-No estamos de acueldo, helmano; solamente tienes que confiar en el Padre, orarle mucho y pedirle mersede; Él proveerá.

-Sierto. El hombre lo pué toó con la ayuda de Dios.

-Sí, pero fíjense en el rey David; él no pudo erigir el templo del Padre po’que tenía las manos manchadas de sangre. Antes de obrar, hay que arrepentirse de corasón, po’que el Salvador ve la mentira en el alma de sus criaturas, nosotros…

Los tres morenos departen amigablemente bajo el toldo vegetal de la pequeña palapa en la que venden atracciones turísticas. Mientras repasan con unas grandes tijeras de podar los bordes irregulares del tejado de palma, mantienen una conversación sobre asuntos religiosos que resulta del todo surrealista encastrada en semejante escenario y con protagonistas vestidos como ellos. La seriedad con la que se pronuncian sobre cuestiones tan solemnes me parece de lo más chocante, y les escucho un tanto perplejo desde mi tumbona. Se me olvida que estamos en la República Dominicana y que estas buenas gentes tienen profundos sentimientos religiosos sobre los que les encanta charlar con un empaque sincero y algo enternecedor. Infinidad de capillas, pertenecientes a todas las ramas del cristianismo, florecen en cada apartado rincón de la isla, situadas en el interior de templos profusamente decorados y con nombres tan rimbombantes que harían enrojecer a cualquier católico acendrado. Bueno, no es mi caso.

Son las nueve de la mañana y, muy en contra de mis horarios habituales, llevo ya casi un par de horas disfrutando de la maravillosa temperatura caribeña. Acomodado perezosamente en una larga tumbona, me debato entre mis deseos de irme a la playa y la imposibilidad casi física de moverme, tan relajado y tranquilo estoy en esta zona de la piscina. Es una de las muchas que alberga este complejo. Lo primero que hice, nada más llegar, fue dedicarme a explorar los alrededores. Como un caimán añejo y taimado, busqué detenidamente los rincones más solitarios de todas las piscinas que el resort atesora, para elegir al final una de las menos frecuentadas por la ruidosa clientela del hotel. Y allí, en ese punto favorito a pleno sol, me zambullo silenciosamente en el agua cada vez que me apetece, dejándome arrullar por su murmullo alegre de masa acuática domesticada, limpia y al servicio del hombre. Procuro permanecer ajeno a la casi totalidad de cuanto me rodea, y filtro sin piedad, a base de utilizar mis sentidos, la ingente cantidad de estímulos con los que el trópico me bombardea a cada momento. Molestos en particular resultan los yanquis borrachos que vocean su bronca alegría y su empacho de alcohol, pero son consustanciales al paisaje, de manera que habrá que aprender a ignorarlos. Es imposible de todo punto captar una conversación medianamente interesante entre ellos, por lo que me consuelo con los pronunciamientos evangélicos de los morenos.

Me llega un mensaje de mi hermano. Aunque él no podrá asistir por motivos de trabajo, sus amigos españoles, a los que he conocido hace un par de días, cuentan conmigo para degustar una paella. El asunto resulta un tanto chusco pero tiene fácil explicación. Un empresario mallorquín, que triunfa con su negocio de informática en la isla, se aburría como una ostra y decidió abrir un pequeño restaurante en Bávaro. Allí enseña a sus empleados, todos dominicanos, a cocinar platos típicos de nuestra cocina. Claro está, no podía faltar la paella.

Uno de los amigos de Luis me recoge amablemente en la puerta del hotel. En diez minutos estamos sentados a la mesa y encargando las bebidas. Una simpática mulata me pregunta que qué quiero beber, mientras la negra de rostro más hermoso y de piel más oscura que he visto en mi vida nos sonríe con una boca perfecta y comienza a servir los entrantes. Le contesto a la mulata que quiero té, y me dice que de qué clase. Rojo o negro, claro, pero resulta que solo tiene verde, cosa que averiguo cuando se vuelve a acercar a mi con las manos llenas de sobres, incapaz de encontrar entre ellos lo que le estoy pidiendo. Sea, pues; vamos a darle al té verde; si es posible, con hielo o helado, por favor. Me sabe un poco a hierbajo, pero es lo que hay. Al instante, aparece con un vaso de whisky lleno de agua helada, en el que sobrenadan tres cubitos de hielo tamaño familiar y un sobre de té, tristemente arrumbado entre los monumentales icebergs, coronado todo el monumento por una amplia sonrisa tropical. Me percato de que el mejunje no ha hervido y se lo hago saber, por supuesto; se me queda mirando como si yo fuera marciano y, para evitar males mayores, le comento que no será el último té que me beba comiendo y que si es tan amable, que prepare una buena cantidad. Sonríe con amabilidad y me hace, según puedo comprobar algo más tarde, el mismo caso que si oyera llover, cosas que ocurren aquí cada dos por tres y a diario, lo de que no te hagan ni puto caso y lo de la lluvia torrencial. Durante la comida consumiré otros cuatro o cinco tés, que siempre vendrán servidos en distintos tipos de envase, en vaso o en taza, con y sin hielo, con el hielo dentro o aparte y con el agua más o menos caliente, en hilarantes combinaciones con repetición de cuatro elementos tomados de cuatro en cuatro, que diría un matemático. Con lo difícil que resulta hacer las cosas así, joder. En fin, es algo perfectamente inherente a la idiosincrasia del Caribe, qué le vamos a hacer. Menos mal que los entrantes están bastante bien y que la paella tiene un digno pasar.

