FUEGO

“Sobre él verteré el hambre y el fuego hasta que la desolación lo aturda y todos los demonios de la oscuridad exterior miren asombrados y reconozcan que la especialidad del hombre es la venganza.” (Patrick Rothfuss)
Muere una persona y tres resultan heridas de gravedad en un incendio provocado en un colegio de Madrid
(“El Mundo” 14/Feb/2018)

Un incendio provocado en la madrugada de hoy en el colegio Sagrado Corazón, situado en el número 137 de la calle Alfonso XIII de Madrid, ha causado la muerte de su director, el hermano Generoso Urdaci de 52 años de edad, y el ingreso en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Universitario La Paz de otros tres miembros de la orden religiosa corazonista. El pronóstico médico es de suma gravedad, temiendo los facultativos por la vida de los tres afectados, que se encuentran en situación de coma inducido con múltiples quemaduras de tercer grado e intoxicación por inhalación de humo. Doce personas más, religiosos y seglares pertenecientes al centro educativo, han precisado asistencia médica por intoxicación y quemaduras, encontrándose a estas horas fuera de peligro.

El fuego, desatado a las tres y veinte minutos de la madrugada, ha calcinado el colegio casi en sus tres cuartas partes. La existencia de tres focos y la presunta utilización de material inflamable habrían provocado la gravedad de la catástrofe. A pesar de la intervención de nueve dotaciones del Cuerpo de Bomberos del Ayuntamiento de Madrid, el incendio no se ha logrado sofocar hasta cuatro horas después de su inicio.

Fuentes cercanas a la investigación señalan la existencia de un sospechoso. La Policía, siguiendo el testimonio de una vecina, trata de identificar a un hombre encapuchado, corpulento y de mediana estatura que,  abandonó el edificio por su puerta principal segundos antes de oírse una fuerte detonación, para subirse a un todoterreno negro que escapó en dirección a la plaza del Perú.

 

1964

Los recuerdos de los hombres oscilan entre las luces y las sombras. En un rincón oscuro de mi memoria habita un inquietante fantasma.

1964 fue año bisiesto.

1964 fue el año en el que una niña de 16 años, la italiana Gigliola Chinquetti, ganó el festival de Eurovisión contando al mundo que no tenía edad para follar.

1964 fue un año triste para la memoria madridista. En el Praterstadium vienés, mi Madrid sucumbía en la final de la Copa de Europa ante el Inter de Mazzola y Luisito Suárez, provocando el adiós de Chamartín del inventor del “fútbol total”, D. Alfredo Di Stéfano, y mis lágrimas.

1964 también fue el año del gol de Marcelino. El equipo nacional de fútbol ganó la Copa de Europa de Naciones en el Bernabéu al derrotar a los rojos de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Con ese acto se desagravió la memoria de la División Azul, según la opinión de algún amigo de mi padre. Corría el minuto 84 cuando se obró el milagro; un cabezazo a media altura desde doce metros del delantero zaragocista (nadie sensato puede descartar a estas alturas la intervención de la Virgen de El Pilar), ocasionó un repentino ataque de lumbalgia en el Balón de Oro del año anterior y uno de los mejores guardametas de la historia: Lev Ivánovich Yashin, que así se llamaba la “Araña Negra”. En un alarde de gentileza, el cancerbero  moscovita pareció saludar al esférico que avanzaba fatigosamente y le cedió educadamente el paso para que pudiera besar la red. De haber vivido Stalin trece años más, es muy posible que hubiera descontado veintiséis años de vida al portero.

1964 fue el año en el que Sartre le dio plantón al Premio Nobel. En su Testamento Político, publicado 16 años después, el filósofo parisino, apóstol de la libertad individual, exigía la “abolición del clero, del altar y del sacerdote (cura o papa, pastor o rabino)”.

1964, finalmente, fue el año de la picadura de mi particular araña negra.

