Para reanudar la charla, le pregunto si aún está en contacto con la Chocha, la simpática tía de su exmujer. En lugar de responderme, empieza a hablar otra vez de la basílica de San Florián: parece que las reliquias del mártir salvaron a la iglesia y la ciudad de varios incendios y otras catástrofes. Además, este era el punto de partida del Camino real, me cuenta Mateo, la ruta que seguían los monarcas polacos y su comitiva: empezaba en la basílica, cruzaba la puerta de la ciudad, visible desde aquí, entraba en Cracovia y llegaba hasta el castillo de Wawel, donde tras una ceremonia coronaban al rey o lo enterraban, según lo requiriera la ocasión.

—En nuestro primer paseo seguiremos el Camino real: atravesaremos la ciudad de norte a sur —me aclara Mateo—. Esta ruta meridiana por Cracovia es una primera aproximación a la ciudad y su historia, una toma de contacto turística que los invitados de honor del gobierno polaco también recorrían. Y yo también pasaba por aquí cuando visitaba Cracovia, aunque de honorífico no tenía ni tengo nada. Después de ver a la Chocha y de tragarme una buena szarlotka, mi novia y yo continuábamos bajando hacia el sur, ya que su madre vivía en Podgórze, el barrio que hay más allá del río Vístula. Lo de bajando es un decir, porque Cracovia es muy llana, pero, ya me entiendes, bajemos un poco más, vayamos al centro de la plaza de Jan Matejko.

—Quieres ir al monumento de Grunwald, ¿no?

—Pues sí, ahora sí que has acertado —Mateo señala el monumento con el paraguas verde y nos ponemos en marcha—. En nuestros tres paseos voy a hablarte, si no se me olvidan, de muchas derrotas, porque la historia de Polonia es una trágica sucesión de derrotas militares, políticas y culturales. Por eso uno de los mejores poetas polacos, el nobel Czesław Miłosz, llama a Polonia «el patio trasero de los imperios»: tártaros, prusianos, teutones o alemanes, rusos, suecos, austríacos, nazis, soviéticos y demás combatieron, vencieron e invadieron en algún momento este país. Pero aquí y ahora te hablaré de una victoria polaca: la batalla de Grunwald, conmemorada por este monumento de granito blancuzco, el pedestal, y de bronce, las estatuas.

»El combate tuvo lugar en 1410 alrededor de Grunwald, un pueblo en el norte de la actual Polonia, entre la Alianza polaco-lituana, por un lado, y los Caballeros teutónicos, por el otro. Lo que había empezado como una cruzada teutónica para convertir a los paganos bálticos acabó en una mera guerra de expansión, que terminó con la batalla de Grunwald, probablemente el mayor combate de la Edad Media. Para que te hagas una idea de su importancia, una historiadora del arte, que fue profesora de mi ex, dijo que la única fecha que todo polaco recuerda es 1410. Porque la victoria polaco-lituana desestabilizó el orden geopolítico de la zona: se impuso la alianza entre el Reino de Polonia y el Gran Ducado de Lituania, una superpotencia cristiana que aún se expandiría más y dominaría gran parte del centro y este de Europa durante los siglos XV y XVI. De hecho, esta época se conoce en Polonia como el Siglo de Oro, y también fueron años de esplendor para Cracovia, que aún era su capital.

»Este monumento recuerda aquella batalla y aquellos días dorados: arriba, la estatua a caballo representa al rey polaco Vladislao II Jagellón, líder del ejército victorioso; las estatuas de debajo, que van a pie, son el gran duque lituano Vitautas, primo y aliado del rey de arriba, y otros soldados; y el tipo que está tumbado en la base del monumento es el belicoso Ulrich von Jungingen, el gran maestre de la Orden Teutónica.

—Parece que lo mejor de las victorias es ver a tu enemigo derrotado.

—Derrotado y en este caso también muerto: el tipo perdió la vida y la batalla. Pero incluso este monumento a la batalla de Grunwald, que conmemora una victoria polaca, es oscurecido por las derrotas posteriores. En primer lugar porque fue erigido para celebrar los 500 años de la victoria, en 1910, cuando Polonia no existía sino que era el patio trasero de tres imperios: Prusia, Rusia y Austria. Pero treinta años después los nazis invadieron la mitad occidental de Polonia y destruyeron muchos símbolos polacos o antigermánicos, incluido este monumento. La versión actual es una copia de 1976, construida durante la época comunista, otra derrota polaca.