Acabada la comida, y como es un día de diario, cada mochuelo a su olivo. Mis nuevos amigos se disponen a retornar a sus quehaceres, pero uno de ellos me indica que si quiero tomar una copa con más tranquilidad, él mismo me acercará después al hotel. No puedo beber alcohol, por desdicha, pero me encantan las sobremesas. En el Caribe y con personas que apenas conozco, no es una oportunidad que vaya yo a desaprovechar.

Se anima la conversación mientras corren los tragos. Esta amable banda tiene la bárbara costumbre de comer o cenar sorbiendo bebidas largas, de manera que se han metido la paella entre pecho y espalda empujándola con vino, whisky y vodka con chinola, es decir, maracuyá. A pocas copas más que caigan, se olvidarán las precauciones y las convenciones sociales. En lo que a mi respecta, además de no estar bebido en absoluto, el asunto me la trae al pairo puesto que en esta tierra no me conoce nadie. Poca o ninguna apariencia voy a guardar entre estas palmeras cuando tampoco lo hago en mi hoy lejana patria.

Agotada la charla, llega el momento de volver a mi hotel. El amigo que me ofreció acercarme me mira fijamente.

-Mariano, ¿quieres conocer más de cerca la realidad de Dominicana? -pregunta, solícito.

-Naturalmente. ¿Quién dijo miedo? Es mi segundo viaje a la isla y lo cierto es que no la he visto de cerca.

-Pues ya estamos tardando; vámonos.

-¿Y tu trabajo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta. Es un hombre de negocios de éxito, su propio jefe.

-Déjame que haga un par de llamadas y lo arreglo -me dice, mientras echa mano al teléfono.

-Faltaría más. Yo soy un hombre fácil, ya tú sabes, mi amol…

Dicho y hecho. En pocos minutos, estamos sentados en su coche, camino de las zonas más impresionantes de la isla. Pasamos junto al aeropuerto de Punta Cana y mi amigo comienza su relato. Una familia siciliana llegó a Santo Domingo a mediados de los años cuarenta. Impresionados por la belleza casi virgen de estas tierras, se dedicaron a comprar terrenos a destajo, o a apropiarse de ellos por métodos poco ortodoxos, por decirlo de una manera suave, si los propietarios se resistían a vender. Al menos, eso es lo que se cuenta por estos pagos. Dotados de una poderosa visión de futuro, vislumbraron en sus blancas playas un emporio turístico, una mina de oro que refulgía ante los ojos de su imaginación. La piedra angular de ese imperio fue el aeropuerto. Situado a once kilómetros escasos de Punta Cana, es el primer y único aeropuerto privado del mundo, y controla el sesenta por ciento del tráfico de viajeros que entran y salen de la isla. El volumen de negocio que genera es, por tanto, monumental, gigantesco. A destacar que cuenta con su propia seguridad privada, claro está, y que entre sus muros los deseos de sus dueños son ley indiscutible e indiscutida.

Mientras mi amigo me va contando esto, seguimos avanzando por la carretera en dirección al Punta Cana Golf Resort. Antes de llegar al club propiamente dicho, circulamos por grandes bulevares custodiados a ambos lados por la omnipresente selva, espesa y lujuriosa, mucho más densa que en otros lugares de la isla. Salvamos un par de barreras y observo el aspecto de los vigilantes de seguridad que las guardan. No son ni siquiera parecidos a los que he podido contemplar en los complejos hoteleros y en los centros comerciales que conozco. Jóvenes y algo menos jóvenes, todos ellos tienen una dura expresión en el rostro y miran con desconfianza y agresividad al viajero. Contestan de mala gana, casi rozando la grosería mientras acarician inconscientemente la culata de sus pistolas. Me comenta mi amigo que forman parte del auténtico ejército privado que vigila esta zona privilegiada de la isla, armados hasta los dientes y militares en su totalidad, lo que confirma mis sospechas en ese sentido.