 

INMUNDICIA

Caminar desde la casa de mis padres en la Plaza del Perú hasta el Colegio Corazonista de la calle Alfonso XIII, o en sentido inverso, era una penitencia que cumplía cuatro veces diarias durante la década de los sesenta. Había que enfrentarse a una carrera de obstáculos consistente en esquivar excrementos de perro, gargajos, orines de distinto origen y grasa. Una acción que se complicaba seriamente en las mañanas de invierno. La escarcha que cubría la acera procuraba un buen número de aterrizajes, y sus consiguientes rasguños en las rodillas desnudas de los que soñábamos con llevar algún día pantalones largos. Si la suerte te era esquiva, podías acabar depositado sobre un escupitajo de tuberculoso, uniéndose a la natural repugnancia que provocaba aquel amasijo sanguinolento impregnando el culo de tu pantalón el terror al contagio. Escupir en la acera, en el bar o en el transporte público era una inveterada costumbre de la época, resultando la expectoración sanguínea y la nauseabunda expulsión del lapo moneda de uso corriente en el mercado costumbrista. Tal era la epidemia en aquellos años que en los trenes figuraban avisos como este “En bien de la salubridad pública, se ruega a los pasajeros no escupir en el piso y mantener en toda forma el aseo y la limpieza de este vehículo”. La aparición de la rifampicina y la mejora de las costumbres, incluida la del vicio de mear o escupir en la vía pública, contribuyeron con el tiempo a erradicar el espectáculo.

La prueba alcanzaba su grado máximo de dificultad al atravesar el doble paso de las cocheras de la Empresa Municipal de Transportes. El piso, altamente resbaladizo, estaba cubierto de una repulsiva capa negra que cubría el asfalto, formada por la grasa que desprendían a su marcha los bajos de los trolebuses que salían de servicio y la de los que volvían a encerrar, muchas veces averiados y arrastrados por la grúa, algo muy común en aquella demacrada flota. El calzado de la chavalería de clase media permitía generalmente superar la prueba, aunque en los días de mucho calor no era inusual que un mocasín quedara cautivo en aquella mermelada de mugre.

Una o dos veces por semana, la rutina de la vuelta a casa se alteraba a la hora de comer. El pelotón de inocentes que cubríamos aquella ruta teníamos el privilegio de toparnos con un ser superior; el reverendo monseñor Generoso Olana García, Capellán de Su Santidad y máxima autoridad espiritual en Madrid de la orden de los Hermanos del Sagrado Corazón.

Impecablemente ataviado, su disfraz cumplía a la perfección los objetivos de intimidación y superioridad para los que fue diseñado: capa de lana con forro de seda morada, sotana negra de lanilla con ojales, botones, bordes y forro de color morado, banda de seda del mismo color, mocasines de ante o tafilete con grandes hebillas doradas y un sombrero negro (birreta) con borla a juego de color morado (salvando el tinte, un castoreño de picador). El uniforme quedaba perfectamente rematado por dos impresionantes complementos: un crucifijo de oro macizo y cordón de seda negro, con broche de seguridad prendido a un botón de la sotana, y un fastuoso anillo de oro con un enorme rubí engarzado que hubiera servido para hacer las delicias de la primera vedette de la compañía de Matías Colsada o para sofocar el hambre en el Congo durante un mes. Aquel vestuario no admitía comparación con el que utilizaban los hermanos de la orden. Con independencia de la calidad de los tejidos, número de prendas y accesorios, la excelencia de su estado se debía al atento cuidado de Virtudes Urdaci, una religiosa de veintitantos años perteneciente a una familia acomodada de Vitoria. Virtudes se ocupaba con mimo de cepillar, limpiar, lavar, almidonar, planchar y ordenar las piezas del uniforme de Generoso. Desapareció de la vida del reverendo en 1965, tras colgar los hábitos, y hay que decir que desde entonces el ánimo y la ropa del capellán perdieron apresto.

Mi memoria olfativa recuerda una brecha aún mayor que la icónica. Las sotanas de los hermanos, a diferencia de las del reverendo, desprendían un desagradable hedor a rancio; una mezcla de olores conseguida a partir de la inevitable mezcla de los elementos que interesaban su ecosistema: serrín, sudor, polvo de tiza y tabaco. La variedad en aquel desagradable tufo la establecía en muchos casos el gusto del sujeto por los Ideales, los Celtas o el Bisonte.Ignorantes del doble riesgo al que nos sometíamos, los alumnos corazonistas acudíamos solícitos a cumplir con la liturgia establecida en caso de coincidir con el capellán. Una vez situados a metro y medio de distancia, en ocasiones guardando turno, iniciábamos la reverencia mientras pronunciábamos un respetuoso “Ave María Purísima”, plantando un sonoro beso en el anillo que nos ofrecía su mano derecha lánguidamente extendida a la altura de sus ingles. El capellán, displicente y paternalista, nos despachaba con un “sin pecado concebida” y una mirada escrutadora. Ocasionalmente remataba la faena con una caricia o alguna consideración sobre las reglas de urbanidad. Besar el objeto sobre el que habían depositado sus babas un puñado de mocosos era otra práctica de riesgo añadida al recorrido. No es posible evaluar la cantidad de contagios producidos por virus y bacterias de enfermedades como la mononucleosis, la gripe o el herpes que se podrían haber evitado aplicando una mínima política de higiene preventiva.