Mientras mira sin ver el monumento, Mateo me confiesa que muchas de las cosas que sabe sobre Cracovia se las contó su entonces novia en aquellas primeras visitas desde Londres, aunque también ha leído mucho, añade para no quitarse todo el mérito. Mateo, que tendrá unos cuarenta y pocos años, es filólogo hispánico pero le apasionan la literatura y la historia de Polonia, su patria adoptiva; en cambio, su ex, a la que yo nunca he conocido, es historiadora del arte, aunque ha terminado trabajando para una multinacional. En alguno de aquellos paseos meridionales por Cracovia, su futura esposa le explicó que la batalla de Grunwald es un motivo recurrente en la cultura polaca, casi un síntoma: la batalla es moldeada en la escultura, el cine le da movimiento, es contada por la literatura, miles de ilustraciones la reproducen, cientos de calles, plazas o puentes repiten su nombre e incluso ha sido convertida en juego de mesa. Pero quizás la más famosa de las batallas de Grunwald sea un cuadro pintado en 1878 y titulado precisamente La batalla de Grunwald, que Mateo me muestra en su móvil.

La monumental obra —cuatro metros y pico de alto por casi diez de ancho— se ve tan ridículamente minúscula en la pantalla que tenemos que aumentarla y observarla en segmentos. En ella se representa con un realismo muy decimonónico a una muchedumbre orgiástica en combate entre la que, con paciencia o ayuda, se puede reconocer a los mismos personajes del monumento que tenemos delante, pero el protagonista de la pintura es el gran duque lituano Vitautas, de destacado rojo y a caballo, con una espada y mirando a los ojos al espectador, el único guerrero que rompe extasiado la cuarta pared, mientras que su primo, el rey polaco, baja del pedestal de granito y mira a sus enemigos en segundo plano, apartado a la derecha, también sobre un caballo y luchando con una espada pero disimulado entre la tropa. Sin embargo, Vladislao II Jagellón no es el segundo personaje en la jerarquía del cuadro, sino el gran maestre de la Orden Teutónica, el cadáver de bronce del monumento que en La batalla de Grunwald está a la izquierda del gran duque, vivo pero a punto de recibir dos golpes de gracia, tal y como el zoom del móvil me deja ver: iluminado y todo de blanco —capa, túnica, caballo— contrasta con el rojo de su enemigo lituano y entre los dos forman una bandera polaca que surge simbólicamente de la lucha. Desde arriba y atrás, preside la composición San Estanislao de Cracovia, un mártir polaco que, como el San Florián de la basílica, también es patrón de la ciudad y de Polonia pero no de los bomberos sino del orden moral, y que, según los derrotados caballeros teutónicos, habría ayudado a la Alianza polaco-lituana a conseguir la disputada victoria. Mateo guarda el móvil y vuelve a hablar:

—¿Has visto el cuadro en persona? Es espectacular, realmente enorme, se puede decir sin caer en un tópico que las reproducciones no le hacen justicia, aunque solo sea porque reducen su tamaño: aquí la cantidad es una cualidad. Mi ex me llevó más de una vez a verlo al Museo Nacional de Varsovia, donde se podía pasar horas contemplándolo y contándomelo: se sabía de memoria los nombres de los reyes, príncipes, duques y demás combatientes de la obra, así como el significado de los estandartes, escudos y armas que portan, me explicaba que la pintura representa simultáneamente diferentes tiempos y contiguamente diferentes espacios de la batalla, recordaba las interpretaciones simbólicas, psicológicas e históricas de los eruditos académicos, a veces inverosímilmente detalladas, e incluso tenía sus propias teorías sobre por qué el autor había decidido darle protagonismo al gran duque lituano y no al rey polaco.

»Para el espectador adecuado, ver esta pintura histórica es leer un libro de historia europea, y no solo medieval, porque sus múltiples significados trascienden el tiempo que representa y la época en que fue concebida hasta llegar al convulso siglo XX. No estoy exagerando: La batalla de Grunwald sufrió, como este monumento a Grunwald, la persecución de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. El cuadro, un emblema del nacionalismo polaco y de la resistencia antigermánica, ocupaba el primer lugar entre las obras más buscadas por los nazis en Polonia. A pesar de su tamaño, la resistencia polaca había escondido el lienzo, por lo que Goebbels llegó a ofrecer dos millones de marcos imperiales como recompensa para quien lo encontrara, complementando el exterminio sistemático de cientos de miles de seres humanos, a pocos kilómetros de aquí, con la destrucción del capital simbólico y cultural del país. La Gestapo buscó con tanto empeño la obra que fue necesaria una sofisticada operación internacional para protegerla: la radio polaca en el exilio londinense difundió la falsa noticia de que el cuadro acababa de llegar a Gran Bretaña. Así, a diferencia del monumento, La batalla de Grunwald sobrevivió al nazismo oculta en Lublin, una ciudad del este de Polonia, y ahora puede contemplarse en Varsovia. Su autor, hijo de un checo y una alemana, es el gran pintor romántico polaco y un ilustre cracoviano, por algo esta plaza donde nos encontramos tú, el monumento a Grunwald y yo lleva su nombre: Jan Matejko.