Tras una corta charla con estos sujetos, que conocen a mi amigo porque fue propietario de una parcela en esta finca inmensa, aparece ante nosotros el club social de la urbanización. Me quedo parado sobre mis pasos. Es un enorme edificio, con una escalinata central y una terraza magnífica a la que se accede después de atravesar un hall de dimensiones similares. Está edificado con bloques de piedra de un ligero color terroso muy atractivo, y decorado con mucho gusto a la manera colonial, sin los barrocos excesos tan propios de esta tierra. Y al salir a la terraza, me encuentro suspendido en uno de esos momentos de rara y auténtica belleza en los que todo parece encajar a la perfección.

Nada parece estar fuera de lugar, nada chirría, nada entorpece el goce de los sentidos aquí y ahora. Una brisa suavísima, fresca y salada, sopla casi con mimo sobre nosotros. Frente a mí y bajo mis pies, una gran piscina, ya pasto de las sombras, acoge a cuatro o cinco jóvenes de cuerpos esbeltos y tostados por el sol. Están lánguidamente recostados en grandes sillones de caña y mimbre mientras sorben sus bebidas y fuman cigarrillos y puros. Su lenguaje corporal muestra ese cansancio sensual y delicioso que suele rematar un buen día de playa en excelente compañía. Hay un par de mujeres que me llaman la atención por su belleza, por la desusada perfección de sus formas. A mi derecha, un tipo rudo y desagradable, vestido como un auténtico gañán, vocea algo en un idioma que me parece ruso y en dirección al grupo, aunque nadie le contesta, porque los jóvenes están hablando en italiano. Pasada la piscina, el mar. Un Caribe que todavía muestra una gran barrera de redes que colocaron días atrás para evitar la marejada de algas que suelen provocar los huracanes, aunque las blancas rompientes que se divisan a más de trescientos metros de la playa revelan parte del secreto de este lugar: lo escogieron para construir el club precisamente por las barreras rocosas que aminoran los efectos tremendos del clima desatado. Y antes de poder pisar la limpia arena, una gigantesca pradera de lujurioso e impecable césped lo viste todo de verde. Grandes y suaves dunas que se alternan con los bankers propios del campo de golf; hoyos de una belleza espectacular, como el que se encuentra en el lago central de la urbanización; todas las mansiones -esplendorosas, de ensueño- que se divisan desde la terraza, pueblan la magnífica extensión verde, cobijadas entre bosques de palmeras y otras especies arbóreas de la isla, como joyas que resplandecieran bajo la dorada y dulce luz de la tarde, que ya desfallece lentamente.

Es una visión onírica y siento una grata sensación de paz que nunca había percibido en lugar alguno, tan perfecta es la belleza del conjunto, tan poderosa la armonía que emana de él. Es cierto que se trata de un monumento más a la vanidad del ser humano, es cierto que los orígenes de tanta hermosura pueden ser un tanto oscuros, pero he de reconocer que las tinieblas que se agitan en la trastienda de este mágico panorama se diluyen en su espectacular grandeza. La parte de abajo de esta construcción alberga un inmenso spa, con todo tipo de tratamientos de belleza. Atendido por hermosas profesionales vietnamitas, es propiedad de la mujer de un famoso cantante español que cuenta con mucho predicamento entre los amables isleños. Nos saludan cortésmente mientras giramos una rápida visita por las instalaciones.

El restaurante es bastante caro pero todo el mundo puede acceder a él; en general, si comentas en la barrera de entrada que quieres comer allí, no suelen ponerte inconvenientes a la hora de entrar. Y pensando en volver a visitarlo antes de que mi estancia en el Caribe toque a su fin, salimos del club social.

Mientras nos dirigimos hacia la salida de la urbanización, siguen martilleando mis retinas las soberbias construcciones que se alzan en ella. Las parcelas tienen una extensión mínima de cuatro mil metros cuadrados, de los cuales el nuevo propietario se comprometerá a construir un mínimo de dos mil, y lo hará en el mismo contrato de compraventa, que incorpora además algunas cláusulas muy particulares. Todas ellas explican el éxito de la empresa gestora de toda esta maravilla, que pertenece también a la citada familia siciliana. Dicha empresa proporciona, en exclusiva y fijando ella misma los precios de los servicios sin cortapisa alguna, el suministro de agua y de luz, la retirada y gestión de basuras y la seguridad del complejo. Además, obliga al propietario a suscribir un cuantioso seguro de accidentes y de daños cuando acaba de edificar su casa, y se reserva el derecho de quedarse con el montante de una hipotética indemnización, que debería corresponder al dueño de la mansión siniestrada, en concepto de adelanto para una próxima compra de terreno en la misma urbanización. Como puede verse, auténtica mafia siciliana en su versión más elaborada y moderna. Eso sí, absolutamente nadie molestará a quien posea una propiedad aquí; no tendrá problema de tipo alguno cuando disfrute de su casa y jamás sufrirá un corte en el suministro de energía, todo ello por un precio módico, que oscilará entre los dos mil y los ocho mil dólares al mes. Negocio redondo para quien se lo pueda permitir: pagas una fortuna y vives con total tranquilidad.