Aquel jueves siete de mayo de 1964 todo había transcurrido de forma rutinaria. Durante la comida mi madre nos leyó algunos pasajes de “Kazán perro lobo”. Un perro lobo y su compañera, dotados de mejores sentimientos que muchos seres humanos, eran los protagonistas de aquella maravillosa novela juvenil de James Oliver Curwood. Tras despedirnos de mamá con un beso, mis hermanos y yo iniciamos el regreso al colegio para enfrentar la segunda entrega de la formación diaria. En el patio, alineados en fondo de a dos, los alumnos de “Segundo Grado B” emprendimos la marcha hacia el aula bajo la mirada amable del hermano Juan Crisóstomo.

Una desagradable pestilencia a comistrajo invadía los pasillos de la primera planta situados sobre la cocina y los comedores. Era una auténtica desgracia que tu clase estuviera situada en esa zona del edificio. Acomodados por fin en los pupitres tras la incómoda travesía del pasillo, iniciamos los honores que dedicábamos a la Virgen María los primeros días de Mayo. Los de familias más pudientes, beatas o pelotas portaban ramos de flores que pasaban a adornar la capilla para honrar a la madre de Dios. La mayoría nos limitábamos a participar de cantos, rezos y peticiones. Al terminar el acto devoto recibimos el aviso de que esa tarde tocaba confesión. Uno detrás de otro, los cincuenta aspirantes a la absolución iniciamos el ascenso a la capilla, ubicada en la última planta. Era rara la ocasión en la que alguno no recibía alguna amonestación e incluso alguna hostia por parte de nuestros educadores el tiempo que permanecíamos allí. Su elástica conciencia daba para considerar una ofensa al Señor sonreír o cuchichear en su santa morada, pero no maltratar a un niño en ese mismo sagrado espacio. Concluida la espera y llegado mi turno dirigí los pasos hacia la sacristía, un cuartucho al fondo de la capilla, situado a la izquierda del altar. Al pasar delante del sanctasantórum hice la obligada genuflexión y me santigüé. En la penumbra del pequeño habitáculo había un reclinatorio forrado en terciopelo granate y detrás de él, sentado en posición transversal, el Capellán de Su Santidad, reverendo monseñor Generoso Olana García. No advertí ninguna otra presencia. Postrado de rodillas, y después de besar el anillo y volverme a santiguar, inicié el trámite.

Ave María Purísima.

-Sin pecado concebida.

¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas, hijo?

Catorce días, reverendo.

La mecánica de la confesión era muy sencilla. Se trataba de dar un repaso a los mandamientos según el caótico orden establecido por la zarza en el monte Sinaí. El delegado de Su Santidad dirigía el recuento y dependiendo de la gravedad de la falta utilizaba un tono reprobatorio u otro. Todo transcurría con la habitual normalidad y urgencia, un alumno cada treinta o cuarenta segundos, hasta que llegamos al sexto mandamiento.

-¿Has cometido actos impuros, solo o en compañía de otros?

-No, reverendo.

-Recuerda, hijo.

-No, reverendo.

¿Desde que confesaste la última vez, no has tenido tocamientos? ¿Solo o en compañía de otros?

-No, reverendo, no he tenido tocamientos.

-No puedes engañar a Dios. Nuestro Señor lo sabe y lo ve todo.

-Estoy diciendo la verdad, reverendo.

-Sabes, hijo, Dios está aquí, entre nosotros… no puedes engañarle.

En ese momento el capellán, que normalmente te confesaba con la mano derecha descansando sobre tu hombro, sujetó mi cabeza con sus dos manos y noté una presión en las mandíbulas. Con un tono muy distinto, lanzó su primera advertencia.

-¡El demonio no te deja confesar! ¡No quiere que cuentes la verdad! ¡Te vas a condenar!

Con los ojos empañados, desconcertado y con la voz encogida, casi suplicando, me dirigí al capellán con la mirada en el suelo.

-No he cometido actos impuros.

Al hombre de Dios, al que posiblemente le apetecía escuchar una aventura sexual protagonizada por un niño de siete años, no le convenció la respuesta. Encolerizado, fuera de sí, frustrado, subió el tono amenazador mientras yo me hacía a cada instante más pequeño.