Cuando le comento a Mateo que me marean un poco las pinturas históricas de Matejko, más abarrotadas de gente que una procesión de Semana Santa, suelta una carcajada. Y en seguida confiesa que su ex, historiadora del arte, le acabó contagiando la pasión por Matejko, pero que al principio él tampoco era un apasionado de esos cuadros. Demasiada nobleza apretujada, demasiada historia comprimida, demasiada interpretación ideológica. Además, estaban estéticamente desfasados, sobre todo en comparación con París, el epicentro artístico de la época: cuando Matejko pintó en 1878 La batalla de Grunwald, Paul Cézanne ya estaba agotando el impresionismo. Por eso a Mateo le gusta la parodia que otro pintor polaco hizo de la obra maestra de Matejko, una divertida caricatura que me muestra en su móvil. Sobre fondo blanco hay un laberinto de líneas negras, confusas y aleatorias como si fueran obra de un niño, entre las que solo se puede identificar una bandera con una cruz. Estos garabatos sin sentido aparente lo cobran solo si el espectador conoce La batalla de Grunwald de Jan Matejko. Es sorprendente cómo el autor de la parodia logró captar la esencia tumultuosa de aquel cuadro en unas pocas líneas. Se trata de una excepción a la lógica de la parodia: en vez de exagerar un rasgo característico del original, lo simplifica y elimina lo superfluo, que resulta ser casi todo; es una parodia minimalista, una parodia por defecto y no por exceso, quizás porque el cuadro de Matejko ya era de por sí excesivo.

—El autor de esta parodia es Stanisław Wyspiański, otro gran pintor cracoviano que casualmente fue alumno de Jan Matejko en este edificio neoclásico que tenemos a la izquierda —Mateo lo señala con el paraguas verde—. Es la Academia de Bellas Artes de Cracovia, de la que justamente Matejko fue el primer director cuando en 1873 se convirtió en una institución independiente, y que ahora lleva su nombre, como esta plaza. Ahí estudiaron grandes de la pintura polaca como Wyspiański, un fabuloso pintor modernista que es muchísimo más que el autor de la parodia de La batalla de Grunwald, pero en este paseo nuestro guía de la ciudad será su maestro. En la Academia de Bellas Artes también estudió durante un breve periodo de tiempo mi novia, cuando aún vivía en Cracovia y todavía no se había conformado con estudiar Historia del arte, cuya facultad está más al sur, probablemente pasemos por allí luego. Sin duda, ella fue mi maestra: me enseñó Cracovia como ahora te la estoy enseñando a ti.

Y precisamente para darle a conocer la trágica y compleja historia de Polonia, la ex le mostraba a Mateo las pinturas históricas de Jan Matejko, que presentan de forma bastante didáctica los grandes acontecimientos de la historia del país. De hecho, Matejko tiene una serie de doce cuadros llamada Historia de la civilización en Polonia que constituye la iconografía histórica oficial de la nación polaca. La primera obra de la serie no podía ser otra que La introducción del cristianismo en 965, dedicada a la cristianización de Polonia, un proceso que empezó en el siglo IX y duró un par de ellos pero que en el cuadro de Matejko solo presenta el 14 de abril de 966, el día en que el rey polaco Mieszko I fue bautizado, evento que suele considerarse también el nacimiento de Polonia. No obstante, el título hace referencia al año 965 porque es cuando Mieszko se casó con la princesa bohemia Dubravka, la mujer que lo convenció para convertirse al cristianismo y que, en el cuadro que Mateo me muestra en su móvil, aparece de rodillas con una vela encendida, símbolo de la nueva fe.

—En este caso, Polonia no fue patio trasero sino lecho conyugal —me suelta Mateo, carcajeándose—. Y la última obra de la Historia de la civilización en Polonia recrea un importante evento del 3 de mayo de 1791. En doce cuadros, ocho siglos de historia: Jan Matejko no es mal profesor, ¿no?

Acabada la lección de historia, Mateo se da la vuelta y avanza hacia el centro de Cracovia, dejando el monumento de Grunwald detrás y la Academia de Bellas Artes a la derecha. Lo veo de espaldas, con el paraguas verde en el sobaco izquierdo y las manos en los bolsillos, recorriendo chano chano el camino por el que solían desfilar los reyes polacos. Si uno hace el esfuerzo de eliminar a Mateo y otros anacronismos entrometidos, puede imaginarse cómo debía de ser la ciudad hace 500 años. En primer plano, se ve la barbacana de Cracovia, que la protegía de las invasiones con sus siete torres puntiagudas; detrás de ellas asoma otra torre gótica más alta y amplia, la parte superior de la Puerta de San Florián, acceso a la ciudad; el skyline medieval se completa con otras dos torres, todavía más elevadas pero también más lejanas, correspondientes a la basílica de Santa María, otra etapa importante del Camino real y una de las muchas iglesias por las que Cracovia también es llamada «la Roma polaca».