Eso explica la abundancia de altos cargos militares que residen por aquí, a pesar de que con sus sueldos oficiales no podrían pagar ni la factura de la luz de la más modesta de las mansiones que se ven en este enorme emporio. La corrupción es el pan nuestro de cada día en esta zona del mundo, y la cosa no tiene aspecto de ir a mejor, antes bien al contrario.

Conduciendo lentamente junto a casas valoradas en cifras astronómicas, que se sitúan entre dos y veinte millones de dólares, vamos saliendo de la urbanización. Me duelen las sienes con el impacto sensorial de tanta magnificencia, de tanto lujo desaforado y alegremente soberbio, y siento que una envidia verde y macilenta me roe los talones. Esto es lo que hay, para esto valen el éxito y el dinero, y dado que carezco de ambos, me toca bailar otro son distinto. Los malencarados tipos de la última barrera nos saludan al salir y nos dirigimos hacia el Village, que es donde vive mi amigo.

Llaman así a este barrio porque recuerda vivamente a uno cualquiera de los pequeños pueblos americanos que tan acostumbrados estamos a ver en el cine. Largas calles con arbolado y cuidado césped; casas de madera blanca y grandes ventanales, con uno o dos coches aparcados en la rampa del garaje, y grupos de niños montando en sus bicicletas bajo la mirada atenta de la seguridad privada. Una iglesia con una gran cruz en la parte superior de su tejado y un colegio, del mismo estilo que las viviendas, completan la ilusión que proyecta el barrio: por un momento, podrías creer que te encuentras en el extrarradio de Miami, por ejemplo, aunque el suave acento español de los lugareños disipa súbitamente la visión. Y junto a la parte residencial, un moderno conjunto de edificios de negocios y de pisos de lujo, en grandes y amplias avenidas de aspecto impecable. En uno de los bloques centrales tiene su sede el grupo empresarial que controla esta parte de la República Dominicana, cómo no. Aquí la vida es cara, selecta y reservada para unos pocos.

Mi amigo me sonríe, acabado el tour por el enorme centro comercial, plagado de grandes firmas, que acaban de inaugurar en pleno Village. Está claro lo que es: una enorme lavadora de dinero, llena de magníficas y caras tiendas en las que absolutamente nadie compra nada, puesto que resultan prohibitivas para casi todo el mundo, habitantes del Village incluidos. Tan solo unas pocas personas comen hamburguesas en esas furgonetas que tanto gustan por aquí, de cuyos costados abiertos surgen infinidad de comidas y de bebidas de dudosa calidad.

Y me sonríe porque es un hombre de mundo. Hace muy poco que nos conocemos, pero llevamos enfrascados en una interesante conversación toda la tarde gracias a su amabilidad, y tiene muy claro que quiero ver la otra cara de este país, que no me conformo con el tentador espejismo a través del cual acaba de guiarme. Ya conozco las luces y ahora quiero sumergirme en las sombras; sin las unas, las otras carecen de sentido; sin el concurso de ambas, la realidad que aparece a la vista del viajero no es más que una imagen distorsionada e incompleta, un trampantojo más o menos elaborado.

De manera que nos encaminamos al pequeño pub que nos servirá de base de operaciones en Bávaro, porque allí hemos quedado con otro amigo que quiere acompañarnos en un desquiciado viaje hacia la parte más lóbrega de la población. Pero esa es otra historia.

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Mariano Gómez García
Soy madrileño por nacimiento, por vocación y por devoción. Lo cierto es que desde muy joven me atrajo más que nada el acto de escribir, la magia de contar historias, al principio para uno mismo y luego para los demás. Gestiono dos blogs, en “La Salamandra”, vierto mis inquietudes literarias, compartiendo mis experiencias como escritor. En “La Última Frontera” narro mis viajes cinegéticos, siempre con un arco de caza en la mano. Acabo de publicar mi primera novela, “Jinetes en la niebla “ (Editorial Entrelíneas, 2018) y me sigue sorprendiendo gratamente que mis palabras consigan captar la atención de mis semejantes. Por supuesto, estoy enredado de nuevo en otros proyectos literarios.

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