-¡Tienes al demonio detrás! ¡Le estoy viendo! ¡Se está riendo! ¡Satanás no te deja confesar!¡

 Incapaz de girar la cabeza para ver a Satanás, incapaz de sentir la presencia de Dios, incapaz de mirar a la cara a aquel perturbado, reducido, llorando, imploré que me creyera.

-Se lo juro por mi madre reverendo. No he cometido actos impuros.

-Si supiera tu madre lo que estás haciendo no te iba a querer. ¡Las madres tienen hijos para el cielo!

Intenté responder de alguna manera, pero fui incapaz. Dios Nuestro Señor, entendía que también estaba defraudando gravemente a mi madre, no tenía derecho a que me quisiera. Arrasado, recibí el penúltimo mensaje.

-No puedo darte la absolución si no confiesas.

No obtuvo contestación. Empezaba a perder la orientación y carecía de capacidad para articular palabra.

Vas a leer todos los días, hasta que vuelvas a confesión, treinta páginas del “Devocionario Corazonista” —no recuerdo el número de las páginas, hace mucho tiempo—. Vuelve dentro de dos semanas. Recuerda que estás en pecado mortal. Puedes irte.

Sequé mis lágrimas con el dorso de las manos y, con la mirada clavada en el suelo, abandoné tembloroso aquella sacristía perfumada a partes iguales de incienso y azufre.

 

CENIZAS

El dolor, la humillación y la devastación emocional hacían de mi un guiñapo. Procurando recomponerme, avancé avergonzado hasta mi posición en el banco, donde supuestamente debía cumplir la penitencia a ojos de los demás. De rodillas, cubriéndome la cara con las manos para fingir recogimiento, aparentando rezar, intenté recuperar la compostura en lo posible. El mandato del capellán resultó de inviable cumplimiento: los deberes, la vergüenza de no poder dar a mis padres una contestación convincente al sorprenderme leyendo aquella guía de adoctrinamiento a diario y mi escasa velocidad de lectura a esa edad me condenaron irremisiblemente. Los siguientes tres o cuatro años, mi vida se convirtió en una tortura. No podía concebir un ser más despreciable que yo mismo. Completé una brillante carrera sacrílega: falsas confesiones, comuniones en pecado mortal para engañar y satisfacer a mis padres, peticiones de ayuda a Dios y a Satanás… Las noches de los primeros años fueron especialmente complicadas. Angustiado por mi condena eterna, difícilmente podía conciliar el sueño. Cuando por fin lo conseguía, me despertaba alterado en medio de una pesadilla recurrente: una especie de nube grisácea que emitía un sonido metálico, penetrante, desagradable, se acercaba a mí a gran velocidad hasta detener mi sueño. Tenía un miedo atroz a la muerte. Pánico a enfermar o sufrir un accidente y condenarme sin remisión.

El tiempo fue pasando, y con él cerrándose la herida. Poco a poco fui experimentado nuevas situaciones. Inconscientemente, se fueron abriendo válvulas de escape contra la tiranía de mi mala conciencia y aquella repugnante doctrina castradora, contraria a la dignidad humana. Cada vez resultaba más liberador incumplir la norma; revelarse contra la autoridad de quien fuera. A los trece años, ya había convertido la desobediencia y la transgresión en mi primer mandamiento. Había dejado de interesarme amar a Dios sobre todas las cosas para el resto de mis días. Con más de cincuenta años de retraso, recibí el tranquilizador mensaje del papa Francisco afirmando que «el castigo del infierno con el que la Iglesia ha atormentado a los fieles no es “eterno”». Se le olvidó al argentino comentar los altos rendimientos obtenidos por su institución y el poder político, durante siglos, en base al sometimiento y la intimidación de una población indefensa y analfabeta.

Durante tres años de mi interminable instrucción corazonista sufrí la desgraciada circunstancia de estar bajo la tutela del hermano Santiago. En realidad se llamaba José Antonio, pero como cualquier delincuente que se precie, adquirió un alias al ordenarse. Para los educandos —así se refería a nosotros cuándo ridículamente le invadía la trascendencia- era “El Pato”, un canalla incapaz de reprimir sus instintos más bajos que ejercía la pedofilia con bulímica  desvergüenza y absoluta impunidad. Los días que no se sentía acuciado por su urgencia jugaba al fútbol durante los recreos. Los más, sin embargo, se dedicaba a pasear de un extremo a otro del patio, abrazado a alguno de los elegidos y deslizando sus zarpas por el contorno de su presa. El escándalo que provocaba no era menor que la burla de los mayores que dedicaban idéntico desprecio al sujeto activo que al sujeto pasivo. Tres largos años sorteé las embestidas de aquel hijo de puta. Otros, compañeros y amigos, corrieron peor suerte.