Conforme rodeo la barbacana por la derecha, voy viendo los únicos restos de la muralla que encerraba y protegía la vieja Cracovia: la puerta de entrada y poco más. Para acabar de imaginarse la ciudad de hace 500 años habría que añadirle otro tramo amurallado perpendicular, que conectaba la puerta y la barbacana pero que tampoco existe ya. El suelo empedrado, que contrasta al lado del asfalto, nos recuerda dónde estaba esta parte ahora desaparecida de la fortificación. En cambio, el lugar que ocupaba el resto de la muralla, lo recuerdan unos jardines llamados Planty, que envuelven la ciudad. Quiero decir que envuelven el Stare miasto, o sea la ciudad vieja, porque hace muchos años que Cracovia rebasó su geografía medieval, expandiéndose extramuros como cualquier población europea.

Mateo se ha detenido al lado de la barbacana y señala con el paraguas verde a nuestra derecha, hacia Planty, donde hay una estatua. Se trata de otra estatua de bronce, también sobre un bloque de granito, aunque este es rojizo. Representa a un viejo intelectual barbudo y meditabundo, un Valle-Inclán sin gafas sentado en una silla con las piernas cruzadas y los brazos apoyados en sendos apoyabrazos, dónde si no. Detrás y debajo de la silla nace un marco, también de bronce, que se extiende hacia la derecha sin ningún sostén, equilibrado solo por el pedestal de granito, pero este marco no enmarca nada, o al menos nada más que el paisaje: es un marco vacío. Parece un ventanal a través del cual el señor barbudo contempla los jardines de Planty. No hace falta acercarse mucho para poder leer la inscripción del bloque de granito: «Jan Matejko 1838-1893».

—La estatua es un buen homenaje a Matejko, ¿no? —comenta Mateo—. Parece decirnos que esta ciudad y este país son obras de Matejko, que él creó la imagen de Polonia. Pero Matejko pintó solamente la Polonia del pasado, fue sobre todo un pintor histórico. Puede que su presente lo asustara o deprimiera, porque Polonia ya no era el gran país que había sido, de hecho ni siquiera era un país. Quién sabe si hoy se atrevería a mirar a su alrededor o seguiría fijando la vista atrás —Mateo avanza hacia la muralla y señala arriba con el paraguas verde—. ¿Ves eso que hay ahí, arriba, en la Puerta de San Florián?

—¿El águila? Es el águila blanca del escudo de Polonia, aunque esta es de piedra —respondo, como buen alumno—. Proviene de una antigua leyenda eslava protagonizada por tres hermanos: Lech, Czech y Rus, que vivían en el territorio de la actual Croacia. Eran príncipes pero tuvieron que huir porque otra hermana los había traicionado aliándose con el enemigo; en otras versiones de la leyenda, los tres hermanos simplemente estaban de caza, quién sabe si no será un eufemismo para decir que andaban de picos pardos. La cuestión es que en algún momento de su viaje se separaron: Lech fue hacia el norte, Czech para el oeste y Rus al este. Entonces la leyenda polaca pone el foco en Lech, que siguió andando hacia el norte, muy al norte, hasta que encontró un águila. Se trataba de un águila blanca protegiendo su nido. Como era tarde, Lech vio la silueta del águila blanca recortándose sobre el sol poniente, rojizo. La pintoresca imagen lo impresionó tanto que, con una lógica muy legendaria, la interpretó como una señal: decidió asentarse en aquel lugar. Lo llamaría Gniezno, porque gniazdo en polaco significa nido; la bandera tendría aquellos dos colores, rojo y blanco; el escudo mostraría un águila blanca, a la que le añadió una corona. Fue así como Lech se convirtió en el primer rey polaco, al menos en el plano legendario, y Gniezno en la cuna de la civilización polaca.

—La cuna y el nido —aprueba el maestro—. Y además de rey mítico, Lech es una cerveza, un equipo de fútbol polaco y el nombre de dos políticos claves en la Polonia contemporánea. Pero yo te señalaba el águila de piedra de la Puerta de San Florián porque es un diseño de Jan Matejko. Su obra es omnipresente: está en los museos y en las mentes de los polacos, pero también en las calles. Bueno, ¿qué te parece si entramos de una vez en la Cracovia medieval? Esta introducción desde las afueras del Stare miasto ya está durando mucho.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here