Los abusos sexuales de los religiosos, según íbamos creciendo, comenzaron a ser motivo de escarnio entre muchos amigos y compañeros de juegos. No era extraordinario que, si se los encontraban en la calle, algunos exalumnos dedicaran a aquellos curas soeces y sonoros epítetos referidos a su condición sexual y a sus depravaciones. Las ventanas de los billares de la plaza de la República Dominicana eran la mejor trinchera. Los más pequeños, escondidos en el interior del local, estallando en carcajadas, celebrábamos eufóricos el impacto de los proyectiles de nuestros admirados veteranos. Algún compañero incluso se plegaba de forma voluntaria a los abusos para mejorar su expediente académico. “Me voy a aprobar al despacho del Julio —director del colegio— que he suspendido cuatro”, escupía Molar, sobrado y golfo. A veces, y en función de sus ardorosas urgencias, el director hacía llamar a consulta a sus objetivos en mitad de las clases. Sabedores de sus gustos entre los más avisados, pues no pocos habíamos desfilado ya por su despacho, intercambiábamos miradas cargadas de sorna y complicidad. Para impresionar a los más pardillos, el hermano Julio utilizaba su emisora de radioaficionado, y claro, alguno salía de allí pensando que había estado poco menos que en una estación de la NASA.

A finales de la década, empecé a cobrarme la indemnización por daños morales que me debía la institución eclesiástica. Dirigidos por José Luis y Juan Pablo, nuestros nuevos padres espirituales, tres o cuatro años mayores que nosotros, mi hermano gemelo y yo nos presentábamos voluntarios para ejercer de monaguillos los fines de semana en la “Iglesia de Nuestra Señora Del Valle” de Becerril de la Sierra. Bajo la arrobada mirada de mi madre, componíamos un cuadro perfecto. La intervención de mi padre como promotor, junto a un grupo de amigos, de aquella magnífica obra de la vanguardia arquitectónica, nos ponía en bandeja la confianza del párroco del pueblo. El templo, agotado el presupuesto inicial, había quedado a falta de algunos remates. A la hora de pasar el cepillo para cumplir el objetivo de su terminación, los asistentes competían en generosidad y vanidad. Las cestas recaudatorias rebosaban billetes. Agazapados en las escaleras del coro, nuestros nuevos instructores esperaban ansiosos para esquilmar la colecta. Acabada la santa misa, después de comulgar y recibir las estimulantes bendiciones, repartíamos el botín. Nuestras sacrílegas prestaciones asistenciales terminaron, de manera escandalosa, cuando mi pobre padre se enteró del saqueo. No me hizo falta volver a comulgar…

En el periodo comprendido entre 1965 y 1970, el mundo persistió en su empeño de  darle la razón al Príncipe de Salina; algunas cosas fueron cambiando para que, en esencia, todo siguiera igual. Mi maduración no fue ajena a una serie de acontecimientos, de los que participé con la euforia y el asombro propios de mi edad, y la visión transferida de los adultos. A la España casposa de olor a incienso, sudor y Zotal, ya le pesaban demasiado los brazos de tanto acarrear el misal y saludar a la romana: el 1 de enero de 1965, Franco levanta la prohibición de la lectura del Evangelio en español – El “Caudillo de España por la gracia de Dios”, según rezaba en las pesetas, tenía tanta autoridad política como eclesiástica. No en vano nombraba a los obispos-. En marzo llegan las tropas americanas a Vietnam. En el mes de junio The Beatles no logran reunir a más de 5.000 personas en Las Ventas —el concierto lo presentó Torrebruno, hecho que quizás tuvo algo que ver—.En enero del 66 chocan dos bombarderos americanos y nos dejan cuatro bombas nucleares en las inmediaciones de Palomares —pelillos a la mar—. Esa primavera, el “Madrid Ye-Yé” se trae para mi barrio de Chamartín la sexta Copa de Europa y Pablo VI anuncia la abolición del Índice de Libros Prohibidos. En el 67, Alí se niega a servir a las tropas imperialistas, y nos quedamos siete años sin ver al mejor boxeador de la historia. En abril del 68 es asesinado Martin Luther King. Esa primavera, los estudiantes franceses y los ciudadanos checoslovacos entendieron que la poesía no es del gusto del poder. Serrat, ese fascista irredento, se la juega y se niega a representar a España en Eurovisión si no canta en catalán. Cantó y ganó Massiel. En diciembre, José Legra le da un repaso a Wistone y se trae para España el mundial del peso pluma. En julio del 69, el hombre llegó a la luna. En 1970, se separan The Beatles y, mala noticia, fallece repentinamente el apóstol de la música psicodélica y mejor guitarrista de la  historia moderna, Jimi Hendrix. Ese año tuvimos la ocasión de disfrutar del mejor fútbol nunca visto en un mundial. Un Brasil imperial, a los mandos de Pelé, arrolló e hizo magia en México-70.

El último acto multitudinario y solemne del que participé en el colegio, fue “La peregrinación al Cerro de los Ángeles” del 70. Todos los años, a mediados de junio, teníamos que asistir -alumnos, curas y familiares que lo tuvieran a bien- a rendir homenaje a nuestro patrón, el Sagrado Corazón. Subidos en autocares de dudosa garantía, vestidos de domingo, repartidos como podíamos; tres en dos plazas, otros sentados en las escaleras, algunos de pie. Entre cánticos sonrojantes -“para ser conductor de primera”, “carrasclás” y similares- confluimos no menos de 1500 personas en la explanada de lo que decían era el centro geográfico de España  (los   estudios serios lo sitúan en Calalberche, Toledo) dispuestos a participar de un fervoroso acto de desagravio político-religioso y encomendarnos a la protección de Nuestro Señor. El menú pío se componía de misa solemne concelebrada, sobre fondo de procesión y algún otro aditamento espiritual. A la dantesca orgía de incienso y cirios, asistían los protagonistas ataviados con sus mejores galas: los oficiantes con sus más ostentosas vestiduras sagradas, los monaguillos con sus mejores roquetes y sotanas, los comulgantes de primer año con su disfraz de marinerito o de almirante de la mar océana, y así todo. El espeluznante cuadro folclórico se completaba con la presencia de “Los Cruzados”: un ridículo y quijotesco brazo armado de la fe, dispuesto a defender el control apostólico romano del territorio corazonista. La impresionante formación paramilitar estaba compuesta por alumnos voluntarios disfrazados, con escasa fortuna, a imagen de los hombres de Pedro de Amiens el Ermitaño, criminalmente instruidos para dar el chivatazo o romper el cráneo con su espada de palo a quien se le ocurriera romper la formación procesionaria. Al estallar la guerra civil, los milicianos tomaron el Cerro de los Ángeles y fusilaron primero y dinamitaron después, la estatua y el monumento del Sagrado Corazón que presidía el cerro. La prensa afín al bando republicano se hizo eco de la noticia en portada y publicó la foto de cinco milicianos disparando a la estatua con el titular “Desaparición de un estorbo”. Semejante sacrilegio iconoclasta se nos recordaba convenientemente todos los meses de junio, así como la respuesta de las fuerzas del bien a aquella vileza: el caudillo había ordenado, al arquitecto Pedro Muguruza, la construcción de un nuevo monumento en 1944 y la creación de la réplica de una nueva estatua, inaugurada en 1965, al escultor Aniceto Marinas. Hartos de tener que soportar aquella demostración de pompa todos los años e idéntica tabarra tenebrosa, descreídos e impíos, en un descuido de nuestro preceptor, cuatro selectos amigos nos dimos el piro por la ladera. Partidos de risa, llegamos a un merendero donde nos despacharon unas cervezas “El Águila”, con la promesa incumplida de devolver los cascos, escondiéndonos a continuación entre los pinos.Nos llegaba desde la explanada, interpretado por 1500 almas mansas, el eco de “Cantemos al amor de los amores” -Himno eucarístico solemne de 1911, cuya belleza arrasan los ridículos y fláccidos coros de las jóvenes hermandades cristianas-. Ajenos a tanta devoción y recogimiento, mientras nos fumábamos un Pall Mall y hablábamos de chicas y otros asuntos mundanos, Ramas decidió que para calibrar nuestra virilidad convenía medir nuestros miembros. Así lo hicimos, sin rubor ni sentimiento de culpa.

Ese curso del 70 fue el último que permanecí en aquel pervertido centro educativo. Tenía trece años bien curtidos, era el más pequeño de la clase pero no el más inocente. Terminado el bachiller elemental y la correspondiente reválida, tocaba elegir entre el bachillerato superior de ciencias o letras. Vi las puertas abiertas para escapar de aquella cloaca. Motivados por su pragmática lujuria crematística, los hermanos corazonistas habían decidido no impartir estudios superiores de letras en el centro. Eran pocos los alumnos que se decidían por esa especialidad, resultando menos rentables la inversión y los gastos en medios —aulas ocupadas por menos de cincuenta alumnos y profesores especializados— destinados a impartir clases de latín, griego y literatura. Elegí letras sin dudarlo. Me importaba un bledo mi futuro académico y profesional, con tal de decir adiós a tanto buitre, tanto miedo, tanta humillación y tanta lágrima.

En el trayecto hacia la calle Alfonso XIII desde mi domicilio en Pozuelo de Alarcón, después de ejecutar una sencilla operación de cambio de placas de matrícula, valoro la conveniencia de la terrorífica decisión que he tomado, obteniendo un resultado absolutorio. La práctica de la pederastia y la pedofilia fue durante muchos años algo común a las órdenes religiosas, especialmente en los colegios. Ejercidas con total impunidad, sus practicantes, en el mejor de los casos, eran “condenados” a ejercer el nomadismo, trasladándoles de un centro educativo a otro para evitar, supongo, que algún padre informado les rompiera la cabeza. La repugnante complicidad con la que se cubrían unos a otros, sabedores todos de lo que se cocía, explica que no haya inocentes que escapen a mi condena. Para que el mal de unos pocos triunfara fue necesaria la inacción y el silencio del resto. Los pedófilos y pederastas son minoría en el seno de la iglesia, pero los encubridores son mayoría.

Me despierta el  sonido estridente del jodido timbre de mi casa. El repartidor ha debido adelantar la tarea. Supongo que el día de San Valentín tendrán muchísimo trabajo y deberán empezar cuanto antes, pero, joder, las nueve menos cuarto no son horas de llamar a una casa decente. Siento pasión por las rosas desde que era un adolescente. En mi casa siempre había rosas y heredé ese gusto de mis padres. En la floristería de la calle Ayala, aunque te clavan, tienen las mejores de Madrid, así que merece la pena gastártelo allí. Suelo hacerles muchos encargos, son muy honestos; si  saben que el género no es de mi gusto me lo dicen aunque se queden sin vender. Ayer, a última hora, les solicité dos docenas de rosas rojas de tallo largo. Me cuesta saltar de la cama. Tengo la sensación de haber descansado poco, supongo que por la intensidad del sueño, un poco infantil, que he tenido esta noche. Estoy deseando contárselo a mi mujer, me gusta escandalizarla con estas cosas. Aunque en mi sueño no actué muy éticamente, tengo buenas sensaciones; me estoy recreando al recordarlo. No conservo, desgraciadamente, ningún recuerdo de la primera parte de mi infancia, pero, a tenor de mi estado, no debí ser muy feliz en el colegio si es verdad que los sueños suavizan los recuerdos negativos o dolorosos, tal y como concluía un resumen de un estudio neurocientífico de la Universidad de California en Berkeley que leí recientemente. Barret, psicólogo de Harvard, plantea una teoría que propone los sueños como una manera de resolver conflictos del pasado. Me tengo que ir a la ducha o llegaré, otra vez, tarde a mi cita con Julio.

Suelo ir a la consulta de Julio Mesa dos veces por semana. Hace unos tres años, me diagnosticaron una penosa enfermedad mental: trastorno de identidad disociativo, también conocido como desorden de personalidad múltiple. Una disfunción que se caracteriza por la existencia de al menos dos personalidades en una persona, cada una con su propio patrón de percibir y actuar. Dos de estas personalidades, como poco, toman el control de tu comportamiento de forma rutinaria. La enfermedad está asociada también con un grado de pérdida de memoria más allá de lo normal.  Mientras que la mayoría de la gente no recuerda lo ocurrido en los primeros cinco años de vida, o muy remotamente, las personas con un trastorno de identidad disociativo tampoco recordamos  lo ocurrido entre los 6 y 11 años. A esta pérdida de memoria se le conoce como “tiempo perdido”. Frecuentemente oyes hablar a otros de lo que has hecho pero tú no lo recuerdas. Se producen cambios en tu comportamiento de los que no guardas memoria, cada personalidad tiene su propia vida y no son intercambiables. Entras en una especie de “desdoblamiento corpóreo” que se acompaña de amnesia para no interferir en la rutina de tu otra personalidad.  Puedes descubrir objetos que no reconoces como tuyos  y sin embargo lo son. Dice Julio, para sacarme una sonrisa, que no me queje, que estoy hecho a semejanza  de Dios; tres personas distintas en un solo ser, que soy un “tres en uno”, como el lubricante. Más realista, le contesto que quizás me parezca al Can Cerbero, ese mitológico perro de tres cabezas que guardaba las puertas del infierno. En el noventa por ciento de los casos de este desorden de la personalidad hay un antecedente de abuso infantil, aunque en otros también está asociada la enfermedad con los excesos del uso de drogas.

Julio, además de ser un eminente psiquiatra reconocido mundialmente, está especializado en la investigación de esta dolencia. Actualmente nos encontramos empezando la segunda fase del tratamiento: “confrontación, superación e integración  de la memoria de recuerdos traumáticos”. Un tratamiento penoso. Su duración media es de unos cinco años, con interminables y catárticas sesiones de hipnosis. Julio graba las regresiones a las que me somete y luego en sus apuntes va reconstruyendo mi memoria. Orientación sexual aparte, Julio y yo compartimos pasiones, los dos somos unos enamorados del Renacimiento, de Neruda y del cine italiano, pero sobre todo es el tipo que me he cruzado en la vida que mejor conoce la historia del fútbol, un auténtico erudito en la materia. Madridista hasta la médula, dispone de un tesoro de incalculable valor; una indescriptible colección de camisetas de los más grandes jugadores de todas las épocas: Di Stéfano, Puskas, Gento, Pelé, Garrincha, Zamora, Amancio, Yashin, Mazzola, Luisito Suárez, y así hasta cerca de quinientas joyas. El otro día nos reíamos comentando el sospechoso gol de Marcelino. Reprodujo el vídeo en la consulta y no podía dar crédito. Julio recuerda que yo solía llevar al colegio una camiseta del Madrid, con el escudo y el número seis de Ignacio Zoco que me había cosido mi madre a la espalda. Me ha prometido que me va a regalar la que Zoco lució en Milán en el 66, cuando eliminamos al Inter en semifinales de la Copa de Europa y vengamos la afrenta de la final del 64. Hablamos del mal momento que atraviesa nuestro equipo y concluimos que el fútbol es “gatopardista”; de vez en cuando gana alguien para que el Madrid siga manteniendo su insultante hegemonía.

Después de buscar mi dosis de adulación diaria en el espejo, cada vez más complicada de encontrar, bajo al garaje de casa para subirme al coche y asistir a mi tratamiento. No sé qué coño hace un pasamontañas negro en el asiento del copiloto. Ni es mío ni lo he dejado yo ahí. Pongo la Radio. Un cura en la Cope está dando la turra contando que es “Miércoles de Ceniza”, según el siervo​ “la ceniza simboliza la muerte, la conciencia de la nada y de la vanidad de las cosas, la nulidad de las criaturas frente a su Creador, el arrepentimiento y la penitencia”. Huyo espantado a la Ser, están diciendo que ha ardido un colegio en Madrid…

“La venganza es el bocado más dulce para el paladar que jamás se ha cocinado en el infierno”. (Walter Scott)

entrevista a Kiko matamoros

14 Comentarios

  1. Me ha gustado mucho Kiko, muy bien reflejada la sociedad de la época y con profusión de detalles que demuestran el arte de escribir. Sigue así, deseando volver a leer más relatos.

  2. En general muy bueno. Sería bueno “dosificar” la información (es abundante) . Cuidado con los adjetivos!!!!Pero me encanta

  3. La pederastia, la pedofilia, no se producen ni proliferan por un momento social o político especial o concreto. Obedecen a trastornos en el comportamiento humano que se han dado con anterioridad, ahora también y, tristemente se seguirán produciendo. Y nada más. Y este relato parece asignar tales depravaciones a un momento histórico y político determinado, y a un colectivo de personas también concreto. Y no es justo. Tampoco lo sería ahora, cuando se continúan produciendo exactamente las mismas perversiones que entonces (si no más), culpar a nuestro momento político democrático, o a cualquier grupo o colectivo de profesorado, entrenadores deportivos o representantes artísticos, … de ello.

    No obstante, y en cuanto a la forma del relato, me ha parecido interesante (quizá coincida un poco con un anterior comentario que hablaba de exceso de información y abuso de adjetivos, que lo hacen algo denso).

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